Cajal, divulgador científico

neurocomic_redA los amigos de JOF y Naukas

Santiago Ramón y Cajal, el mejor investigador español de todos los tiempos, tiene múltiples facetas: científico, inventor, médico militar, profesor, fotógrafo, dibujante, pensador, tertuliano, ajedrecista, padre de familia numerosa, editor, gestor y, también, escritor. Fue autor de una ingente producción científica plasmada en más de doscientos libros, artículos y monografías, y cuya obra magna es la Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados un libro que se regalaba en algunos centros de investigación internacionales al doctorarse en neurociencia a finales del siglo XX por su interés y su vigencia. También hizo manuales para el estudiante, libros de técnicas y tratados médicos pero, además de eso, Cajal incursionó en distintos tipos de géneros literarios.

Una obra importante fue su autobiografía titulada Recuerdos de mi vida organizada en dos tomos. cajalEl primero, Mi infancia y juventud, cuenta sus andanzas por distintas localidades de Aragón, sus travesuras, su interés por las artes plásticas y su rechazo a una educación basada en la memorización, como la que impartían los escolapios de Jaca con los que aprendió las primeras letras. El segundo tomo se titula Historia de mi labor científica y en él Cajal comenta sus investigaciones sobre el sistema nervioso a un público amplio, explicando sus motivaciones, las hipótesis en las que basó su trabajo, sus principales descubrimientos, las relaciones con los grandes sabios de su época, todo ello enmarcado en el ambiente científico, político y social en el que le tocó vivir.

img476También tiene un toque autobiográfico El mundo visto a los 80 años. Impresiones de un arterioesclerótico libro escrito en 1934, el año de su muerte y publicado poco después de su fallecimiento. Cajal aborda la vejez desde un punto de vista personal, mirada enriquecida con aspectos biológicos, psicológicos y sociales y donde explica que “la índole de este libro me ha obligado a hablar hartas veces de mí mismo, poniéndome como ejemplo de las desventuras y tribulaciones de un anciano trabajador.” Está dividida en tres partes: “Delirio de la velocidad”, “Degeneración del arte” y “Consuelos de la senectud”.

Reglas y consejos sobre la investigación biológica (1899) es un manual pedagógico para los que quieren dedicar su vida a la ciencia, incluyendo consejos sobre cómo elegir esposa. El punto de partida fue su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias en 1897 y se nota el impacto causado por la pérdida de Cuba el año siguiente, un lugar donde Cajal había pasado un período crucial de su vida y la preocupación por el retraso científico que sufría España.  ramon_y_cajal_santiago_1852_-_1934_20121204_1243065892El libro, en la línea de los regeneracionistas, propone un rearme moral y científico, expone cuáles deben ser los compromisos éticos e intelectuales de los hombres de ciencia, intentando marcar un camino de honestidad y esfuerzo a los jóvenes investigadores para que su carrera tenga éxito y esté imbuida de un profundo patriotismo. Están allí las ideas que desarrollará posteriormente como presidente de la Junta de Ampliación de Estudios, donde tras analizar la situación de la ciencia en España frente a lo que sucede en Europa y los Estados Unidos, argumenta que España puede elevar el nivel científico “importando profesores […] y, sobre todo, educando sistemáticamente en el extranjero la flor de su juventud intelectual y docente”, algo que nunca deberíamos olvidar.

Charlas de café (1922) es un recorrido personal de opiniones y observaciones descrito por el propio Cajal como “una colección de fantasías, divagaciones, comentarios y juicios, ora serios, ora jocosos, provocados […] por la candente y estimulante atmósfera del café”, un conjunto de ideas y anécdotas seleccionadas en décadas de tertulias, cafés y casinos.

Pero don Santiago tiene una interesantísima obra como escritor de divulgación científica o como él lo llamaba de “popularización histológica”, una labor con la que Cajal educa y comparte su pasión por el conocimiento, por la estructura microscópica de los seres vivos y por el mundo natural. En estos tiempos nuestros, donde pocos periódicos tienen páginas dedicadas a la  ciencia o donde algunos responsables de las parrillas parecen pensar que  un programa de televisión sobre biología solo puede ser un león comiéndose una gacela, que alguien como Cajal entendiera y practicara la divulgación científica debería ser un mensaje para la comunidad universitaria, la población educada y los responsables culturales y un mensaje de ánimo para ese grupo de autores, instituciones y lectores que valoran que la ciencia es cultura y consideran como Santiago Ramón y Cajal que la divulgación no se opone a la investigación sino que la apoya y complementa.

