La enfermedad sagrada

El vocablo “epilepsia” procede del verbo griego Epilambanein (ἐπιλαμβάνειν), que significa poseer, atacar, ser cogido por sorpresa.  El epiléptico sería alguien que está “poseído” o que está sufriendo un “ataque”. De los muchos términos utilizados, Epilepsia ha prevalecido sobre los demás, desbancando al de “enfermedad sagrada” (Morbus Sacer) de los antiguos griegos, a la “enfermedad de la asamblea” (Morbus Comitialis) de los romanos, a la “enfermedad que te derrumba” de los anglos (Falling Sickness), al Mal Caduc de los francos, a la Alferecía arábiga y a la Padavica eslava. El término mística también tiene su origen en el griego clásico (µγστικός), y su etimología nace del verbo myeo, que significa empezar, iniciar. Por tanto, el místico sería el “iniciado”.

En la Grecia clásica ser un iniciado, un místico, significaba haberse adentrado en los misterios. Los misterios se celebraban en Eleusis y unían al iniciado con el dios, incluyendo promesas de poder divino y recompensas en la otra vida. Un aspecto fundamental de la iniciación era el secreto. Los rituales, las experiencias, los contactos, debían mantenerse guardados en el interior de cada uno. El que empezaba su iniciación, valga la redundancia, debía comprometerse a no revelar estos secretos porque se pensaba que si lo hacía perdían su significado, su prestigio, su poder de transformación. Ese secreto se protegía de distintas maneras, mediante el compromiso con tus compañeros, con el juramento que acarreaba la ira divina a quien lo incumpliera, con los más terribles castigos al que rompiera la regla.

A veces nos quedamos con una imagen superficial de esas ceremonias y lugares. Vemos los oráculos como un sistema de engañar a los incautos, los videntes del mundo antiguo. Pero, como ocurre con todas las religiones, era algo más profundo, conformaba un sistema de transformación, de trascendencia de uno mismo, de morir y volver a nacer, de metamorfosis para pasar a una nueva realidad personal tras haber entrado en contacto con el mundo de los dioses, de lo inmaterial, de lo sagrado. En el origen de la Neurociencia se considera que ese contacto con la divinidad se daba a través de una disfunción neurológica, la epilepsia, la “enfermedad sagrada”.

La relación entre epilepsia y religiosidad es muy sugerente. Parece evidente que hay  personas a quienes este trastorno nervioso les acerca a la espiritualidad y a la mística. Estos “iniciados” tienen un perfil, una forma de ser, incluso quizá una organización cerebral, que podría estar relacionada con la probabilidad de sufrir una epilepsia. Entre las experiencias recogidas en la literatura científica en las que se relaciona epilepsia y religiosidad se encuentran las de personas que experimentaron sensaciones muy diversas durante su crisis epiléptica o después de ella: sintieron que habían ido al Cielo o al Infierno, creyeron que su cuerpo y su alma habían estado separados durante varios días, tuvieron ataques de piedad tras una crisis epiléptica, cayeron en un éxtasis religioso, notaron que se transformaban en hombres nuevos con mejores principios morales o mayor fe o experimentaron alucinaciones auditivas y visuales con componentes religiosos incluyendo ver a Dios o a los ángeles u oír a la Virgen María o la música celestial, por poner algunos ejemplos. Algunos tuvieron conversiones súbitas y, finalmente, en algunos casos llegaron a creer que ellos mismos eran Dios. Slater y Beard, dos especialistas que han estudiado las epilepsias han comentado que los delirios místicos eran “remarcablemente frecuentes” en las personas analizadas. De 69 pacientes estudiados, 26 mostraron síntomas asociados con la religiosidad y 6 tuvieron experiencias de conversión. Algunos pacientes epilépticos tuvieron también la experiencia contraria: perder la fe tras un ataque y pasar de ser personas profundamente religiosas a definirse como agnósticos. Entre los seis casos clínicos de conversión relatados por Dewhurst y Beard hay cosas llamativas: Algunos de ellos llevaban cualquier conversación al tema de la religión, uno de ellos iba con una pancarta por la calle con el lema “Estate preparado para encontrarte con tu Dios”, otro se esforzaba por encontrar formas de demostrar que la Biblia era cierta en su literalidad y el caso más llamativo era el de una mujer a la que tuvieron que hospitalizar para operarle de un absceso rectal, lo que ella consideraba que era un plan divino para curarle de su epilepsia. Sorprendentemente, tras la operación en la parte final de su tubo digestivo, el número de ataques epilépticos que sufría pasó de entre ocho y diez al día a tan solo uno. Unos dirán que es algo cercano a un milagro y otros un ejemplo de la fuerza de la sugestión. Quién lo sabe.

