Percivall Pott y la cirugía ortopédica

En el invierno de 1756, un niño de doce años llamado John Aiken, que trabajaba como deshollinador en Londres, fue llevado por las calles de la ciudad hasta la casa de Percivall Pott, un cirujano de cuarenta y un años con consulta en la calle Warwick Lane, cerca del hospital de St. Bartholomew. John no podía caminar. Sus rodillas se habían inflamado hasta alcanzar el doble de su tamaño normal, y sus tibias —los huesos de la espinilla— presentaban una curvatura anormal que le obligaba a andar con las piernas en arco. Su padre, también deshollinador, lo había llevado antes a varios curanderos, a un barbero de Whitechapel, y a un médico de la City que le había recetado ungüentos de mercurio y purgas con jalapa. Nada había funcionado. Cuando llegaron a la consulta de Pott, el niño llevaba meses sin poder subir escaleras, sin poder arrodillarse, y tenía una fiebre que subía cada noche como una marea predecible.

Pott lo examinó con la metodología que le había hecho famoso: observación minuciosa, palpación sistemática, y una paciencia que sus colegas más apresurados encontraban exasperante. No le importaba que la sala de espera estuviera llena —en St. Bartholomew atendía a cientos de pacientes semanales—, ni que el niño fuera pobre, sucio y oliera a hollín. Lo que le interesaba era el patrón. Y el patrón, en el caso de John Aiken, era inconfundible: una inflamación crónica de las articulaciones de las rodillas, con deformidad ósea progresiva, en un niño que pasaba doce horas diarias arrastrándose por las chimeneas y los tejados. Pott no tenía microscopio —no se popularizaría en medicina hasta décadas después—, ni conocía la teoría microbiana —Pasteur nacería veintitrés años después de la muerte de Pott—, ni disponía de análisis de sangre. Pero tenía algo que muchos médicos de su época carecían: una memoria epidemiológica. Recordaba otros casos similares. Todos, sin excepción, eran niños deshollinadores. Todos, sin excepción, con la misma curvatura de las tibias. Todos, sin excepción, expuestos al humo y al hollín desde edades tempranas.

La conclusión que Pott formuló —y que publicó en 1775 en su tratado Chirurgical Observations Relative to the Cataract, the Polypus of the Nose, the Cancer of the Scrotum, etc.— fue una de las primeras demostraciones en la historia de la medicina de una relación causal entre una exposición ambiental y una enfermedad específica. El cáncer de escroto de los deshollinadores, escribió Pott, no era una enfermedad «constitucional» ni hereditaria, sino una consecuencia directa del contacto prolongado con el hollín del carbón. Las partículas de hollín, acumuladas en los pliegues del escroto —donde los deshollinadores, al salir de las chimeneas, se frotaban para limpiarse—, provocaban una irritación crónica que degeneraba en carcinoma. Pero Pott fue más allá: relacionó la misma exposición al hollín con las deformidades óseas que observaba en los niños deshollinadores. La irritación de las membranas sinoviales de las rodillas, causada por las partículas de carbón inhaladas y absorbidas, desencadenaba una inflamación crónica que debilitaba el hueso y provocaba su curvatura. No era solo cáncer: era una patología sistémica del trabajo infantil.

Percivall Pott nació en 1714 en la parroquia de St. Giles, Londres, en una familia de la clase media baja. Su padre, también llamado Percivall, murió cuando él tenía tres años y dejó a la madre —una mujer de carácter resuelto— con la tarea de criar a tres hijos sin apenas recursos. La educación de Pott fue irregular: asistió a una escuela local, aprendió latín por su cuenta, y a los quince años entró como aprendiz de Edward Nourse, un cirujano del Hospital de St. Bartholomew. A cambio de una suma de 200 guineas. Pott ayudaba a Nourse con los preparativos de disección para sus clases de anatomía y cirugía y colaboraba en los vendajes y en algunas operaciones. Nourse reconoció en el joven una combinación rara de inteligencia y destreza manual. La formación quirúrgica de la época no incluía estudios universitarios —la cirugía no era una profesión médica «superior», sino un oficio mecánico—, pero Pott compensó la falta de títulos con una lectura voraz: leyó a Galeno, a Hipócrates, a Sydenham, a Boerhaave, y especialmente a John Hunter, cuyo enfoque empírico y observacional encajaba con su propia inclinación.

