Michael Ellis DeBakey nació el 7 de septiembre de 1908 en Lake Charles, Luisiana. Procedía de una familia de inmigrantes de la entonces denominada Siria otomana, hoy República del Líbano, y era el mayor de cinco hermanos. Sus padres, Shaker Morris y Raheeja DeBakey, habían emigrado a Estados Unidos para perseguir el sueño americano y huir de las persecuciones religiosas a los cristianos en Oriente Próximo y eligieron la región cajún porque allí se hablaba francés, igual que en el Líbano. El padre abrió varios comercios en el ámbito de la farmacia y los productos sanitarios, mientras que la madre trabajaba de modista. Sus padres cambiaron el apellido del original Dabaghi a DeBakey. Incluso ya como cirujano consagrado, DeBakey solía referirse a su infancia con un claro sentimiento de cariño y agradecimiento, En una entrevista dijo: «Tuve la suerte de tener unos padres que eran muy inteligentes y, al mismo tiempo, extremadamente amables y generosos en su carácter y su forma de ser. Vivían casi exclusivamente para sus hijos. Querían darnos lo mejor de todo y creían que la educación era fundamental».

El joven Michael DeBakey era curioso y activo, y exploró una gran variedad de hobbies, desde arreglar motores de coche, la jardinería y tocar el saxofón y el clarinete en una banda de música, hasta coser, bordar y hacer croché, algo que le enseñó su madre y que él decía que era la explicación de su destreza como cirujano. A los 10 años era capaz de confeccionar su propia camisa. También le fascinó la Encyclopædia Britannica y, según contaban algunos compañeros de su infancia, tenía fama de habérsela leído de principio a fin.

DeBakey destacó en la escuela; se le consideraba extremadamente aplicado y, en un momento dado se le permitió saltar de curso debido a su buen nivel académico. Como hijo mayor, solía acompañar a su padre a reuniones de trabajo, y fue durante estas encuentros cuando conoció a médicos que tenían relación con el negocio familiar. Estas interacciones y conversaciones dieron lugar a su interés por la medicina.

DeBakey se matriculó en un programa combinado de licenciatura en ciencias y posgrado en medicina en la Universidad de Tulane, y se graduó con un Bachellor in Science en 1930 y un doctorado en medicina (MD) en 1932. A pesar de las rigurosas exigencias académicas de la carrera, DeBakey no dejó que su curiosidad infantil se desvaneciera. Mientras estudiaba medicina hizo algo de investigación en cirugía bajo la supervisión de Rudolph Atas y Alton Ochsner. Con este último, que se convirtió en su mentor, estableció una larga relación. Fue entonces, mientras trabajaba en el laboratorio del Dr. Ochsner, cuando le plantearon la necesidad de un sistema para facilitar las transfusiones de sangre y DeBakey inventó una versión primitiva de la bomba de rodillos. Este dispositivo, fabricado con tubos de goma, un motor y cilindros de metal, acabó convirtiéndose en el componente esencial de la máquina cardiopulmonar.

DeBakey lo contaba así: «Empecé a pensar en una forma de convertir un tubo de goma en una bomba. Se me ocurrió la idea de algún tipo de compresión. Trabajé en diferentes formas de comprimir las gomas, presionándolas hacia abajo, y finalmente haciendo rodar algo sobre ellas como podía hacer con los dedos. Experimenté con diferentes formas de hacerlo. Fui a una fundición en Nueva Orleans y les encargué que me fabricaran una especie de copa redonda en la que pudiera colocar el tubo. Luego experimenté con diferentes tipos de rodillos: 2 rodillos, 3 rodillos, 4 rodillos. Finalmente, tras uno o dos años de experimentación, conseguí que los dos rodillos y la bomba funcionaran tal y como yo quería». Esta máquina bombea la sangre y asume las funciones del corazón y los pulmones durante la intervención quirúrgica al suministrar sangre oxigenada al cerebro. Esto contribuyó sobremanera a posibilitar el inicio de la era de la cirugía a corazón abierto.