En la religión católica hay un grupo importante de santos que tuvieron experiencias místicas. Dentro de este numeroso conjunto están Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Ricci, Santa Teresa de Lisieux o Santa Juana de Arco. En parte de ellos se juntan otros signos habituales en las personas afectadas de epilepsia como los frecuentes dolores de cabeza e incluso un coma prolongado (cuatro días) de Santa Teresa de Jesús, los desvanecimientos muy largos como en Santa Catalina de Ricci, los grandes temblores de Santa Teresa de Lisieux o la presencia de voces internas que les hablan como en santa Juana de Arco. En epilepsia audiogénica hay sonidos específicos que pueden desencadenar un episodio epiléptico. En este sentido, los testimonios de la época recogen que las visiones o las voces que oía Juana de Arco muchas veces eran desencadenadas por el tañido de las campanas. En la vida de los santos, hay otros casos de descripciones que asemejan sobremanera una epilepsia del lóbulo temporal incluyendo Santa Catalina de Génova (1447-1510) y Santa Margarita María (1647–1690) y la evidencia disponible no solo se basa en escritos o descripciones de la época: en el cráneo de Santa Catalina de Génova hay rastros que sugieren la presencia de un meningioma, un tipo de tumor que según va creciendo frecuentemente genera epilepsias en la persona afectada. Estos personajes místicos tuvieron episodios periódicos con los siguientes síntomas: sensaciones de calor o frío extremo, temblores de todo el cuerpo, afasia transitoria (pérdida del habla), movimientos automáticos, sentimientos de pasividad, hiperestesia (sensibilidad exagerada), regresiones infantiles, disociaciones, sonambulismo, paresis transitorias, facilidad para la sugestión y una incapacidad para abrir los ojos. Algunos estudios recientes son críticos sobre esa relación entre epilepsia y experiencia mística, la consideran exagerada y poco fundamentada por evidencias científicas, pero aún así es una vinculación sugerente.

Junto a estos santos y santas para los que disponemos de un abundante testimonio documental, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento hay personajes donde la evidencia no es tan clara pero hay también sospechas de epilepsia, desde la llamada “fuente sacerdotal del Pentateuco” al propio San Pablo. Pablo de Tarso iba camino de Damasco cuando tuvo unas convulsiones que le hicieron caer del caballo, después tuvo alucinaciones visuales y auditivas, con episodios de fotismo y pérdida de la visión. De resultas de este episodio, un metódico represor de los cristianos como él, se convirtió al cristianismo.

El mismo Jesucristo se encuentra probablemente con un epiléptico en la figura de un joven “endemoniado.” En el evangelio de San Marcos se describe así el encuentro con el padre del muchacho: “Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu inmundo, y dondequiera que se apodera de él, le derriba y le hace echar espumarajos y rechinar los dientes y se queda rígido…”

También sucede en otros grupos o religiones. Un capítulo de un texto médico de Babilonia (en torno al 2.000 antes de Cristo) escrito en tablillas de arcilla recoge muchos de los tipos de ataques epilépticos que conocemos ahora y enfatiza la naturaleza sobrenatural del trastorno, la influencia de dioses o demonios en ese comportamiento anómalo. Un texto ayurvédico del 400 antes de Cristo describe la epilepsia como “apasmara”, la pérdida de conciencia. Joseph Smith, Jr. el fundador del Movimiento de los Santos de los Últimos días, lo que llamamos la Iglesia de los mormones, tenía ataques en los que en ocasiones perdía la capacidad de hablar, se desplomaba y tenía visiones de luz y oscuridad. Ellen Gould White, una de los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, tuvo un fuerte trauma en la cabeza al que siguieron tres semanas de consciencia parcial. Experimentó visiones con pérdida de conocimiento, deflexión de los ojos (ojos en blanco), alucinaciones visuales, automatismos en los gestos y un largo etcétera. Incluso Mahoma, según el historiador bizantino Teófanes, habría sufrido también de epilepsia. Sin embargo, muchos investigadores consideran que, salvo sus visiones místicas, algo que para un creyente no tiene ninguna relación con la Neurociencia sino con ser el destinatario de un mensaje exclusivo de la divinidad, no hay ninguna evidencia de que esto sea cierto y se trataría tan solo de una propaganda difamatoria contra el fundador de una nueva religión que era además el inspirador de la principal amenaza que tuvo Bizancio, los ejércitos islámicos.

La epilepsia no es el único trastorno neural que se ha relacionado con las creencias personales. Algunos de estos líderes religiosos, que son considerados como profetas por sus seguidores muestran características que encajan en lo que se denomina el síndrome de Geschwind: religiosidad extrema, hipergrafía (escribir mucho: Ellen White escribió 100.000 páginas y unos 4.000 artículos), tendencia a la repetitividad, hipermoralismo (principios morales de una rigidez absoluta) e hiposexualidad.

