Cajal, regeneracionista

cajalCuando llegan a España las noticias de los desastres de Cavite y Santiago de Cuba, Ramón y Cajal se encontraba veraneando en el pueblo madrileño de Miraflores de la Sierra. Su primera reacción es de profundo desánimo:

¡Qué amargura! ¡Qué desencanto! Creíamos ser un imperio glorioso y resulta que no somos nada.

Impresionado por el humillante Tratado de París por el que los Estados Unidos obligan a España a cederle la soberanía a Cuba y la administración de Puerto Rico y Filipinas, Cajal abandona temporalmente su investigación:

Caí en profundo desaliento. ¿Cómo filosofar cuando la patria está en trance de morir? … Y mi flamante teoría de los entrecruzamientos ópticos quedó aplazada sine die.

De hecho, este desánimo en su trabajo se nota en su currículum: en el bienio 1896-1897, Cajal publicó un total de veintitrés monografías; en el bienio 1898-1899 no más de siete. Tras ese desánimo, Cajal entra en una etapa de cierta pasividad y desinterés -común a una buena parte de la sociedad española que ni quería la guerra ni asumía la derrota como suya hasta que entra en una tercera fase de aclarar las causas de haber llegado a esa situación y buscar la solución a los problemas.

Ramón y Cajal se suma al incipiente movimiento regeneracionista. Son un grupo de personas que meditan intentando ser objetivos sobre la decadencia de España y buscan un cambio de rumbo, una reacción a las carencias nacionales, una modernización de España, un proceso que para Cajal se fundamenta en el patriotismo, la ciencia, el compromiso con la juventud y su futuro, la investigación y la educación. En sus palabras «desterrar, o limitar al menos, la incultura de nuestras tierras y de nuestros cerebros».

La palabra regeneración se usa ya a principio del siglo XIX y está tomada del léxico médico, como antónimo de corrupción, de la degeneración de un miembro o un organismo. ixwdo1En realidad, es una metáfora con la que se expresa un sentimiento de pesar ante el decaimiento de un ente amado —España— y la búsqueda de una vía para revertir el proceso, un camino de curación, de reconstrucción, de regeneración.

Cajal confiesa que las noticias del Desastre le sumieron en un profundo desaliento, aplaza temporalmente sus estudios sobre el quiasma óptico, decide prestar oídos a «la voz de la sirena periodística» y participa en la campaña política y mediática desencadenada para «contribuir, modestamente, a la vibrante y fogosa literatura de la regeneración». En aquel momento de desmoralización colectiva y sensación de hundimiento nacional, Cajal aporta propuestas sociales, educativas, económicas y políticas. Los artículos aparecidos en El Liberal o en Vida Nueva, y sobre todo un post-scriptum a sus Reglas y Consejos sobre la investigación biológica y en la primera edición de sus Recuerdos de mi vida reúnen una gran parte de estas reflexiones cajalianas a la crisis del 98. costaCajal participa también de la actividad conjunta regeneracionista: en su libro Oligarquía y caciquismo, una memoria del sistema político español vigente en la época, Joaquín Costa incluyó las respuestas de las 61 personalidades que respondieron a una encuesta que les mandó. Entre las personas consultadas que respondieron al cuestionario está Ramón y Cajal. Cajal plantea caminos para salir del caciquismo y un ejemplo neurológico le condujo a considerar el país «invertebrado» coincidiendo con la metáfora y el título que José Ortega y Gasset daría posteriormente a uno de sus libros más prestigiosos (1922):

En España, parece que entre la aldea y la ciudad median cientos de leguas y entre la región y la corte espacios casi interplanetarios. A la manera de los organismos inferiores, nuestro pueblo revela vida casi exclusivamente vegetativa. El sistema nervioso central, destinado a enlazar las partes con el todo, sustituyendo las reacciones locales débiles, ciegas e incongruentes del invertebrado con las manifestaciones colectivas coordinadas y potentes del mamífero, hállase en nuestro país en estado de rudimento. De ahí la debilidad defensiva del cuerpo social cuando un organismo poderoso nos ataca, y la repetición y facilidad del motín y de la agitación particularista. Semejantes reacciones locales, propias de los grupos humanos primitivos, son anárquicas e infecundas, pero lógicas y naturales, pues vienen a ser la consecuencia de la flojedad y pereza de la inervación central y representan una especie de compensación de la debilidad de las acciones colectivas o nacionales.

