Percepción del tiempo

Marta Bueno y José R. Alonso

Todos lo hemos comprobado: el tiempo vuela cuando te diviertes y se arrastra cuando estás aburrido, se comprime cuando lo pasas bien con tus amigos y se estira como un chicle cuando estás pendiente del resultado de un examen. Se escapa entre nuestrosdedos y «veinte años no es nada». Ante estas percepciones tan personales, ¿existirá algún mecanismo neuronal que registre la relatividad del tiempo? Sí, también nos podemos preguntar por el aspecto relativista. Hay puentes muy interesantes entre la física y la neurociencia, pero antes de citar a Einstein nos centraremos en lo subjetivo y en un experimento llamativo sobre esta cuestión (De Long, 1981). Como en muchos estudios similares, los participantes fueron estudiantes universitarios -esos conejillos tan baratos y tan bien dispuestos- en este caso de la Universidad de Tennessee. Recibieron una instrucción inusual: pensad que sois liliputienses, les dijeron mientras les mostraban un modelo en miniatura del salón común de su residencia de estudiantes, con muebles y figuritas. A distintos grupos se les presentaron distintas maquetas, a diferentes escalas de tamaño, y se les pidió que se introdujeran mentalmente en la escena, que se imaginaran a la misma escala que el salón, relajándose en las sillas diminutas con minúsculas tazas de café. Luego tuvieron que decir en qué momento ellos creían que habían pasado 30 minutos.

Para los menguados estudiantes el tiempo voló. Sus estimaciones se quedaron muy por debajo de la media hora del reloj: jugando a ser ellos mismos en la maqueta del salón a escala 1/6, dieron la respuesta a los 3.85 minutos; a escala 1/12 a los 2.60 minutos y a escala 1/24, el tiempo para la supuesta media hora fue de 1.55 minutos. La aceleración en su percepción del tiempo fue inversamente proporcional a la escala de las maquetas de salones en las que estuvieron inmersos, es decir, el rato que estuvieron jugando pasaba más rápido cuanto más pequeño era todo, incluidos ellos mismos. Este resultado tan sorprendente, publicado en Science en 1981, es citado ocasionalmente por neurocientíficos para sugerir que el espacio y el tiempo están unidos en el cerebro como lo están en el universo, el tiempo es tan solo una dimensión más.  

El paso del tiempo es una característica crucial de nuestra experiencia vital, pero ¿qué es el tiempo y por qué fluye? ¿Por qué parece que unas veces se ralentiza y otras acelera? ¿Y qué tiene que ver, si es que tiene algo, el tiempo que experimentamos con el definido por las leyes de la naturaleza? La respuesta a estas preguntas está en la difusa línea entre la física y la neurociencia, un lugar brumoso y traicionero que expone los límites de nuestra capacidad de ver la realidad como realmente es. Esto nos obliga a cuestionar la idea de que el tiempo está en la mente.

Todo tenía sentido para Isaac Newton, cuyas leyes clásicas del movimiento jugaron contra el imparable avance de las agujas de algún “reloj maestro” fuera del universo. «Todos los movimientos pueden acelerarse o retrasarse, pero el fluir del tiempo absoluto no está sujeto a ningún cambio», declaró. El tiempo es el mismo en todas partes, igual que el espacio, ni se contrae ni se dilata.

La solidez de la mecánica clásica del físico inglés se vino abajo a raíz de las teorías de la relatividad de Albert Einstein: el espacio y el tiempo están unificados como un espacio-tiempo en bloque, cuatro dimensiones, un medio que está deformado tanto por la gravedad como por el movimiento. Así, dos observadores nunca pueden ponerse de acuerdo sobre qué sucedió y cuándo. El pasado, el presente y el futuro son cuestión de perspectiva, no algo universal. Einstein insistía en que el paso del tiempo es una ilusión obstinada y persistente.

Esa ilusión no podemos percibirla con un órgano específico que envíe su señal al cerebro. El tiempo no es como otras cosas que sentimos, no es una variable independiente, sino que está tejido a través de todo lo que percibimos. No existe una red neuronal diseñada para percibir el tiempo, que fuera algo parecido a la vista, el olfato, el tacto, el oído o el gusto, los sentidos de Aristóteles. Tampoco se conoce ninguna afección clínica en la que las personas pierdan la capacidad de percibirlo, lo que dificulta el estudio del tiempo en el cerebro. Muchas veces se estudian fallos en los sentidos en relación con alguna anomalía en el cerebro o, al contrario, una lesión en el cerebro pone en guardia a los investigadores para observar rigurosamente algún cambio en la percepción de la realidad.

