Redes de apoyo y resiliencia

Marta Bueno y José R. Alonso

Todos sufriremos, de media, unas dos o tres desgracias a lo largo de nuestra vida y tenemos dos opciones: hundirnos o salir a flote. La muerte de un ser querido, quedarse en el paro, el diagnóstico de una enfermedad crónica, una discapacidad sobrevenida, son algunas de las decenas de situaciones y circunstancias de las que nos gustaría decir: ¡eso a mí no me ocurrirá! Sin embargo, los seres humanos somos vulnerables y corremos riesgos simplemente por vivir, por levantarnos cada mañana, incluso cuando lo hacemos en un entorno seguro. La incertidumbre nos asusta y nos preguntamos si remontaremos tras un golpe que de forma dramática altere nuestra rutina. No obstante, contamos con un cerebro potente capaz de aceptar los cambios y adaptarse a nuevas condiciones tanto personales como del entorno.

La palabra resiliencia, del latín resilire, significa comprimirse al máximo y volver a saltar, rebotar después de una gran presión. ¿Verdad que hemos oído, o dicho, eso de tocar fondo? Hay situaciones que nos hacen tanto daño, nos aplastan hasta tales extremos que pensamos que jamás volveremos a ver la luz y que así no merece la pena seguir viviendo. Según la Neurociencia, la resiliencia es la capacidad del cerebro para afrontar una situación adversa, superarla y salir fortalecido. Implica mecanismos neuronales que proporcionan herramientas cognitivas y emocionales con las que aprender a vivir en las nuevas circunstancias.

Según investigaciones recientes, las áreas del cerebro implicadas en el afrontamiento positivo de un evento adverso e irreversible incluyen redes neuronales implicadas en el cerebro social, es decir, en las regiones que se activan en las relaciones con los otros. En concreto, la corteza cingulada y las regiones límbicas, incluidas la amígdala y el cuerpo estriado ventral, que desempeñan un papel clave en el comportamiento social. No es extraño, por tanto, que la superación de un infortunio esté estrechamente relacionada con disponer de redes sociales de apoyo, aunque también influyen rasgos individuales positivos como un buen afrontamiento, la autoestima y el optimismo.

Una revisión de 200 artículos llevada a cabo por investigadoras de la Universidad de Heidelberg (Holz et al., 2020) concluye que en un entorno social empobrecido, en ausencia de vínculos afectivos y con entornos sin apegos ni cuidados, el desarrollo de las áreas cerebrales involucradas en la resiliencia es deficitario. Los niños con infancias duras, con cuidadores negligentes, tienen menor actividad en la corteza prefrontal, área que juega un papel importante en la respuesta al estrés y que influye en la vulnerabilidad y la resistencia a sucesos traumáticos.

Los efectos nocivos de la pobreza en el desarrollo infantil están sobradamente estudiados en investigaciones de carácter psicosocial y se identifica como uno de los factores de riesgo más poderosos para un neurodesarrollo con deficiencias  funcionales. Los niños expuestos a la pobreza tienen peores resultados cognitivos y menor rendimiento escolar, y tienen una mayor probabilidad de presentar conductas antisociales y trastornos mentales (Luby et al., 2013). Sin embargo, a pesar de estos resultados preocupantes hay pocos datos neurobiológicos que muestren el mecanismo de estas relaciones. Más de 1 de cada 5 niños viven ahora por debajo de la línea de pobreza en muchos países desarrollados.

Además, la pobreza se asocia a un mayor riesgo de falta de afectos y menor apoyo social que, cuando existen, son factores de protección frente a las secuelas de hechos negativos. Un equipo de investigadores (Holz et al., 2014) utilizó resonancia magnética para observar áreas neuronales en niños expuestos a un ambiente negativo y confirmó una reducción de volumen en la corteza orbitofrontal y un aumento de los desórdenes de conducta a lo largo de la vida. La privación social asociada a la pobreza también causa una menor actividad en el circuito de recompensa durante la anticipación del efecto gratificante y una actividad mayor que en la media cuando llega el efecto-recompensa.

En contraposición, el cerebro resiliente cuenta con un mayor volumen en el estriado ventral y en la corteza prefrontal, una reactividad sensible en regiones relacionadas con el circuito neuronal de recompensa, la capacidad de regular negativamente la amígdala controlando el miedo y una actividad adaptativa en la corteza prefrontal relacionada con el estrés. Esto permite que el cerebro funcione de manera más eficiente frente a la adversidad y, por lo tanto, mantenga el control emocional y conductual para hacer frente activamente a situaciones de impacto negativo.

En resumen, una carencia de afecto y apoyo social en la infancia perjudica el desarrollo de áreas neuronales implicadas en mecanismos de superación de las dificultades y esto conlleva ser más vulnerables frente a eventos negativos.

