Sigue el suave sonido de mi voz

Marta Bueno y José R. Alonso

Mike Wazowski, en la película «Monstruos S.A.», daba esta contundente instrucción a su pupilo James P. Sullivan mientras lo entrenaba para asustar. Es incuestionable que una voz atractiva puede captar nuestra atención de la manera más absoluta. Todos tenemos la experiencia de haber escuchado absortos a un locutor que hace vibrar las palabras, que utiliza los silencios de forma oportuna, que juega con la cadencia como si fuera música y que usa las inflexiones del lenguaje matizando volumen y color.

También hemos sufrido lo contrario: narradores pésimos y de discurso plano que nos hacían cabecear entre bostezo y bostezo, incluso con el contenido más apasionante. En nuestros años de estudiantes hemos conocido la motivación que nos contagiaba el profesor de discurso ágil, de palabras claras, que vocalizaba y pronunciaba con naturalidad y pasión. La voz es una herramienta poderosa si la utilizamos bien, y nuestro objetivo es provocar emociones positivas en el cerebro del que escucha. La fuerza de un profesor, de un buen comunicador, está en su voz, en el poder de la palabra hablada. La construcción mental que hacemos cuando nos cuentan algo interesante usando un lenguaje claro es muy sugerente, más que cualquier powerpoint o cualquier otra herramienta visual.

Cuando tenemos público, y con mayor razón cuando contamos con un público cautivo como el del aula, es imprescindible la empatía del orador con su audiencia. Usar la voz de la forma más adecuada es mostrar un respeto amable hacia el que escucha, es facilitarle la tarea de aprender. La voz engancha cuando en el discurso se aúnan continente y contenido. La voz además es nuestro rostro auditivo, nos da identidad, y es capaz de activar en el que escucha creencias sobre la personalidad del que habla, independientemente del mensaje.

Incluso cuando no vemos al dueño de la voz, ésta es tan evocadora que pone en marcha la imaginación del oyente. En 1927, la BBC acababa de cumplir cinco años y la radio era todavía una novedad. Con los programas que se extendían por las ondas hasta casi todas las casas,  Tom Hatherley Pear, el primer catedrático de Psicología del Reino Unido, llevó a cabo un estudio en el que observó el impacto en las mentes de los oyentes mientras sintonizaban una emisora en las que una voz retransmitía información. Reclutó a 9 personas, desde su hija de 11 años hasta un juez y un ministro anglicano, para leer por la radio un pasaje de The Pickwick Papers, en el que Dickens describe una escena cómica de un personaje patinando sobre hielo. Las lecturas se transmitieron desde la BBC a todo el Reino Unido durante tres noches consecutivas y pidió a los oyentes que las valoraran completando un formulario con sus impresiones sobre cada emisión, sobre cada voz. Respondieron casi 5000 personas, algunas con descripciones muy detalladas, un ejemplo de cooperación y generosidad. Lo sorprendente fue la fuerza de las imágenes que se formaron en las mentes de los oyentes simplemente por escuchar una voz. A muchos nos ha pasado esto de imaginar la personalidad de alguien sólo al escucharlo. Sin embargo, ¿cuánto de eso es real? Hubo descripciones fantásticas en el experimento como la que indicó que un locutor era una persona que había sufrido mucho en el pasado, que era muy comprensivo… Además, debía ser alto, de aspecto demacrado y triste, de hombros redondos, cuello largo y mentón prominente. ¡Impresionante! Y nos habría asombrado más si este oyente tan atrevido hubiera acertado. Pear había demostrado algo que quizás todos sabemos instintivamente, que la voz puede ser muy sugestiva. Es cierto que las voces dicen mucho de sus propietarios, sin embargo, ¿somos conscientes de nuestros prejuicios en la imagen que nos formamos sobre su dueño? A menudo estas creencias condicionan nuestra actitud hacia el que habla y generamos un sesgo.

A veces son efectos muy sutiles los que provocan las voces en nuestra percepción de una persona. Pueden influir incluso en el atractivo sexual, en la credibilidad política, en lo que se merece cobrar a final de mes o en si la dueña de esa voz es buen partido para nuestro sobrino. Pensemos en la manera en que la voz determina el género del narrador. Es evidente que el tono es la característica más obvia, una asociación con una larga historia evolutiva. Los machos de muchas especies tienen cuerdas vocales más largas que las hembras y esto da un sonido más profundo que los hace parecer más grandes y fuertes para sus rivales y futuras parejas. En los humanos, estas diferencias de género pueden ser bastante llamativas. Las cuerdas vocales de los hombres son hasta un 20 por ciento más largas que las de las mujeres, y también tienen cuerdas vocales más anchas lo que hace que hablen, en promedio, una octava más baja.

Otra característica fácil de apreciar en una voz es la edad del locutor. Al envejecer tendemos a hablar más despacio, y eventualmente la disminución del tono muscular hace que se produzcan sonidos más débiles y con cierto jadeo al hablar. Sin embargo, es difícil afinar en esto. Jody Kreiman descubrió que los oyentes en su laboratorio generalmente podían estimar la edad de un orador con un margen de unos 10 años. Aunque se dieron algunas excepciones llamativas como la grabación de una niña pequeña que obtuvo muchos votos como la más anciana de las locutoras. Kreiman explicó que era su sobrina a la que acababan de extirparle las amígdalas y articulaba de forma imprecisa, con voz ronca, respirando de forma fatigada y vocalizando lentamente: una vieja, estaba claro, aunque resulta que tenía tres años.

