Prejuicios

Marta Bueno y José R. Alonso

¿Qué sucede en nuestro cerebro cuando hacemos suposiciones sobre los demás? A veces divagamos inconscientemente sobre la forma de ser de los otros, si visten de forma excéntrica, si hablan en alguna jerga especial e, incluso, si sus costumbres no coinciden con las nuestras, que, por supuesto, consideramos las moralmente correctas. Los últimos acontecimientos racistas en Estados Unidos y la reactivación del movimiento Black Lives Matter nos hacen reflexionar sobre las raíces neuronales, psicológicas e incluso históricas de los estereotipos y su manifestación emocional, el prejuicio.

Lasana Harris y Susan Fiske centran sus estudios en cómo pensamos sobre la mente de otras personas, es decir, estudian la cognición social. Estos investigadores se centran en los mecanismos cerebrales que nos hacen capaces de deshumanizar a ciertos grupos sociales. Sus hallazgos revelan la sorprendente facilidad con la que podemos evitar sentir empatía por las dificultades y necesidades de otros seres humanos, degradándolos y cosificándolos.

Cuando procesamos información social, por ejemplo, cuando hacemos suposiciones sobre cómo es el que tenemos enfrente, la corteza prefrontal medial (mPFC) de nuestro cerebro se activa. Harris y Fiske encontraron que esta región neuronal apenas se activaba en el escáner de neuroimagen cuando a los participantes se les solicitaba un juicio sobre grupos marginados, como las personas sin hogar o aquellos con trastornos por adicción a drogas (Harris y Fiske, 2006). Además, la actividad reducida de la mPFC indicaba respuestas de asco y rechazo similares a la que se daban con objetos repugnantes. Es decir, el cerebro es capaz de deshumanizar a otro ser humano y a todo un grupo social externo al propio asimilándolo a un objeto despreciable.

De hecho, la psicología social surgió tras la Segunda Guerra Mundial, buscando respuestas al Holocausto. Un grupo de investigadores judíos europeos que había huido a Estados Unidos para salvar sus vidas decidió estudiar la obediencia, la conformidad, el prejuicio y la deshumanización, las bases que habían llevado a uno de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad. Siempre es llamativo pensar cómo Alemania, el país que probablemente tenía mayor nivel cultural en esa época pudo llegar a asesinar a millones de niños y adultos. Un componente fue, sin duda, un gran movimiento propagandístico que arrancó de cuajo las características humanas de los judíos identificándolos con alimañas. Algo parecido se hizo con los soldados soviéticos, los gitanos, los homosexuales, los discapacitados y los adversarios políticos.

En otro lugar y otro tiempo, el prejuicio contra los negros fue la consecuencia de apaciguar la moral con el engaño de que la esclavitud era algo lógico, inevitable. Hubo toneladas de investigación “científica” para demostrar que los esclavos negros no eran del todo humanos y se lanzaron argumentos sobre su escaso grado de civilización, sus cerebros de menor tamaño o sus rasgos simiescos. Todo esto creó una imagen de los afrodescendientes como infrahumanos. Si hacemos memoria encontraremos en distintos países y épocas ejemplos similares que fueron construyendo estereotipos falsos pero persistentes. Este análisis histórico es imprescindible para ser conscientes de las asociaciones que generan creencias falsas intentando justificar lo injustificable.

Estamos inmersos en culturas que nos muestran, por los motivos más inquietantes que podamos imaginar, relaciones de ideas contrarias a la esencia de nuestra especie: la contraposición entre lo que consideramos humano y lo que es inhumano. Por ejemplo, si vemos escenas de gitanos como delincuentes violentos en los medios, nuestro cerebro asocia el comportamiento delictivo violento con los rasgos físicos de estas personas. O el ejemplo del sesgo contra las personas LGBTQ que manipula emociones como el asco y el miedo, utilizando la percepción de amenaza a ciertos valores tradicionales. El éxito de los racistas y sexistas es hacernos creer que una persona, por ser diferente en algún aspecto a nosotros, amenaza nuestra supervivencia, nuestra familia, nuestra forma de vida.

Hay una región del cerebro que se activa cuando intuimos una amenaza, independientemente de que sea real o no: la amígdala. Esta área procesa el miedo y nos protege frente a un posible daño. El prejuicio es esencialmente la respuesta ante una amenaza, aunque el riesgo sea inexistente. La buena noticia es que este sesgo no es inconsciente porque podemos reflexionar sobre nuestra respuesta. Nuestro cerebro moldea nuestro comportamiento y eso sí depende de nosotros.