Las maravillas de la Histología  (1883) son un conjunto de artículos que hablan “sobre el encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios”, ese universo maravilloso que se encuentra fuera del poder normal de nuestra vista, accesible tan solo con el microscopio. Ramón y Cajal habla de los batidos rítmicos de los cilios de los epitelios de la laringe y la tráquea con un estilo entre lo poético y lo cursi: “pestañas vibrátiles que, por virtud de secretos impulsos, ondean, cual campo de espigas al soplo de brisa invernal”. También habla de los movimientos ameboideos de los leucocitos, la geometría de las fibras musculares esqueléticas, las células glandulares, la célula nerviosa o el espermatozoide, describiendo su movimiento en su característico estilo: “el incansable latigueo del zoospermo, corriendo desalentado hacia el óvulo, imán de sus amores.cajal7_2La prosa de Cajal se inspira en la manera “frondosa y bejucal del gran Castelar ¡estilo Castelar sin Castelar!”, un estilo declamatorio y de gran riqueza de vocablos y metáforas que suena arcaico en nuestros días. Don Santiago escribió estas obritas inicialmente para La Clínica, un semanario profesional de los médicos, cirujanos y farmacéuticos de Zaragoza y luego algunos de estos artículos, “desbordantes de fantasía y de ingenuo lirismo”, fueron ampliados y reproducidos en la Crónica de Ciencias Médicas de Valencia. Usa entonces el seudónimo de Doctor Bacteria, un nombre maravilloso que recuerda al Profesor Bacterio inventado por el genial Francisco Ibáñez para su serie Mortadelo y Filemón, esa cumbre de la creatividad y el humor del siglo XX.

Además, Cajal no se conforma con relatar lo que él ha visto a través del ocular sino que quiere llevar al lector a experimentar, a observar él mismo esos sorprendentes fenómenos de la vida microscópica

Venid con nosotros al laboratorio del micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración a su hermosura ni a su aroma […] Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que recubre vuestra lengua, una gota de vuestra sangre, el moho de las materias orgánicas en descomposición…

 Una auténtica propuesta de “aprender haciendo”.

Cuentos de vacaciones es otro conjunto de relatos donde la ciencia es mostrada como la base de un mundo nuevo, como la principal herramienta de progreso, donde se integra en un ámbito extravagante y burlesco junto con aspectos sociales y humanísticos. cuentos-de-vacaciones-ramon-y-cajal-5091-MLA41507256_17-OEn el prólogo Cajal escribe “hace muchos años (creo que fue durante 1885 o 1886) escribí unos 12 apólogos o narraciones semifilosóficas y pseudocientíficas que no osé llevar a la imprenta, así por lo estrafalario de las ideas, como por la flojedad y desaliño del estilo.” Sin embargo, “alentado por el benévolo juicio de algunos insignes profesionales de la literatura”, publicó cinco por si “el público docto gusta de estas bagatelas literarias”.

Por poner un ejemplo, el primero de ellos es “A secreto agravio, secreta venganza” un título prestado por Calderón de la Barca. El protagonista es Max von Forschung (Forschung en alemán significa investigación) un bacteriólogo con algún parecido al sabio loco que descubre un microbio cada seis meses pero también sospecha que su joven esposa, Emma Sanderson, norteamericana, le engaña con su ayudante. Tras asegurarse de sus cuernos conectando un sismógrafo a la chaise longue donde se expansiona la joven pareja, una idea cómica y genial, el doctor Von Forschung  infecta con un preparado de bacilo de la tuberculosis las etiquetas que pega el muchacho con la lengua así que además de contagiar a la pareja adúltera, consigue resultados para publicar un artículo sobre la transmisión de la enfermedad en una revista científica, una astuta maniobra académica que todos los investigadores actuales podemos comprender y aplaudir, puestos a cometer un crimen, aprovecha todo lo que puedas. Arrepentida Emma tras la muerte de su joven amante, el matrimonio se reconcilia y Max inventa la senilina, que envejece el aspecto físico y hará a su joven y bella esposa menos atractiva, consolidando su tranquilidad marital.

