La mente del bebé

Durante décadas, quizá siglos, hemos pensado que un bebé era un ser indefenso e inútil, una criatura entrañable incapaz de hacer las cosas más elementales: no se centraban en nada, no planificaban ni recordaban y eran incapaces de expresar de una manera comprensible sus necesidades y sus problemas. Algunos filósofos han llegado a discutir si la categoría de ser humano era aplicable a los bebés, por un lado porque le faltaban las características definitorias de la mente humana como el lenguaje y la capacidad de razonar, por otro —tal como planteaba Descartes¾ porque eran considerados únicamente seres sintientes, atrapados en el aquí y el ahora. Un bebé, para muchos, es un conjunto de reflejos, un ser que solo puede comer, dormir, llorar y defecar. Se ha llegado a decir que pensar como un bebé es simplemente no pensar.

Las nuevas técnicas de la neurociencia han mostrado una realidad muy diferente. La idea más reciente es que el cerebro del bebé rezuma actividad y es capaz de absorber una cantidad ingente de información en plazos relativamente cortos. Al contrario que nuestra mente, la de los adultos, que se restringe a una visión reducida de la realidad, los bebés podrían captar un abanico mucho más amplio de sensaciones y serían, en realidad, más conscientes del mundo que nos rodea que nosotros mismos. Los adultos podemos seguir instrucciones y concentrarnos en un tema, pero los bebés son mejores para detectar las cosas inusuales que pueden estar sucediendo. Tiene sentido, si no sabes cómo funciona el mundo, ¿cómo vas a decidir en qué te centras? Tienes que intentar absorberlo todo.

Esta hiperconsciencia lleva aparejada cosas como una mejor comprensión del medio en un plazo sorprendentemente breve. Aunque nuestros bebés nacen sin apenas capacidades motoras o sensoriales, en pocos años han dominado una serie de cosas complejas desde el lenguaje a habilidades motoras sofisticadas como caminar o cantar. Según este nuevo modelo del funcionamiento del cerebro en la infancia temprana, lo que antes se veían como limitaciones y cortos recorridos, como la incapacidad de los bebés para centrar su atención, ahora se cree que es un una característica crucial y necesaria de su proceso de aprendizaje.

Una nueva idea es qué pasaría si los adultos fuésemos capaces de regresar a un estado mental similar al de un recién nacido. Aunque la maduración tiene algunas ventajas evidentes, como no hacerte las necesidades encima, también inhibe la creatividad y nos deja aferrados a prejuicios y datos falsos. Hay quien dice que cuando nos toca navegar a través de montañas de información aparentemente irrelevante o si debemos afrontar una situación totalmente novedosa y construir algo desde cero, estaríamos en una posición mejor si nuestro cerebro funcionase como el de un bebé.

Una de las implicaciones sorprendentes de esta investigación es en relación con la consciencia. Muchos científicos y médicos han asumido de forma tradicional que la consciencia de los bebés era menor que la de los adultos. De hecho, es la razón principal de que hasta la década de 1970 se hicieran muchas cirugías infantiles sin anestesia, algo que ahora nos pone los pelos de punta. En la actualidad algunos investigadores piensan que es al contrario: que los bebés son más conscientes que los adultos. Alison Gopnik, una experta en estos temas, compara la experiencia del bebé con ver una película fascinante o ser un turista en un país extranjero donde hasta las cosas más mundanas y cotidianas nos parecen apasionantes. Ella dice «da un paseo con un niño de dos años. Rápidamente te darás cuenta que ve cosas que tú ni siquiera habías notado».

El problema que hemos tenido es que no es fácil estudiar el funcionamiento cerebral de los bebés. No les puedes preguntar, no te pueden describir sus pensamientos ni justificar sus emociones, no entendemos probablemente lo que sienten cuando agarran el chupete o lo que implica abrazar un peluche y a nadie nos quedan memorias de esa etapa. Según Lehrer, la mente de un bebé es una caja negra impenetrable.

A veces pienso que nuestras herramientas para conocer el funcionamiento del cerebro humano son parecidas a pretender entender el funcionamiento de un ordenador metiéndole en un aparato de rayos X o cortándole en rodajas con una motosierra. Las cosas que hacemos ahora son del estilo de analizar la densidad del tejido cerebral, analizar el desarrollo de las conexiones neurales y seguir los movimientos oculares de los niños. También comparamos la estructura del cerebro del bebé con la del cerebro adulto e intentamos inferir cómo puede funcionar esa versión 1.0.

Algunas de las cosas sorprendentes que nos han mostrado esos estudios de neurociencia incluyen que el cerebro del bebé contiene más neuronas que el cerebro adulto. Desde muy pronto ponemos en marcha un proceso de poda que elimina muchas de las neuronas y las conexiones poco útiles. Este proceso hace que el cerebro se vuelva más eficaz pero es muy probable que a cambio pierda flexibilidad. El cerebro del bebé está más abierto al exterior de lo que lo estará nunca más en el resto de nuestra vida. Otro resultado inesperado fue comprobar que las distintas regiones de la corteza cerebral, esa zona plegada de la superficie del cerebro donde están situadas la mayoría de las llamadas funciones superiores, están mejor conectadas en el bebé que en la corteza adulta y que en los niños pequeños tienen conexiones entre zonas más diversas. Podemos pensar que es simplemente una señal de estar en una fase temprana del desarrollo pero ahora se va más allá y se cree que es un sistema que permite al bebé asimilar con facilidad un chorro potente de nuevos datos, de nueva información conectando entre sí información diversa. La desaparición a lo largo del desarrollo de parte de esas conexiones por un proceso de selección darwiniana explicaría que nuestro pensamiento fuese más estructurado pero también menos creativo.