Cuando DeBakey terminó la carrera de medicina, Ochsner le propuso seguir trabajando con él como interno residente. Pasó un año en el Charity Hospital de Nueva Orleans y una segunda residencia en cirugía en la Universidad de Míchigan. Ochsner, que era de origen suizo-alemán, le recomendó completar su formación en Europa, que todavía mantenía su primacía en la ciencia mundial. En 1936, DeBakey viajó para formarse con varios cirujanos destacados, entre ellos René Leriche en la Universidad de Estrasburgo en Francia y Martin Kirschner en la Universidad de Heidelberg en Alemania. Michael DeBakey solía referirse a sus días en Europa como el catalizador de su búsqueda y conquista del conocimiento. De Leriche dijo:

Era más filosófico, introspectivo, un gran historiador y un gran conocedor del arte. Era uno de esos franceses de la vieja escuela, muy cultos, y la cirugía era para él casi una afición. Le interesaba la circulación, y si lees algunos de sus artículos, puedes ver lo filosófico que era. Escribía de forma magnífica.

Más tarde viajó a Alemania para trabajar con Martin Kirschner y aprender de su experiencia en gastroenterología. Los dos forjaron un vínculo cordial que se extendió más allá del trabajo, hasta la amistad—algo raro entre alemanes y estadounidenses en aquella época, debido a las tensiones políticas. Fue también durante esta época cuando DeBakey comenzó a interesarse por la cirugía cardiovascular, un campo que aún se encontraba en sus inicios y que lideraría paulatinamente a su regreso a Estados Unidos.

Varias de sus innovaciones y observaciones quirúrgicas fueron objeto de burlas en un principio. Mientras trabajaban en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans, en 1939, DeBakey y Ochsner establecieron una de las primeras asociaciones entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón. Muchos médicos destacados se burlaron de esa idea. Tuvo que pasar un cuarto de siglo, hasta 1964, para que el Ministerio de Sanidad confirmara esa relación.

De vuelta a los Estados Unidos, sucedió algo importante: estalló la Segunda Guerra Mundial. DeBakey se alistó como voluntario, aunque podría haber buscado ser declarado «esencial» y, por lo tanto, exento del servicio militar obligatorio. Le reclamaron desde la Oficina del Cirujano General, algo así como el Ministerio de Sanidad.

A DeBakey se le atribuye el desarrollo de los Hospitales Quirúrgicos Móviles del Ejército o M.A.S.H, el nombre de una famosa serie de televisión; un concepto basado en la idea de que los soldados recibirían un mejor tratamiento con una primera asistencia quirúrgica cercana al frente, en lugar de recibir solo primeros auxilios y ser transportados a muchos kilómetros de distancia a un hospital en la retaguardia. Por haber cambiado la estrategia de atención a los heridos y salvar la vida de muchísimos soldados aliados, el Ejército le concedió la Legión al Mérito.

Durante el tiempo que trabajó para el ejército, DeBakey abogó por la transferencia de la Biblioteca Nacional de Medicina desde el ejército a la sociedad civil. Se percató de su valor y de su potencial, y también se fijó especialmente en el mal estado en que se encontraba. El problema es que el ejército era el propietario y se mostraba reacio a destinar fondos para renovar la biblioteca. Los libros, le dijeron, «no podían competir con los tanques» y la solicitud de Michael no prosperó.  Tras la guerra, siguió abogando por este cambio y utilizó sus contactos en la política para que le ayudaran. Con el respaldo de muchos políticos influyentes, este proyecto de ley sería aprobado por el Congreso de los Estados Unidos en 1956. Hoy en día, la Biblioteca Nacional de Medicina, con sede en Bethesda, Maryland, alberga millones de artículos y es el principal repositorio mundial del conocimiento médico y quirúrgico.

El presidente Truman también encargó a Michael la reorganización del Hospital de la Marina, una institución dedicada a la atención a largo plazo de los veteranos, que pasó de ser un desastre a ser un referente. Su contribución al esfuerzo bélico fue probablemente determinante para que el Secretario del Ejército, el equivalente norteamericano al Ministro de Defensa, le concediera ser enterrado en el cementerio nacional de Arlington, un privilegio reservado a los que han servido con honor en el ejército o la marina.

