¿Todos conformes?

El conocido como estudio de conformidad de Asch fue realizado por el Dr. Solomon Asch (1907-1996) en 1951 en el Swarthmore College, de Pennsylvania. Era un psicólogo polaco-americano al que se considera un pionero de la psicología social. Contó a sus colegas que sus estudios de conformidad se basaban en sus experiencias de la infancia en Polonia. Era un recuerdo de cuando tenía siete años y se había quedado despierto para su primera noche de Pascua. Rememoraba que aquella noche había visto a su abuela servir un vino extra. Cuando le preguntó que para quién era aquella copa, ella le dijo que para el profeta Elías. Entonces le preguntó si Elías realmente tomaría un sorbo y su tío le aseguró que sí, que lo haría. Su tío le dijo que observara muy de cerca cuando llegara el momento y explicaba: «Lleno de un sentido de sugestión y expectativa pensé que vi bajar un poco el nivel de vino en la copa».

En el primer estudio original un grupo de ocho estudiantes universitarios hombres participaban en teoría en una prueba sencilla sobre percepción visual. En realidad, todos menos uno eran actores (confederados los llaman en los artículos científicos) y el verdadero objetivo del estudio era ver cómo el verdadero participante reaccionaba al comportamiento de los demás. Los confederados sabían el verdadero propósito del experimento, pero fueron presentados al participante como si se tratase de otros voluntarios con el mismo conocimiento, o desconocimiento, que él. Cada participante veía, por ejemplo, una carta con una línea en ella, seguida por otra carta con tres líneas marcadas A, B y C. Una de las líneas era de la misma longitud que la mostrada en la primera carta, mientras que las otras dos eran o más largas o más cortas. La diferencia era notable y lo lógico era esperar un 100% de aciertos. A continuación, se le pedía a cada participante que respondiese en voz alta cuál de las tres líneas de la segunda carta tenía la misma longitud que la de la primera. Las instrucciones de los confederados eran que debían nominar todos ellos a la misma línea, pero en algunas pruebas darían la respuesta correcta y en otras una respuesta incorrecta. El grupo estaba sentado en la sala de manera que el participante real siempre respondía el último.

El grupo completó 18 pruebas. En los primeros dos ensayos, tanto el sujeto del experimento como los actores dieron la respuesta correcta y obvia. Pero en el tercero, los actores dieron todos la misma respuesta equivocada. Esta forma de responder erróneamente sucedió en 11 de las 15 pruebas restantes. El objeto del estudio era ver cuántos sujetos cambiaban su respuesta para encajar con la de los demás, a pesar de ser claramente un error. La mayoría de las respuestas de los participantes siguieron siendo correctas (63,2%), pero en una parte significativa (36,8%) los participantes contestaron lo mismo que los actores y, por lo tanto, de forma incorrecta. El patrón de respuestas mostró importantes diferencias individuales: el 5% de los participantes siguieron siempre al grupo, un 25% de la muestra desafió de forma sistemática la opinión de la mayoría, mientras que el 70% restante siguieron al grupo en parte de las pruebas y se opusieron en las demás. Las respuestas equivocadas coincidían normalmente con la respuesta incorrecta presentada por la mayoría (los actores). En conjunto, el 75% de los participantes dio al menos una respuesta incorrecta en las 12 pruebas; es decir, tres cuartas partes de los estudiantes traicionaron en alguna ocasión la verdad por ser parte del grupo.

Los experimentos de Asch también incluían otra prueba, usada como control, en la cual los participantes contestaban solos con el experimentador en una habitación. En total participaron 50 voluntarios en la condición experimental y 37 en la condición control. El principal resultado fue que en el grupo de control, donde no había ninguna presión para actuar en conformidad con el resto del grupo, el nivel de error en las pruebas presentadas fue menor del 1%. La prueba era fácil y el error tenía que ser intencionado.

Al final del estudio se entrevistó a los auténticos participantes y se les explicó el verdadero propósito del estudio. Estas entrevistas aportaron una información importante sobre por qué los sujetos habían «seguido la corriente» y también revelaron importantes diferencias individuales. Las explicaciones de las equivocaciones incluían temas como la confianza, la inseguridad en sí mismo, el deseo de ser como la mayoría y buscar una salida a la confusión que sentían sobre el propósito de la tarea que tenían que realizar.

