El estudio del Monstruo

El Estudio del Monstruo (Monster Study) fue un grupo de investigaciones sobre la tartamudez realizado en 22 niños huérfanos en Davenport (Iowa) en 1939. El responsable del estudio fue el profesor de psicología Wendell Johnson, de la Universidad de Iowa, y la realización práctica del experimento estuvo a cargo de Mary Tudor, una estudiante de máster de Johnson. Los niños participantes sufrieron vejaciones durante seis meses y después, algunos tuvieron secuelas de por vida.

Johnson había decidido que el objetivo de su vida fuera encontrar la causa y la cura de la tartamudez. Cuando llegó a la Universidad de Iowa como estudiante en 1926, conocía íntimamente esa situación, tenía una tartamudez grave. En clase le apodaron Jack, en honor al boxeador Jack Johnson, campeón mundial y el mejor peso pesado de su generación, por cómo respondía a las burlas de sus compañeros: Les daba un fuerte puñetazo.

Atleta y estudiante estrella, presidente de su clase y considerado muy divertido por sus compañeros, Johnson llegó al campus con dos objetivos: convertirse en escritor y recibir terapia del habla. La universidad era líder en el nuevo campo de la patología del habla y se realizaban decenas de experimentos sobre el tema. Más tarde Johnson diría «Me convertí en logopeda porque necesitaba uno».

La principal teoría sobre la tartamudez en ese momento era que tenía una causa genética u orgánica. Johnson pasó muchas horas en la clínica del habla, a menudo ofreciéndose como sujeto experimental. Eventualmente enfocó sus estudios de postgrado en patología del habla, especialmente sobre la tartamudez. En la clínica, Johnson fue hipnotizado, psicoanalizado, pinchado con electrodos, se le dijo que se sentara en agua fría para que le registraran sus temblores y se le dispararon armas cerca del oído para ver si el reflejo de sobresalto inducía algún cambio. Como Demóstenes, el antiguo tartamudo griego, Johnson se colocaba piedras en la boca para intentar mejorar. Le pusieron una escayola en su brazo dominante -al igual que a otros treinta compañeros con tartamudez- para probar la controvertida teoría de la «dominancia cerebral». La idea era que al forzarlo a usar su brazo izquierdo -y se les pedía que jugaran al bádminton con el brazo dominante escayolado- igualaría el desequilibrio de los hemisferios de su cerebro y mejoraría la tartamudez. Nada parecía funcionar.

Usaron también un nuevo dispositivo llamado electromiograma para estudiar la actividad neuromuscular en tartamudos, no tartamudos y, en un experimento, en personas que estuvieran bebidas (estudiantes que, únicamente en interés de la ciencia, se habían emborrachado). Los investigadores eludieron la Prohibición al requisar alcohol en el hospital universitario. Las lecturas de los sujetos borrachos mostraron, para sorpresa de nadie, una deficiencia en su habla. En 1936, Johnson escribió en su diario, «Soy una rata blanca profesional».

Pero Johnson, en 1937 un ambicioso profesor asistente, no estaba convencido. Su propia historia sugería lo contrario. Habló bien hasta los 5 ó 6 años, cuando un profesor mencionó a sus padres que empezaba a tartamudear y, poco a poco, una obsesión con su habla se apoderó de él. Su voz se volvió vacilante y repetía los fonemas. Pensó que al preocuparse por el problema, lo había generado y que su trastorno no estaba en su cerebro, en la biología, sino que era  comportamiento aprendido. La tartamudez, concluyó más tarde, «no comienza en la boca del niño sino en el oído de los padres».

Un año después, en 1938, Johnson estaba convencido que el problema era la presión que sentía el niño tartamudo. Aplicando los principios de cómo la gente reacciona al lenguaje, comenzó a formular lo que se convertiría en su «teoría diagnosogénica»: Diagnosticar y etiquetar a los niños pequeños como tartamudos cuando se trababan en alguna palabra. empeoraba el problema y los convertía en tartamudos. Pero necesitaba pruebas directas, preferiblemente investigaciones realizadas en un ambiente controlado.

La investigación comenzó con la selección de veintidós niños internos en un orfanato de veteranos en Iowa «El Hogar de los Niños de los Soldados». Este centro alojaba unos seiscientos niños que se levantaban a las 5:30 de la mañana y limpiaban el centro hasta que empezaban las clases. A ninguno de ellos se les informó del propósito de la investigación y creyeron que estaban allí para recibir terapia del habla. El planteamiento del estudio era intentar inducir la tartamudez en niños sanos, diciéndoles que no hablaban bien, y elogiar el habla de niños tartamudos para ver si eso inducía una mejoría en la fluidez de su habla. Entre los 22 niños había diez huérfanos que los maestros y cuidadoras del orfanato habían identificado como tartamudos antes de comenzar el estudio. Tudor y otros cinco estudiantes de posgrado que aceptaron actuar como evaluadores escucharon hablar a cada uno de los niños y calificaron su habla en una escala del 1 (pobre) al 5 (fluido). El grupo de evaluadores estuvo de acuerdo con la valoración inicial realizada en la escuela. Cinco fueron asignados al Grupo IA, el grupo experimental, y se les dijo que hablaban bien. A los cinco del Grupo IB, el grupo de control, se les dijo que su habla era deficiente, «tan mala como la gente dice».

