Perdido en el centro comercial

Pensamos en nuestra memoria como un disco duro, que graba cosas y las conserva durante mucho tiempo. Podemos extraer esa información y rememorar cómo pasó cualquier suceso de nuestra vida. Pensamos que esos recuerdos son estables, fiables y precisos.Nada de eso es cierto. La memoria se desvanece con el tiempo y es distorsionada por nuestras creencias, deseos e intereses. Rememorar eventos mucho después de la experiencia original pueden distorsionar ese recuerdo. Simplemente hablar de algo que ocurrió distorsiona tu memoria; llegas a recordar no el evento en sí mismo, sino la historia que contaste. Es por eso que los recuerdos de eventos significativos – ¿dónde estaba usted el 11 de septiembre? – no son casi nunca precisos a largo plazo, y la gente a veces llega a creer sinceramente que las anécdotas que cuenta su cónyuge realmente ocurrieron aunque no es así. La memoria es fácilmente manipulable, puede ser alterada a voluntad y eso es algo que demostró Elizabeth Loftus.

Loftus es catedrática de psicología en la Universidad de California en Irvine. Cuando pensamos en problemas de memoria nos imaginamos las dificultades para recordar donde dejamos las llaves o el sufrimiento que acarrea la enfermedad de Alzheimer, donde un paciente termina por olvidar hasta a sus seres más cercanos. Loftus se dedica a algo aún más apasionante: cuando las personas recuerdan cosas que no sucedieron o que fueron sustancialmente distintas a lo que recuerdan. Loftus estudia los falsos recuerdos.

El estudio que dio fama a Loftus trataba de un niño perdido en un centro comercial. Fue desarrollado por primera vez por Elizabeth Loftus y su estudiante de pregrado Jim Coan, en un trabajo sobre la existencia de recuerdos reprimidos y falsos recuerdos. Loftus invitó a sus estudiantes a diseñar y ejecutar un experimento intentando implantar falsos recuerdos en los sujetos. Coan reclutó a su madre, a su hermana y a su hermano como voluntarios en el experimento. Preparó unos cuadernos que contenían cuatro textos breves que describían momentos de su infancia y les pidió que tratasen de recordar lo más posible sobre cada uno de los cuatro eventos, y les dio seis días para escribir esos detalles que fueran recordando. Sin que los participantes lo supieran, una de las narraciones era falsa; describía al hermano de Jim Coan perdiéndose en un centro comercial alrededor de los 5 años, siendo luego rescatado por una persona mayor y entregado finalmente a su familia. Durante el experimento, el hermano de Jim añadió de forma involuntaria varios detalles adicionales de la falsa historia. Al final del experimento, durante una sesión informativa grabada cuando se le dijo que una de las narraciones era inventada, el hermano de Jim no pudo identificar cuál era la falsa y expresó su incredulidad cuando se le dijo: estaba convencido de que era cierto que se había perdido en un centro comercial.

En un experimento posterior más elaborado, Elizabeth Loftus y Jacqueline Pickrell adaptaron los métodos que Coan había utilizado con su hermano en un estudio formal con 24 voluntarios. A ellos les dijeron: quiero comentarte sobre tus recuerdos. Hemos estado hablando con tu madre, y ella nos contó algunas cosas que te pasaron cuando tenías unos 5 años. Así que sólo queremos preguntarte sobre esas experiencias. Y entonces les presentaban tres recuerdos verdaderos, cosas que su madre había comentado que realmente le pasaron cuando el voluntario tenía 5 o 6 años, y luego un escenario inventado, que se perdió en el centro comercial, y estuvo asustado, llorando, hasta que le encontraron y le llevaron de nuevo con la familia. Alrededor del 25% de los participantes, hombres y mujeres normales, dijeron que recordaban el falso acontecimiento, se dejaron llevar por la sugerencia y comenzaron a recordar todo o parte de esta experiencia inventada sobre perderse en el centro comercial. Habitualmente, a los voluntarios participantes en el estudio el recuerdo falso les parecía menos claro que los recuerdos de los sucesos verdaderamente acaecidos y, además, los participantes usaron en general más palabras para describir los sucesos verdaderos que los inventados. Al final del estudio, cuando se dijo a los participantes que uno de los cuatro eventos era falso, algunas personas (5 de 24 según los autores) no identificaron el relato del niño perdido en el centro comercial como el evento que nunca sucedió y en su lugar eligieron uno de los sucesos verdaderos como falso. Loftus denomina a este estudio la «prueba de vida» del fenómeno de creación de falsos recuerdos y sugiere que el falso recuerdo se forma como resultado de que el evento sugerido (perderse en un centro comercial) se incorpora a los recuerdos ya existentes de haber ido al centro comercial; es decir, no es una historia totalmente nueva sino la suma de un detalle, aunque sea importante, que encaja en sucesos realmente vividos.

