Cuerdos en un lugar de locura

El experimento Rosenhan se realizó, según su autor, para determinar la validez de los diagnósticos de salud mental y para llamar la atención sobre la situación de las personas internadas en los hospitales psiquiátricos. David Rosenhan era profesor de psicología y derecho en la Universidad de Stanford y publicó su estudio en la prestigiosa revista Science en 1973. Se considera una crítica importante e influyente del diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales.

El estudio de Rosenhan se hizo en dos partes. La primera parte consistió en el uso de colaboradores sanos o «pseudopacientes»: tres mujeres y cinco hombres, incluido el propio Rosenhan. Estas ocho personas fingieron sufrir alucinaciones auditivas y dijeron que escuchaban palabras como «golpe», «hueco», «vacío», en un intento de conseguir ser admitidos en doce hospitales psiquiátricos de cinco estados de los Estados Unidos. Los pseudopacientes incluían a un estudiante graduado en psicología de veintitantos años, tres psicólogos, un pediatra, un psiquiatra, un pintor y una ama de casa. Ninguno tenía antecedentes de enfermedad mental. Los pseudopacientes utilizaron seudónimos y a los que trabajaban en el campo de la salud mental se les asignaron trabajos falsos en un sector diferente para evitar generar cualquier tratamiento o escrutinio especial. Además de dar nombres y detalles de empleo falsos, los demás detalles biográficos fueron veraces y correspondían realmente a las vidas de esas personas. Tras pedir cita y exponer esas alucinaciones auditivas en los diferentes centros, todos fueron ingresados.

Los hospitales psiquiátricos implicados incluían hospitales públicos en mal estado e infradotados en zonas rurales, hospitales urbanos universitarios de excelente reputación y un costoso hospital privado. Aunque presentaban síntomas idénticos, siete de los pseudopacientes fueron diagnosticados con esquizofrenia en hospitales públicos y uno con psicosis maníaco-depresiva, un diagnóstico más optimista y con mejores resultados clínicos, en el hospital privado. El personal de los hospitales no identificó a ninguno de los falsos pacientes, aunque muchos internos expresaron sus sospechas de que eran agentes encubiertos. «Eres un periodista», comentó uno de ellos, según el artículo de Rosenhan.

Al poco de estar en el hospital, los pseudopacientes actuaron con normalidad y dijeron al personal que se sentían bien y que ya no experimentaban más alucinaciones. A pesar de eso, todos fueron obligados a admitir que padecían una enfermedad mental y tuvieron que aceptar tomar medicación antipsicótica como condición para su liberación. Los pseudopacientes tiraban la medicación por el retrete, pero en ningún caso la plantilla del hospital recogió en sus informes que no estaban tomando la medicación. Sus estancias en los centros psiquiátricos oscilaron entre 7 y 52 días, y el promedio fue de 19 días. Todos menos uno fueron dados de alta con un diagnóstico de esquizofrenia «en remisión», lo que Rosenhan consideró como prueba de que la enfermedad mental se percibe como una condición irreversible que crea un estigma de por vida, en lugar de una enfermedad curable. La conclusión del estudio fue «sabemos desde hace mucho tiempo que los diagnósticos no suelen ser útiles ni fiables, pero no obstante hemos seguido utilizándolos. Ahora sabemos que no podemos distinguir la locura de la cordura».

Este primer estudio causó un importante revuelo pues sugería que una institución dedicada a los trastornos mentales no distinguía a las personas sanas de las que no lo estaban. Estos primeros resultados fueron la base para el siguiente estudio, después de que la administración de un hospital, ofendida por esos resultados, desafiara a Rosenhan a enviar pseudopacientes a sus instalaciones, indicando que su personal los detectaría inmediatamente. Rosenhan estuvo de acuerdo y en las semanas siguientes, de 193 nuevos pacientes que fueron referidos a ese hospital psiquiátrico, el personal identificó a 41 como pseudopacientes, y a otro más como dudoso. En realidad, Rosenhan no había enviado ningún pseudopaciente al hospital.

