La prisión de Stanford

El experimento de la prisión de Stanford es un estudio de psicología social en el que un grupo de estudiantes universitarios se convirtieron, de manera simulada, en prisioneros o guardias en una supuesta prisión situada en la Universidad de Stanford. El experimento, realizado en agosto de 1971 y financiado por la Oficina de Investigación Naval de los Estados Unidos, tenía como objetivo medir el efecto de los juegos de rol, el etiquetado y las expectativas sociales en el comportamiento de un grupo de jóvenes confinados durante un período de dos semanas. Sin embargo, el maltrato a los prisioneros creció tan alarmantemente que el investigador principal, Philip G. Zimbardo, canceló el experimento después de sólo seis días.

Zimbardo y sus colegas estaban interesados en averiguar si la brutalidad observada entre los guardias de las prisiones americanas se debía a las personalidades sádicas de los guardias o tenía más que ver con el ambiente de la prisión. Por ejemplo, los prisioneros y los guardias pueden tener personalidades que hacen que los conflictos sean inevitables, ya que los prisioneros no respetan las normas mientras que los guardias son dominantes y agresivos o puede ser que el entorno cerrado de una prisión, con sus conflictos inevitables, sea el que genere un mal funcionamiento.

Prison Experiment

Más de 70 jóvenes respondieron a un anuncio sobre un «estudio psicológico sobre la vida en prisión», y los experimentadores seleccionaron, tras entrevistas y pruebas de personalidad que sirvieron para eliminar a los candidatos con problemas psicológicos, discapacidades médicas o antecedentes de crimen o abuso de drogas, a 24 solicitantes que fueron juzgados como física y mentalmente sanos. Los voluntarios recibían 15 dólares al día y fueron divididos al azar en igual número de guardias y prisioneros.

Los prisioneros fueron tratados como un criminal normal, fueron arrestados en sus domicilios, sin aviso, y llevados a la comisaría local. Se les tomaron las huellas digitales, se les fotografió y se les fichó. Luego les vendaron los ojos y fueron llevados al departamento de psicología de la Universidad de Stanford, donde Zimbardo había acondicionado parte del sótano como si fuera una prisión, con puertas y ventanas enrejadas, paredes desnudas y pequeñas celdas.

Al llegar al edificio del departamento de Psicología de Stanford comenzaba el proceso de desindividualización. Los prisioneros eran desnudados, desinsectados (en realidad se les fumigaba con un espray desodorante), se les retiraban todas sus posesiones personales, se les colocaba un pequeño grillete con candado en el tobillo y se les daba ropa de cama y un uniforme con su número. Desde entonces solo se les llamaba por ese número. El objetivo de estas indignidades era simular el entorno de una prisión real y, de acuerdo con la intención de Zimbardo, crear rápidamente una «atmósfera de opresión». Todos los participantes fueron observados y grabados en vídeo por los experimentadores.

Los guardias fueron instruidos para hacer lo que creyeran necesario para mantener la ley y el orden en la prisión y para imponer respeto, aunque se les ordenó que no abusaran físicamente de los prisioneros. Como curiosidad se les entregaron gafas de sol para impedir que los prisioneros pudieran ver sus miradas. Tres guardias trabajaban en turnos de ocho horas cada uno y los demás se mantenían de guardia. Zimbardo observaba, como investigador, el comportamiento de los prisioneros y los guardias y también actuaba como director de la prisión.

El resultado del estudio fue impactante e inesperado para los propios investigadores, sus colegas psicólogos y el público en general. Los estudiantes universitarios que fueron asignados al azar para ser prisioneros sufrieron burlas y traumas psicológicos agudos. Algunos suplicaron ser liberados a los pocos días de encarcelamiento simulado, mientras que otros se adaptaron a aceptar ciegamente la injusta autoridad de los guardias, quienes rápidamente internalizaron ese papel que les había correspondido. Muchos de estos jóvenes aparentemente educados y amables, algunos de los cuales se habían definido en las entrevistas como pacifistas o contrarios a la guerra de Vietnam, pronto comenzaron a maltratar a sus compañeros con total indiferencia al obvio sufrimiento que producían sus acciones. Varios de ellos idearon inventivas formas de acosar y degradar a los prisioneros, y ninguno de los guardias que eran menos activos en las burlas o en el maltrato intervinieron o se quejaron de los abusos que presenciaron por parte de sus compañeros.