Las memorias implantadas se incorporan entre los auténticos recuerdos de nuestra vida y, a menudo, rellenamos los detalles que faltan en el relato. Con el paso de los años, se hace todavía más difícil diferenciar entre sucesos reales y sucesos inventados. Otros científicos que trabajan en el mismo campo han conseguido implantar falsos recuerdos incluso de cosas de las que deberíamos tener un claro recuerdo como haber sido atacados por un animal salvaje, haber sufrido un accidente grave o haber sido testigos de una posesión demoníaca.

Loftus contaba que ella misma había experimentado en su propia piel los falsos recuerdos. Lo relata así:

Tengo que empezar con el hecho de que cuando tenía 14 años, mi madre se ahogó en una piscina. Varias décadas después fui a la fiesta del 90 cumpleaños de uno de mis tíos y uno de mis parientes me dijo que fui yo quien encontró el cuerpo de mi madre. Y yo le dije que no. No, no sucedió. Y este pariente fue tan categórico que volví de esa reunión familiar y empecé a pensar en ello. Y empecé a visualizarlo. Y empecé a pensar que tal vez realmente sucedió. Empecé a darle sentido a otros hechos que recordé a la luz de esta noticia. Y entonces mi pariente me llamó una semana después y me dijo: «Cometí un error, no fuiste tú». Y entonces pensé, oh, Dios mío, acabo de tener la experiencia de mis sujetos, donde alguien te dice algo convincentemente y empiezas a visualizar y empiezas a sentir. Y no era verdad.

Cuando alimentas a la gente con información errónea sobre alguna experiencia que puedan haber tenido, puedes distorsionar o contaminar o cambiar su memoria. La desinformación está en todas partes. Obtenemos información errónea no sólo si se nos cuestiona de forma directa. Pero si hablamos con otros testigos que pueden, consciente o inadvertidamente, darnos alguna información errónea, o si vemos la cobertura de los medios de comunicación sobre algún acontecimiento que hayamos podido experimentar, todo esto proporciona la oportunidad de este tipo de contaminación de nuestra memoria.

Uno de los experimentos más repetidos de Loftus consiste en mostrar a la gente un accidente simulado, donde un coche pasa por un cruce y se salta una señal de stop, por ejemplo. Haciendo una sola pregunta que sugiere que fue una señal de ceder el paso, es posible hacer que mucha gente crea y recuerde que vio una señal de ceder el paso en vez de una de stop. Uno de los experimentos cambia solo una palabra. Se les muestra un choque de dos coches y a unos se les pregunta ¿Cómo de rápido iban los dos coches cuando chocaron el uno con el otro? A otros voluntarios se les pregunta ¿Cómo de rápido iban los dos coches cuando se estrellaron el uno con el otro? Unos días después se les pregunta si en el video había cristales rotos. Los de la primera pregunta dicen que sí el 14%. Los de la segunda pregunta dicen que sí el 32%. No se veía ningún cristal roto.

Otro ejemplo famoso de falsa memoria fue una declaración de Hillary Clinton, hecha en la campaña presidencial de 2008, de una visita realizada en 1996 a Tuzla (Bosnia). Según ella había aterrizado bajo el fuego de un francotirador y había tenido que correr con la cabeza agachada para ponerse a cubierto. Pero los periodistas de The Washington Post pronto desenterraron una fotografía que mostraba una tranquila ceremonia de bienvenida, en la que Hillary Clinton besó a un niño bosnio que acababa de leerle un poema. Su historia del disparo del francotirador generó un considerable ridículo, con Christopher Hitchens (un antiguo crítico de Clinton y su marido) concluyendo que ella «mentía sin conciencia ni reflexión» o «está sujeta a fantasías de un pasado ilusorio» o ambas cosas. Incluso Bill Clinton, en un intento de defender a su esposa, señaló que estas observaciones se hicieron tarde en la noche (aunque esto no era cierto) y que ella tenía, después de todo, 60 años. No, lo más probable es que ella había mezclado sucesos realmente vividos y otros imaginados y había construido un recuerdo «corregido», ese pasado ilusorio que tenemos todos y que, desgraciadamente para ella, no se había actualizado en la hemeroteca.