Tras su prolongada estancia en el ejército, Michael DeBakey, que ya rondaba los 40 años, realizó varias contribuciones importantes al campo de la cirugía vascular, incluido el desarrollo de nuevas técnicas para reparar aneurismas y realizar bypass en arterias obstruidas. La suerte desempeñó un papel fundamental en una de sus principales innovaciones. Hacía bypasses de arterias dañadas con injertos de cadáveres, lo que era una limitación y un riesgo de contagios. Con el objetivo de probar injertos sintéticos, acudió a unos grandes almacenes para comprar nailon. Como se les había agotado, un dependiente le sugirió un nuevo producto: el Dacron o tereftalato de polietileno. A DeBakey le gustó su tacto, compró un metro y luego con la máquina de coser de su esposa y su habilidad para la costura creó sus primeros parches y tubos arteriales artificiales. Posteriormente, colaboró con un ingeniero textil de Filadelfia para producir injertos arteriales de Dacron en cantidades industriales. Resultó que el Dacron duraba décadas como injerto quirúrgico; el nailon, por el contrario, se degradaba al cabo de aproximadamente un año.

Muchos médicos se burlaron inicialmente de la afirmación de DeBakey sobre el Dacron, en parte porque tenía tendencia, al igual que otros cirujanos, a no informar de sus fracasos. Pero cuando los críticos fueron a Houston, descubrieron que estaba operando a muchos pacientes y que los resultados con el nuevo material eran mucho mejores que lo que había hasta el momento. Este hallazgo permitió a los cirujanos reparar aneurismas de la aorta en el tórax y el abdomen que antes eran inoperables.

A DeBakey también se le atribuye haber transformado la Facultad de Medicina Baylor de Houston, pasando de ser una facultad de ámbito local a convertirse en una institución líder a nivel mundial en el ámbito de la enseñanza y la investigación. En 1948, cuando llegó procedente de Tulane para asumir el cargo de jefe del departamento de cirugía de Baylor, se encontró con que el departamento estaba cuestionado académicamente y en una situación financiera precaria. No le dejaban operar en el hospital y estuvo a punto de marcharse. Él lo convirtió en un referente internacional. En la década de 1950, comenzó a centrarse en la cirugía cardiovascular, que por entonces era aún un campo relativamente nuevo. Realizó varias contribuciones revolucionarias durante este periodo, entre ellas el desarrollo de nuevas técnicas quirúrgicas para reparar y sustituir válvulas cardíacas dañadas.

Durante las siguientes décadas de su carrera, DeBakey se involucró cada vez más en la investigación y la innovación, y siguió realizando importantes contribuciones al campo de la cirugía cardiovascular. Otra apuesta rompedora de DeBakey en la década de 1950 fue la idea de desarrollar una bomba sanguínea mecánica para apoyar o sustituir al corazón humano en fallo. En 1963, cofundó el Texas Heart Institute en Houston, que rápidamente se convirtió en uno de los principales centros mundiales de investigación y tratamiento cardiovascular. También trabajó en el desarrollo del primer corazón artificial, que se implantó con éxito en un paciente en 1966. Aunque el paciente solo sobrevivió unos días, la intervención supuso un hito en el campo de la cirugía cardíaca.

Poco después de que el Dr. Christiaan N. Barnard realizara el primer trasplante de corazón en un ser humano en 1967, en Ciudad del Cabo (Sudáfrica), DeBakey siguió sus pasos, aunque con cierta cautela. Su equipo fue el primero en trasplantar cuatro órganos (un corazón, dos riñones y un pulmón) de un único donante a diferentes receptores. Al darse cuenta de que la demanda de trasplantes de corazón humano superaría la oferta, DeBakey se dedicó al desarrollo de un corazón artificial total, así como de uno parcial, conocido como dispositivo de asistencia ventricular (DAV). Se cree que DeBakey fue el primero en utilizar con éxito un DAV. En 1966, a lo largo de 10 días, retiró a una mujer de la máquina cardiopulmonar tras una cirugía cardíaca y, posteriormente, le extrajo el dispositivo cuando su función cardíaca mejoró. Ella falleció en un accidente de tráfico varios años después.

Desde entonces, se ha han diseñado e implantado una serie de dispositivos duraderos que salvan eficazmente la vida de pacientes con insuficiencia cardíaca avanzada y shock cardiogénico. Podría decirse que los avances más significativos se han producido en el desarrollo de dispositivos de asistencia ventricular izquierda como el DAV. Sin embargo, sigue existiendo un grupo importante de pacientes a los que no les sirven los dispositivos que solo asisten al corazón izquierdo en fallo. Los avances en el reemplazo cardíaco mecánico total se han quedado rezagados con respecto a los de los dispositivos para el lado izquierdo, pero se está perfeccionando y evaluando una nueva generación de corazones artificiales totales para hacer realidad la visión inicial de una solución lista para usar para pacientes con insuficiencia cardíaca univentricular o biventricular.

