El efecto Lago Wobegon

Cuando viví en Estados Unidos en los trayectos en coche oía la radio para intentar perfeccionar el inglés. Uno de los programas que más me gustaban se titulaba Noticias de Lago Wobegon, una emisión de humor costumbrista, sencilla y tierna. Lago Wobegon es una localidad ficticia creada por Garrison Keillor y también el escenario de muchas de sus historias y novelas. Se describe como un pequeño pueblo rural en el centro de Minnesota, y está poblado de personajes curiosos y lugares característicos, muchos de los cuales se hicieron parte de la vida de todos los que oíamos la emisión, un panorama donde situar una amplia variedad de historias simpáticas y a menudo conmovedoras.

Keillor ha dicho que la gente a menudo le pregunta si Lago Wobegon es un pueblo real, y al principio respondía la verdad, que no lo era, pero entonces los seguidores parecían decepcionados, porque «la gente quiere que las historias sean verdaderas». Así que Keillor empezó a decir que sí, que estaba en «el centro de Minnesota, cerca del condado de Stearns, alrededor de Holdingford, no lejos de St. Rosa y Albany y Freeport, al noroeste de St. Cloud», que según él es «más o menos la verdad, supongo».

El programa era un monólogo que empezaba con la misma frase y terminaba con otra, siempre la misma. La apertura era algo así: «Bueno, ha sido una semana tranquila en Lago Wobegon, Minnesota, mi ciudad natal, al borde de la pradera». Las palabras finales, y es las que justifican que hablemos de esto en este blog eran: «Bueno, esas son las noticias de Lago Wobegon, donde todas las mujeres son fuertes, todos los hombres son guapos y todos los niños están por encima de la media». Eso último, a un científico que pasaba muchas horas al día contando neuronas y haciendo estadísticas, me hacía sonreír, pensando en esas neuronas «todas ellas por encima de la media».

El efecto Lago Wobegon es una tendencia humana natural, real y omnipresente a sobreestimar las capacidades de uno mismo en relación con los demás y fue así nombrado, al parecer por David Myers, en honor al pueblo de ficción. Esta superioridad ilusoria afecta a nuestra vida cotidiana y nos hace pensar que somos mejores de lo que en realidad somos en muchas facetas de nuestra forma de ser y nuestros comportamientos. Por poner algunos ejemplos, la gran mayoría de la gente cree que conduce mejor que la media (Svenson 1981) y en este estudio el 80% de las personas que respondieron se puntuaban a sí mismos entre el 30% mejor de todos los conductores.  También se ha visto que cuando se pregunta a los miembros de una familia cuánto contribuyen en porcentaje a las tareas domésticas, la suma siempre supera el 100%. Para reírme un poco de mí mismo, el 94% de los profesores universitarios pensamos que trabajamos más que la media de nuestros compañeros (Heath y Heath, 2011). En 1987, John Cannell completó un estudio que obtuvo el hallazgo estadísticamente imposible de que todos los condados de Estados Unidos afirmaban que los puntajes promedio de los exámenes de los estudiantes de ese estado estaban por encima de la media nacional. No obstante, puede tener cierto sentido porque las notas medias no paran de crecer, en especial en los centros privados. Una encuesta del College Board pidió a 829.000 estudiantes de último año de secundaria que se calificaran a sí mismos sobre varios aspectos. Cuando se les pidió que calificaran su capacidad para «llevarse bien con los demás», un número estadísticamente insignificante -menos del uno por ciento- se calificó como inferior a la media. Por otro lado, el sesenta por ciento se clasificó en el diez por ciento superior, y una cuarta parte de los encuestados, en torno al 25%, se clasificó en el uno por ciento más alto. La mayoría de las personas también parecen pensar que son más justas que la persona promedio (Messick et al. 1985) y que tienen mejores perspectivas de salud que la persona promedio (Weinstein, 1980). Los ejemplos de estos patrones son omnipresentes. Por citar otro ejemplo, el 87% de los estudiantes de un MBA de Stanford calificaron su rendimiento dentro de la clase. Al compararse con sus compañeros, el 90 por ciento de estos estudiantes creían que estaban o bien en el promedio o por encima de la media en términos de capacidades cuantitativas; sólo el 10 por ciento se juzgó a sí mismo como por debajo de la media. El efecto Lago Wobegon genera diferentes problemas como pensar que aunque el tabaco provoca un número importante de cánceres de pulmón a ti no te va a suceder o que muchos proyectos terminen fuera de plazo o con presupuestos muy superiores al estimado inicialmente. Los responsables sobreestiman su capacidad y creen que pueden hacerlo en menos tiempo y con menos dinero que ejemplos parecidos.

