El patio escolar, un espacio de igualdad

Marta Bueno y José R. Alonso

Una mirada atenta al espacio de recreo en la escuela revela grandes diferencias en el uso que niñas y niñas hacen de él. Existen pocos estudios sobre los patios escolares desde una perspectiva inclusiva y sería bueno promover la investigación-acción por parte del profesorado para estimar la situación real y encontrar soluciones interesantes para su mejora.

Si nos centramos en las etapas de Infantil y Primaria, los estudios que se han llevado a cabo muestran que las niñas utilizan principalmente estos espacios abiertos para interactuar socialmente, mientras que los niños están más interesados en las actividades físicas, se involucran más en comportamientos de riesgo, tienen más accidentes y no es extraño que aparezcan peleas entre ellos. Las acciones favoritas de las niñas en el patio escolar son los juegos de rol y las actividades tranquilas como charlar, pasear, etc. Suelen ser más acogedoras y están más pendientes de los compañeros que puedan encontrarse aislados por el motivo que sea. Con respecto a los niños, es una imagen habitual verlos jugar al fútbol, no todos, corriendo para pillarse o trepando por donde no deben, empujándose y, casi siempre, ocupando el centro del patio. Evidentemente, estas diferencias se notan más en la etapa de Primaria que en la de Infantil en la que niños y niñas no son aún una metáfora tan clara de la sociedad en la que vivimos.

Muchos centros escolares no tienen un espacio amplio al aire libre, que sería indispensable en los nuevos proyectos de edificios docentes. Por esto, para aprovechar al máximo los que tenemos, es importante utilizarlos con prudencia y observar con atención qué ocurre en ellos. Las posibilidades son muy variadas. Los patios son lugares educativos y los niños aprenden a relacionarse de manera igualitaria o jerárquica, incluyen al otro o lo apartan de sus juegos, cooperan o compiten, hacen ejercicio físico o lo evitan, desean que pase rápido el tiempo de recreo o disfrutan de él.

Las características físicas de estos lugares pueden generar desigualdades entre el alumnado. De hecho, los campos deportivos, donde los niños juegan más, a menudo se ubican en el centro del patio de la escuela, dejando los espacios periféricos para la mayoría de las niñas. Un ejemplo claro de este androcentrismo deportivo es el tema más popular en este país, el fútbol, deporte hegemónico masculino que ocupa el 80% del patio. Es un espacio mayoritario tomado frecuentemente por un grupo realmente poderoso, aunque a menudo minoritario: los futbolistas. ¡Demasiado terreno para tan pocos jugadores!

A veces es complicado modificar el espacio arquitectónico del patio, pero siempre hay alternativas. Una posibilidad para comenzar a plantear un cambio en los recreos es proponer una actividad de geografía social a los alumnos. Se trata de que niños y niñas sean conscientes de su posición en el patio, del sitio que ocupan los chicos y del que disponen las chicas, de los niños que están solos, de lo que quieren hacer y lo que les dejan. Al subir a clase después de un recreo, podrían poner en común sus observaciones, las relaciones  entre ellos, las diferencias de juegos por género, su idea sobre actividades de chicos o de chicas y, en definitiva, sus reflexiones sobre este tema y sobre cómo se sienten en el patio. Evidentemente, tendremos en cuenta la edad y los acompañaremos en el debate sobre estereotipos. Es otro aprendizaje para ellos que los debe llevar a valorar la diversidad y a defender la igualdad y el uso equitativo.

Otra manera de mejorar estos ratos de ocio entre clases es considerar aspectos de construcción y mobiliario lúdico; las canchas para jugar con un balón deben ser más que «jaulas de fútbol» para ampliar su uso a todo tipo de juegos de pelota, como voleibol o baloncesto. Es conveniente que sean más versátiles, con menos barreras y con formas diferentes, que atraigan también a los niños pequeños. Existen posibilidades sencillas de mejora en las propias instalaciones. A veces hay colas para utilizar columpios individuales y, la presión por subir puede terminar en peleas o discusiones entre los más pequeños; se cansan, se saltan los turnos o están demasiado tiempo subidos en el columpio. Una alternativa posible son los columpios de nido de pájaro que permiten que más niños se balanceen al mismo tiempo. Se les anima a jugar, a sentarse juntos y a comunicarse entre ellos, algo que aprecian mucho.

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Otra buena idea son las paredes o los bloques de escalada, con diferentes niveles de dificultad y medidas de protección, suelo de tartán y normas de seguridad. Son muy populares y les permite poner en marcha su inherente necesidad de ejercicio y sus ganas de explorar y ponerse a prueba. Estas torres de escalada les motivan a realizar más actividades físicas tanto a niños como a niñas.

Los espacios verdes, tan escasos y beneficiosos, son los lugares donde los niños y niñas juegan más juntos, (Lucas y Dyment, 2010), por ejemplo, un conjunto de árboles, un seto o un jardín. Quizá podrían replantearse estos espacios verdes en los patios; un pequeño huerto, algunas flores o plantas aromáticas, algún frutal, etc.

Una solución apropiada para cubrir todas las necesidades de la diversidad de niños que tenemos en nuestras escuelas son los patios multifuncionales, donde haya zonas para correr y saltar y jugar con un balón, zonas tranquilas con juegos más calmados y zonas para pasear y charlar, y sería deseable con algo de naturaleza.

Hay grandes discusiones pedagógicas sobre la decisión de dar libertad a los niños para que jueguen a lo que quieran o tratar de dirigir sus actividades de ocio. Si dejamos que los niños jueguen libremente a lo que ellos elijan es muy probable que reproduzcan roles de género y, de forma inconsciente, habrá una segregación de niños y niñas. Por lo tanto, es conveniente ser un poco más proactivo y proponerles juegos que puedan ser de interés para todos y que sean más cooperativos que competitivos.

