Neurohormonas

El premio Nobel de Medicina de 1977, el mismo año que Vicente Aleixandre ganó el de Literatura, fue un reconocimiento al nacimiento de la neuroendocrinología, a cómo el cerebro controla el organismo, además de mediante las conexiones nerviosas, mediante hormonas. Ello permitió entender la importancia del hipotálamo como eje de la conexión entre el sistema nervioso y el sistema endocrino y comprobar, con sorpresa, que el cerebro actuaba como una glándula más. Estos descubrimientos abrieron puertas a la investigación sobre la contracepción, la diabetes, los crecimientos anómalos, la discapacidad intelectual, la depresión y otros trastornos mentales. El premio fue compartido por Andrzej Schally, Roger Guillemin y Rosalyn Sussman Yalow. Como tituló el New York Times: Dos hombres americanos y una mujer del Bronx.

Andrzej Viktor “Andrew” Schally es un endocrinólogo americano, de origen polaco. Schally nació en Wilno, que entonces era Polonia y desde 1945 se llama Vilnius y es Lituania. Era hijo del general Kazimierz Schally, que era jefe de gabinete del presidente de Polonia Ignacy Mościcki antes de la II Guerra Mundial. En septiembre de 1939, cuando Polonia fue atacada simultáneamente por la Alemania nazi y la Unión Soviética, Mościcki, junto con su consejo de ministros y sus familias huyeron a Rumanía, neutral en esa época, donde fueron confinados. Schally lo recordaba así:

Fui afortunado de sobrevivir al holocausto mientras vivía con la comunidad judeo-polaca de Rumanía. Solía hablar polaco, rumano, yidis, italiano y algo de alemán y ruso, pero los he olvidado casi completamente y el francés, en el que solía sobresalir, dista ahora mucho de ser fluido.

Nada más terminar la guerra, Schally se mudó a Italia, de allí a Francia y luego al Reino Unido, donde continuó su formación. En 1952 se trasladó al Canadá y allí recibió un doctorado en endocrinología en la Universidad McGill. Inmediatamente se trasladó a Estados Unidos donde trabajó principalmente en la Tulane University.

Roger Charles Louis Guillemin es franco-americano. Estudió en la Universidad de Borgoña (Dijon), colaboró con la Resistencia en la guerra y recibió su MD (medical doctor) en la Universidad de Lyon. De allí marchó a Montreal (Canadá) donde obtuvo su doctorado en 1953. Ese mismo año se trasladó a los Estados Unidos y empezó a trabajar en el Baylor College of Medicine en  Houston, el mayor centro médico del mundo. En 1965, se convirtió en ciudadano estadounidense y, posteriormente, ayudó a fundar el Instituto Salk en La Jolla, donde trabajó hasta su jubilación en 1989.

Un punto divertido es que Guillemin y Schally se odiaban y eran notablemente reacios a reconocer los méritos del otro. Schally describió este enfrentamiento como «muchos años de viciosos ataques y amargas represalias». Guillemin omitía constantemente el trabajo de Schally en sus revisiones y en congresos y simposios ambos ocultaban información para no alertar al contrincante de un avance fructífero. Los dos se negaron a cooperar, que suele ser la manera tradicional de avanzar que tienen los equipos científicos embarcados en el mismo problema de investigación. «No hables con el enemigo», ordenaba Schally a su equipo, algo que sufrían los miembros de ambos laboratorios pues como decía un antiguo miembro del grupo de Guillemin «Hubiera preferido una relación más abierta, en la que pudiéramos hablar por teléfono y ahorrar tiempo». Además, los dos eran tacaños a la hora de compartir el éxito de sus logros con los miembros más jóvenes de sus laboratorios. Schally típicamente se encogía de hombros ante una disputa entre los miembros de su equipo con el comentario: «¿Qué me importa? Es mi laboratorio. De todas formas, yo me llevo la gloria».

El nivel de la rivalidad es evidente en la correspondencia de los dos investigadores. Tras una conferencia en la que Guillemin había menospreciado las aportaciones de Schally, éste comentó «Sus comentarios algo despectivos y despreciativos… me sorprendieron como el ataque a Pearl Harbor sorprendió a la Marina de los EE.UU.». La respuesta de Guillemin fue la siguiente: «No tengo ningún comentario salvo decir que no soy ni su conciencia ni su psiquiatra». Así son también algunos grandes científicos

Si su relación no era típica del mundo de la ciencia, tampoco lo era la búsqueda en la que se embarcaron los dos laboratorios. Querían descubrir y caracterizar las hormonas que el cerebro utiliza para controlar la temperatura, la reproducción, el crecimiento y otras funciones del cuerpo. Estas hormonas son péptidos y ahora sabemos que existen en cantidades infinitesimales en la parte del cerebro llamada hipotálamo. Dado que el residuo biológico dejado por una sola huella dactilar puede contener más material que las hormonas de un millar de hipotálamos, la búsqueda de las escurridizas hormonas se convirtió en un ejercicio de bioquímica a gran escala. Guillemin y Schally pasaban más tiempo en los mataderos que en sus laboratorios. Para un experimento, que a pesar de todos los esfuerzos fracasó, Guillemin recogió medio millón de hipotálamos de ovejas. ¿Se imagina hacer la disección a quinientos mil cerebros para aislar el pequeño hipotálamo?  Schally, con menos recursos, se tuvo que conformar con una cantidad mucho más pequeña para otro de sus estudios: los hipotálamos de 200.000 cerdos. Más que un trabajo de Hércules.