Los doce niños restantes fueron escogidos al azar de la población de huérfanos con un habla normal. Emparejaron a los niños basándose en las similitudes de edad, sexo, coeficiente intelectual y fluidez. Luego asignaron al azar uno de cada par al grupo de control y el otro al grupo experimental Seis de ellos fueron asignados al grupo IIA y a estos niños, de edades comprendidas entre los 5 y los 15 años, se les dijo que su habla no era normal, que empezaban a tartamudear y que debían corregirlo inmediatamente. Los últimos seis niños del Grupo IIB, de edad similar a los del IIA, eran hablantes normales que debían ser tratados como tales y recibir cumplidos por su buena pronunciación y por la soltura con la que hablaban.

El estudio duró desde enero hasta el final de mayo de 1939. En la primera visita, Tudor analizó el cociente intelectual de cada niño e identificó si eran zurdos o diestros. Una teoría popular de la época sostenía que la tartamudez era causada por un desequilibrio cerebral, por una mala lateralización. La idea era que si, por ejemplo, una persona nació zurda pero usaba la mano derecha, sus impulsos nerviosos fallaban, afectando a su lenguaje. Johnson no creía en la teoría, pero aún así sugirió que Tudor comprobara la destreza manual de cada niño. Les hizo escribir y dibujar en pizarras y alguna otra prueba de fuerza y destreza manual. La mayoría eran diestros, pero había algún niño zurdo en todos los grupos. No encontró correlación entre la habilidad manual y la calidad del habla en los sujetos de estudio. Durante este período, asignaron números a los niños fueron identificados con un código, como «Caso Nº 15 Grupo Experimental IIA».

El período experimental duró desde enero hasta finales de mayo de 1939, y la intervención consistió en que Tudor hablara con cada niño durante unos 45 minutos siguiendo un guion acordado con Johnson. En su tesis, Tudor escribe que habló con los muchachos tartamudos y les explicó que iban a ir dejando de tartamudear. Un ejemplo de lo que les decía es lo siguiente: «Ya no tartamudearás y podrás hablar mucho mejor de lo que lo haces ahora… No prestes atención a lo que los demás digan sobre tu capacidad de hablar, porque sin duda ellos no se dan cuenta de que esto es sólo una fase».

A los muchachos que no tartamudeaban y se les iba a tachar de tartamudos, los del grupo IIA, se les dijo: «El personal ha llegado a la conclusión de que tienes muchos de los síntomas de un niño que empieza a tartamudear. Debes tratar de pararlo inmediatamente. Usa tu fuerza de voluntad… Haz cualquier cosa para no tartamudear… No hables nunca a menos que puedas hacerlo bien. ¿Ves cómo [el nombre de un niño en la institución que tartamudeaba gravemente] tartamudea, verdad? Bueno, sin duda empezó de la misma manera que tú».

Los niños del IIA respondieron inmediatamente. Después de su segunda sesión con Norma Jean Pugh, de 5 años, Tudor escribió: «Fue muy difícil conseguir que hablara, aunque el mes anterior hablaba con mucha soltura». Otra del grupo, Betty Romp, de 9 años, «prácticamente se niega a hablar», escribió un investigador en su evaluación final. «Mantuvo la mano o el brazo sobre los ojos la mayor parte del tiempo». Hazel Potter, de 15 años, la mayor de su grupo, se volvió «mucho más consciente de sí misma, y hablaba menos», señaló Tudor. Potter también comenzó a interrumpirse y a chasquear los dedos en señal de frustración. Le preguntaron por qué decía tanto la vocal «a». «Porque me temo que no puedo decir la siguiente palabra». «¿Por qué chasqueaste los dedos?» «Porque tenía miedo de decir “a”».

El trabajo en el aula de estos niños se resintió y sus notas y la calidad de los trabajos escolares descendió. Uno de los chicos empezó a negarse a recitar en clase. El otro, Clarence Fifer, de once años, empezó a corregirse ansiosamente. «Se detuvo y me dijo que iba a tener problemas con las palabras antes de decirlas», informó Tudor. Le pregunté que cómo lo sabía y el niño le respondió que el sonido «no salía», que era «como si estuviera atascado ahí». La sexta huérfana, Mary Korlaske, de 12 años, se volvió retraída y díscola. Durante sus sesiones, Tudor le preguntó si su mejor amiga sabía de su tartamudeo, Korlaske murmuró: «No». «¿Por qué no?». Korlaske arrastró los pies. «Casi nunca hablo con ella». Dos años más tarde, se escapó del orfanato. Sesenta años después contaba a Jim Dyer, un periodista del San José Mercury News, que fue quien destapó este estudio, «esperaba que Tudor hubiera venido a adoptarme. Recuerdo haber esperado con impaciencia durante la escuela para que me llamaran a las sesiones de logopedia y seguir a Tudor a la sala de pruebas. Intentaba darle una buena impresión». Años después Tudor recordaba cómo los huérfanos le saludaban en cada visita, corriendo a su coche y ayudándola a llevar los mismos materiales que usaba en el experimento. «Esa fue la parte lamentable… que conseguí que confiaran en mí y luego les hice esta cosa horrible», dijo.

