Harvey Cushing fue el pionero y el ejemplo más destacado de una nueva disciplina: la neurocirugía. En él coincidieron dos características significativas: el paso de Norteamérica a la vanguardia de la cirugía y la especialización quirúrgica profesional. Antes de él, operar el cerebro era una medida desesperada planteada habitualmente como último recurso y la mayoría de los pacientes morían durante la preparación o en la mesa de operaciones. Tras Cushing no solo sobrevivían, sino que estaban muchas veces mejor que antes de operarse.

Cushing fue el menor de diez hermanos en una familia conservadora y rígida de varias generaciones de médicos. Nació el 8 de abril y se convirtió en un muchacho estudioso, pero con una pasión por los deportes, en particular el béisbol y la gimnasia.

En el instituto se interesó por la carpintería, la herrería y el dibujo, algo que probablemente contribuyó a la destreza manual de la que haría gala en su larga carrera como cirujano. En la universidad de Yale jugó en el equipo de béisbol para disgusto de su padre, que lo veía como una distracción de los estudios. Cushing no se arredró y para el último año era ya el capitán del equipo. Una charla en la facultad por parte de un médico le causó tal impresión que decidió seguir la tradición familiar y estudiar medicina. A pesar de sus buenas notas, tenía muchas dudas sobre su habilidad y si realmente valía para la medicina, algo que afrontó con una exigencia y un perfeccionismo a ultranza. Un día le encargaron que administrase la anestesia a una mujer que iba a operarse de una hernia. La anestesia se administraba con un trapo empapado en éter y los nervios de Cushing y su torpeza hicieron que la mujer falleciera antes de empezar la cirugía. Abrumado por la culpa se esforzó más en estudiar y desarrolló una adicción al tabaco.
De Yale se trasladó a la Universidad de Harvard, en la que se licenció cum laude en 1895. A finales de la década de 1890, cuando Cushing daba sus primeros pasos como residente de cirugía, la intervención en el cráneo se realizaba en su mayoría “a ciegas y con resultados desastrosos”, escribe Michael Bliss. Comenzó su formación quirúrgica en el Hospital General de Boston, pero aprendió con William S. Halsted, la figura sobresaliente del momento, de quien fue asistente desde 1896 en el Johns Hopkins, un hospital fundado según el modelo de las clínicas alemanas de vanguardia de la época. Halsted era muy lento en el quirófano —decían con sorna que sus pacientes cicatrizaban antes de que él terminara de operar— y tampoco iba mucho por el hospital, por lo que Cushing pronto empezó a trabajar de forma independiente.

Los cirujanos carecían de tecnologías de imagen para determinar en qué parte del cerebro podía estar el problema, y desconocían qué funciones neurológicas podían verse afectadas por un movimiento equivocado durante la intervención. La mayoría de los intentos de operar acababan de forma desastrosa en hemorragias, inflamación incontrolable del tejido cerebral, infecciones y la muerte. El joven Cushing también fracasó con una mujer embarazada a la que habían disparado en la cabeza y con una chica de 16 años cuyo tumor hipofisario se le escapó en tres intentos. Estas pérdidas le dejaron profundamente conmocionado. Pero «tras haber observado el cerebro», escribe Bliss, Cushing siguió adelante en la primera década del nuevo siglo para aprender «cómo acceder a él, aliviarlo y dejar que se curara».
El interés de Cushing por la neurocirugía aumentó después de que tratase a un paciente con un dolor facial persistente. Para ello diseccionó con enorme cuidado y luego cortó el ganglio trigeminal, un fascículo nervioso justo por debajo del cerebro y la compleja operación fue un éxito. Empezó a pensar en especializarse en neurocirugía, algo que no existía en ese momento y decidió seguir el consejo de otro de sus profesores, Sir William Osler, viajar a Europa y continuar su formación con los mejores del Viejo Continente. Osler fue el maestro que le abrió al conocimiento de la medicina más avanzada de su época, le presentó a los mejores médicos ingleses, le despertó un interés por la historia de la medicina y lo convirtió en un bibliófilo.
Cushing completó su formación en Europa (1900-1901), con Emil Theodor Kocher en Berna, vio operar a Sir Victor Horsley en Londres e investigó con Sherrington en Liverpool, y allí inició su especialización en neurocirugía, a la que consagraría el resto de su vida profesional. Cushing tenía una serie de gestos pactados para pedir en silencio el instrumental y su cuerpo de atleta aguantaba impertérrito hora tras hora de pie junto a la mesa de operaciones. Otra de sus frases típicas para reclamar la concentración de sus ayudantes probablemente provenía de sus tiempos de beisbolista: «¡los ojos en la pelota!».
A su regreso a los Estados Unidos Cushing consiguió que le dotaran un puesto especializado en Baltimore, a pesar de que apenas había en ese momento enfermos para justificarlo y además era una cirugía con una alta mortandad. Pero con sus nuevos conocimientos, en poco tiempo, los pacientes susceptibles de beneficiarse de la neurocirugía oyeron hablar de este cirujano y aumentaron en tal número que se garantizó sobradamente la continuidad de la especialidad. Los Cushing compraron la casa de al lado de la de Osler, y este abrió un hueco en la verja para que el joven matrimonio pudiera disfrutar de su jardín. En 1905 hizo otro avance inusual, Cushing, que decía que esperaba el día en que fuese nombrado cirujano alguien sin manos porque la parte manual era la menos importante de su trabajo, fundó el Hunterian Laboratory de Johns Hopkins, un laboratorio para desarrollar investigaciones experimentales y probar técnicas quirúrgicas con las que mejoró sus resultados en el quirófano y la calidad de sus clases. Ese mismo 1905 publicó su artículo The Special Field of Neurological Surgery, para muchos la partida de nacimiento de la neurocirugía.
En la I Guerra Mundial, Cushing dejó su cátedra de cirugía en Harvard para unirse al ejército expedicionario americano que combatía en Europa. Contaba que en julio de 1918 en el Marne operaba sin parar, que no sabía en qué día vivía y que no tenía el mínimo equipamiento básico, como aparato de rayos X, plasma y, ni siquiera, vendajes. Relataba como se vio obligado a «usar paquetes viejos de gasas y vendas de entablillar dedos para cubrir las ruinas apestosas de esos pobres chicos». Un día, exhausto, el coronel Cushing se tumbó en la mesa del quirófano, se quedó dormido y se despertó al caer y darse un costalazo contra el suelo.