 Cajal comenta también como en su tertulia del Café Suizo se trataron también las ideas regeneracionistas:

Allí, naturalmente, repercutió calurosamente la literatura de la regeneración; se recogieron firmas para el célebre manifiesto de Costa y encontró alientos para su noble campaña el malogrado apóstol de la europeización española.

Como buen científico, Cajal busca la causa del fenómeno, claramente no es un fenómeno puntual sino una tendencia que se mantiene desde hace siglos y achaca el desastre de Ultramar al atraso cultural y científico de España. Un factor clave en el proceso es el desdén de los españoles por la ciencia que, como apunta don Santiago, nos llevó a «ignorar la potencia militar norteamericana, el desarrollo científico de sus químicos e ingenieros, inventores de bombas incendiarias que barrían la cubierta de nuestros buques e imposibilitaban la defensa, la superioridad de sus barcos y corazas, la excelencia y tino de sus artilleros y la energía y pericia de sus generales». Una guerra —prosigue don Santiago— «librada entre el sentimiento y la realidad, entre un pueblo dormido entre las rutinas del pasado y otro enérgico, despierto y conocedor de todos los recursos del presente». Un desastre al que nos llevó «más nuestra ignorancia que nuestra pobreza y en el que no logramos ni el triste consuelo de vender caras nuestras vidas».

Cajal también intentó comprender el curso de estos avatares. Tomando a Costa como modelo, comparte sus sentimientos sobre la patria y la raza, describiendo una España desmembrada y empobrecida por las continuas guerras, revueltas y levantamientos del siglo XIX y por otro, empobrecida como proyecto global por la desvinculación ideológica y cultural que supuso la ruptura con las repúblicas hispanoamericanas, «un mundo cuya conquista nos costo ríos de sangre generosa» y del que fuimos expulsados. 19. victoria_de_samotraciaMientras que Costa dice que España es como la Venus de Milo, hermosa pero sin brazos; Cajal va un paso más allá y dice que a quien se asemeja es a la Victoria de Samotracia, muy grande, alada y gallarda pero no solo sin brazos sino también sin cabeza. A estas críticas, Cajal suma su desánimo por el retraso cultural y científico de España y por el desinterés y la falta de respaldo social con que en España se contemplaba el desarrollo de la investigación que para él es la única herramienta capaz de conseguir el progreso que el país necesita.

Cajal coincide en muchas de las críticas de los otros regeneracionistas: constata los males creados por el sistema político de falsa democracia con la alternancia de los dos grandes partidos, por la corrupción y el caciquismo, por la influencia castradora del poder del clero y su influencia en la escuela, por la falta de interés por la industrialización y la competitividad, por la arrogancia nacional basada en sueños imperiales y recuerdos de grandes gestas cuando el país vive en la miseria, por la carencia de peso internacional, el bajo nivel cultural y educativo de la población, por la mala calidad de las universidades… Sobrecoge un poco pensar que Cajal, a pesar de los indudables avances del último siglo, seguiría encontrando en nuestra actualidad ejemplos y argumentos parecidos para ese mismo desánimo.

A pesar de ese duro diagnóstico, Cajal, como el resto de los regeneracionistas, busca proponer soluciones y no quedarse en las lamentaciones. Esas medidas deben ser viables, realistas y constantes y, como el resto del grupo, en ningún caso busca utilizar el momento calamitoso para hacer un asalto al poder sino que expresa un sincero interés por la mejora de lo que es de todos, por el bien común, por el futuro de la patria. Para Cajal, la participación en el movimiento regeneracionista tiene componentes emocionales y morales

Allí supimos también elevarnos a menudo sobre las pequeñas miserias de la vida, sentirnos cada vez más humanos y más patriotas, y avanzar algunos pasos por senderos de paz y de amor hacia luminosos ideales…

Las principales propuestas de Cajal se centran en el ámbito educativo:

Transformar la enseñanza científica, literaria e industrial, no aumentando como ahora está de moda, el número de asignaturas, sino enseñando de verdad y prácticamente las que tenemos… Crear ciencia original, en todos los órdenes del pensamiento: filosofía, matemáticas, química, física, biología, sociología, etc. Tras la ciencia original vendrá la aplicación industrial de los principios científicos, pues siempre brota al lado del hecho nuevo la explotación del mismo, es decir, la aplicación al aumento y a la comodidad de la vida. Al fin el fruto de la ciencia aplicada a todos los órdenes de la actividad humana es la riqueza, el bienestar, el aumento de la población y la fuerza militar y política.