Utilizamos nuestros recuerdos como herramienta para afrontar el presente y el futuro. Entonces la pregunta es, si nos implantan un falso recuerdo, ¿tiene repercusiones? ¿Afectará a tus pensamientos, a tus comportamientos? En otro estudio Loftus plantó un falso recuerdo de que los voluntarios habían enfermado de niños tras comer ciertos alimentos: huevos duros, pepinillos o helado de fresa. El resultado que encontró el equipo de investigación que una vez que este falso recuerdo había sido implantado, la gente evitaba ese alimento en un picnic al aire libre; es decir, manipulando la memoria podemos reconducir las preferencias de algo tan básico como la comida.

Los falsos recuerdos no tienen porqué ser necesariamente malos o desagradables. Los podemos usar para alterar memorias traumáticas o para generar buenos hábitos, por ejemplo, si plantamos un recuerdo cálido y difuso que incluya un alimento saludable como el espárrago, podemos hacer que la gente quiera comer más espárragos. La asociación entre el momento feliz y el espárrago no es cierta, pero funciona de todas maneras.

Evidentemente las posibilidades de abusar de esta tecnología parecen infinitas. Más aún si se combina con los efectos farmacológicos de algunas sustancias. Hay estudios clínicos de un fármaco llamado propranolol que se ha probado para amortiguar o debilitar los recuerdos de un evento traumático. Se cree que estos recuerdos debilitados tienen menos probabilidades de provocar un trastorno de estrés postraumático. Supongamos que una persona fue asaltado, golpeado y terminó en una UCI. La administración de esta sustancia podría debilitar esa memoria y reduciría las posibilidades de desarrollar un trastorno de estrés postraumático. Exagerando podría ser como el flash de Men in Black y hacerte olvidar lo último que has vivido.

Un tema en el que las falsas memorias tienen una importancia crucial es las declaraciones de los testigos en los juzgados. Nos tomamos demasiado en serio el testimonio de los testigos oculares, sobre todo si la persona está segura de sí misma. Los estudios demuestran que incluso los testigos muy seguros de sí mismos dan identificaciones incorrectas en una proporción sorprendentemente alta del tiempo. Loftus comentaba un caso legal en el que trabajó que implicó a un hombre llamado Steve Titus. Titus era el gerente de un restaurante, tenía 31 años y estaba a punto de casarse. Una noche, la pareja salió a un restaurante, a una cena romántica. Cuando volvían para casa, fueron detenidos por un oficial de policía. El coche de Titus se parecía al que conducía un hombre que había violado a una autoestopista y Titus se parecía a ese violador. Así que la policía tomó una foto de él, la pusieron en un grupo con otros retratos y se los mostraron a la víctima. Ella señaló la foto de Titus, era la que más se parecía al violador. La policía y la fiscalía procedieron con el juicio y cuando Steve Titus fue juzgado por violación, la víctima subió al estrado y dijo, estoy absolutamente seguro de que ese es el hombre que me violó. Aunque proclamó su inocencia, Titus fue condenado. Su familia le gritó al jurado, su prometida se desplomó en el suelo sollozando y Titus fue llevado prisión. Perdió la fe en el sistema legal, y aún así, tuvo una idea. Llamó al periódico local, localizó un periodista de investigación y le explicó su caso. Ese periodista encontró al verdadero violador, un hombre que finalmente confesó esta violación, junto a cincuenta más cometidas en la misma zona. Cuando esta información fue entregada al juez, el juez dejó a Titus libre.

Titus estaba tan amargado, que decidió presentar una demanda contra la policía y otras personas a las que consideraba responsables de su sufrimiento. Perdió el trabajo, perdió a la novia, gastó todos sus ahorros en abogados. Y fue entonces cuando realmente Loftus empezó a trabajar en este caso, tratando de averiguar, ¿cómo fue que esa víctima pasó de elegir la foto más parecida de un grupo a estar absolutamente segura de que esa persona es el tipo que la violó?