Para entender cómo se hacen esas investigaciones podemos tomar el ejemplo del trabajo de Messick et al., (1985). Los investigadores usaron como muestra 78 estudiantes universitarios, matriculados en una asignatura de introducción a la psicología y participaron en el estudio como parte de los requisitos del curso. Esto ya supone varios problemas. Uno es que los universitarios no son representativos de la población general, aunque sean una muestra relativamente homogénea y fácil de conseguir. El segundo es que no son estrictamente voluntarios y en cualquier investigación con seres humanos estos deben tener la libertad de aceptar participar y la de poderse salirse en cualquier momento del estudio, algo discutible si son tus alumnos. En tercer lugar, existe el riesgo de que los alumnos pretendan contentar a sus profesores imaginando qué respuestas quieren obtener y alterando sus contestaciones en esa dirección.

Como material se les dio a los alumnos unos cuestionarios que tenían una página inicial, para que anotaran sus datos biográficos y dos páginas adicionales. En la parte superior de una de estas páginas estaba el siguiente párrafo:

En el espacio de abajo, por favor escribe todas las cosas que puedas pensar o hacer, o que otras personas hacen, que describirías como injustas. Si tú crees que haces esas cosas más a menudo que los demás, empieza la frase con «Yo». Si piensas que los demás hacen esas cosas más a menudo que tú, entonces empieza la frase con «Ellos». Por ejemplo, «Yo copio en los exámenes» o «Ellos aparcan en plazas para discapacitados». Tienes 5 minutos para esta tarea.

En la segunda página existía un párrafo similar pidiendo comportamientos «justos». La mitad de los estudiantes recibieron cuestionarios en que primero estaba el párrafo de las cosas injustas y luego el de las justas y la otra mitad al revés. Los sujetos contestaban las preguntas en la primera hoja. El investigador entonces les pedía volver la hoja y leer las instrucciones, luego les cronometraba durante cinco minutos y después les mandaba parar y les pedía volver la siguiente página y les cronometraba durante cinco minutos más. Los investigadores revisaron las listas, registraron cuántos empezaban con «Yo» y cuantos con «Ellos». En algunos casos la frase empezaba con «Nosotros» y entonces se puntuaba como medio punto para «Yo» y medio para «Ellos».

El número medio de ítems justo e injustos era similar, 7,01 de media de hechos injustos y 7,10 de hechos justos. Esos resultados muestran que no parece cierto que sea más fácil pensar en hechos injustos que en hechos justos. La hipótesis de que la gente se asocia a sí mima con hechos justos y a los demás con hechos injustos, recibió un sólido apoyo. 59% de los hechos justos estaban en primera persona y 61% de los injustos en tercera.

Zuckerman y Jost (2001) estudiaron la popularidad de los estudiantes, cómo la valoraban ellos mismos y cómo se veían frente al resto de sus compañeros y, en particular, frente a sus amigos más próximos. Es un tema importante en investigación sobre cognición social y sobre redes sociales. La distinción entre comparaciones con amigos y con una población general es clave en lo que se conoce como el modelo del «mantenimiento de la autoevaluación». Según este modelo, la gente se siente más amenazada por el éxito de sus amigos que por el de extraños en dominios que son relevantes para uno mismo y, por lo tanto, hay más evidencias de tener sesgos a nuestro favor en las comparaciones con nuestros amigos que en otras comparaciones sociales, con grupos menos cercanos.

Al distinguir entre dos grupos de comparación («amigos» y «otros»), es también posible extender la paradójica demostración de Feld de que la mayoría de la gente debe tener menos amigos que sus amigos. Esta «paradoja de la amistad» es una consecuencia matemática del hecho de que la gente popular participa en más círculos sociales que la gente menos popular.  El lado objetivo de la paradoja de la amistad es que la mayoría de gente tiene menos amigos que sus propios amigos; el lado subjetivo es que la mayoría de la gente, en contra de la realidad, cree firmemente que tiene más amigos que sus propios amigos.

La paradoja de la amistad añade interés y significado porque plantea la posibilidad de que la gente está motivada para creer que están por encima de la media no solo en situaciones en las que están en torno a la media sino incluso en situaciones en las que son, por definición, inferiores a la media. Uno de estos es lo que se ha llamado el efecto Kruger-Dunning, en relación por el artículo publicado por estos dos autores en 1999.