Santiago_Ramón_y_Cajal,_estudiante_de_medicina_en_Zaragoza_1876Así, de una forma un tanto ingenua Cajal va desmigando sus ideas y relatando o especulando sobre distintos aspectos de la Biología a la que denomina ¡gran acierto! “ciencia de las ciencias”.  En otro relato, un clínico afamado, que Cajal contrapone al modesto investigador científico, descubre la antitoxina de la honradez. En otro, un joven médico demuestra que la supuesta maldición de una finca es en realidad la presencia de distintos microorganismos contaminantes.  En un cuarto hay un diálogo con un personaje que desciende de la relación entre su “madre y una jeringa”, una sorprendente premonición de los tratamientos de fecundación in vitro. No sabemos qué pasó con los siete cuentos que faltan. Muchos de los cinco publicados, en una edición limitada que distribuyó solamente entre los amigos, tienen cierta procacidad, visiones caricaturescas de los clérigos y un humor bastante ácido en particular contra la clase médica, por lo que es posible que se hayan mantenido a buen recaudo o, quizá, destruido.

Su obra podría ser aún mayor. En su autobiografía, Cajal cuenta que extravió un manuscrito escrito entre 1871 y 1873 con un relato de ciencia-ficción escrito e ilustrado por él.

Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fue tanta, que, a imitación de las obras De la tierra a la luna, Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, etc., escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban las dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. En parangón con aquellos colosos de la vida, nuestro explorador tenía la talla de un microbio: era, por tanto, invisible. voyageArmado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro, sorprendía —¡ahí es nada!— el secreto del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados —claro es— de las obras histológicas de la época (Henle, Van Kempen, Kölliker, Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmovedoras peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, librábase del peligro merced a ingeniosos ardides.

Siento haber perdido este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las nuevas revelaciones de la histología y bacteriología, en obra de amena vulgarización científica. Extraviose sin duda durante mis viajes de médico militar.

Es imposible no relacionar este relato con el Viaje Alucinante, la novela y guión de Isaac Asimov, que Richard Fleischer llevaría al cine en 1966 y que es una de las historias más populares de la ciencia-ficción, escrita más de ochenta años después de la obra perdida de don Santiago.

Aunque la calidad de Cajal como escritor es discutible —Pío Baroja en cuyo tribunal de tesis participó Cajal abominaba de su escritura—fue elegido académico de número de la Real Academia Española en 1905, para el sillón I, pero no tomó posesión.  La excusa aducida es que no tenía el tiempo necesario para preparar un buen discurso, algo difícil de creer pues pasaron casi treinta años entre su elección y su fallecimiento. Otro motivo posible es su enfado con la Academia por haber llamado “réproba” y negado el ingreso a Dª Emilia Pardo Bazán, algo que consideraba D. Santiago una tremenda injusticia pues en su opinión valía más como escritora que la mayoría de los académicos electos, un gesto de gallardía ante el machismo de la época.

 

Para leer más:

 

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

6 comentarios en “Cajal, divulgador científico”

  1. Alucinante artículo. De lo mejor que he leído últimamente. Qué grande fue Cajal. Cualquier esfuerzo por difundir su trabajo es siempre de agradecer.

    Y hablando de alucinante, en España se tradujo Fantastic voyage de Asimov como Viaje alucinante… Como alucinante es este blog. 🙂
    Salud, maestro.

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  2. Me entusiasman los artículos que escribes, me alegro cuando veo post nuevo. Para los que estamos tan lejos de la ciencia pero nos interesa es un lujo y gratis, sin derechos de autor.

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    1. Estimada Consi
      Me alegro de que le guste pero hay que hacer una defensa de los autores y sus derechos. Es su trabajo y también tiene perfecta lógica que puedan sacar algún retorno económico que en la inmensa mayoría de los casos, es mínimo. Yo también escribo libros y detrás hay libreros, editores, maquetadores, correctores de pruebas, fábricas de papel, ilustradores, transportistas, distribuidores… Si dejamos que todo se vaya al garete, la sociedad se empobrecerá.

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