No es un caso tan excepcional. En un proyecto en los Estados Unidos, se ha reunido información sobre trescientas personas inocentes, trescientos acusados que fueron condenados por crímenes que no cometieron a menudo por declaraciones de testigos. Pasaron 10, 20, 30 años en prisión por estos crímenes y las nuevas tecnologías, en particular las pruebas avanzadas de ADN, han demostrado que son realmente inocentes. Y cuando esos casos han sido revisados, tres cuartas partes de ellos se deben a un recuerdo defectuoso, a una memoria falsa de los testigos. Bueno, ¿por qué?

Como los jurados que condenaron a esos inocentes, mucha gente cree que la memoria funciona como un dispositivo de grabación. Sólo registras la información, la recuperas y la reproduces cuando quieres responder a preguntas o identificar imágenes. Pero décadas de trabajo en neurociencia han demostrado que esto no es cierto. Nuestros recuerdos son plásticos, construyen nuevas realidades, se corrigen, se completan, se reorientan y se trasforman. La memoria, incluso tu memoria personal, funciona más como una página de Wikipedia. Puedes entrar ahí y cambiar algo, pero también lo pueden hacer otras personas. Es un proceso constante e inconsciente.

La manipulación de memoria es algo que se usa también como herramienta de márquetin de algunas empresas que crean un falso recuerdo que genera una sensación de nostalgia por sus productos. En el experimento 1, los participantes vieron un anuncio de Disney que sugería que ellos se habían dado la mano con Mickey Mouse cuando eran niños. Ese recuerdo feliz generaba una asociación positiva con los parques de Disney aunque podía deberse a reavivar una memoria verdadera o a la creación de una memoria nueva, falsa. En el experimento 2 la idea fue comprobar si se podía falsear ese recuerdo; los participantes veían un anuncio similar bajo el slogan de Disney que sugería que se dieron la mano con un personaje, pero este muñeco era imposible en ese lugar (p. e. Bugs Bunny, que es de la competencia, Looney Tunes, y jamás aparecerá en un parque temático de Disney). De nuevo, frente a los controles, el anuncio incrementaba la confianza de que ellos habían estrechado la mano de un personaje imposible en un parque Disney. Esto era una prueba de que las referencias autobiográficas pueden llevar a la creación de memorias falsas o distorsionadas.

El experimento de Loftus también ha sido objeto de ataques y controversias. Lynn Crook y Martha Dean publicaron un artículo indicando que el estudio «perdido en el centro comercial» había sido usado para apoyar afirmaciones de que los psicoterapeutas podían implantar memorias de información autobiográfica falsa, incluyendo haber sido víctima de abusos sexuales durante la infancia, en sus pacientes. Estas autoras indicaron que el estudio adolecía de una implicación mínima o, en algunos casos, de un impacto negativo tanto de consulta colegiada, como de supervisión académica y revisión por pares a lo largo de la evolución del estudio, indicando que «más allá de las tergiversaciones externas, los errores internos de metodología científica ponen en duda la validez de las afirmaciones que se han atribuido al estudio del centro comercial en los ámbitos académico y jurídico». Loftus se defendió en la misma revista indicando que las críticas eran infundadas, explicando el desarrollo del proyecto y que las críticas eran el resultado de la animadversión personal de las otras autoras. Jorge Luis Borges dijo que «Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos».

Para leer más:

  • Braun KA,  Ellis R, Loftus EF (2002)  Make My Memory: How Advertising Can Change Our Memories of the Past. Psychology & Marketing 19(1):1–23
  • Crook L, Dean M (1999) Lost in a Shopping Mall—A Breach of Professional Ethics. Ethics & Behavior 9 (1): 39–50.
  • Loftus EF (1979) Eyewitness testimony. Harvard University Press, Cambridge (MA)
  • Loftus EF (1997a) Creating false memories. Sci Am 83-87.
  • Loftus EF (1997b) Memory for a past that never was. Current Directions in Psychological Science 6: 60-65.
  • Loftus EF (1999) Lost in the Mall: Misrepresentations and Misunderstandings. Ethics & Behavior 9 (1): 51–60.Loftus EF, Pickrell JE (1995) The formation of false memories. Psychiatric Annals 25 (12): 720–725.
  • Raz G (2017) Elizabeth Loftus: How Can Our Memories Be Manipulated? NPR 13 de octubre. https://www.npr.org/transcripts/557424726?t=1602517020774

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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