La influencia del experimento de Rosenhan fue real y duradera. Algunos especialistas fueron muy críticos porque consideraban que el hecho de que algunas personas sanas fingieran enfermedades mentales y fueran capaces de engañar a los profesionales  que los examinan no dice nada sobre la legitimidad de las enfermedades en sí.  Rosenhan concibió el experimento como una forma de criticar la poca fiabilidad de los diagnósticos psiquiátricos y también ilustró los peligros de la deshumanización y el etiquetado en las instituciones psiquiátricas. Proporcionó apoyo al creciente movimiento contra la psiquiatría y se utilizó para justificar una tendencia a la desinstitucionalización, en la que se cerraron grandes hospitales psiquiátricos en favor de centros comunitarios de tratamiento y recomendó mejorar la formación de las personas que trabajaban en las instalaciones para el tratamiento de las enfermedades mentales. Mientras, una profesión avergonzada trató de reinventarse y revisó su manual de diagnóstico. Desaparecieron las borrosas referencias psicoanalíticas, que fueron sustituidas por un enfoque más biológico y estandarizado. Cuatro décadas después de su publicación, el estudio se sigue enseñando en la mayoría de los cursos de introducción a la psicología.

La historia no acaba aquí. Tras seis años de investigación, en su libro The Great Pretender (2019), El Gran Farsante, Susannah Cahalan cuestiona la veracidad y la validez del experimento de Rosenhan. Tras examinar la documentación dejada por Rosenhan después de su muerte, Cahalan encontró incongruencias y alteraciones en el artículo publicado en Science: datos contradictorios, descripciones engañosas y citas inexactas o fabricadas de los registros hospitalarios. Además, a pesar de una intensa búsqueda, sólo fue capaz de identificar dos de los ocho pseudopacientes: el propio Rosenhan, y un estudiante de postgrado cuyo testimonio no encajaba con la descripción que de su experiencia hacía Rosenhan en el artículo. También encontró un segundo voluntario que fue excluido según las notas de Rosenhan, «por haber falsificado aspectos de su historia personal», cuando en realidad, según Cahalan pudo comprobar, este voluntario fue excluido por una razón muy diferente. «LE GUSTA», escribió Rosenhan en sus notas. El voluntario había estado ingresado en un psiquiátrico durante un momento difícil de su vida y consideraba que el ingreso había sido positivo y le había ayudado contar con un entorno de apoyo. Rosenhan quería contar una historia sobre instituciones miserables que abusaban de su poder, y aquí había un testimonio que podía complicar un retrato tan incesantemente sombrío así que, al parecer, se lo quitó de en medio.

A la luz de la aparente voluntad de Rosenhan de torcer la verdad de otras maneras en relación con el experimento, Cahalan se pregunta si algunos o todos los otros seis pseudopacientes podrían haber sido simplemente inventados por Rosenhan. Pero hay más. Rosenhan aparentemente falsificó partes del propio artículo, rellenó huecos con invenciones y sus observaciones originales parecían descuidadas. Otro ejemplo de las dudas suscitadas en Cahalan es que los registros de la admisión de Rosenhan en el Hospital Estatal de Haverford en 1969 y la versión de Rosenhan en su artículo, no coinciden.

Cahalan llama «exasperantes» a las alteraciones intencionadas de Rosenhan, culpándolo por haber «perdido una oportunidad de crear algo tridimensional, quizá un poco más desordenado, pero más honesto». La historia de Rosenhan es demasiado buena pero su efecto fue tan notable porque encajó en el sentir de la época. Su narrativa contra el establishment de los tratamientos mentales fue rápidamente aceptada por una sociedad que estaba en aquella época en tantos otros aspectos, en contra del establishment. Fue, al parecer, una historia falsa, y aunque eso no disculpe a un científico fraudulento, oportuna y bien contada.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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