Lo que hasta ahora sabemos es que existe una compleja maquinaria neuronal encargada de controlar el orden temporal, de adecuarnos a los diferentes ritmos circadianos y otros. Dean Buonomano, neurocientífico de la Universidad de California en Los Ángeles, dice que no hay un único reloj para medir el tiempo en una variedad de intervalos constantes, como lo hace el reloj de nuestro móvil (Buonomano, 2018). De hecho, el cerebro puede parecer el taller de un relojero victoriano, repleto de todo tipo de artilugios, cada uno diseñado para medir un aspecto diferente del tiempo.

Contamos con el reloj circadiano maestro en el núcleo supraquiasmático, que se basa en oscilaciones similares a péndulos dentro de las proteínas para mantenernos sincronizados con los ritmos del sol. Luego están las colecciones de células cerebrales que gobiernan el tiempo inferior al segundo para reacciones físicas rápidas. Existen otros mecanismos complejos en esto de afinar milisegundos y poner orden secuencial en nuestras neuronas y en su actividad ultrarrápida. Sin embargo, ninguno de ellos puede explicar la sensación familiar de que el tiempo pasa o de que vamos arrastrados por los acontecimientos como si nos llevara una corriente. «Nuestra experiencia del mundo depende del orden de lo que interpretamos como eventos y causalidades, y tienen lugar en segundos, minutos y horas», dice Edvard Moser del Instituto Kavli de Neurociencia de Sistemas en Noruega. El cerebro marca lo que sucede en tiempo real para crear recuerdos episódicos, sin los cuales no habría pasado que recordar ni sentido del paso del tiempo. Para comprender cómo funciona todo esto, tenemos que pensar que el cerebro hace secuencias y ordena antes de memorizar.

Parece que existen células que marcan el orden de los acontecimientos, un mapa del tiempo. La idea encaja muy bien con las recientes conclusiones en neurociencia ya que tanto la corteza entorrinal lateral, donde los investigadores han encontrado estas células del tiempo, como la corteza entorrinal medial, donde viven las células de la percepción espacial, envían señales directamente al hipocampo vecino. Este es el centro de la formación de la memoria. Así que parece que es aquí donde las representaciones del espacio y el tiempo de células especializadas se unen para crear nuestra experiencia unificada de qué, dónde y cuándo. Tiene sentido porque tanto el espacio como el tiempo son componentes esenciales en la memoria episódica; nos pasan cosas, las ordenamos y las ubicamos en la memoria «antes de»  o «después de» otros sucesos.

György Buzsáki, neurocientífico de la Universidad de Nueva York, sugiere que nuestro cerebro no entiende de minutos y horas (Buzsáki y Llinás, 2017). Los relojes son una invención cultural y las neuronas no han evolucionado para rastrear esta manera convencional de contar el tiempo. Lo que sí está claro es que el tiempo que percibimos parece ser newtoniano, parece avanzar a un ritmo regular, proporcionando el telón de fondo donde las neuronas enmarcan secuencias de eventos y organizamos nuestro día a día en tiempos y horarios que más o menos controlamos.

Vivimos inmersos en un campo gravitacional de fuerza moderada y nuestros actos no suelen realizarse a velocidades cercanas a las de la luz, a no ser que seamos cuatro para un plato de jamón, por lo que nuestra percepción no ha estado bajo presión para adaptarse a las cosas raras que hace el tiempo en las teorías de la relatividad de Einstein. Por lo tanto, nos quedamos con la física clásica newtoniana y evolutivamente mantenemos la idea de que el tiempo es indeformable, un minuto es un minuto hagamos lo que hagamos y dura lo mismo para todo el mundo. Sin embargo, estudios de imágenes cerebrales han mostrado que las representaciones del espacio y el tiempo se generan en las mismas regiones, se entrelazan redes neuronales y hay indicios de que algunas neuronas son capaces de codificar ambos.