El peor tratamiento para los prisioneros vino en los turnos de noche y otras ocasiones en las que los guardias pensaron que podían evitar la vigilancia e interferencia del equipo de investigación. Los prisioneros eran objeto de vejaciones, con insultos y órdenes mezquinas, se les daban tareas inútiles y aburridas para cumplir, y generalmente eran deshumanizados. El maltrato empezó de forma inmediata. A las pocas horas de comenzar el experimento algunos guardias comenzaron a acosar a los prisioneros. A las 2:30 de la mañana despertaron a los prisioneros con silbatos para el primero de muchos recuentos. Los recuentos servían para familiarizar a los prisioneros con su número y, más importante aún, proporcionaban una ocasión regular para que los guardias ejercieran control y coerción sobre los prisioneros.

Desnudar a los prisioneros y las flexiones fueron las formas más comunes de castigo impuestas por los guardias. Uno de los guardias pisaba las espaldas de los prisioneros mientras hacían flexiones, o hacía que otros prisioneros se sentaran en las espaldas del castigado. También les ponían capuchas en nylon, para simular cabezas afeitadas, encadenaban sus piernas y les forzaban a realizar «actividades divertidas y juegos» para humillarles. A partir de las diez de la noche, no se podía ir a las letrinas por lo que los prisioneros tendían que orinar y defecar en cubos proporcionados por los guardias. Al segundo día los prisioneros intentaron una rebelión y los guardias arrastraron sus mantas por los arbustos para que se llenaran de abrojos y tuvieran que pasar tiempo limpiándolo si querían dormir con cierta comodidad. Los guardias elaboraron un sistema de recompensas y castigos para manejar a los prisioneros. En los primeros cuatro días, tres prisioneros quedaron tan traumatizados que fueron liberados.

Los prisioneros pronto adoptaron un comportamiento similar al de un preso. Hablaban de temas de la prisión el 90% del tiempo, se contaban historias unos a otros sobre los guardias y aquello rápidamente afectó a su estado de ánimo y a sus emociones. Algunos prisioneros empezaron a tomar las reglas de la prisión muy en serio, como si hubieran sido promulgadas en su beneficio y la infracción fuese un desastre para todos ellos. Algunos incluso empezaron a ponerse del lado de los guardias en contra de los prisioneros que no obedecían las normas.

En el transcurso del experimento, algunos de los guardias se volvieron crueles y tiránicos, mientras que otros se deprimieron y desorientaron. A pesar del hecho de que los guardias y los prisioneros eran esencialmente libres de cualquier forma de interacción, la naturaleza característica de sus encuentros tendía a ser negativa, hostil, vejatoria y deshumanizadora. Sin embargo, sólo después de que un observador externo, Christina Maslach, la novia de Zimbardo, apareciera en escena y quedara anonadada por lo que vio, Zimbardo concluyó el experimento, menos de una semana después de haberlo iniciado.

El experimento de la prisión de Stanford fue inmediatamente atacado por razones metodológicas y éticas. Zimbardo admitió que durante el experimento se había sentido a veces más como un superintendente de la prisión que como un investigador.  Puntos conflictivos son que Zimbardo usó la idea de uno de sus estudiantes sin darle el debito crédito por ello, que los guardias recibieron más instrucciones de las que los investigadores dijeron y que los guardias sabían que resultado se esperaba del experimento y recibieron instrucciones sobre cómo crear un ambiente degradante con lo que la idea de que la violencia fue espontánea es muy discutible. Algunos de los voluntarios señalaron que nunca creyeron en el experimento y decidieron irse porque no podían estudiar allí. Más tarde, Zimbardo afirmó que las «fuerzas sociales y contingencias ambientales» del experimento habían llevado a los guardias a comportarse mal. Sin embargo, otros afirmaron que el anuncio original atraía a personas predispuestas a un comportamiento autoritario. Finalmente, Thibault Le Texier, que examinó algunos de los documentos originales existentes en los archivos de Stanford llamó al experimento «uno de los mayores engaños científicos del siglo XX».

Erich Fromm (1973) señaló la naturaleza poco ética de las duras condiciones impuestas a los prisioneros, el hecho de que las pruebas de personalidad administradas a los voluntarios podrían no haber detectado una predisposición entre algunos de los sujetos para el comportamiento sádico o masoquista y la confusa situación creada para los participantes al mezclar elementos carcelarios realistas (uniformes) con otros no realistas (las personas con trastornos mentales evidentes fueron excluidas de la prisión).

Ciento cincuenta estudiantes universitarios recibieron una descripción del procedimiento utilizado en el experimento, el anuncio utilizado por Zimbardo para reclutar voluntarios, una descripción de los derechos y privilegios a los que los sujetos acordaron renunciar para participar y una descripción de los procedimientos de detención y encarcelamiento en la prisión. El 81% adivinó la hipótesis del experimentador (que los guardias serían agresivos y que los prisioneros se rebelarían o cumplirían), y el 90% predijo que los guardias serían «opresivos, hostiles, agresivos, humillantes», apoyando así el argumento de que las características de la demanda probablemente operaban en el experimento y que los participantes en el estudio de la prisión de Stanford probablemente habían adivinado cómo querían Zimbardo y sus coexperimentadores que se comportaran.