El informe de Asch incluía entrevistas de un participante que permaneció «independiente» y otro que se «sometió al grupo». El «independiente», tras conocer la explicación de lo que había pasado, dijo que se sentía feliz y aliviado y añadió «no niego que había veces que tenía la tentación de  “venga, déjalo, vete con el resto”». En el otro extremo del rango de respuestas un «sometido» que siguió al grupo en 11 de las 12 pruebas clave dijo «sospeché a mitad de la prueba, pero intenté apartarlo de mi mente». Por tanto, aunque esta persona recelaba de que pudiese haber un engaño, no tuvo suficiente confianza para ir en contra de la mayoría.

Otros participantes decían que habían actuado basados en su propia «confianza», tenían un conflicto entre lo que veían como la respuesta obvia y la respuesta incorrecta que proporcionaba el grupo, pero se aferraban a su propia opinión. Otros, en cambio, recalcaban su «duda», respondían de acuerdo a lo que estaban viendo, pero se cuestionaban su propio juicio, si estarían equivocados.

Algunos participantes, que estuvieron conformes con la mayoría en al menos la mitad de las pruebas reaccionaron con lo que Asch llamó una «distorsión de la percepción». Este grupo, del que formaban parte 12 personas, expresaron la creencia de que las respuestas de los confederados eran correctas y aparentemente no se dieron cuenta que la mayoría de las veces estaban dando respuestas incorrectas. Entre los otros participantes que se plegaron en algunas de las pruebas, la mayoría expresaron lo que Asch denominó «distorsión del juicio». Estos concluyeron después de unas cuantas pruebas que debían estar interpretando mal las imágenes y que la mayoría debía estar en lo cierto, lo que les llevaba a contestar con la mayoría. El último grupo, que según Asch mostraba «distorsión de acción», respondió que sabían cuál era la respuesta correcta, pero que se plegaron a la respuesta mayoritaria simplemente porque no querían parecer fuera de lugar al no estar de acuerdo con el resto.

Asch evaluó posteriormente el efecto de la presencia de un verdadero compañero, ya fuese otro participante «real» o un actor al que su instrucción fuese dar la respuesta correcta a cada 

pregunta. Esto disminuía la conformidad. Si había un actor dando la respuesta correcta, solo el 5% de los participantes continuó respondiendo igual que la mayoría. Asch también exploró el efecto de perder al compañero. Hacía que ese confederado abandonase la sala a mitad del experimento y lo que encontró fue que en la primera mitad, cuando estaba acompañado, el participante mostraba un bajo nivel de conformidad, pero cuando su compañero abandonaba la habitación, el nivel de conformidad del verdadero participante aumentaba dramáticamente.

También estudió si el tamaño del grupo influía en el nivel de conformidad de los participantes. Descubrió que si solo había un actor se asociaba con bajos niveles de conformidad, pero si el número de actores subía a dos o tres aumentaba considerablemente la conformidad. Los aumentos por encima de tres personas (cuatro, cinco o seis actores) no incrementaron más la conformidad. Asch también varió el método de respuesta de los participantes en estudios en los que los actores verbalizaron sus respuestas en voz alta pero el participante «real» respondía por escrito al final de cada prueba. La conformidad disminuyó significativamente al pasar de las respuestas orales a las escritas.

Los resultados de este estudio fueron importantes a la hora de estudiar las interacciones sociales entre los individuos que forman un grupo, por qué empezamos a fumar porque nuestros amigos fuman, por qué actuamos a veces como una manada, en contra de nuestros principios y nuestras creencias.  Este estudio puso de manifiesto la tentación que muchos sentimos de actuar de acuerdo con un estándar en situaciones grupales y muestra que a menudo a las personas les preocupa más no ser como los demás que el estar equivocado. Los experimentos de conformidad de Asch ayudaron a entender cómo los individuos se plegaban o desafiaban a un grupo mayoritario y cómo estas actuaciones influían sobre las creencias y las opiniones.

Estos trabajos se suelen interpretar como prueba del poder de la conformidad y la influencia de la norma social, donde la voluntad de mostrar en público una conformidad sirve para alcanzar la recompensa social y evitar el castigo social. Desde esta perspectiva, los resultados se consideran un ejemplo sorprendente de personas que respaldan públicamente la respuesta grupal a pesar de saber muy bien que estaban apoyando una respuesta incorrecta.