Merece la pena implicarse como docentes en ese tiempo del recreo. Hay quizá una necesidad de recordar a algunos profesores que el tiempo de patio es parte de la jornada laboral, es distinto a las clases, está claro, pero también implica enseñanza y responsabilidad. Los profesores son agentes activos en el momento de recreo y pueden incluir en igualdad de condiciones a todo el alumnado para que todos tengan las mismas oportunidades de pasarlo bien. Además, es un buen momento para conocer facetas de los alumnos que pasan desapercibidas en el aula. Sería realmente inclusivo que maestros y maestras detectaran, no sólo los roles de género que se perpetúan en el patio, sino la tristeza, la angustia y a veces el sufrimiento de niños y niñas que ni juegan al fútbol, ni cambian cromos ni interaccionan con otros.

Para intervenir en estos casos y hacer del recreo un tiempo de disfrute podemos sugerir juegos que fomenten la participación de todos y que adaptaremos según la edad. Pongamos algunos ejemplos: esta variante de las sillas musicales: el juego comienza con una silla menos que el número de participantes, los niños giran alrededor de ellas mientras suena la música y cuando ésta pare, todos se sientan. Todos. Así que uno tendrá que hacerlo encima de otro compañero. Quitamos otra silla y repetimos. Todos los niños tiene que encontrar asiento. Continuamos el juego hasta que las risas y el alboroto les hagan ganar a todos. Una buena idea es utilizar cojines en lugar de sillas para evitar accidentes.

Otro juego al que todos los pequeños, y no tan pequeños, se apuntan es el ciempiés; los niños se organizan en filas de seis o más dependiendo del número del grupo grande. Se sientan en el suelo y el primero coge una pelota. Al comenzar el juego, debe pasarla al niño de detrás, y así hasta llegar al último que se levanta y corre al primer puesto y se sienta repitiendo el pase de pelota. El ciempiés avanza y gana el equipo que llegue antes a la meta. Seguro que se nos ocurren variantes del juego (de pie con las piernas abiertas y la pelota pasando por debajo, o para darle emoción, en lugar de pelota usar un globo lleno de agua, etc.)

Un tercer ejemplo es el pilla-pilla clásico pero un poco modificado: tenemos a los niños en dos grupos colocados en los lados opuestos de un cuadrado y en el centro a un niño o una niña que será el lobo o la loba. Un compañero de uno de los lados tiene que pasar al lado opuesto. Si el lobo le pilla, le dará la mano y ahora son dos los que hacen de lobo. Continúan pasando niños de un lado a otro esquivando al lobo cooperativo. Si uno cae en sus fauces, da la mano al del extremo, con lo que tendremos una cadena a modo de lobo comilón. ¿Imaginamos el final? Un niño escapando de un lobo larguísimo y muerto de la risa. En las referencias de este artículo podemos encontrar más juegos de este tipo.

Los niños no saben cómo es el mundo y creen que lo que ven es lo que debe ser. Y eso es algo que se aprende también en el recreo: los niños mandan en el patio, las niñas se conforman, ellos solucionan los conflictos con insultos y peleas, ellas son pasivas y esperan la aprobación de ellos, si corren, saltan y trepan no son aceptadas entre las chicas más «femeninas» y si un niño salta a la comba puede ser despreciado o insultado a pesar de su valentía y su destreza.

Y es que muchas características basadas en prejuicios se atribuyen a la biología  y no son más que el resultado de una educación que se empeña en perpetuar los roles tradicionales. «A los niños se les estimula desde muy pequeños para asumir el protagonismo, imponerse, pelear, ser fuertes y aventureros; en las niñas se valora que sean conformistas, tranquilas, amables y cariñosas, y que estén pendientes de las necesidades de los demás», señalan Marina Subirats y Amparo Tomé en su libro Balones fuera.

Cuando nos proponemos un patio inclusivo, podemos conseguir en muy poco tiempo resultados esperanzadores: todos interaccionan, desaparecen prejuicios, mejora la fluidez en las relaciones, se incluye más a los compañeros con alguna dificultad de cualquier tipo, un idioma materno diferente deja de convertirse en una barrera y aparecen ocasiones de juego y aceptación del otro. No se trata de prohibir juegos o de ampliar el horario de clases con conocimientos de ocio saludable, pero sí es un aprendizaje muy valioso ser conscientes de que en esos momentos del recreo se dan situaciones que no son justas ni igualitarias, que transmiten mensajes equivocados sobre la convivencia, el respeto o la corresponsabilidad. Una escuela no es equitativa si descuida estos tiempos del recreo y permite la exclusión de los más vulnerables de uno de los ratos más felices del día. No podemos negarles a nuestros alumnos la oportunidad de aprender del otro, de valorar las diferencias, de reflexionar sobre lo absurdo de las etiquetas, de ser mejores personas.

Referencias

  • Anónimo (2017) Juegos cooperativos. https://www.juegoydeporte.com/juegos/cooperativos/
  • Arranz Beltrán E (2007).  Juegos cooperativos para la educación infantil. Autoedición
  • González Castellví A, Guix V, Carreras, A (2016). La transformación de los patios escolares: una propuesta desde la coeducación. Aula 255: 67–72.
  • Lucas AJ, Dyment JE (2010). Where do children choose to play on the school ground? The influence of green design. Education 3-13 38(2) 177–189. DOI: 10.1080/03004270903130812.
  • Subirats M, Tomé A (2007). Balones fuera: reconstruir los espacios desde la coeducación. Octaedro, Barcelona.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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