Como otro ejemplo de que los científicos no tienen por qué ser santos, cuando sus descubrimientos les dieron fama, Guillemin y Schally pusieron sus energías en presionar y seducir a los científicos que podrían ayudarles a conseguir el Premio Nobel. Una vez que lograron identificar las hormonas, cortejaron asiduamente a Rolf Luft, un miembro destacado del comité de los premios Nobel.

Rolf Luft, professor emeritus, diabetesforskare, OBS avliden

En un artículo en el influyente New England Journal of Medicine, Guillemin alababa profusamente la investigación de Luft, aunque no había apenas conexiones con lo que ahí estaba describiendo. Schally, por su parte, planeó darle a Luft el honor de realizar los ensayos clínicos de una de las moléculas prometedoras que surgieron del trabajo de su equipo. No iban mal encaminados: Rolf Luft fue el presidente del comité que concedió y anunció el premio Nobel. Cuando los dos recibieron conjuntamente el premio Nobel se les negó aquello que habría sido su mayor satisfacción: humillar al otro.

Rosalyn Sussman Yalow fue la segunda mujer, después de Gerty Cori,en obtener el premio Nobel de Medicina. Más de cien hombres habían recibido ese premio para entonces. Su principal mérito fue descubrir la técnica de radioinmunoensayo, un avance que sería clave para el descubrimiento de las neurohormonas. Mediante el uso de radioisótopos esta técnica permite medir cantidades infinitesimales de varias moléculas biológicas en sangre y en otros fluidos acuosos. A pesar de su enorme potencial como negocio, Yalow se negó a patentar su método.

Yalow, judía del Bronx, llegó a la ciencia por un camino tortuoso. Era un «producto» de las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York y la hija de padres que nunca terminaron la enseñanza secundaria. La Dra. Yalow dijo en una entrevista que supo desde que tenía ocho años que quería ser científica en una época en la que las carreras de ciencias estaban prácticamente vedadas a las mujeres. Le encantaba la lógica de la ciencia y su capacidad para explicar el mundo natural. Se graduó magna cum laude en el Hunter College de Nueva York a la edad de 19 años y fue la primera física de la universidad. Sin embargo, luchó sin éxito para ser aceptada en los estudios de postgrado. En una ocasión, la Universidad de Purdue respondió negativamente a su solicitud de una plaza de ayudante escribiendo al profesor que la recomendaba con el siguiente comentario: «Es neoyorquina. Es judía. Es mujer».

Sin encontrar un camino y como sabía escribir a máquina, consiguió un puesto a tiempo parcial como secretaria de Rudolf Schoenheimer, un magnífico bioquímico de la Universidad de Columbia. Como veía que al ser mujer ninguna universidad la apoyaría para obtener un doctorado consiguió un segundo trabajo como secretaria de Michael Heidelberger, otro buen bioquímico de Columbia. La Universidad de Columbia le dijo que «si era buena chica» le permitirían hacer algunos cursos. Al cabo de un tiempo obtuvo un puesto como ayudante para la docencia por una situación particular: los hombres se habían ido a la guerra y la universidad decidió reorientarse a la educación de las mujeres para evitar que la cerraran. De allí pasó a la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign donde era la única mujer entre los cuatrocientos miembros de su departamento. Cuando recibió un A-minus en un curso de laboratorio (equivalente a un 9), el director del departamento de física de Illinois dijo que la nota confirmaba que las mujeres no podían sobresalir en el trabajo de laboratorio; aquello solo aumentó su determinación. Sus compañeros reconocieron su talento, le animaron y le apoyaron. Obtuvo su doctorado en 1945.

Más tarde enseñó y trabajó en investigación en Hunter, y luego en 1950 se unió al Hospital de Administración de Veteranos en el Bronx. Fue nombrada jefa de medicina nuclear en el Hospital del Bronx en 1970 y comenzó a dar clase a tiempo parcial en la Facultad de Medicina de Mount Sinai en Nueva York.

Yalow era una mujer muy tradicional y en alguna ocasión denunció al movimiento feminista como una amenaza a sus creencias ya que, según ella, animaba a las mujeres a no dedicarse al papel tradicional de ser esposas y madres. Sin embargo, en su discurso en el banquete del Nobel, sentada junto al rey Carlos Gustavo XV hizo una encendida defensa del acceso de la mujer a la ciencia y a los puestos de responsabilidad:

La discriminación ha impedido que muchas mujeres ocupen altos cargos en la política, la ciencia y otros campos, –dijo, y añadió– Seguimos viviendo en un mundo en el que una fracción significativa de la población, incluidas las mujeres, cree que una mujer pertenece y quiere pertenecer exclusivamente al hogar, que una mujer no debe aspirar a lograr más que sus homólogos masculinos y, en particular, no más que su marido. No es posible esperar en un futuro inmediato que todas las mujeres que lo busquen logren una igualdad de oportunidades. Si las mujeres van a empezar a moverse hacia ese objetivo, debemos creer en nosotras mismas o nadie más lo hará, debemos corresponder a nuestras aspiraciones con la competencia, el coraje y la determinación de triunfar, y debemos sentir la responsabilidad personal de facilitar el camino a las que vengan después. El mundo no puede permitirse la pérdida de los talentos de la mitad de su gente si queremos resolver los muchos problemas que nos acechan.

 

 

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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