Recomendación para #DíaDelLibro El Ojo Desnudo de @aberron

Siempre me ha gustado la divulgación científica. Cuando vivía en Estados Unidos, ese país donde los modelos de coche se renuevan cada año y el del año presente vale un 30% menos cuando sale el nuevo, me sumergía en sus espectaculares librerías de segunda mano. También lo había hecho en las librerías de lance de España pero la diferencia era abismal. Aquí tienes que buscar mucho para tener un poco de suerte y la diferencia económica a veces no es para tanto; allí, el superventas del año pasado se vende por dos perras y tienes, si puedes leer en inglés, lo que quieras: biografías, arte, historia, viajes… ¡y divulgación científica! El mundo a tu alcance por un dinero muy razonable. Mandaba una caja a España cada semana por correo de superficie y así llegó a casa todo lo de Carl Sagan, Peter Medawar, Stephen Jay Gould —a quien pude conocer en persona— y mi favorito, Lewis Thomas, cuyas historias cortas, sentido del humor, toque poético y sincera humanidad intento imitar. Mi gran tristeza era que en España no tuviésemos nada semejante. Hasta la tapa, el papel y la encuadernación me incordiaban. Aquellos libros de Bruguera, FCE o Alianza: un papel grisáceo que parecía reciclado y unas hojas pegadas que se te quedaban en la mano. Tampoco podía entender por qué aquí no hacían encuadernaciones en tapa dura, por qué el precio no era tan de bolsillo, por qué algunas traducciones eran de juzgado de guardia. Pero es lo que había.

Las cosas fueron cambiando. Fueron apareciendo nuevos autores que llegaban en general desde el mundo de la ciencia y unas ediciones más cuidadas, uno de cuyos ejemplos eran las colecciones de Drakontos, que me encantaban. Arsuaga, Sánchez-Ron, Toharia, Wagensberg y tantos otros nos libraban de sospechar si sería cierto que los genes hispanos tienen alguna mutación que les predispone contra la ciencia, si alguien que tuviera el español como lengua materna demostraría de una vez por todas que la ciencia es amena, divertida, instructiva, apasionante. Pero faltaba todavía camino por recorrer.

Una figura que aquí echaba de menos era el gran periodista de ciencia, alguien que no ha hecho la investigación de primera mano pero que lo cuenta como nadie. Hay magníficos ejemplos como Gina Kolata o Carl Zimmer. ¿Por qué en este país había excelentes periodistas de toros -añorado Joaquín Vidal-, fútbol, política, sucesos y la poca ciencia era información de agencias? ¿Por qué las entrevistas a científicos daban vergüenza ajena o parecía que alguien pensaba que la única noticia reseñable era que se había curado el cáncer o que había un planeta nuevo entre la Tierra y la Luna? El interés creciente por la ciencia coincidió desgraciadamente con la época más dramática del periodismo: el modelo de negocio se derrumbó y hemos pasado de una armada de portaaviones a buques semihundidos, algunas lanchas rápidas y un buen puñado de francotiradores agarrándose a algo que flote. Si periódicos prestigiosos dan boqueadas mientras van vendiendo las joyas de la abuela—o del abuelo—, si periódicos serios desaparecen o languidecen, si hay empresarios que creen que da igual un redactor con experiencia que un becario recién salido de la universidad, va mal a los medios y entonces nos va mal a todos. Creo que en todas las empresas el capital humano es lo más valioso pero es que en el periodismo, es casi lo único ¿qué más hay? ¿un papel de mala calidad y anuncios por palabras de prostitución? La prensa ha entrado en una dinámica perversa donde a la caída de ingresos ha respondido obviando su única baza: los buenos periodistas.

Pero incluso a las puertas del infierno hay esperanza y hay profesionales que van a pelear la guerra por una información fiable, rigurosa, medida y bien escrita, gente a la me encanta leer como Jordi Pérez Colomé, Ángela Bernardo, Dori Toribio y Antonio Martínez Ron, entre otros. Antonio Martínez Ron es lo que los centroamericanos llaman un «tipazo», un luchador que te entrevista en un bar de inmigrantes con más ruido que la feria de los caballitos, un multiemprendedor que monta proyectos sin parar, un David que se pelea con Goliats grandes y poderosos, un periodista que escribe como los ángeles, si es que los ángeles supieran escribir y tuvieran el nivel de aberron y todo ello sin perder el sentido del humor. La buena noticia es que Antonio ha escrito un libro como los grandes de la divulgación científica. Se lo ha currado, ha ido a las fuentes, ha contrastado los detalles y luego lo ha contado como solo él sabe hacerlo, haciendo que te sea imposible soltar el libro hasta que terminas la última línea. Basta ya de complejos, hay divulgación científica española y es magnífica: López Nicolás, Carlos Briones, Alejandro Navarro, Lalueza Fox y tantos otros. Este libro, El Ojo Desnudo, es una delicia y te permite hacer dos cosas maravillosas con las que nuestro cerebro nos premia: aprender y disfrutar. El libro va de visión y luz y de muchas cosas más. Pero no se lo voy a destripar, tan solo cómprelo y léalo, no se arrepentirá.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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