La inteligencia de la lombriz

A los veintidós años Charles Darwin se embarcó en el bergantín Beagle para el viaje más famoso que ha existido entre el de las tres carabelas españolas y aquel que culminó cuando Neil Armstrong bajó del módulo Eagle y pisó el Mar de la Tranquilidad. El viaje del Beagle duró cinco años y dos días. Darwin jamás volvió a salir de su país.

Aunque parece claro que Darwin pensó en su teoría sobre la aparición de las especies desde muy pronto -en su Cuaderno Rojo escribía seis meses después de desembarcar sobre la posibilidad de que «una especie cambia en otra»- pasó más de veinte años antes de atreverse a poner por escrito y publicar sus ideas. «Sobre el origen de las especies» resultó ser inesperadamente popular, con la tirada completa de 1.250 ejemplares sobresuscrita cuando salió a la venta en las librerías el 22 de noviembre de 1859. Al argumentar el parentesco entre las especies y la descendencia común, Darwin incluyó pruebas de homologías entre los humanos y otros animales. No somos tan diferentes, todas las especies actuales somos el resultado de un proceso de diversificación y supervivencia de los mejor adaptados.

En las siguientes décadas muchos de sus experimentos e investigaciones fueron diseñados para conseguir más evidencias y ejemplos que reforzaran su teoría de la evolución. Parte de estos estudios se plasmaron en sus libros de botánica incluidos aquellos sobre Orquídeas, Plantas insectívoras, Los efectos de la fertilización cruzada y la autofecundación en el reino vegetal y El poder del movimiento en las plantas.

Su último libro siguió esa idea de reforzar su obra y se tituló La formación del humus por la acción de las lombrices, con observaciones de sus hábitos (The Formation of Vegetable Mould Through the Action of Worms, with Observations on their Habits). Nos puede parecer un tema menor para un autor que había cambiado la imagen de la naturaleza, que había replanteado la relación del hombre con Dios, que había escrito sobre el origen de los humanos, que se había atrevido con las similitudes entre las emociones de los seres humanos y los animales, pero la fuerza del estudio de las lombrices estaba precisamente en su aparente simplicidad. Si todos los seres vivos éramos parte de una misma familia, somos descendientes de un ser ancestral, entonces quizá no habría diferencias cualitativas sino cuantitativas y las lombrices podrían presentar cualidades tan importantes en los seres humanos como la inteligencia o la capacidad de aprender.

Otra idea importante era la potencia transformadora del tiempo a gran escala y el efecto multiplicador de la acumulación de cambios mínimos hasta llegar a la alteración del gran panorama. Las lombrices resultaron ser el ejemplo ideal. Darwin había ido a Stonehenge y había visto que las enormes piedras se habían ido hundiendo por acción de las lombrices. Ellas expulsan la tierra que han tragado más allá de las circunferencias de las piedras y así la superficie del suelo se eleva alrededor de la piedra. Como las galerías excavadas directamente debajo de la piedra después de un tiempo se derrumban, la piedra se va hundiendo poco a poco.

Valorando también su papel en la aireación y la fertilización del suelo, en el libro Darwin concluyó: «Es posible que no haya otros animales que hayan jugado un papel tan importante en la historia del mundo como estas criaturas tan poco organizadas». Darwin era presa habitual de los caricaturistas, pero esta monografía sobre las lombrices generó aun más burlas, era un famoso científico dedicándose a algo ridículo ¡lombrices de tierra! Pero Darwin rió el último: El libro fue un best-seller espectacular y vendió 6000 copias en el primer año, más ejemplares que cualquiera de sus libros anteriores, debido a un motivo insospechado: la pasión de los ingleses por la jardinería.

Darwin fue animado a estudiar las lombrices por su tío Josiah Wedgwood en 1837, poco después de regresar del viaje del Beagle. Su tío le mostró un lugar en su jardín donde había esparcido cenizas y cal varios años antes y un pequeño enigma. ¿Qué hizo que la cubierta del suelo se disipara y desapareciera en poco tiempo? El tío Jos sospechaba que la desaparición era cosa de la humilde lombriz, y pronto se hizo evidente que ellas eran las culpables. 

Darwin continuaría observando a las lombrices durante los siguientes cuarenta años en su jardín de Down House en Kent. Estimó la tasa de enterramiento usando una gran piedra, que todavía se conserva en el jardín de su casa, y que junto con su hijo medían cuánto se hundía cada año. Darwin era un hombre de familia y le encantaba pasar tiempo con sus hijos. Les usaba como ayudantes en sus investigaciones y, por ejemplo, les repartía a lo largo de los macizos de flores y les pedía que se fijaran en qué insectos estaban en qué flores cuando tocase su silbato. Este sistema le permitía, además de compartir tiempo con los niños recoger una gran cantidad de datos en poco tiempo. No sé si sus hijos lo considerarían muy divertido, les hacía madrugar para que pudieran ver las lombrices con el rocío fresco y les hacía salir por la noche cuando llovía por el mismo motivo. No me extrañaría que odiaran a las lombrices.

Charles Darwin estaba fascinado por el comportamiento de las lombrices de tierra. Experimentó con diferentes tipos de comida, colocando la comida en trozos de papel de aluminio para asegurarse de que las lombrices de tierra no se toparan accidentalmente con la comida al excavar desde el subsuelo. Registró que preferían las cerezas silvestres y las zanahorias, que la grasa cruda era preferida a la carne cruda y que, «a juzgar por su ansia por ciertos tipos de alimentos, deben disfrutar de los placeres de la comida».