A la hora de cómo afrontarlo presupuestariamente don Santiago también hace una propuesta concreta:

Desviar hacia la Instrucción Pública la mayor parte de ese presupuesto, hoy infructuosamente gastado en Guerra y Marina. Con sólo que España gastara la o que consagra París a la enseñanza, daríase un gran paso en el camino de nuestra regeneración.

fig_086Mientras tanto, la obra científica de Cajal empieza a recibir el reconocimiento internacional. En junio de 1899, medio año después de firmarse el tratado que puso fin a la guerra entre españoles y norteamericanos, don Santiago recibió una invitación de la Clark University, de Worcester (EEUU), para pronunciar tres conferencias sobre la histología del cerebro humano y de los mamíferos superiores en el aniversario de su fundación. Don Santiago dudó si aceptar la invitación: por una parte se siente halagado por el ofrecimiento, que le permitirá conocer Estados Unidos y compartir tribuna con destacados pensadores y científicos europeos y americanos; por otra, se siente un “profesor perteneciente a la raza vencida y humillada”, con la herida abierta todavía por la actitud americana en la guerra de Cuba que masacró, sin ningún reparo, a los soldados y marinos españoles y nos dejó con honra y sin barcos. Al final, aconsejado por quienes moralmente podían hacerlo, -el marqués de Pidal, ministro de Fomento- don Santiago acabó por aceptar la invitación como una revancha moral para restituir el honor y el prestigio de la España derrotada. La prensa destacó el viaje y, desde entonces, presentó al histólogo aragonés como una especie de héroe científico, que ganaba donde los demás perdían.

Para don Santiago Ramón y Cajal, el desastre cubano se convirtió en un acicate para la regeneración científica y social de España. Una cruzada contra el paupérrimo nivel de la ciencia española y que don Santiago, en sus Reglas y Consejos, se ocupará de analizar. Tras descartar diversas hipótesis relacionadas con nuestro atraso y nuestro fracaso científico (oligohídrica, térmica, política, psicológica, fanatismo religioso, orgullo y arrogancia y segregación intelectual), aclara que nuestro retraso no se debe a una incapacidad del español para la ciencia. Contrasta con la opinión de Unamuno que había considerado que igual que las personas se especializan en una determinada tarea, los pueblos hacen lo mismo y que nosotros habíamos recibido el don de la literatura mientras que otros, como los alemanes, destacaban en filosofía y en ciencia. unamun2Dice así el catedrático de Salamanca:

Alemania, verbigracia, nos da a Kant, y nosotros le damos a Cervantes. Harto hacemos con procurar enterarnos de lo suyo, que su ciencia y su metafísica fecundará nuestra literatura, y ojala nuestra literatura llegue a ser tal que fecunde su ciencia y su metafísica. Y he aquí el significado de mi exclamación, algo paradójica, lo reconozco, “¡que inventen ellos!”, exclamación de que tanto finge indignarse algún atropellado cuyo don es el de no querer entender o hacer como que no se entera.

Unamuno expresa estas frases precisamente junto a la tumba de Joaquín Costa y niega que el líder de los regeneracionistas hubiera sido europeizador, sino «gran africano, o celtíbero».

Cajal escribió a Miguel de Unamuno, dentro del respeto y aprecio mutuo:

Creo que España debe desarrollar su ingenio propio, su personalidad original, en arte, en literatura, en filosofía, hasta en el modo de considerar la vida, pero en ciencia debemos internacionalizarnos. Hay escuelas filosóficas, literarias, artísticas, políticas; pero solo hay una ciencia, la cultivada desde Galileo a Pasteur y Claudio Bernard.

Todo nos urge, pero nos urge sobre todo la ciencia que es lo que vamos peor. Y si por ese lado no completamos nuestro patrimonio espiritual, corremos grave riesgo de ser expropiados como nación y aniquilados como raza. Es preciso, en suma, ser completos para ser respetados.