En 1736, Pott fue admitido en la Cofradía de Cirujanos Barberos y recibió su Gran Diploma. En 1745, fue elegido cirujano asistente del St Bartholomew, pasó a ser cirujano titular en 1749 y ocupó el cargo hasta 1787.

St. Bartholomew era uno de los hospitales más antiguos de Londres —fundado en 1123— y uno de los pocos que admitía pacientes pobres de forma gratuita. El hospital, en el siglo XVIII, no era el edificio limpio y ordenado que conocemos hoy: era un conjunto de salas abarrotadas, con camas compartidas, ventilación deficiente, y una higiene que los pacientes modernos encontrarían repulsiva. Los cirujanos no se lavaban las manos entre pacientes —la teoría microbiana no existía—, no usaban guantes —no se inventarían hasta finales del siglo XIX—, y los instrumentos se limpiaban, cuando se limpiaban, con agua fría. La mortalidad postoperatoria era alta, no por incompetencia de los cirujanos, sino por infección, sepsis y shock. Pott, sin embargo, desarrolló una reputación de cirujano cuidadoso, casi meticuloso, que tomaba notas detalladas de cada caso y que, algo inusual para la época, seguía a sus pacientes después de darles de alta.

Percivall Pott (1713-1788); The Royal College of Surgeons of England

La vida profesional de Pott fue interrumpida en 1756 —el mismo año en que atendió a John Aiken— por un accidente que casi le cuesta la vida. Mientras cabalgaba por una calle de Londres, su caballo resbaló en el adoquín mojado y cayó sobre su pierna, causándole una fractura abierta en la pierna. Sus colegas le aconsejaron una amputación inmediata, a lo que Pott accedió. Pero, mientras se preparaban los instrumentos, llegó Nourse y, afortunadamente, impidió la amputación. Pott sobrevivió, pero la convalecencia —que duró meses— le dejó con una cojera permanente y una pierna ligeramente más corta que la otra. El accidente, paradójicamente, fue beneficioso para su carrera: le obligó a reducir la actividad quirúrgica directa y a dedicar más tiempo a la observación, la escritura, y la enseñanza. Durante su larga convalecencia y su ausencia forzosa de las rondas quirúrgicas en el St. Bartholomew’s, perfeccionó sus habilidades como escritor. Era un pensador lúcido y, en general, muy bien informado. Pott presentó sus observaciones principalmente en forma de folletos. Estos pronto se convirtieron en «muy codiciados y leídos con interés y provecho». Catorce de ellos estuvieron en circulación durante las décadas de 1760 y 1770, vendiéndose cada uno por un chelín y seis peniques y abarcando temas como lesiones craneales, hidrocele, fístula anal, parálisis por deformidad espinal, rotura y fractura y sus libros sobre el cáncer escrotal y la tuberculosis vertebral.

La palabra «ortopedia» no se conocía apenas en tiempos de Pott. Fue acuñada en 1741 por el médico francés Nicolas Andry, en su libro L’Orthopédie ou l’art de prévenir et de corriger dans les enfants les difformités du corps —literalmente, «el arte de prevenir y corregir en los niños las deformidades del cuerpo». Andry, un médico parisino de formación clásica propuso un sistema de ejercicios, férulas y corrección postural para niños con escoliosis, cifosis, y otras deformidades espinales. Su enfoque era conservador, no quirúrgico: creía que la mayoría de las deformidades podían corregirse con tracción, ejercicios y disciplina. La ortopedia de Andry era, en esencia, fisioterapia con nombre propio.