Un tema fundamental era si las lombrices eran inteligentes, si eran capaces de aprender o eran meros autómatas guiados por un instinto inflexible.  Darwin observó uno de sus comportamientos: recoger diminutos restos de plantas, pequeñas hojas, pétalos de flores y usarlas para taponar sus galerías. Decidió echar mano también de sus hijos. Colocó un grupo de lombrices en macetas y les pidió a los chicos que intentasen estimularlas. Ellos iluminaban a estos invertebrados con lámparas de distintos tipos, pero las lombrices no prestaban atención hasta que la luz era muy intensa y brillaba en su extremo caudal. También sostuvo «un atizador calentado hasta el rojo cerca de algunas lombrices» pero los animales no se inmutaron. Los niños soplaban silbatos, les gritaban y tocaban cerca de las lombrices con un fagot y un piano -supongo que moviendo las macetas y no el instrumento musical- pero las lombrices no se alteraban. Sin embargo, cuando colocaban las lombrices directamente sobre el piano, reaccionaban inmediatamente cuando se pulsaba una tecla, presumiblemente sintiendo la vibración que producía el instrumento y a la que parecían ser muy sensibles. Por lo tanto parecía que no tenían vista u oído digno de tal nombre, pero eran muy eficaces para sentir las vibraciones.

Las lombrices agarraban restos vegetales y los arrastraban hasta sus galerías. Lo que más le sorprendió fue que casi siempre las lombrices arrastraban las hojas por su punta y puesto que estos animales no tienen ojos se preguntaba cómo podrían identificar el extremo de la hoja. Su idea es que, si los invertebrados se movían por instinto o por un proceso causal, tirarían de las hojas desde cualquier punto. Si lo hacían desde una posición determinada, que parecía la más útil para la tarea, tendrían que tener algún nivel de inteligencia.

Darwin extrajo 227 hojas marchitas de galerías de lombrices y encontró que 181, el 80% habían sido arrastradas por sus extremos, 20 por la base y 26 por el medio. Se puso a la tarea con su hijo Francis y entre los dos cortaron las puntas de unas hojas y encontró que, en ese caso, sin una punta de la que «echar mano», las lombrices arrastraban la mayoría de esas hojas recortadas por los peciolos. Hizo varios experimentos más con hojas de otras morfologías, incluidas acículas de pino y concluyó que las lombrices siempre parecían elegir la opción más fácil para introducir la hoja en la galería.

Las lombrices recogen hojas y otros objetos, no solo para que les sirvan de comida sino también para taponar las bocas de sus galerías y este es uno de sus instintos más fuertes…. He visto hasta 17 peciolos de clematis saliendo de la boca de una galería y 10 de la boca de otra. Cientos de estas galerías taponadas se pueden ver en numerosos lugares, especialmente durante los meses del otoño y el comienzo del invierno.

Evidentemente si lo que veía asomando de las galerías eran los peciolos eso implicaba que las lombrices habían arrastrado las hojas tirando de su ápice. Para comprobar su teoría en un ambiente controlado, Darwin cortó largos triángulos de papel con la idea de que tuvieran una forma parecida a la de hojas. Entonces, utilizando unas pinzas intentó meter estos trozos de papel en un tubo estrecho. Cuando tiraba desde el ápice, el ángulo más agudo, los papeles se doblaban fácilmente para formar un cono, pero cuando se tiraba desde cualquier otro punto, la tarea era mucho más difícil y a veces el papel se atascaba. A continuación, Francis y él untaron docenas de estos triángulos con grasa para evitar que se desintegraran con el rocío de la mañana y los esparcieron por el jardín. En las siguientes noches Darwin observó que el 62% de los triángulos de papel que las lombrices habían arrastrado hasta sus galerías lo habían hecho tirando del ápice y que la proporción era incluso mayor en los triángulos con puntas más agudas. Darwin y sus niños hicieron cientos de estos experimentos para llegar a un resultado final:

Si consideramos todos estos casos, difícilmente podemos escapar de la conclusión de que las lombrices muestran algún grado de inteligencia en la manera de taponar sus galerías.

Sin embargo, no estaba convencido de que todas las lombrices de tierra fueran iguales. Colocó hojas en la superficie de las macetas que se mantenían en una habitación cálida. Estas lombrices trabajaban de manera «descuidada… no les importaba tapar sus agujeros eficazmente». Él pensaba que las lombrices usaban las hojas para tapar la boca de la galería y evitar las corrientes de aire frío. Si las condiciones eran muy agradables, la importancia del tapón disminuía. Darwin cubrió las macetas con redes y las dejó a la intemperie durante varias noches. Escribió «y ahora, 72 hojas estaban todas correctamente colocadas por sus bases». Las lombrices, ante la necesidad, habían vuelto al trabajo más eficaz.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

Un comentario en “La inteligencia de la lombriz”

  1. Gracias Sr. Alonso por enseñarnos tantas y tan importantes teorías y estudios que aunque seamos completamente ajenos a la neurobiologia nos invita a pensar y conocer hechos y teorías sobre el autismo, la depresión y, hasta, la evolución de las especies
    Gran divulgador . Saludos cordiales.

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