El experimento del buen samaritano

La parábola del buen samaritano es una de las historias más conocidas de la biblia. Se cuenta en el Evangelio de San Lucas [Lc 10:25-37] y es la respuesta de Jesús a la pregunta de un letrado: «¿Y quién es mi prójimo?». La parábola cuenta el caso de un viajero que es asaltado, despojado de sus ropas, golpeado y dejado medio muerto al lado del camino. Primero pasa un sacerdote judío y luego un levita, pero ambos evitan a  la víctima. Finalmente, un samaritano encuentra al viajero. Aunque los samaritanos y los judíos se desprecian mutuamente, el samaritano ayuda al hombre herido. La conclusión es la bondad del samaritano que demuestra misericordia y ayuda a un desconocido, aunque sea del pueblo enemigo.  La expresión «buen samaritano», que significa alguien que ayuda a un extraño, deriva de esta parábola, y muchos hospitales y organizaciones benéficas llevan ese nombre.

El experimento del buen samaritano fue realizado en 1973 por investigadores de la Universidad de Princeton en el Seminario Teológico de la misma ciudad. Los participantes eran estudiantes del seminario a los que se pasó unos cuestionarios para valorar sus ideas religiosas y se les dijo que tenían que preparar un sermón que tendrían que exponer delante de sus supervisores.  

John Darley y Daniel Batson querían investigar las causas potenciales que subyacen al comportamiento altruista y qué variables modulan esa respuesta. Los investigadores del experimento establecieron tres hipótesis a probar:

  1. Las personas que piensan en la religión y siguen principios superiores no están más inclinadas a mostrar un comportamiento de ayuda que los legos.
  2. Las personas con prisa serán mucho menos propensas a mostrar un comportamiento de ayuda que los que no tienen esa presión.
  3. Las personas que son religiosas para obtener un beneficio personal serán menos propensas a mostrar un comportamiento de ayuda que las personas que son religiosas porque quieren obtener una visión espiritual y personal sobre el sentido de la vida.

Los estudiantes participantes recibieron algunas enseñanzas e instrucciones religiosas para preparar un sermón y luego se les dijo que se desplazaran a otro edificio donde tendría lugar la presentación. Entre los dos edificios había un hombre caído en un callejón que gimió y tosió dos veces cuando los seminaristas pasaron por delante de él. Los investigadores establecieron una escala para valorar el nivel de ayuda:

0=no se dio cuenta de que la víctima estaba necesitada.

1=percibió la necesidad, pero no ofreció ayuda

2=no se detuvo, pero ayudó indirectamente (se lo dijo al ayudante a su llegada).

3=se detuvo y preguntó si la víctima necesitaba ayuda.

4=después de detenerse, insistió en llevar a la víctima al interior y luego la dejó.

5=se negó a dejar sola a la víctima o insistió en llevarla a algún sitio.

Tras la llegada al segundo edificio, hicieron que el sujeto diera el sermón y luego respondiera a un cuestionario sobre la conducta de ayuda.

La primera variable que se puso a prueba fue el grado de urgencia que se imprimió a los sujetos: a algunos se les dijo que tenían tiempo para ir al otro edificio, que era temprano, y a otros se les informó de que llegaban ya tarde, que tenían que ir con rapidez.

Un segundo experimento fue pedir a los estudiantes de teología que preparasen un sermón, la mitad de ellos sobre la parábola del Buen Samaritano y la otra mitad sobre las tareas del seminario.

En tercer lugar, se evaluó el peso de las creencias religiosas basado en cuestionarios sobre su personalidad y su intención, su motivo para estar en el seminario.

Los resultados del experimento fueron intrigantes, ya que el factor primordial resultó ser la prisa. Cuando el sujeto no había sido acuciado a moverse con rapidez, casi dos tercios (63%) de las personas se detuvieron a prestar ayuda. Cuando el sujeto tenía prisa, la proporción se reducía a uno de cada diez (10%).

Las personas que iban a pronunciar el sermón sobre la ayuda a los demás tenían casi el doble de probabilidades (53%) de ayudar al desconocido que las que prepararon el otro sermón (29%), lo que demuestra que los pensamientos recientes del individuo eran un factor que determinaba el comportamiento de ayuda.

La tercera conclusión fue que el motivo de la presencia en el seminario o el tipo de creencias no parecían influir mucho en los resultados; ser religioso por interés personal para hacer una carrera profesional o como parte de una búsqueda espiritual no parecía tener un impacto notable en el porcentaje que mostraba un comportamiento de ayuda.

Irónicamente, es menos probable que una persona con prisa ayude a la gente, aunque vaya a hablar de la parábola del buen samaritano. ¡Algunos pasaron literalmente por encima de la víctima de camino al siguiente edificio! Los resultados parecen mostrar que pensar en las normas no implica que uno vaya a actuar de acuerdo con ellas y es más importante el peso de las circunstancias. Hay un mensaje preocupante y es que parece que la ética se convierte en un lujo a medida que aumentan las urgencias de nuestra vida cotidiana. Otra posibilidad es que la capacidad de análisis de las personas se vea limitada por las prisas y no sepan priorizar las necesidades inmediatas de una emergencia.

El teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) escribió en sus “Cartas y documentos desde la cárcel”: «Como el tiempo es lo más valioso que tenemos, porque es lo más irrevocable, la idea de cualquier tiempo perdido nos inquieta cada vez que miramos atrás. El tiempo perdido es el tiempo en el que no hemos podido vivir una vida humana plena, ganar experiencia, aprender, crear, disfrutar y sufrir; es el tiempo que no se ha llenado, sino que se ha dejado vacío.»

Muchos de los sujetos que no se detuvieron parecían nerviosos y ansiosos cuando llegaron al segundo edificio. Tenían un conflicto entre ayudar a la víctima y afrontar la situación creada por los experimentadores. En otras palabras, la percepción de la presión del tiempo o de tener poco tiempo dio lugar a comportamientos incongruentes con su educación y su vocación: el compromiso de ayudar a los demás. La presión hizo que estos seminaristas bienintencionados se comportaran de una manera que, al reflexionar, les parecería vergonzosa: anteponer su preocupación inmediata de llegar a tiempo a una tarea al bienestar de alguien necesitado. Solo sabemos quiénes somos cuando nos vemos bajo presión.

Para leer más:

  • Darley JM, Batson CD (1973) “From Jerusalem to Jericho”: A study of Situational and Dispositional Variables in Helping Behavior. JPSP 27: 100-108.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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