Pott, que conocía el trabajo de Andry —los textos médicos circulaban entre Londres y París con relativa fluidez—, compartía el interés por las deformidades, pero no el enfoque terapéutico. Su experiencia en St. Bartholomew le había enseñado que muchas deformidades óseas no se corregían con ejercicios: eran consecuencia de fracturas mal consolidadas, de infecciones óseas crónicas, de tuberculosis articular —la «enfermedad de Pott», como se conocería posteriormente—, o de exposiciones ambientales como el hollín del carbón. La ortopedia de Pott era, por necesidad, más agresiva: incluía tracción, inmovilización con yeso —técnica que perfeccionó—, y, en casos extremos, osteotomía —corte quirúrgico del hueso para corregir la angulación. No era la ortopedia gimnástica de Andry; era la ortopedia quirúrgica, la que más tarde se llamaría «ortopedia traumatológica».

La contribución de Pott a la ortopedia no fue teórica, sino práctica y descriptiva. No propuso un sistema general de deformidades —eso lo dejaría para otros—, sino que describió, con una precisión clínica sin precedentes, las deformidades específicas que observaba en su práctica. Su tratado de 1779, Remarks on That Kind of Palsy of the Lower Limbs Which Is Frequently Found to Accompany a Curvature of the Spine, es un ejemplo magistral. En él, Pott describe la parálisis de las extremidades inferiores asociada a la cifosis tuberculosa —la «enfermedad de Pott»— con un detalle que permite, incluso hoy, diagnosticar la condición sin necesidad de resonancia magnética: dolor dorsal progresivo, rigidez de la columna, cifosis angular, debilidad de los miembros inferiores, y eventualmente incontinencia urinaria. Pott no sabía que la tuberculosis —la «consunción»— podía afectar a la columna vertebral; no conocía el bacilo de Koch —que Robert Koch identificaría en 1882—, ni la vía de diseminación hematógena. Pero describió la enfermedad con tanta precisión que, cuando Koch descubrió el bacilo, los médicos reconocieron inmediatamente que la enfermedad de Pott era tuberculosis vertebral.

La tuberculosis, en el siglo XVIII, era la enfermedad más temida de Europa. Se la conocía como «consunción», «mal de Pott», «tisis», o simplemente «la enfermedad» —no necesitaba más calificativos. Afectaba a pulmones, ganglios, piel, huesos, articulaciones, y meninges. La tuberculosis vertebral, sin embargo, era particularmente devastadora porque no mataba rápidamente: lo hacía lentamente, doblaba la columna, comprimía la médula espinal, paralizaba las piernas y dejaba al paciente —a menudo un niño o adolescente— postrado durante años antes de la muerte. La enfermedad de Pott, como se la denominó en honor a su descripción clínica, afectaba preferentemente a la columna torácica y lumbar, destruyendo los cuerpos vertebrales y causando una cifosis angular que los pacientes llamaban, con crudeza poética, «joroba de silla».

Pott no solo describió la enfermedad; también propuso su tratamiento. La inmovilización —con yeso, con férulas de cuero, o simplemente con reposo prolongado en cama— era el pilar de su terapia. Creía, correctamente, que la estabilización de la columna permitía la consolidación de los cuerpos vertebrales dañados y reducía la progresión de la deformidad. También prescribió tracción —tirar de las piernas con pesas para alinear la columna—, ejercicios pasivos para mantener la movilidad articular y, en casos avanzados, apoyos ortopédicos —corsés de hierro o de cuero— para mantener la posición erecta. No tenía antibióticos —la estreptomicina, el primer fármaco antituberculoso, no se descubriría hasta 1943—, pero su enfoque de inmovilización y soporte fue, durante más de un siglo, el tratamiento estándar de la tuberculosis vertebral.

La precisión diagnóstica de Pott era tal que, incluso sin confirmación microbiológica, podía distinguir la tuberculosis vertebral de otras causas de cifosis: fracturas antiguas, escoliosis idiopática, osteomalacia —ablandamiento óseo por deficiencia de vitamina D—, y siringomielia —degeneración de la médula espinal—. En su tratado de 1779, describe la diferencia clave: en la tuberculosis, la cifosis es «angular», con un ángulo agudo en un punto específico de la columna, mientras que en la escoliosis idiopática es «curva», con una deformidad suave y gradual. Esta distinción, aparentemente menor, tenía implicaciones terapéuticas enormes: la cifosis angular de tuberculosis requería inmovilización rígida, mientras que la curva de escoliosis respondía a ejercicios y tracción. Pott no tenía rayos X —Röntgen los descubriría en 1895—, pero su palpación y observación eran tan precisas que sus descripciones coinciden a la perfección con las imágenes radiológicas modernas.

La inmovilización de fracturas y deformidades óseas era, en el siglo XVIII, un arte más que una ciencia. Los métodos variaban desde vendajes de tela empapados en cera de abejas hasta tablillas de madera, pasando por férulas de cuero, cómodas pero poco estables. Pott, que había sufrido en sus propias carnes la incomodidad de la inmovilización tras su accidente ecuestre, buscó una alternativa mejor. La encontró en el yeso de París o escayola —yeso calcinado, polvo blanco que, mezclado con agua, se convierte en pasta moldeable y, al secarse, en una cubierta rígida.

El uso del yeso en medicina no era nuevo: los árabes lo habían utilizado para inmovilizar fracturas desde el siglo X, y los médicos europeos lo conocían desde el Renacimiento. Pero Pott perfeccionó la técnica: desarrolló métodos para aplicar el yeso en capas delgadas y uniformes, para moldearlo sobre la anatomía del paciente mientras estaba semihúmedo, y para retirarlo sin dañar la piel. Sus vendajes de escayola —«yesos de Pott», como se conocieron— permitían una inmovilización completa de la fractura con una rigidez que las tablillas de madera no alcanzaban, y una comodidad que las férulas de cera no proporcionaban. El yeso también tenía una ventaja diagnóstica: al ser radiotransparente —aunque Pott no lo sabía, porque las radiografías no existían—, permitiría en el futuro la visualización de la consolidación ósea sin retirar la escayola.

Pott utilizó el yeso no solo para fracturas, sino también para deformidades espinales. En pacientes con tuberculosis vertebral, aplicaba un yeso que cubría desde la base del cráneo hasta la pelvis —un «corsé de yeso»—, que mantenía la columna en una posición neutra durante meses o años. La técnica era agotadora para el paciente: la escayola pesaba, picaba, impedía la higiene, y causaba úlceras por presión. Pero la alternativa —la progresión de la cifosis, la compresión de la médula, la parálisis— era peor. Pott reconocía explícitamente el sufrimiento del paciente: en sus notas clínicas, que son sorprendentemente humanas para la época, describe la «paciencia heroica» de los niños inmovilizados, y la angustia de los padres al ver a sus hijos confinados en un sarcófago de yeso durante meses. Esta empatía, inusual en un cirujano del siglo XVIII, era parte de lo que hacía a Pott no solo un buen técnico, sino un buen médico.

Pott era, por formación y por temperamento, un cirujano conservador. No le gustaba operar si no era necesario. En una época donde la cirugía era espectacular —amputaciones en sesenta segundos, extirpaciones de tumores gigantes, trepanaciones sin anestesia—, Pott prefería la observación, la inmovilización, la espera. Esta cautela no era timidez, sino conocimiento empírico: había visto demasiados pacientes morir por intervenciones innecesarias, por hemorragias que no se controlaban, por infecciones que no se comprendían.

Tuberculosis vertebral

Cuando Pott operaba, lo hacía con una precisión que sus contemporáneos admiraban. Sus amputaciones —que realizaba frecuentemente, dado el alto número de fracturas con gangrena que llegaban al St. Bartholomew— eran rápidas, pero no apresuradas: cortaba los tejidos blandos con bisturí, seccionaba el hueso con sierra, y ligaba los vasos con seda antes de que el sangrado se volviera incontrolable. Sus amputaciones de pierna, en particular, tenían una tasa de supervivencia superior a la media del hospital, no porque Pott tuviera técnicas secretas, sino porque lavaba los muñones —sí, los lavaba con agua y jabón, una práctica inusual— y porque dejaba que la herida sanara por segunda intención —es decir, sin sutura primaria—, permitiendo que el pus —la «sangre blanca»— drenara en lugar de acumularse. No conocía la antisepsia, pero su intuición clínica lo llevaba a prácticas que, incidentalmente, reducían la carga bacteriana.

En el campo de la ortopedia quirúrgica propiamente dicha, Pott realizó osteotomías —cortes quirúrgicos del hueso para corregir deformidades angulares— en casos de fracturas mal consolidadas y de tuberculosis vertebral avanzada. La técnica era arriesgada: cortar un hueso sin anestesia —solo opio y brandy, si el paciente lo aceptaba—, sin transfusión, sin fijación interna —los clavos de metal no se popularizarían hasta finales del siglo XIX—, era una apuesta contra el dolor, el sangrado y la infección. Pott realizaba estas osteotomías solo cuando la deformidad era funcionalmente incapacitante: cuando el paciente no podía caminar, o cuando la angulación comprometía la circulación de la extremidad. Sus resultados, documentados en sus tratados, eran mixtos: algunos pacientes recuperaban la alineación ósea y la función; otros morían por sepsis o hemorragia. Pott no ocultaba los datos: en sus publicaciones, incluía casos fallidos con la misma meticulosidad que los exitosos, y reconocía explícitamente los límites de la cirugía. Esta honestidad, inusual en una época donde los cirujanos tendían a exagerar sus éxitos y ocultar sus fracasos, le granjeó el respeto de la comunidad médica.

Percivall Pott murió en 1788, a los setenta y cuatro años, de una neumonía —probablemente tuberculosis pulmonar, la misma enfermedad que había combatido toda su vida—, dejando un legado que trasciende la técnica ortopédica. Además de la enfermedad de Pott de la columna vertebral, hay dos términos que llevan su nombre: el tumor edematoso de Pott y la fractura de Pott. Su contribución más duradera no es una operación específica, ni un instrumento, ni un vendaje: es un método. El método de observación sistemática, de correlación entre exposición ambiental y enfermedad, de seguimiento a largo plazo, y de honestidad en la publicación de resultados. Pott fue, en cierto sentido, el primer epidemiólogo quirúrgico: no solo trató a pacientes individuales, sino que identificó patrones poblacionales —los deshollinadores, los trabajadores del cuero, los mineros— y propuso medidas preventivas. Su reconocimiento del cáncer de escroto como enfermedad profesional fue el precursor de la medicina del trabajo moderna; su descripción de la tuberculosis vertebral fue el precursor de la traumatología moderna; y su uso del yeso fue el precursor de la ortopedia moderna.

La influencia de Pott se extendió generacionalmente. Sus estudiantes —incluido John Hunter, que asistió a sus clases en St. Bartholomew antes de convertirse en el padre de la cirugía científica— heredaron su enfoque empírico. Sus tratados fueron traducidos al francés, al alemán, y al español, y se utilizaron como textos de enseñanza en Europa y América durante décadas. La «enfermedad de Pott» sigue siendo, en el siglo XXI, el término estándar para la tuberculosis vertebral, un honor que comparte con pocas figuras médicas: la enfermedad de Alzheimer, la enfermedad de Parkinson, la enfermedad de Hodgkin… Pero mientras las de Alzheimer, Parkinson y Hodgkin son enfermedades que llevan el nombre de quienes las describieron, la enfermedad de Pott es una enfermedad que lleva el nombre de quien la comprendió antes de que la ciencia tuviera las herramientas para explicarla.

En el campo específico de la ortopedia, Pott es considerado uno de los «padres fundadores», junto con Nicolas Andry, Jean-André Venel —que fundó el primer instituto ortopédico en 1780—, y Hugh Owen Thomas —que desarrolló el yeso de tracción en el siglo XIX. Pero la peculiaridad de Pott es que su ortopedia no fue institucional: no fundó hospitales, no creó escuelas, no estableció sociedades científicas. Su ortopedia fue clínica, práctica, nacida de la necesidad de tratar a pacientes pobres en un hospital de Londres. No tenía el respaldo académico de Venel ni el prestigio social de Andry; tenía algo más valioso: la confianza de sus pacientes, que lo llamaban «el cirujano que no mata».

La figura de Pott ha sido, curiosamente, más celebrada en el siglo XX que en el XIX. Durante el siglo XIX, la cirugía ortopédica se especializó rápidamente: los hospitales ortopédicos proliferaron en Europa, los instrumentos se sofisticaron, y la cirugía de fracturas se convirtió en una subdisciplina técnica. Pott, con sus yesos y sus férulas, parecía arcaico en comparación. Pero en el siglo XX, con el advenimiento de la medicina preventiva, la epidemiología, y la salud pública, la visión de Pott —la correlación entre trabajo y enfermedad, la importancia de la higiene ambiental, la necesidad de proteger a los trabajadores— recuperó relevancia. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), fundada en 1919, adoptó principios que Pott había formulado un siglo y medio antes: que las enfermedades profesionales son prevenibles, que los empleadores tienen responsabilidad y que el Estado debe regular las condiciones de trabajo. Pott, el cirujano del siglo XVIII, fue, en cierto sentido, el primer higienista industrial.

La historia de la cirugía ortopédica, desde Pott hasta hoy, es una historia de progresión técnica: de los yesos de escayola a los fijadores externos, de las férulas de cuero a las prótesis de titanio, de la tracción manual a la cirugía robótica. Pero es también una historia de continuidad humana: el niño con escoliosis que Pott inmovilizaba en 1760 no es, en esencia, diferente del niño con escoliosis que hoy recibe una corrección con fijadores de crecimiento. La anatomía no ha cambiado; la deformidad no ha cambiado; el sufrimiento no ha cambiado. Lo que ha cambiado son las herramientas. Y las herramientas, en última instancia, descansan sobre la base conceptual que Pott estableció: que la ortopedia no es solo corrección mecánica, sino comprensión de la relación entre el cuerpo y su entorno, entre el hueso y la carga, entre la enfermedad y la causa.

Cuando John Aiken, el niño deshollinador de doce años, llegó a la consulta de Pott en 1756, no llevaba consigo solo unas rodillas inflamadas y unas tibias curvadas. Llevaba consigo una pregunta que la medicina no se había formulado: ¿por qué el trabajo de un niño puede deformar sus huesos? Pott respondió a esa pregunta no con una teoría, sino con una observación; no con un laboratorio, sino con una mesa de examen; no con un experimento, sino con un seguimiento. Y en esa respuesta, modesta pero rigurosa, fundó una disciplina. La ortopedia moderna, con sus resonancias magnéticas, sus prótesis de cerámica, y sus cirugías de mínima invasión, es técnicamente irreconocible de la práctica de Pott, pero conceptualmente es su heredera directa. Porque cada vez que un traumatólogo evalúa una deformidad, pregunta por la causa, prescribe una inmovilización, y sigue al paciente durante años, está repitiendo el gesto que Pott inventó en la calle Warwick Lane, hace más de dos siglos y medio.

 

Para leer más:

  • Ellis H (2014) Percivall Pott: surgeon remembered by his three eponyms. Br J Hosp Med (Lond) 75(1):54.
  • Forster S (2024) Percivall Pott (1713-1788): Father of Orthopaedics and Pioneer of Occupational Medicine. Cureus 16(10): e70608.
  • Herr HW (2011) Percivall Pott, the environment and cancer. BJU Int. 108(4): 479-481.
  • Jay V (1999) Percivall Pott. Arch Pathol Lab Med 123(1): 10.
  • Patil JU, Phalak MO, Chaudhari AK, Chaudhari T (2025) Sir Percivall Pott: A Stalwart Contributor to the World of Surgery. Cureus 17(2): e78663.
  • Pott P (1775) Chirurgical Observations Relative to the Cataract, the Polypus of the Nose, the Cancer of the Scrotum, etc. L. Hawes, W. Clarke & R. Collins.
  • Pott P (1779) Remarks on That Kind of Palsy of the Lower Limbs Which Is Frequently Found to Accompany a Curvature of the Spine. L. Hawes, W. Clarke & R. Collins.
  • Pott P (1783) Chirurgical Observations Relative to the Hernia, the Hydrocele, the Diseases of the Testicles and Some Other Surgical Subjects. J. Johnson.
  • Stone JL, Hockley AD (2002) Percivall Pott and the miners of Cornwall. Br J Neurosurg 16(5): 501-506.

 


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