El aspecto más revelador del experimento de María Tudor es que fracasó completamente. De los seis niños normales que fueron falsamente etiquetados como tartamudos, dos mejoraron su fluidez en el habla, según las calificaciones de los investigadores, en el curso de los cinco meses del estudio, uno por casi un punto completo, de 3 a 3.8. La fluidez de otro aumentó de 3 a 3.6. Para otros dos, sus calificaciones de fluidez no cambiaron. De los dos niños cuya fluidez disminuyó, uno, Clarence Fifer, bajó de 2,6 a 2, el segundo, Hazel Potter, de 3,1 a 2,8.

Al otro grupo de estudio primario le fue un poco mejor. De los tartamudos reales a los que se les dijo que ahora hablaban bien, dos mostraron ligeras mejoras en la fluidez, dos disminuyeron en la fluidez y uno se mantuvo sin cambios. Los resultados de cada uno de los grupos fueron «no sólo insignificantes, sino también en la dirección contraria a la esperada». Sin embargo, el experimento sí tuvo un impacto. En cada caso, los niños no tartamudos del Grupo IIA comenzaron a actuar como tartamudos. «Todos los niños de este grupo mostraron cambios de comportamiento manifiestos», escribió Mary Tudor en su tesis, «que se dirigían a los tipos de reacciones inhibitivas, sensibles y vergonzosas que muestran muchos adultos tartamudos en reacción a su habla. Había una tendencia a volverse menos habladores». También, durante las sesiones con ella y delante de los investigadores, arrastraban los pies, susurraban, chasqueaban los dedos, engullían, jadeaban y cerraban la boca. Parecían tartamudos, aunque hablaban bien.

Johnson nunca publicó la investigación. El estudio había terminado justo antes de la Segunda Guerra Mundial, y mientras el mundo se enteraba de los experimentos médicos nazis en sujetos vivos, los colegas de Johnson en su universidad le advirtieron que ocultara su trabajo sobre los huérfanos en lugar de arriesgarse a hacer comparaciones que podrían arruinar su carrera. La tesis de Tudor es el único registro oficial de los detalles del experimento.

La Universidad de Iowa se disculpó públicamente por el Estudio del Monstruo en 2001. Sin embargo, Patricia Zebrowski, profesora adjunta de patología del habla y audiología de la Universidad de Iowa, señaló que los datos resultantes del experimento constituyen la «mayor colección de información científica» sobre el fenómeno de la tartamudez y que el trabajo de Johnson fue el primero en discutir la importancia de los pensamientos, actitudes, creencias y sentimientos del tartamudo y sigue influyendo enormemente en los estudios sobre la tartamudez. Quizá Zebrowski debería saber que las universidades alemanas decidieron destruir y enterrar las colecciones anatómicas e histológicas que habían sido obtenidas de prisioneros asesinados en los campos de exterminio. No se podía asumir que algo bueno se puede obtener a partir del mal.

El 17 de agosto de 2007, siete de los niños huérfanos supervivientes recibieron un total de 1,2 millones de dólares del Estado de Iowa por las cicatrices psicológicas y emocionales de por vida causadas por los seis meses de tormento durante el experimento de la Universidad de Iowa. El estudio descubrió que aunque ninguno de los niños se convirtió en tartamudo, algunos se volvieron cohibidos y eran reacios a hablar. Un portavoz de la Universidad de Iowa calificó el experimento de «lamentable» y añadió «Este es un estudio que no habría sido considerado defendible en ninguna época. De ninguna manera se me ocurriría defender este estudio. De ninguna manera. Es más que lamentable». Antes de su muerte, Mary Tudor expresó su profundo pesar por su papel en el estudio y sostuvo que Wendell Johnson debería haber hecho más para revertir los efectos negativos en los niños huérfanos.

Sesenta años después del estudio Mary Tudor recibió un envío postal. En  él Mary Korlaske, una de las huérfanas, le escribía «Destruiste mi vida -decía la carta- Podría haber sido una científica, una arqueóloga o incluso una presidenta. En lugar de eso me convertí en una lamentable tartamuda. Los niños se burlaban de mí, mis notas bajaron, me sentía estúpida. Ya adulta, todavía quería evitar a la gente, y así hasta el día de hoy». El paquete iba dirigido a Mary Tudor El Monstruo.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

Comentar

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .