Amor de madre

Es una imagen subyugadora e inquietante. Un pequeño macaco se aferra desesperadamente a una malla de alambre envuelta en una tela de toalla y coronada por una cabeza de madera que recuerda esquemáticamente a un animal adulto. Harry Frederick Harlow estudió la separación entre la madre y la cría, la dependencia emocional y el aislamiento social. Su obra fue clave en la psicología infantil, el estudio del desarrollo cognitivo y en la importancia de la compañía, los cuidados, el cariño incluso para la formación de un ser estable y positivo. Era una época de controversia entre psicólogos y psicoanalistas y Harlow lo describió así:

Psicólogos, sociólogos y antropólogos mantienen habitualmente que el amor del niño se aprende a través de la asociación entre el rostro, el cuerpo y otras características de la madre con el alivio de tensiones biológicas internas, en particular el hambre y la sed. Los psicoanalistas tradicionales tienden a enfatizar el papel que aferrarse y chupar del pecho tiene como base para el desarrollo del afecto.

Harlow estaba convencido de que los primates eran cualitativamente diferentes a otros animales, que los modelos conductistas basados en experimentos en ratas o palomas, con la comida como principal refuerzo, no eran una estrategia de estudio adecuado y que las conclusiones a las que se estaba llegando se ampliaban directamente a los seres humanos sin las salvaguardas necesarias. Una posición extrema, popularizada por psicólogos como John Watson, sostenía que los niños pequeños nunca debían ser acariciados, cogidos en brazos o consolados físicamente por sus padres.

Watson y otros conductistas posteriores como B. F. Skinner afirmaron que un bebé que se acerca a su madre lo hace simplemente por una asociación entre esa persona y comida. Aquellos psicólogos dijeron que las madres que respondían con calidez y rapidez al llanto de un bebé producirían adultos dependientes, incapaces de funcionar en una sociedad competitiva. A pesar de la ausencia de evidencias científicas en apoyo de esta idea, este punto de vista influyó profundamente no sólo en el comportamiento de los padres norteamericanos, sino también en instituciones como los orfanatos, que minimizaron el contacto entre los cuidadores y los niños, y los hospitales, que limitaron a los padres la oportunidad de acompañar y consolar a sus hijos enfermos.

Nada más terminar el doctorado Harlow obtuvo una plaza de profesor en la Universidad de Wisconsin-Adison. No consiguió convencer al Departamento de Psicología para que le proporcionaran un espacio adecuado así que compró un edificio ruinoso cercano a la universidad y con ayuda de sus doctorandos, lo arregló hasta convertirlo en el Laboratorio de Primates, uno de los primeros en su género en el mundo. Bajo la dirección de Harlow se convirtió en un centro de investigación de primer nivel donde al menos 40 brillantes estudiantes realizaron su tesis doctoral. Harlow era un adicto al trabajo que rara vez pasaba tiempo con su familia. Su esposa lo dejó, llevándose a sus hijos y él se convirtió en un alcohólico.

Los experimentos de Harlow fueron controvertidos desde sus primeras publicaciones, tanto por el uso de primates, mucho más cercanos a nosotros, como por la crueldad con muchos de ellos. Aun así, gracias a estas investigaciones demolió la afirmación de los conductistas de que el apego infantil era un tema de alimentación. Los experimentos de Harlow también pusieron de manifiesto que el comportamiento de lo primates tiene muchas peculiaridades y que los estudios simplistas de los conductistas no podían ser vistos como una estrategia válida para la comprensión del comportamiento de los seres humanos.

Harlow separaba a un monito de su madre entre seis y doce horas después de su nacimiento y los ponía en una jaula con las madres sustituta. Cada monito se sentía atraído por su madre sustituta particular, reconocía su rostro inanimado entre otras versiones parecidas y la prefería por encima de las demás opciones. A continuación Harlow investigó si los pequeños preferían madres sustitutas hechas con alambre únicamente o si la relación cambiaba si el cilindro de alambre estaba cubierto con una tela de rizo, una toalla, y la sensación táctil era más acogedora. Harlow lo describe así:

La sustituta estaba hecha de un bloque de madera, cubierto con goma esponjosa, y enfundado en una tela de rizo de algodón marrón. Una bombilla detrás de ella irradiaba calor. El resultado era una madre, suave, cálida y tierna, una madre con una paciencia infinita, una madre disponible las veinticuatro horas del día, una madre que nunca regañó a su hijo y nunca lo golpeó o reprendió con ira.

Los monitos preferían sin dudarlo a la madre envuelta en tela y pasaban la mayor parte del día trepando o agarrándose a ella. Cuando se exponían a un juguete en movimiento o a una habitación extraña, los bebés con madres de tela corrían hacia ellos, enterraban sus caras en el suave tejido de la toalla y se relajaban. Sus compañeros, con sólo madres de alambre, temblaban aterrorizados contra la pared. Dejados solos durante meses con madres de alambre, parecían idos, mirando al mundo con ojos sin vida.

A continuación fue incluyendo nuevos factores y ampliando el experimento. En una situación la madre de alambre contenía un biberón con leche caliente mientras la madre envuelta en tela, de tacto mucho más agradable, no proporcionaba comida. En la otra situación era justo al revés, la madre con la cubierta de tejido tenia el biberón y la de alambre no tenía nada. Los pequeños monos solo se quedaron en el dispensador de leche el tiempo necesario para comer, pero por lo demás se acurrucaron abrazados al maniquí cubierto de tela. Dada la elección entre una madre de alambre que dispensaba leche y una madre sustituta recubierta de tela pero sin leche, los bebés monos prefirieron abrumadoramente a las madres de tela. Descubrió que los monos que vivían con sus madres prosperaban físicamente, mientras que los que no tenían cuidados maternos se marchitaban y a menudo morían, como sucedía con los niños sin problemas físicos de algunos orfanatos. Los experimentos de Harlow no se detuvieron ahí. Dividió los grupos de monos entre los que tenían juguetes versus ningún juguete, o administró choques eléctricos aleatorios, o puso a los monos en aislamiento, e ideó otros experimentos para entender completamente los parámetros del amor y para abrumar a sus detractores (que eran muchos).

Un ejemplo fue ver si las madres sustitutas con tela proporcionaban confort y seguridad cuando los bebé estaban asustado. Les puso un oso mecánico con un tambor que hacía mucho ruido. Independientemente de qué madre era la que proporcionaba la leche, los monitos aterrorizados se aferraron a la madre recubierta de tela.

En otros experimentos, los monos jóvenes se criaron en diferentes entornos sociales: algunos animales estuvieron completamente aislados, incluso hasta los 24 meses de edad; otros se criaron solo con su madre, y un tercer grupo convivieron con madres y compañeros de juegos de la misma edad. Los monos que crecieron sin compañeros de juego a menudo parecían más ansiosos más tarde que sus congéneres que habían crecido con sus compañeros, y los animales criados en completo aislamiento mostraban comportamientos alterados y aberrantes y a menudo cuando alcanzaban la edad adulta eran incapaces de criar a su propia descendencia. Harlow demostró que para desarrollar la confianza social, los monos jóvenes necesitan compañeros con los que jugar. Los bebés privados de sus madres o compañeros eran incapaces de conectarse con los demás. También descubrió que los bebés monos son terriblemente vulnerables a la sensación de pérdida. Los bebés criados por sus madres, pero luego separados de ellas, se volvieron apáticos y perdieron el interés en interactuar con otros animales. Si eso no convencía a los escépticos, Harlow fue más lejos, colocando a los bebés monos solos en una cámara vertical llamada «el pozo de la desesperación». Cuando les sacaron meses más tarde esos animales mostraban patologías incluyendo muchos de los signos de una depresión profunda.

Para aprender a curar a las personas privadas del amor adecuado, el equipo de Harlow experimentó con muchas formas de ayudar a estos monos a recuperarse del trauma infligido. A esos pobres animales que habían sufrido diversos grados de aislamiento, Harlow los intentaba rehabilitar probando diversos tratamientos. Con el tiempo descubrieron que los monos afectados por ese tratamiento traumático, podían ser lentamente reconectados con otros si se emparejaban con una joven hembra que les diera cuidados y cariño. Según él «en nuestro estudio de la psicopatología, empezamos como sádicos intentando producir una anormalidad. Hoy, somos psiquiatras que intentan conseguir normalidad y ecuanimidad».

Harlow se negaba a usar la terminología convencional y «bautizaba» a sus aparatos experimentales con palabras denigrantes. Era una decisión deliberada que había nacido cuando empezó a usar la palabra «amor» para referirse a la relación entre madre y cría en vez del término «apego» o  «fijación». Además del pozo de la desesperación, tenía un aparato que forzaba la copulación entre animales y lo llamaba el «estante de las violaciones» y las madres sustitutas hechas de alambre que atormentaban a las crías eran las «damas de hierro».

La historia de Harlow es la de un hombre que impulsó el estudio científico del amor mientras fallaba a los que más lo amaban, y la paradoja de un trabajo que hacía sufrir a los pequeños monos para sensibilizar a la gente sobre las necesidades afectivas de los niños.

Estos estudios, que fueron extremadamente controvertidos incluso entre sus colegas, generaron parte del movimiento animalista que se opone al uso de animales para la investigación científica y también provocaron una mejora en las pautas éticas para la experimentación con animales por parte de la comunidad científica. Afortunadamente, esos experimentos serían hoy inaceptables y los comités de bioética no permitirían que se llevaran a cabo.

Para leer más:

  • Blum D (2002) Love at Goon Park: Harry Harlow and the Science of Affection. Berkley Books, Nueva York. 
  • Harlow HF, Dodsworth RO, Harlow MK (1965) Total social isolation in monkeys. Proc Natl Acad Sci U S A 54(1): 90-97.
  • Smuts B (2003) No more wire mothers, ever. The New York Times 2 de febrero. https://www.nytimes.com/2003/02/02/books/no-more-wire-mothers-ever.html

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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