Puesto que era experto en operar tumores cerebrales a Cushing le encargaron en el hospital de campaña ocuparse de los soldados heridos en la cabeza. Asombró a los colegas usando instrumental quirúrgico magnetizado e imanes para extraer los trozos de metralla después de localizarlos con los rayos X. Bier hizo algo similar en el bando alemán pero, en su caso, con esa pasión germana por la maquinaria pesada, usaba un gigantesco electroimán de más de doscientos cincuenta kilogramos que bajaba sobre la mesa de operaciones utilizando unas poleas y con el que arrancaba también las esquirlas de metralla de las cabezas de los soldados del káiser.
El problema de Cushing era que la meticulosidad y el ritmo lento con los que estaba acostumbrado a operar, ¡quizá el ejemplo de Haslted!, no encajaba con la urgencia de la cirugía de guerra, pero aprovechó un descubrimiento afortunado: el cerebro no tiene receptores de dolor. Eso le permitió poner a los soldados heridos una anestesia local para el cráneo y el cuero cabelludo, con lo que les abría la cabeza y charlaba con ellos mientras les operaba el cerebro; no perdía tiempo con la anestesia general y operaba un herido tras otro. Uno de los soldados a los que intentó salvar, sin conseguirlo, de las heridas de metralla fue Revere Osler, el hijo de su maestro y amigo William Osler. Tuvo que ser un golpe duro para Cushing, pero los Osler, con una delicadeza admirable, le escribieron para decirle que para ellos había sido reconfortante saber que su hijo había muerto en las mejores manos y junto a alguien que lo conocía y lo quería.
Como neurocirujano, y en solo uno de los hospitales donde trabajó, el Peter Bent Brigham, Cushing operó más de dos mil tumores cerebrales y redujo la mortandad ligada a la cirugía del 50 al 8 por ciento.

Para celebrar ese número redondo de tumores extirpados, sus colaboradores le regalaron una caja de plata con dos mil cigarrillos, esa época en la que los médicos fumaban como carreteros. Cushing era muy exigente, y sus ayudantes lo veían como frío, dictatorial, hipercrítico y desagradable; de él dijeron que «hacía llorar a las enfermeras y a los residentes los llevaba a un colapso mental con su desprecio y su sarcasmo». Era obsesivo en el trabajo, llegaba a detallar y escribir personalmente los menús de los pacientes. Los enfermos, en cambio, veían a un cirujano amable, con un toque cálido y que siempre tenía tiempo para hablar con ellos y explicarles las cosas. Como catedrático formó una generación de cirujanos que se convertirían en los líderes en los quirófanos de todo el país; como gestor creó la Sociedad de Neurocirujanos e, indirectamente, la Asociación Americana de Cirujanos Neurológicos. Como autor escribió monografías sobre adenomas pituitarios, neuromas acústicos, meningiomas, gliomas, tumores de los vasos sanguíneos, cirugía de tumores y ganó el premio Pulitzer por su biografía de Osler. Como investigador describió la enfermedad de Cushing, el reflejo de Cushing, la úlcera de Cushing, la «tercera circulación» del líquido cefalorraquídeo y una gran variedad de fenómenos biomédicos. Anotaba en detalle la historia de cada paciente y analizaba sus casos postmortem mediante la autopsia de los cerebros donde identificaba sus errores y se presionaba para mejorar. Sus compañeros abominaban de la neurocirugía por su terrible exigencia y malos resultados, él la convirtió en una disciplina que era un sinónimo de excelencia. Su terrible experiencia con la anestesia como estudiante le llevó a organizar registros estructurados y medidas repetidas de la presión sanguínea, algo que todavía usan los anestesistas hoy en día. Como bibliófilo reunió la mejor colección de textos médicos y quirúrgicos de la Antigüedad. Harvey Cushing fue una superestrella de la neurocirugía, cuando no existía ni ese perfil ni esa disciplina.
Cushing trabajaba de 14 a 16 horas al día, seis días a la semana y raramente tomaba vacaciones, algo que sufrían su mujer y sus cinco hijos. En una carta ella se lamentaba de la fragilidad de su matrimonio y terminaba con estas palabras: «no puedo decirte estas cosas, siempre estás demasiado ocupado o demasiado cansado». El día que le dijeron que su hijo Bill, de 23 años, había muerto en un accidente de tráfico de vuelta de la celebración de haber aprobado el curso en la universidad estaba en el hospital, era sábado y estaba listo para empezar la primera cirugía del día. Cushing entró en el quirófano y realizó la operación, solo entonces marchó a New Haven a recoger el cuerpo de su hijo. Tras esta desgracia, Cushing se sumergió en su trabajo mientras que su esposa no conseguía superarlo e hizo numerosas sesiones de espiritismo para intentar comunicarse con el hijo difunto. El otro hijo, Henry, dejó Yale tras sufrir un colapso nervioso, aunque se recuperó y tuvo una exitosa carrera como hombre de negocios. Mejor les fue a las tres hijas, que eran conocidas como las «fabulosas hermanas Cushing» y que se casaron con algunos de los herederos de las mayores fortunas de Estados Unidos. Mary se casó con un Astor y dejó en shock a la sociedad puritana estadounidense al separarse y marcharse con unos cuantos millones, casarse con un pintor y hacer una colección de arte que incluía a artistas como Cézanne o Renoir.

