La dispersión de la responsabilidad

«Al reconstruir el crimen -dijo el portavoz de la policía- el agresor tuvo tres oportunidades de matar a esta mujer durante un período de 35 minutos. Regresó dos veces para completar el trabajo. Si nos hubieran llamado cuando atacó por primera vez, la mujer podría no estar muerta ahora». Se llamaba Catherine Genovese, tenía veintiocho años y fue asesinada el 13 de marzo de 1964en un crimen que fue observado por un mínimo de 38 personas. Nadie llamó a la policía. Ese fue el relato que fue portada del New York Times dos semanas después.

Catherine Genovese, a la que casi todos llamaban Kitty, regresaba a casa de su trabajo como gerente de un bar. Estacionó su Fiat rojo en un descampado adyacente a la estación de tren de Long Island, apagó las luces, cerró la puerta y comenzó a caminar los treinta metros que quedaban hasta la entrada de su edificio. En la madrugada, el tranquilo barrio está envuelto en la somnolienta oscuridad que caracteriza a la mayoría de las zonas residenciales.

La Srta. Genovese vio a un hombre al final del solar, cerca de un edificio de siete pisos. Se detuvo y luego, nerviosa, se dirigió por la calle Austin hacia una cabina telefónica de la comisaría. Llegó hasta una farola frente a una librería antes de que el hombre la agarrara. Ella gritó. Las luces se encendieron en una casa de apartamentos cercana. Las ventanas se abrieron y las voces perforaron la quietud de la mañana. Kitty Genovese gritó: «¡Dios mío, me ha apuñalado! Por favor, ayúdeme. Por favor, ayúdeme

Desde una de las ventanas superiores de la casa de apartamentos, un hombre voceó: «¡Deje a esa chica en paz!». El asaltante lo miró y caminó por la calle Austin hacia un coche blanco estacionado a corta distancia. La señorita Genovese luchó por ponerse de pie. Las luces se apagaron. El asesino volvió a Genovese, que intentaba rodear el edificio por el aparcamiento para llegar a su apartamento. El asaltante la apuñaló de nuevo. Ella gritó «¡Me estoy muriendo!» repetidas veces. Las ventanas se abrieron de nuevo y las luces se encendieron en muchos apartamentos. El asaltante se metió en su coche y se fue. La señorita Genovese se puso de pie tambaleándose. Pasó un autobús urbano de la línea Q-10. Eran las 3:35 de la mañana. El agresor regresó. Para entonces, Genovese se había arrastrado hasta la parte trasera del edificio, donde las puertas recién pintadas de color marrón de la casa de apartamentos daban una esperanza de seguridad. El asesino intentó la primera puerta; ella no estaba allí. En la segunda puerta, la vio caída en el suelo, al pie de las escaleras del vestíbulo. La apuñaló por tercera vez  y la violó. Eran las 3:50 de la madrugada cuando la policía recibió la primera llamada, de un vecino de Genovese. En dos minutos la policía estaba en el lugar del crimen. El vecino, una mujer de 70 años y otra mujer eran las únicas personas en la calle. Nadie más se presentó. A las 4:25 de la mañana una ambulancia llegó para recoger el cuerpo de Katty Genovese. Según un detective de la policía «Entonces es cuando la gente salió de sus casas».

Seis días después, el agresor, Winston Moseley, fue detenido durante un robo. Un maquinista de profesión que estaba casado, tenía tres hijos y casa propia. Presionado por las autoridades, no solo confesó el crimen de Kitty, sino que también declaró otros dos asesinatos. El examen psiquiátrico de Moseley demostró que tenía conductas necrófilas y que poseía una personalidad antisocial. Fue condenado a prisión incondicional y pasó cincuenta y dos años encarcelado, hasta su muerte en 2016.

Un estudio publicado en American Psychologist en 2007 señalaba que la historia del asesinato de Genovese fue exagerada y distorsionada por los medios. En concreto, no había treinta y ocho testigos observando, sí que entraron en contacto con la policía por lo menos una vez durante el ataque y muchas de las personas que oyeron por casualidad el asalto no podían saber realmente lo que sucedía. Los autores del artículo sugieren que la historia continúa siendo mal descrita en libros de texto de psicología social porque funciona como una parábola y sirve como ejemplo dramático para los estudiantes. De esta manera, a lo largo de las décadas que han transcurrido desde su asesinato en 1964, Kitty Genovese se convirtió en un símbolo de la desconexión social y la apatía urbana, ser víctima no sólo de un asesino que empuña un cuchillo sino de la falta de voluntad de los habitantes de una gran ciudad en involucrarse, ayudar y resistir al mal.