Hemos comprobado más de una vez que las percepciones del movimiento deforman nuestra percepción del tiempo. Muchos experimentos han demostrado el efecto kappa, por ejemplo, cuando las personas sobreestiman la cantidad de tiempo entre dos estímulos visuales repetidos a medida que aumenta el espacio físico entre ellos (Cohen et al., 1953). Luego está el extraño experimento liliputiense, que sugiere que nuestra percepción del tiempo es casi perfectamente proporcional a nuestra percepción de la escala espacial. Pero no sólo el espacio afecta a cómo percibimos el paso de las horas, recordemos la charla soporífera, el fin de semana con nuestro amor o los minutos dramáticos del montañero suspendido en el vacío esperando ayuda. La clave son las emociones, como indica Sylvie Droit-Volet, psicóloga de la Universidad Blaise Pascal, en Francia.

Droit-Volet ha demostrado que películas de terror como El resplandor hacen que el tiempo se expanda. Las situaciones intensas hacen que nuestro cerebro absorba más detalles sensoriales, creando una memoria más rica, lo que explica por qué la experiencia parece haber durado más de lo que realmente duró. Esto explicaría los eternos segundos previos a un examen, cuando nuestro cerebro está atento a todo: a los pasos del profesor, al compañero de al lado al que miramos por el rabillo del ojo, a la ansiedad de no haberlo preparado bien, a la respiración, al sudor de las manos, al latido del corazón, etc. Además, cuando tenemos la oportunidad de fijarnos en aspectos fisiológicos que acompañan al estado de ánimo, como el aburrimiento, éstos hacen de metrónomos y somos más conscientes del tiempo: los latidos del corazón, las respiraciones, los parpadeos, etc. nos sirven para contar. El tiempo pasa lento si estamos ociosos. Sin embargo, nos vuelve la duda sobre el apasionado fin de semana, tan breve; quizá sea porque hayamos tenido un único pensamiento, intenso pero único: sólo él o sólo ella, no existe nada más.

 

Referencias

  • Buonomano D (2018). Your Brain Is a Time Machine. W.W. Norton & Company.
  • Buzsáki G, Llinás R (2017). Space and time in the brain. Science 358(6362): 482–485.  DOI: 10.1126/science.aan8869.
  • Cohen J, Hansel CEM, Sylvester JD (1953). A New Phenomenon in Time Judgment. Nature 172(4385): 901. DOI: 10.1038/172901a0.
  • De Long AJ (1981). Phenomenological Space-Time: Toward an Experiential Relativity. Science 213(4508): 681–683. DOI: 10.1126/science.7256273.
  • Droit-Volet S, Fayolle SL, Gil S (2011). Emotion and time perception: effects of film-induced mood. Frontiers in Integrative Neuroscience 5:33. DOI: 10.3389/fnint.2011.00033 .

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

6 comentarios en “Percepción del tiempo”

  1. TENGO 81 AÑOS Y ME PARECE GENIAL TODOS VUESTROS ARTICULOS. ESTOY ABSOLUTAMENTE DE ACURDO CON UDS. MIS 81 AÑOS ME DAN UNA CIERTA Y SABIA EXPERIENCIA. GRACIAS POR TODOS VUESTROS ARTICULOS, BEATRIZ

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    1. Beatriz, no tengo ninguna duda de que disfruta de una sabia y maravillosa experiencia. Muchas gracias por los halagos en nombre de los dos.
      ¡ estupendo tenerla como lectora!

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    2. EXCELENTE!! Me gusto mucho este articulo, el tema es extremadamente interesante, el tiempo, el espacio, la velocidad, han sido temas de gran interes para muchos cientificos,pensadores, filosofos. ALbert Eisnten fué un genio adelantado a su época.

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  2. Gracias por esto. Enhorabuena Marta y José Ramón por este blog que acabo de conocer. Me entusiasma este asunto. Pregunto, ¿hay aquí otro artículo acerca del cambio de la percepción del espacio con la edad? Resumo: cuando éramos pequeños las habitaciones nos parecían mayores. Gracias y feliz Navidad.

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  3. Hola.
    Decía Xavier Zubiri que el tiempo es una de las cuatro sustantivaciones erróneas que solemos hacer; es decir, que no existe algo así como ‘el’ tiempo, sino que, más bien, lo que ocurre es que las cosas son ‘tempóreas’, devienen, que es algo totalmente diverso. Creo que es una buena idea para pensar.
    Gracias por el blog. Es muy interesante.
    Un saludo.

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