Es cierto que en el ser humano prejuzgar viene de fábrica; sospechar de un movimiento extraño entre la maleza pudo ayudarnos a evitar peligros, y sentir un asco instintivo ante malos olores o señales de enfermedad nos hace alejarnos de patógenos y toxinas. La reacción al abrir el táper con la ensalada de huevo y atún que lleva diez días en la nevera, ¿está relacionada científicamente con el impulso de evitar a un “sin techo”? Pues sí, somos capaces de estigmatizar y marginar a los grupos con los que no nos identificamos, estereotiparlos como moralmente corruptos o molestos, asociar peligro, repugnancia y desprecio. Podemos creer implícitamente que hay algo que puede hacernos daño en alguien que es simplemente diferente a nosotros.

Entonces, la pregunta básica: ¿cómo se puede acabar con los prejuicios? Según Harris y Cossins (2020) una de las maneras para conseguirlo es ser conscientes de nuestra respuesta, analizar de forma crítica su origen y, sobre todo, su veracidad. Si descartamos la amenaza al ver que el riesgo es inexistente es posible regular el estereotipo y evitar los prejuicios.

Otra forma es deshacer el aprendizaje. Aunque las asociaciones que hemos aprendido son difíciles de desmontar, podemos conseguirlo si tenemos suficientes experiencias positivas con personas de ese grupo externo. El esfuerzo de Adenauer y De Gaulle refrendado por el Tratado del Elíseo para que hubiera intercambios entre jóvenes alemanes y franceses y se conocieran ayudó a reducir una enemistad de siglos. Esto es conocido por los psicólogos como la hipótesis del contacto: la idea es que si diferentes grupos interactúan y se conocen, se puede reducir el sesgo de amenaza. Le ponemos sentimientos al otro, le acercamos a nuestras vidas individualizándolo, le comparamos con nosotros y descubrimos, a veces con sorpresa, que no somos tan diferentes.

La tercera forma, y ​​la que menos se intenta, es cambiar las categorías en las que colocamos a las personas. Este puede ser el primer paso para una intervención educativa eficaz para anular prejuicios: reformular la identidad de las personas en términos de su humanidad común, al contrario de lo que hacemos cuando clasificamos según sus rasgos idiosincrásicos. Por ejemplo, todos somos niños de 3.º de Primaria, no una clase de chinos, marroquíes, la niña de Gabón de la segunda fila y el resto de niños españoles blancos del aula. Si reforzamos lo mucho que tenemos en común lograremos un sentimiento de comunidad, de objetivos compartidos, de hermandad.

En el ámbito educativo encontramos mucha literatura y muchos recursos para trabajar los prejuicios en el aula. Pero hay otros prejuicios implícitos en un centro escolar a los que no prestamos tanta atención. Todos pertenecemos a un grupo o a varios y estamos muy orgullosos de los nuestros. La medida adaptativa de mantenernos juntos nos ha ayudado a protegernos, buscar alimento, cuidar de nuestras crías y, en definitiva, a avanzar como especie. Sin embargo, es la causa de un sesgo cognitivo que aparece, ¡cómo no!, en la escuela. La colaboración entre estudiantes, profesores y familias es esencial para poder hablar de educación en plenitud. En muchas ocasiones aparecen prejuicios que dificultan la colaboración entre los tres grupos.

Veamos un ejemplo: cuando nuestro grupo colabora con otros tendemos a pensar que los éxitos conseguidos se deben a nuestra participación. Sin embargo, cuando un proyecto fracasa, achacamos el resultado negativo a la metedura de pata o las insuficiencias de los demás. A este efecto psicológico se le llama sesgo egocéntrico. Un ejemplo más: los de nuestro grupo siempre son los mejores y esto lleva asociado otro prejuicio, el favoritismo hacia los nuestros y la endogamia. Además, en el terreno individual, si un alumno mejora sus notas, el profesor se apuntará el mérito pensando en su esfuerzo y dedicación. Los padres se felicitarán por el éxito de su hijo, por su apoyo y las clases particulares que le pagaron. Por el contrario, si el alumno fracasa, el docente pensará que el chico o la chica no ha estudiado lo suficiente o que los padres le consienten mucho. Los padres pensarán que el chico no recibe la atención suficiente y que el profesor no se implica y además no sabe nada de pedagogía. ¿Le suena de algo?