El síndrome Genovese es un concepto utilizado para hacer referencia al fenómeno psicológico en el que una persona no presta ayuda, sino que se bloquea, cuando observa una situación de emergencia en la que se espera que brinde su apoyo a otra persona que está en una situación de peligro. Desde el asesinato de Kitty Genovese la Psicología Social se ha esforzado por dar respuesta a este fenómeno. ¿Por qué los testigos no intervinieron?

John Darley y Bibb Latané pidieron a un grupo de estudiantes universitarios que participaran en una discusión sobre problemas personales. Cada uno formaría parte de un grupo de discusión, de diversos tamaños. Cada participante fue puesto en una habitación independiente que se comunicaba con los demás participantes a través de micrófonos y auriculares. El sujeto no sabía que todas las voces que oía habían sido pregrabadas. Algunos estudiantes creían que estaban teniendo una conversación a solas con otra persona mientras que otros creían que formaban parte de un grupo con hasta cinco personas más. Se les había dicho que el experimentador esperaba en el pasillo, fuera de la habitación, mientras la conversación tenía lugar.

La primera grabación era de una persona que confesaba al grupo que estaba teniendo problemas en ajustarse a la vida en la ciudad y que era propenso a tener graves ataques epilépticos. Según el tamaño del grupo se oían otros comentarios y el voluntario también hablaba. Entonces, la primera persona volvía a hablar y les decía que estaba teniendo un ataque y su voz aumentaba de volumen y se volvía incoherente. Después se oía un ruido como si se ahogara y luego quedaba en un completo silencio.

Casi todos los voluntarios creyeron que el ataque era real. De aquellos que estaban en una conversación uno-a-uno y, por lo tanto, creían que eran la única persona que había oído el ataque epiléptico y sabía lo que pasaba, el 100% respondieron a la situación, con el 85% corriendo por el pasillo a buscar ayuda antes de que la «víctima» hubiese parado de hablar. Sin embargo, de los voluntarios que creían que estaban en un grupo, solo el 62% pasó a informar del ataque. Sin embargo, estos estudiantes no parecían apáticos o indiferentes, que es lo que se había dicho de los testigos del asesinato de Genovese, sino que estaban visiblemente afectados, las manos les temblaban y estaban sudorosos.

Darley y Latané encontraron que no solo las personas en grupo eran menos propensas a responder a una emergencia que los individuos, sino que la respuesta era inversamente proporcional al número de testigos, tardaba más en producirse cuanta más gente había implicada. Si hay mucha gente observando una escena, es menos probable que alguien decida ayudar. El grupo hace que se difumine la responsabilidad y se ha llamado el efecto espectador.

El equipo de investigación concluyó que cuando una sola persona observa una emergencia, él es el único que puede ayudar y la presión es para hacer algo, lo que sea. Cuando hay más testigos de ese suceso, la presión se vuelve difusa y muchos individuos asumen que alguien hará algo o les preocupa que su intervención pueda estorbar los esfuerzos de aquellos más hábiles o mejor preparados, como médicos, policías o cualquier persona que tenga un nivel mayor de responsabilidad. Otra explicación puede ser que los espectadores observan las reacciones de otras personas en una situación de emergencia para determinar si piensan que es necesario intervenir. Dado que los demás están haciendo exactamente lo mismo, la gente concluye de las reacciones de los demás que la ayuda es innecesaria, en lo que puede ser un ejemplo de ignorancia colectiva. El contexto también es importante, porque al igual que en el experimento de Milgram, a algunos voluntarios también les preocupaba estar interrumpiendo o alterando la tarea en la que estaban participando.

Latané y Darley establecieron lo que se ha denominado el modelo de decisión, cinco pasos que llevan a un testigo a intervenir o no intervenir:

  1. Tiene que reconocer que sucede algo anómalo. Muchas veces no somos conscientes de lo que pasa a nuestro alrededor o un nivel de estrés o sobrecarga de estímulos hace que desechemos información que posteriormente se revela como importante.
  2.  Tiene que identificar esa situación como una emergencia. Ahí interviene la claridad de lo que está pasando y la actuación de otras personas. En situaciones ambiguas recurrimos a indicios sociales.
  3. Debe sentirse responsable de prestar ayuda. La existencia de más testigos diluye la responsabilidad.
  4. Debe sentirse capaz de ayudar. Aquí va a influir la imagen que tenga de sí mismo, la experiencia con situaciones similares y todo aquello que influya en decidir si va a saber cómo ayudar.
  5. Evalúa los costes de intervenir o no hacerlo. Aquí intervienen cosas como las posibles consecuencias negativas, la posible evaluación por otras personas y los riesgos a los que se expone si su actuación en vez de ayudar genera un daño mayor.

Quizá todo se resume en ese viejo dicho de que «en el juego de la vida hay dos tipos de personas, participantes y espectadores, y cada uno debemos elegir».

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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