A la muerte de su esposo, donó 8 millones de dólares a la facultad de Medicina de Yale, la mayor donación individual recibida, pero no quedó en la pobreza, la colección de arte fue subastada en Sotheby’s y recaudó 128 millones de dólares. Barbara «Babe» redefinió la moda del país, de los sombreros a cómo colocar un jarrón de rosas, siendo repetidas veces portada de Vogue. Marcó un estilo que incluía la combinación de joyas de alta gama con bisutería, y por detalles como atar un pañuelo al bolso o dejar que su cabello se volviera gris de forma natural. Al fallecer, Truman Capote, un antiguo amigo suyo, comentó: «Babe solo tenía un defecto: era perfecta. Por lo demás, era perfecta». La tercera se casó con un Roosevelt y le tocó recibir a reyes y presidentes en la Casa Blanca.
Harvey Cushing ideó operaciones descompresoras, como el drenaje lumbar de la hidrocefalia, pero sobresalió por su dedicación a la patología y el tratamiento de los tumores intracraneales. Con su exquisita formación médica y su extrema habilidad técnica inauguró la cirugía hipofisaria y contribuyó al desarrollo de la endocrinología. En 1912 publicó The pituitary body and its disorders, fruto de sus investigaciones experimentales y clínicas sobre anatomía, fisiología y patología de la hipófisis. Entre sus más de trescientas publicaciones destacan las monografías en colaboración con un discípulo de Cajal, Percival Bailey, que estuvo al frente del Laboratorio de Investigación Quirúrgica que Cushing creó en Harvard. La primera de ellas, Classification of the gliomas (1926), la dedicó «al profesor S. Ramón y Cajal y a los discípulos de su ilustre escuela de neurohistólogos españoles». Esa época en la que España estaba en el mapa de la ciencia.
La neurocirugía, en particular la cirugía del cerebro, fue muy pronto valorada como una de las fronteras de la medicina. Con sus nuevas técnicas, audaces y arriesgadas, la exigencia de una habilidad a menudo asombrosa, que requería el desarrollo y puesta a punto de los procedimientos en la morgue y en el laboratorio antes de ir al quirófano, y la promesa de unas posibilidades de curación antes impensables, hizo que los neurocirujanos se convirtiesen en seres míticos en el imaginario popular. De hecho, los más prominentes fueron candidatos evidentes para el premio Nobel pero, sin embargo, nunca un neurocirujano ha obtenido el Nobel. Lo más parecido fue António Egas Moniz que lo obtuvo por la lobotomía, una técnica enormemente criticada en la actualidad, pero que era neurólogo. A Horsley y Cushing se los ha denominado «perdedores altamente cualificados» del galardón sueco. Cushing fue nominado 38 veces y Horsley, 9.
Después de su jubilación Cushing recibió numerosas ofertas para dedicarse a la historia de la medicina, pero decidió acabar sus publicaciones y enseñar neurología en Yale como emérito (1933-37). A esta universidad legó su biblioteca médico-quirúrgica de más de ocho mil volúmenes, un auténtico tesoro que recogía el saber clásico, un ejemplo de que ciencia y humanidades siempre van juntas. Ahora varias bibliotecas llevan su nombre, Cushing Library, el homenaje que más le habría gustado.
Para leer más:
- Bliss M (2023) Harvey Cushing: A Life in Surgery. Oxford University Press, Nueva York.
- Schwartz TH (2024) Gray matters. A biography of brain surgery. Oneworld Publications, Londres.



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