Con todo, ¿podemos atrevernos a describir la apariencia física de alguien por su voz? Ya vimos que había descripciones detalladas en el experimento de las lecturas por la radio, incluso la de un locutor detective de policía con voz potente del que dijeron que debía ser un hombre grande y robusto, con una melena rebelde, de esas difíciles de peinar, aunque en realidad era delgado y calvo ¡un trasplante capilar gracias a su voz! En otro experimento se intentó que los participantes emparejaran fotos de rostros con sus voces. El resultado no fue mucho mejor que cuando se hacían las parejas al azar.

Mucho más complicado es tratar de vislumbrar rasgos psicológicos ya que nuestros juicios se basan en sesgos burdos, sin ningún fundamento científico y sin la información necesaria para matizar. Un ejemplo de esto lo tenemos en el tono de la voz. Además de su papel en la atracción sexual, el tono también puede enviar señales de otras cualidades. Para ambos sexos, una voz más profunda se ha asociado con una mayor competencia y capacidad de liderazgo. Un examen de casi 800 trabajadores masculinos de compañías estadounidenses descubrió que, en igualdad de condiciones, aquellos con voces más profundas estaban a cargo de empresas más grandes y tenían mejores sueldos, en comparación con los hombres con voces más agudas. Para las mujeres es igual que para los hombres, hablar con una voz más profunda hace que parezcan más poderosas y asertivas. Hay voces de actores o de políticos que están completamente manipuladas para conseguir el efecto buscado.

Tales asociaciones implícitas basadas en estereotipos podrían incluso estar impulsando cambios a gran escala en la forma en que hablamos. Por ejemplo, un estudio de 1995 comparó el tono de las mujeres en Japón y en los Países Bajos y encontró que las mujeres japonesas tenían voces más agudas. Esto refleja valores culturales de este país ya que los roles tradicionales de género ponen el foco en el hombre como puntal de la casa y protector de su familia con una voz grave, muy diferente a la de la mujer, que debe tener una voz más aguda que denote fragilidad y dependencia. Esto no es así en la cultura holandesa y no hay tanta diferencia de tono entre hombres y mujeres neerlandeses. Investigaciones en Suecia, Estados Unidos, Australia y Canadá también han demostrado que las voces de las mujeres se han vuelto más graves en esos países desde la década de 1950, en más de 20 hercios, quizá porque escapan con determinación de los roles de sumisión que condicionaban el tono de su voz.

Sin embargo, el rasgo que más influye en nuestros juicios sobre una voz son los acentos. Durante el estudio de Pear, por ejemplo, la mitad de las personas que respondieron estaban convencidas de que el detective de policía calvo que leía la escena de los patinadores de Dickens era un granjero, presumiblemente porque hablaba con un acento más rural. Estas percepciones afectan a la valoración de prestigio, atractivo e inteligencia del dueño de la voz. Sin embargo, al igual que otros estereotipos, las creencias basadas en el acento pueden influir de manera injusta en decisiones importantes en lugares como los juzgados. En un estudio basado en una grabación de voz se demostró que era más probable que las personas juzgaran a un sospechoso como culpable si hablaba con acento regional de Birmingham, la ciudad donde se sitúa la acción de la familia de gángsteres de la serie Peaky Blinders, en lugar de un acento inglés más estándar, independientemente de los hechos. Además, cuando las personas tienen acentos marcados que pueden hacer que sean más difíciles de entender, es menos probable que confiemos en lo que tienen que decir.

Vemos que persisten los prejuicios y hay muchas personas que recurren a lecciones de dicción, no solo para eliminar las huellas de un acento, sino para que su voz les defina con lo que ellos consideran coherente con su personalidad. Si dedicamos tiempo de entrenamiento descubriremos que nuestra voz es más flexible de lo que podríamos imaginar. Hay límites fisiológicos, pero son bastante amplios y, quizás, el mayor obstáculo sea psicológico. Nuestra voz ha crecido con nosotros desde que aprendimos a hablar y es parte de nuestra identidad, como nuestro rostro. De alguna manera, cambiarla significa convertirse en una persona nueva y no es algo fácil.

Si retomamos la idea del inicio del texto de que la voz tiene un poder enorme, podemos reflexionar sobre la gran cantidad de tecnología, apoyos y herramientas con los que contamos en el aula, que deben ser eso, apoyos y recursos. Sin quitar el valor educativo de estos medios, el mejor canal de transmisión de conocimientos sigue siendo la voz. Por esto es importante que también nuestros alumnos aprendan a hablar, a exponer sus ideas con claridad y transparencia, con un contenido asimilado y bien estructurado. Y, como hemos querido resaltar, con una voz que se puede cuidar para facilitar la escucha de lo que quieran compartir con su audiencia.

 

Referencias

O’Callaghan T (2013) Voice Almighty. En Being Human (New Scientist: The Collection 2:3) pp. 44–47. Disponible en newscientist.com .

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “Sigue el suave sonido de mi voz”

  1. Me encanta el artículo. Cuántas veces he jugado sola y en compañía a imaginar el rostro del locutor o locutora de radio, su personalidad. Cuántas decepciones por la falta de correspondencia. Cuántas he cautivado contándoles a mis alumnos un relato, leyéndoles un poema, una biografía o una anécdota al hilo de un movimiento o autor. Cuántas me he dejado embaucar conscientemente por otras voces, me he dejado fluir con su tono y su timbre, con su carencia.
    Efectivamente, como profesora considero que es mi principal instrumento, mi arma vital, por lo que de poder comunicativo tiene, por ser el medio para llegar a los otros y permanecer en conexión.
    Que sigamos usándola como instrumento para educar, despertar, ayudar a crecer. Que la silenciemos cuando detectemos que pueda ser herida.

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