Contando con la asombrosa plasticidad del cerebro sabemos que es posible aprender recursos para atenuar los impactos de experiencias traumáticas y revertir conductas de abandono y pasividad ante los mayores embates de la vida. Un pensamiento de negación y no aceptar un cambio evidente irreversible o esperar a que las nuevas condiciones se solucionen por sí solas o sean otros los que lo hagan, no favorece la resiliencia. La actitud de no querer afrontar las dificultades nos debe hacer reflexionar sobre la educación de nuestros hijos o alumnos a los que protegemos de frustraciones evitándoles tropiezos. Frente a un fracaso, el reto de intentarlo de nuevo nos vuelve creativos, buscamos otras soluciones y almacenamos en la memoria las herramientas que nos funcionaron para resolver alguna parte del problema. Probamos y aprendemos, tomamos decisiones y nos hacemos responsables de las consecuencias, igual que inculcamos valores y herramientas a nuestros niños y jóvenes.

Podemos enunciar pautas que, aunque por desgracia no cambian el hecho mismo de un suceso indeseable, sí pueden ayudar a mejorar la actitud ante las adversidades:

  • Es importante optimizar lo positivo, lo que tenemos bueno, valioso, lo que nos hace sonreír, estar bien con nosotros mismos y con los demás…
  • Más allá de los condicionantes genéticos es posible aprender a ser optimistas, tomarnos las dificultades como desafíos y valorar distintos puntos de vista.
  • Los prejuicios negativos dificultan el aprendizaje para ser más resilientes.
  • Si somos cuidadores, padres o docentes, es bueno dar responsabilidades, pero siempre anticipando riesgos y evitando peligros innecesarios. Si poco a poco son más autónomos y valoramos sus logros, afrontarán mejor una futura adversidad.
  • Si logramos que quien lo está pasando mal sienta nuestra compañía, respeto y comprensión, si le hacemos saber que estamos ahí, que confiamos en él, el efecto Pigmalión se pone en marcha. Quizá antes de tomar una nueva actitud positiva por el bien de nosotros mismos lo intentemos por las expectativas que pone en nosotros el que nos quiere bien.
  • En ocasiones es difícil, pero si somos capaces de utilizar el sentido del humor frente a sucesos desafortunados mejoraremos nuestro bienestar.
  • Muchas veces lo mejor es distanciarse de opiniones negativas que puedan hacernos daño. Plantearlas tomando altura o compartiéndolas con un buen confidente puede ayudar a manejar mejor los sentimientos.
  • Buscar soluciones diferentes, aprender nuevas vías para conseguir resultados favorables, preguntar a quien está o estuvo en la misma situación, son buenas opciones. Es una forma de ser proactivos y barajar distintas alternativas cuando aparecen situaciones que no nos gustan.
  • Como hemos visto en las conclusiones del estudio, las relaciones sociales son cruciales; el afecto, compartir risas e intereses, contar con esos apoyos que igual nos prestan las tijeras de podar que un hombro, son puntales sólidos para afrontar problemas.

Con todo, después de un golpe duro la situación no volverá a ser como antes, pero eso no quiere decir que indiscutiblemente sea peor, al menos no desde todos los puntos de vista. Muchos estamos pensando en los posibles impactos causados por la COVID-19 y en las consecuencias de esta época tan incierta, con tantos cambios en nuestra vida diaria. Los mecanismos de adaptación marcarán la conducta de las personas en consonancia con el significado que le den a las situaciones vividas. Hay decenas de adversidades que desearíamos no haber experimentado incluso con la promesa de ser mejores tras ellas, con un sobresaliente en resiliencia. Vivimos circunstancias muy complicadas, pero cada persona las experimenta de una manera distinta. Hay factores externos: no es lo mismo el que recibe la nómina puntualmente aunque no pueda ir a trabajar que el que ve su negocio con la trapa echada; pero aprendemos y luchamos, cuidamos a los otros, encajamos los golpes y seguimos convencidos de que la vida es tan valiosa que merece nuestra mejor cara, con la sonrisa debajo de la mascarilla.

 

Referencias

  • Holz NE, Boecker R, Hohm E, Zohsel K, Buchmann AF, Blomeyer D, Jennen-Steinmetz C, Baumeister S, Hohmann S, Wolf I, Plichta MM, Esser G, Schmidt M, Meyer-Lindenberg A, Banaschewski T, Brandeis D, Laucht M (2015) The Long-Term Impact of Early Life Poverty on Orbitofrontal Cortex Volume in Adulthood: Results from a Prospective Study Over 25 Years. Neuropsychopharmacology 40, 996–1004. DOI: 10.1038/npp.2014.277
  • Holz NE, Tost H, Meyer-Lindenberg A (2020) Resilience and the brain: a key role for regulatory circuits linked to social stress and support. Molecular Psychiatry 25, 379–396. DOI: 10.1038/s41380-019-0551-9
  • Kim M, Whalen P (2009) The structural integrity of an amygdale–prefrontal pathway predicts trait anxiety. Journal of Neuroscience 29:37, 11614–11618. DOI: 10.1523/JNEUROSCI.2335-09.2009
  • Luby J, Belden A, Botteron K, Marrus N, Harms MP, Babb C, Nishino T, Barch D (2013) The effects of poverty on childhood brain development. The mediating effect of caregiving and stressful life events. JAMA Pediatrics 167:12, 1135–1142. DOI: 10.1001/jamapediatrics.2013.3139

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 comentarios en “Redes de apoyo y resiliencia”

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