España, escribirá don Santiago, es un país intelectualmente atrasado, no decadente. Y como solución propone uno de sus remedios preferidos, sacado también del vocabulario biomédico «tonificar la voluntad científica nacional». Una voluntad que debe buscar sus tónicos -medicamentos capaces de excitar la actividad de un organismo- en el amor irrenunciable a la patria. Por eso, cuando en 1906, el presidente del gobierno don Segismundo Moret ofrece a Cajal la cartera de Instrucción Publica, don Santiago le presenta un ambicioso programa de política científica y universitaria que resumía las propuestas de los regeneracionistas. Don Segismundo aceptó en el acto este proyecto pero este tácito compromiso político no llegará a materializarse. En cambio, un año después, Ramón y Cajal aceptará la presidencia de la Junta de Ampliación de Estudios, desde la cual  conseguirá llevar a cabo un ambicioso programa de renovación universitaria y científica que sentará las bases para el primer gran salto de la Ciencia española en su historia, el del primer tercio del siglo XX.

83335d_DutyOfTheHour_HalrympleAños mas tarde, al analizar, con menos apasionamiento, el desastre de la España ultramarina, lo achaca al gobierno imprevisor, desatento a los profundos anhelos de las colonias e ignorante de las codicias solapadamente incubadas por la rapiña de las clases oligárquicas, aparte del incontrastable poderío militar americano. Nuestro fracaso, concluirá don Santiago, se debe a que la marina y el ejercito estaban organizados, «no para luchar con la nación más pujante y rica del mundo, sino para sofocar nuestras querellas internas», un ejército que llevaba siglos de derrota en derrota y con más experiencia en guerras civiles que en ninguna otra cosa. También se queja de la ciega campaña en la prensa que insultó y despreció a los norteamericanos antes de la contienda. Los españoles —dice Cajal— aun no habíamos aprendido que para «ser respetados es preciso ser fuertes, como las naciones próceres o, si no, prudentes y discretos».

Entrado ya en el siglo XX, la vehemencia regeneracionista de Cajal pierde su expresión inicial de polemista y comprende que su lugar, su contribución personal al resurgir de España debía ser por lo que es realmente su vocación: la investigación científica. Humillado en su patriotismo, la “vuelta al tajo” supone una forma de responder a ese amor a la patria. Don Santiago siempre pensó que la solución a la situación de España solo tenía un camino: el de la Ciencia, que se debía competir con los mejores «solo luchando con los fuertes se llega a ser fuerte» y que ésta era una empresa internacional. Santiago-Ramon-y-CajalSu discurso “A patria chica, alma grande”, pronunciado en el acto con que ese mismo año la Universidad de Madrid celebró el Premio Moscú y la proclamación dirigida en 1905 a la juventud española de un programa nacional basado en “el quijotismo de la ciencia”, resumen las dos expresiones más contundentes de esta concepción de su patriotismo como “diaria entrega a la obra de hacer ciencia”. En la reelaboración de sus Reglas y Consejos, en 1913, Cajal aun insistirá más en la validez de estas propuestas.

El brutal estallido de la I Guerra Mundial en 1914 conmueve de nuevo a don Santiago trayendo a su memoria los recuerdos y juicios expresados tras la pérdida de las colonias y los desastres de las guerras. Otra vez, el estallido bélico afecta a su actividad investigadora, pero en este caso Cajal recuerda con desánimo su participación y la de otros intelectuales en las campañas periodísticas del año 98 para regenerar a España: «Los regeneradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de lo sermones, las austeras predicaciones políticas edifican tan solo a los convencidos. ¡La masa permanece inerte!». cropped-cropped-casado-11Pero también será consciente, de que las energías dedicadas entonces acabaron por beneficiar a la «especie, la raza y la nación». Para que España sea grande, dirá en 1922, «hay que soñarla grande». Y convencido de ello sigue defendiendo sus ideas y haciendo propuestas, incluso ante el Rey Alfonso XIII, planteando una serie de soluciones -la forma de trabajar siempre los regeneracionistas- cuyo objetivo era «aumentar el caudal de ideas españolas circulantes por el mundo», que España se convirtiese por primera vez en su Historia en un país cultivador de la Ciencia.

 

Para leer más:

 

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 comentarios en “Cajal, regeneracionista”

    1. Estimada Esperanza
      Le agradezco sus amables palabras y me alegro que el blog le resulte interesante y útil. Anime, si lo estima oportuno, a que sus alumnos planteen sus dudas, den su opinión, sean críticos, etc. Un saludo muy cordial y gracias a Usted

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