El desafío más conspicuo a los hallazgos de Stanford llegó décadas más tarde en forma del Estudio de Prisión de la BBC, un experimento organizado de manera diferente documentado en una serie de la BBC. A diferencia del experimento de Stanford los investigadores no asumieron un papel de liderazgo en la prisión ni proporcionaron orientación a los guardias como lo había hecho Zimbardo. Los hallazgos también fueron diferentes a los vistos en Stanford, apoyando de nuevo el argumento de que las características de orientación y demanda probablemente jugaron un papel importante en el resultado del experimento de Stanford. Reicher y Haslam, los experimentadores británicos, llamaron al experimento de Stanford «un estudio de lo que sucede cuando una figura de autoridad poderosa (Zimbardo) impone la tiranía».

A diferencia de la investigación de Stanley Milgram (1974), que se centró en el cumplimiento individual ante las exigencias cada vez más extremas e injustas de una figura de autoridad, el experimento de la prisión de Stanford examinó las presiones de conformidad que se ejercían sobre los grupos de personas que funcionaban en el mismo entorno institucional. La «institución» creada por los investigadores desarrolló rápidamente suficiente poder para doblegar y torcer el comportamiento humano de manera que confundió las predicciones de los expertos y violó las expectativas de aquellos que la crearon y participaron en ella.

Haney y Zimbardo analizaron 25 años después su estudio y su influencia en el sistema penitenciario norteamericano. A mediados de los años 70 el pensamiento dominante se movió abruptamente de una sociedad que justificaba encarcelar gente con la premisa de que su reclusión facilitaría de alguna manera su productiva reincorporación a la sociedad en libertad a uno que utilizaba el encarcelamiento simplemente para anular a los delincuentes («incapacitación») o para mantenerlos alejados del resto de la sociedad («contención»). El número de personas encarceladas en Estados Unidos pasó de 200 000 en 1973 a 1 700 000 en 1997 a 2 217 000 en 2013, 6,58 personas por cada mil habitantes. Como referencia, en España había en 2020 48 000 personas en prisión, 1 por cada mil habitantes.

El Experimento de la Prisión de Stanford se considera generalmente como uno de los estudios más famosos de la psicología. Ha aparecido en documentales, reportajes de televisión, revistas y periódicos, y se ha resumido en docenas de manuales de psicología, sociología, filosofía, criminología, derecho penal y metodología. Se hizo ampliamente conocido fuera del mundo académico. Es una referencia común en la literatura sobre genocidios, el mal y la agresión e inspiró varias novelas y tres largometrajes. En uno de ellos, The Experiment (2010) con Adrien Brody y Forest Whitaker como protagonistas, una voz en off dice «si encierras a un grupo de animales los fuertes se comerán a los débiles». No, no es así.

Para leer más:

  • Fromm E (1973) The anatomy of human destructiveness. Holt, Rinehart and Winston, Nueva York (NY).
  • Haney C, Banks, W, Zimbardo P (1973) Interpersonal dynamics in a simulated prison. Int J Criminol Penol1: 69-97.
  • Haney C, Zimbardo P (1998) The past and future of U.S. prison policy: Twenty-five years after the Stanford Prison Experiment. Am Psychol 53(7): 709–727.
  • Haslam SA, Reicher S (2003). Beyond Stanford: Questioning a role-based explanation of tyranny. Dialogue, 18, 22–25.
  • Le Texier T (2019) Debunking the Stanford Prison Experiment. Am Psychol 74(7):823-839. https://www.gwern.net/docs/psychology/2019-letexier.pdf

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “La prisión de Stanford”

  1. Hola José Ramón, como siempre agradecer enormemente tu entrada. Una duda que me surge y que no sé si podrías aclararme. ¿Es real o puede ser un errata que en España haya 1 preso por cada mil habitantes y en USA 158 por cada mil habitantes? ¿No hay ningún error? Es que me parece tan asombrosa la diferencia que me cuesta creerlo…
    Gracias de nuevo

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    1. Estimado Luis
      Tienes toda la razón. ¡Gracias por detectarlo! En España hay 48.000 presos (https://www.epdata.es/datos/cuantos-presos-hay-espana-otros-datos-estadisticas-prisiones-carceles/455) y entonces la cuenta es clara, uno de cada mil. Ha habido bastantes excarcelaciones en el último año por la covid peo los números no varían apenas. En Estados Unidos hay 2,16 millones de presos en penitenciarías federales y estatales y 328 millones de habitantes, así que 6,58 por cada mil habitantes. Corregido. Mil gracias

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