Finalmente, un toque histórico-científico. En el caso de Santa Juana de Arco, la ausencia de casos en la familia, las características de las visiones, la posibilidad de que los ataques fueran iniciados por un estímulo acústico sugieren un tipo de epilepsia llamado IPEAF. Este tipo de epilepsia va unido a una mutación en un gen llamado epitempin/LGl1. Parece que se conserva algún cabello de la doncella de Orleáns por lo que asumiendo que sea realmente suyo, algo siempre difícil tras el trascurso de tanto tiempo, con las técnicas modernas de amplificación y secuenciación del ADN podríamos saber si aquella heroína del siglo XIV, aquella adolescente a la que se le aparecían San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, aquella muchacha de pueblo que sin saber leer ni escribir trató con reyes, obispos y duques, aquella joven de dieciséis años que exige hablar con el Delfín, el príncipe heredero, porque Dios le ha encargado que se ponga al frente de sus tropas para salvar a Francia de sus enemigos, estaba aquejada de la enfermedad sagrada.

No quisiera que este post diera una imagen simplista ni mucho menos irrespetuosa de la experiencia mística, la religiosidad o la fe. Un santo o una santa, independientemente de las creencias de cada uno, son personas que frecuentemente han dado su vida por un ideal, por servir a los demás, a menudo los más débiles, los necesitados, los pobres, los enfermos. Sean cual sean las ideas de cada uno sobre la existencia de un Dios o de un alma inmortal, es difícil no respetar y valorar una trayectoria personal como las de Teresa de Calcuta, cuidando a las personas con SIDA o Francisco de Asís atendiendo a los enfermos de lepra o la de tantas personas sencillas para las cuáles su religión es la guía de su comportamiento y lo que consigue sacar lo mejor de cada uno de ellos. Pero es también sugerente pensar que nuestra fe, nuestra religiosidad, nuestras creencias residen también en nuestro cerebro y que pueden estar moduladas o influidas por un trastorno neurológico como la epilepsia.

Para leer más:

  • Dewhurst K, Beard A (2003). Sudden religious conversions in temporal lobe epilepsy.  Epilepsy & Behaviour 4 (1): 78–87.
  • Lima AF, Gallian DM. (2010) Dostoyevsky and epilepsy: between science and mystique. Arq Neuropsiquiatr. 68(1):140-142.
  • http://en.wikipedia.org/wiki/List_of_people_with_epilepsy

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

10 comentarios en “La enfermedad sagrada”

  1. Habría que delimitar dónde surge el trastorno patológico y dónde acaba la simple función neurofisiológica, que no tiene por qué ser morbosa. Ocurre, claro, que es deslinde imposible. Por otra parte, la epilepsia -enfermedad- y el encendido hipersincrónico de un grupo de neuronas quizá no se originen en la misma zona cerebral. No obstante, vamos camino de aborregarnos en el estadounidense “todos somos eso”, con lo que todos seríamos algo epilépticos, esquizofrénicos, neuróticos, homosexuales, etc. Está de moda. Algo así se le oye en España, de largo tiempo a esta parte, a ciertos políticos: “A ‘todos’ nos incumbe la política, todos somos políticos”; salvo que sólo a ellos ellos les pagan por ejercerla… ¿Qué dice usted al respecto? Me refiero al asunto del supuesto “trastorno neurológico” del ‘morbus comitialis’ -¡cuánta belleza simbólica!- sea éste ‘hard’ o ‘light’.

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    1. Me parece peligrosa e injusta la crítica general a la política y a los políticos, en la Historia sabemos que ha dado paso a regímenes dictatoriales y populistas en distintos países. Yo vivo en Castilla y León donde hay más de 2.000 municipios. La inmensa mayoría de menos de 100 habitantes. Eso implica miles de personas que son alcaldes, concejales, que no cobran ni un euro y que a menudo les cuesta dinero de su bolsillo. Les he visto ir a arreglar una bomba de agua y a cambiar una bombilla. Y sí, creo en ese criterio de la polis, de que la política es algo que afecta a todos los ciudadanos. Oí al presidente Lula decir a unos jóvenes universitarios que el que dice que no le gusta la política se la deja a los que sí les gusta mucho y que eso tiene riesgos (aunque insisto que he conocido gente que vale mucho la pena). Pienso que tenía razón.

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  2. A usted parece que no le han destruido su proyecto vital esos políticos -no me refiero a los que cita de su entorno geográfico- y quienes se han beneficiado y lucrado, durante décadas, de esos polticos. Uno de los míos, subproducto del proyecto vital, entra de lleno en el tema de la “lengua española” y hubiese sido quizá mi mayor contribución al legado que dejamos (o debiéramos dejar) a las generaciones futuras. Comento esto último porque usted, según leo en su CV, se ocupa, como político, de esos asuntos. ¿Le interesaría conocer un proyecto a diez años, realizado con toda garantía? No resido en Castilla y León. Quizá, una vez conocido, le pareciera menos “injusta” la crítica a los políticos corrompidos y a toda la ‘nomenklatura’ que de ellos se ha beneficiado.

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