La interpretación de los resultados de Asch ha sido contradictoria. Mientras que para él lo más remarcable era la independencia de juicio de la mayoría de las personas en la mayoría de las ocasiones, muchos libros de texto de psicología ignoran ese pensamiento independiente, no indican que la mayoría de las respuestas de los participantes desafiaban la opinión de la mayoría y, tras resumir incorrectamente los resultados, subrayan precisamente la conformidad de comportamiento y creencias. No es cierto, pero queda más sugerente.

Entre las críticas al experimento de conformidad de Asch están que utilizó una muestra sesgada de estudiantes varones del Swarthmore College en América. Por tanto, no podemos generalizar los resultados a otras poblaciones, por ejemplo, grupos más jóvenes o mayores, a personas con otro nivel de estudios o a las mujeres

y no podemos afirmar que cualquiera de estos grupos hubiera presentado resultados similares a los universitarios masculinos. Como resultado, la muestra de Asch carece de validez poblacional y han sido necesarias otras investigaciones para determinar si los hombres y las mujeres muestran conformidad de la misma manera o de manera diferente. De hecho, investigaciones posteriores han explorado estas diferencias y así se han analizado diferentes variables en los procesos de conformidad tales como la importancia de la tarea, la edad, el género y la cultura a la que se pertenece.

Además, se podría argumentar que el experimento de Asch tiene bajos niveles de validez ecológica. La prueba de conformidad de Asch, una tarea sobre longitud de líneas, es una tarea artificial, que no refleja la complejidad de la conformidad en las situaciones de la vida cotidiana. Por consiguiente, no podemos generalizar los resultados de Asch a otras situaciones de la vida real, como por ejemplo por qué la gente puede empezar a fumar o a beber por parecerse a sus amigos y, por tanto, estos resultados son limitados en su aplicación a la vida cotidiana.

Por último, la investigación de Asch es éticamente cuestionable. Incumplió algunas pautas éticas básicas, entre las que están no engañar y evitar cualquier daño. Asch engañó deliberadamente a sus participantes, al decirles que estaban participando en una prueba de visión y no en un experimento de conformidad. Por otro lado, aunque se considera poco ético engañar a los participantes, el experimento de Asch requería del engaño para lograr resultados válidos. Si los participantes eran conscientes del verdadero objetivo, habrían actuado de forma diferente. El daño sufrido puede ser mínimo, pero muchos de los participantes en el experimento informaron que se sintieron estresados cuando no estaban de acuerdo con la mayoría. Asch entrevistó a todos los participantes después del experimento para superar esta cuestión y no se fueran con esa sensación de incomodidad psicológica.

El experimento de conformidad tiene un antecedente en una historia en la que estuvo implicado Zhao Gao, un eunuco y alto funcionario de la dinastía Qin que sirvió a tres emperadores en el siglo III a.d.C.  La historia se recuerda en un chengyu, una expresión idiomática china, una especie de refrán, que dice «señalar a un ciervo y llamarlo caballo» con el significado de una tergiversación deliberada con fines ulteriores. En los Registros del Gran Historiador se dice que Zhao Gao, en un intento de controlar el gobierno Qin, ideó una prueba de lealtad a su persona. Zhao Gao estaba planeando traicionar al emperador, pero temía que los otros altos funcionarios de palacio no hicieran caso de sus órdenes y se opusieran, así que decidió ponerles a prueba. Trajo un ciervo y se lo presentó al Segundo Emperador, pero lo llamó caballo. El Segundo Emperador se rio y dijo, «¿Se equivoca el canciller al llamar caballo a un ciervo?». Entonces el emperador interrogó a los cortesanos que le rodeaban. Algunos permanecieron en silencio, mientras que otros, buscando congraciarse con Zhao Gao, afirmaron que era un caballo, y otros dijeron lo obvio, que era un ciervo. Zhao Gao había dispuesto en secreto que todos los que dijeran que era un ciervo fueran llevados ante un tribunal y ejecutados. La prueba de conformidad fue, en este caso, un ejercicio peligroso. Y éticamente muy cuestionable.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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