Quizá la explicación sea una mezcla de todas o quizá sean circunstancias únicas del alumno. El caso es que esa identificación grupal genera conflictos y perjudica el espíritu de cooperación. No somos conscientes de que todos contribuimos a dar forma al prejuicio, lo alimentamos con grupos viperinos de Whatsapp entre padres, con la falta de transparencia de lo que ocurre dentro del aula o con unas redes sociales que a menudo usamos para separar, pocas veces para unir.

Debe ser muy difícil llegar a un punto conciliador porque aún no lo hemos conseguido; sería tan drástico y eficaz como trabajar juntos desde el respeto y la humildad. Ni hay tantos profesores mal formados y vagos, ni tantos padres sobreprotectores que lo único que pretenden en la vida es desacreditar al docente. Ante estas visiones tan polarizadas sería conveniente analizar y poner sobre la mesa éxitos y fracasos, sin el prejuicio de ver en el otro grupo al contrario, al enemigo.

Vivimos tiempos muy complicados en el terreno educativo y aún no está todo perdido si unimos fuerzas para sostener los cimientos de un país: la educación. Sería bueno dar una oportunidad a críticas externas hacia nuestro grupo para mejorar y, por otro lado, ser valientes para romper una lanza con argumentos constructivos a favor del grupo externo cuando las críticas no le sean favorables.

Uno de nuestros objetivos como educadores es que nuestros alumnos sean capaces de pensar, que sean críticos, escépticos con estereotipos que nos vienen por inercia, que se propongan ser cazadores de evidencias y, sobre todo, libres y mejores personas. El esfuerzo que hagamos para eliminar prejuicios entre nosotros repercutirá con seguridad en su formación. Y también en la nuestra, sin duda.

 

 

Referencias

  • Harris LT, Cossins D (2020). The roots of racism. New Scientist 247(3297): 43–45. DOI: 10.1016/S0262-4079(20)31506-2.
  • Harris LT, Fiske ST (2006). Dehumanizing the Lowest of the Low: Neuroimaging Responses to Extreme Out-Groups. Psychological Science 17(10): 847–853. DOI:  10.1111/j.1467-9280.2006.01793.x.

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

6 comentarios en “Prejuicios”

  1. Excelente publicación! La divulgación de estudios como éstos ayudará sin dudas a saber por qué existen los prejuicios, y ayudará a modificar esa conducta, si aplicamos los consejos vertidos en el artículo para cambiar esa conducta humana. Sería muy bueno que este artículo se difunda por todas las redes, los medios masivos, y sobre todo que llegue a los establecimientos educativos, principalmente en los centros de formación de docentes.
    Muchas gracias JOSÉ por la divulgación de este estudio.
    ¿Es posible tenerlo en pdf este material?
    Pablino Ruiz
    Docente – Neurosicoeducador de Formosa – Argentina

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      1. Ante todo, mis felicitaciones por el blog.
        Solo quería precisar que a mi generación que nacíó a principios de los 70, sobre todo cuando solo había 2 canales de TV, nos criaron a base de películas que trataban de matar indios (western), nazis o japoneses (II G. mundial), vietnamitas (Vietnam), y rusos entre otros. Además creo recordar que iba por temporadas, unos años mataindios, otros matacharlis, y otros matacomunistas.
        Vamos, totalmente lo contrario de lo que promueve su estupendo artículo.
        A veces pienso qué tendrían en vez de cerebro los programadores de televisión española, puestos a dedo por los partidos de turno.
        Luego se preguntan de dónde salen los militantes de vox.
        Es que da la risa

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  2. Los aspies padecemos algo que va más allá de los prejuicios. La gente normo no puede leer, a través de nuestros actos, los códigos necesarios para colocarnos dentro de sus esquemas, incluso los prejuiciales, por lo que no invierten tiempo en conocernos.

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    1. No sé si eso es un prejuicio sobre los normos. Quiero pensar que nosotros también somos diversos y que no todos actuamos de la misma manera. Quiero pensar que hay personas que consiguen comprender y que están dispuestas a invertir el tiempo necesario. Un saludo cordial.

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