Otra diferencia sugerente es que el cerebro infantil contiene menos neuronas gabaérgicas, es decir menos células inhibidoras, las que hacen que las neuronas disparen menos. Muy probablemente esto hace que le mente del bebé esté continuamente trabajando, llena de pensamientos diversos y de sensaciones múltiples, en comparación con la nuestra, la de los adultos. Nuestro cerebro bloquea constantemente lo que considera información irrelevante, tal como la conversación de unos extraños en el bar o el zumbido del motor del frigorífico. En el caso del bebé, esos filtros son mucho menores, le llega mucha más información, un flujo inmenso y constante de realidad. Un dato que avala esta idea es que los bebés necesitan dosis comparativamente mayores de anestesia para caer inconscientes, necesitamos apagar una cantidad comparativamente mayor de neuronas activas.

La hiperabundancia de pensamientos en el cerebro refleja el cómo los cerebros de niños y de adultos exploran el mundo: nuestro cerebro funcionaría como una linterna enfocando puntos concretos y de ahí saltando a otro. El de los bebés sería como un farol, dando una iluminación difusa y amplia a todo lo que hay alrededor. Normalmente decimos que los adultos son mejores que los niños a la hora de prestar atención a algo, pero realmente es justo lo contrario: los adultos somos mejores en no prestar atención, en dejar fuera todo menos un solo componente de la realidad y restringir nuestra consciencia a un solo foco. El niño pequeño, que no sabe cómo funciona el mundo, no sabe en qué centrar su atención e intenta captarlo todo.

Un experimento sencillo es mostrar a un niño pequeño una foto de otro niño mirando un grupo familiar. Cuando se le pregunta qué mira ese niño, responden rápido que a la familia, pero también comentan que está pensando en el perro, en el árbol, en la niña, en la valla que se ve en la parte arriba de la foto. En otras palabras, piensan que el niño está prestando atención a todo lo que él puede ver.

Esa atención tan difusa hace que los niños pequeños se distraigan con facilidad pero el modo «farola» de atención parece que genera alguna ventaja en la memoria, los niños pueden recordar información que parecía irrelevante en el momento en que se produjo mientras que un adulto no recordaría nada porque simplemente no lo ha visto.

Una prueba desarrollada por John Hagen consiste en coger un mazo de cartas y mostrar cartas de dos en dos y al participante se le dice que recuerde la derecha e ignore la de la izquierda. Los niños mayores y los adultos recuerdan mejor la carta en la que centran su atención pero los niños pequeños son mejores a la hora de recordar la de la izquierda, la que supuestamente tendrían que ignorar. En una situación poco definida, pensar como un niño puede ser una ventaja: la centralización en un aspecto concreto puede hacer en esas circunstancias difusas, perder muchos componentes de la imagen. También se está viendo que nuestro cerebro puede aportar mejores resultados cuando le dejamos vagar, navegar, soñar despierto.

Las diferencias en cómo bebés y adultos prestan atención se cree que se deben, en primer lugar, al diferente grado de maduración de la corteza prefrontal. Esta zona cortical es responsable de una gran variedad de habilidades cognitivas desde dirigir la atención al pensamiento abstracto al control de los impulsos. Es la última región en terminar su maduración, un proceso que se considera no culmina hasta el final de la adolescencia. Hay una teoría que dice que existiría en algunas personas una corteza prefrontal infantil, responsable de todos los comportamientos inmaduros, de los antojos y cambios de humor de los adolescentes a los adultos con decisiones incoherentes y caprichosas. Las nuevas evidencias señalan que en algunos ámbitos y circunstancias, puede ser beneficioso dejar que la corteza prefrontal se «relaje» y el control sea menos férrea.

Otra característica del cerebro de bebé es algo en cierta manera envidiable: se sumergen en el momento. Rafael Malach hizo un experimento en el que unos voluntarios adultos tenían que ver una película de Clint Eastwood. El análisis con neuroimagen mostró que mientras veían la película sus cerebros presentaban un patrón peculiar de actividad en el cual la corteza prefrontal estaba apagada mientras que otras zonas, como la corteza occipital, la que se encarga de la percepción visual, estaba activada. Ese es el disfrute en una película, cuando te metes en la historia, te dejas arrastrar por las emociones, no cuestionas lo que está pasando y, al final, no te crees el tiempo que ha pasado cuando sale ¡cuando salía! el rótulo con The End. La vida para un niño pequeño es posible que sea algo parecido, notas todo lo que hay a tu alrededor dejándote sorprender, las experiencias son muy vívidas y no tienes una gran consciencia de ti mismo, no estás pensando en nada, estás viviendo lo que está pasando, aunque sea una historia en una pantalla. A veces lo sentimos en nuestras vidas cotidianas, que todo fluye o que estamos cautivados por lo que estamos haciendo, puede ser resolver un problema de ajedrez o ver como se fríen las patatas mientras preparas una tortilla. En el zen hablan de la «mente del principiante» cuando alguien puede pensar como un niño, abierto a cualquier sensación y posibilidad, libre de preocupaciones y prejuicios. Puede ser algo a explorar.

 

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 comentarios en “La mente del bebé”

  1. Me encantó este artículo José Ramón Alonso y más hablando del cerebro del bebé lo cual abre mas posibilidades para abordar con mas profundidad esta área de la primera infancia

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