El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o pocos conocimientos adolecen de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, y estiman incorrectamente su habilidad, que consideran por encima de lo real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva del sujeto para reconocer su propia ineptitud. Por el contrario, los individuos altamente cualificados tienden a subestimar su competencia relativa, dando por sentado erróneamente que las tareas que son fáciles para ellos también son fáciles para otros. David Dunning y Justin Kruger, profesores de la Universidad de Cornell, concluyeron que: «La sobrevaloración del incompetente nace de la mala interpretación de su propia capacidad. La infravaloración del competente nace de la mala interpretación de la capacidad de los demás».

Los investigadores de la cognición social han identificado dos amplias clases de variables como fuentes de la distorsión y el sesgo que afectan a las percepciones sobre uno mismo  y sobre los demás. En primer lugar, los sesgos cognitivos reflejan la tendencia de los individuos a confiar en criterios simples y atajos mentales cuando hacen juicios complicados. Incluso cuando esos juicios tienen consecuencias importantes, las personas confían frecuentemente en cosas como la «disponibilidad», la «representatividad» y la «vivacidad» de ciertos elementos de información, que a menudo no son adecuados a la tarea de juzgar. En segundo lugar, los deseos de  auto-presentación positiva llevan a la gente a hacer comparaciones egoístas entre ellos mismos y los demás. Así, la mayoría de la gente creemos que somos «mejores que el promedio» en una amplia variedad de rasgos, habilidades y resultados.

Una consecuencia importante del «efecto Lago Wobegon» se da a la hora de elegir un camino en un tratamiento médico complejo. Muchas veces los médicos presentan con claridad a los pacientes las opciones disponibles y sus probabilidades de éxito, pero el paciente piensa que ese pequeño porcentaje de posibles buenas noticias es el suyo. Por supuesto que hay que mantener la esperanza, pero engañarse a uno mismo es algo totalmente diferente. El problema del efecto Lago Wobegon es que tres cuartas partes de las personas con un cáncer de pulmón incurable piensan que se van a curar (Smith, 2013).

Los pacientes que sobreestiman o niegan su pronóstico no viven más que los demás y tienen una probabilidad mayor de tener una «mala» muerte en el hospital, con técnicas de resucitación o pasar sus últimos días inconsciente y conectado a una máquina.

Una pregunta es si en el mismísimo Lago Wobegon, el efecto será especialmente potente. El propio Keillor ha ofrecido una opinión contraria sobre ello. Él indica que el efecto no se aplica realmente en el propio pueblo y, en respuesta a una pregunta de un oyente en el sitio web Prairie Home, señaló que, en consonancia con su ascendencia escandinava, los wobegonianos prefieren restar importancia, en lugar de sobreestimar, sus capacidades o logros. Son gente reservada y modesta, buena gente de pueblo.

Para leer más:

  • Heath C, Heath D (2011) Switch. How to change things when change is hard. Thorndike Press, Waterville (ME)
  • Kruger J, Dunning D (1999) Unskilled and Unaware of It: How Difficulties in Recognizing One’s Own Incompetence Lead to Inflated SelfAssessments. J Personality Social Psychol 77: 1121-1134.
  • Messick DM, Bloom S, Boldizar JP, Samuelson CD (1985) Why We Are Fairer Than Others? J Exp Social Psychol 21: 480-500.
  • Smith TJ (2013) Commentary: “The Lake Wobegon Effect, a Natural Human Tendency to Overestimate One’s Capabilities” (Wikipedia). Milbank Q 91(4): 729–737.Svenson O (1981) Are We All Less Risky and More Skillful Than Our Fellow Drivers? Acta Psychologica 47:143-148.
  • Wolf JH, Wolf KS (2013) The Lake Wobegon Effect: Are All Cancer Patients above Average? Milbank Q 91(4): 690–728.
  • Zuckerman EW, Jost JT (2001) What Makes You Think You’re So Popular? Self Evaluation Maintenance and the Subjective Side of the “Friendship Paradox”. Social Psychol Q 64(3): 207-223.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

3 comentarios en “El efecto Lago Wobegon”

    1. Tienes razón, pero no pretendía poner una imagen original sino algo que ayudase a la explicación, pero por lo que veo quizá induce a confusión así que he puesto una imagen del paper original. Un saludo cordial

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  1. El efecto Dunning-Kruger se explica perfectamente si sabes que “la ignorancia es osada” (por si las moscas, aclaro que es un viejo refrán). Y, por cierto, dado que la osadía te hace avanzar, no es extraño que el mundo esté preñado de “osados” en puestos en los que no deberían estar por sus cualidades

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