A pesar de las numerosas contribuciones de Michael DeBakey, una parte de sus colegas albergaba serias reservas y expresaba críticas respecto a su trabajo y a su ética. A pesar de su destreza como educador y defensor de una pedagogía médica progresista, la paciencia de DeBakey se agotaba ante colegas incapaces de comprender conceptos complejos y no soportaba a los inseguros:

«Esa es la definición misma de un mediocre. Me resulta muy difícil soportar la mediocridad. Lo más difícil a lo que tengo que enfrentarme es soportar la mediocridad. Todavía no consigo acostumbrarme a ella, y lo que pasa es que me alejo de esas personas, no quiero relacionarme con ellas. No quiero enseñarles; no hago nada con ellas. Solo quiero dejarlas en paz, simplemente no vale la pena perder el tiempo con ellas».

Tenía la reputación de ser un jefe exigente y severo en el quirófano y sus estrictas expectativas de disciplina y jerarquía para los residentes de cirugía no eran bien recibidas por muchos de sus colegas más jóvenes. Era un perfeccionista, intolerante con la incompetencia, el razonamiento descuidado y la pereza. Antes de suavizarse en sus últimos años, tenía fama de comportarse a veces de manera tiránica al despedir a sus ayudantes por cometer errores nimios, como cortar una sutura a una longitud incorrecta. Él se justificaba argumentando: «Si estuvieras en la mesa de operaciones, ¿preferirías a un perfeccionista o a alguien a quien le importaran poco los detalles?» Uno de sus residentes contaba así el trato que tenía con ellos. «Podía ser tan dulce como la miel con los pacientes y los estudiantes de medicina, pero se mostraba implacable con los residentes de cirugía. Supongo que intentaba hacernos más fuertes».

Por poner un ejemplo de sus actividades cuestionadas, Michael DeBakey era meticuloso en la documentación formal de sus técnicas quirúrgicas innovadoras lo que incluía la grabación de las operaciones. Sin embargo, sus críticos decían que no respetaba la privacidad y no pedía el consentimiento de los pacientes, algo que ya entonces era obligado. La práctica de DeBakey de las «cirugías solapadas» fue también objeto de escrutinio y comentarios. Este enfoque implicaba su participación secuencial en múltiples cirugías, en las que atendía solo a las fases críticas y delegaba el resto. Ello suscitó las críticas de colegas que cuestionaban la asignación de la responsabilidad quirúrgica. El legado multifacético de DeBakey abarcó tanto contribuciones quirúrgicas innovadoras como complejas dinámicas interpersonales que provocaron debates y reproches entre sus contemporáneos.

El uso del corazón artificial total provocó un escándalo que tuvo gran repercusión mediática en 1969. Al entrar en una reunión en los Institutos Nacionales de Salud, que financiaban la investigación, DeBakey se quedó atónito al enterarse de que, horas antes, el Dr. Cooley, un antiguo colega con el que había discutido, había implantado por primera vez un corazón artificial a un paciente. El dispositivo era el mismo que el equipo de DeBakey había estado probando en terneros. El gobierno ordenó a Baylor que investigara el uso no autorizado del dispositivo experimental. El uso del corazón artificial en el paciente, Haskell Karp, era prematuro, afirmó DeBakey, debido a los «resultados desalentadores» obtenidos en terneros. Más tarde calificó la acción del Dr. Cooley como un intento «infantil» por atribuirse una primicia médica.

Cooley nunca había probado el dispositivo en animales y afirmó que lo había implantado como una medida desesperada para mantener con vida al Sr. Karp hasta que pudiera realizarle un trasplante. Sin embargo, otros colegas sostuvieron que Cooley llevaba varios meses planeando en secreto utilizar el dispositivo. DeBakey y Cooley estuvieron cuarenta años sin hablarse, en una de las disputas más largas y más famosas de la historia de la cirugía.

Las contribuciones de DeBakey al campo de la cirugía han sido reconocidas con numerosos honores y premios a lo largo de su carrera. Asesoró a varios presidentes sobre cuestiones de salud y, según él mismo afirmó, se ocupó personalmente de la atención médica de dos de ellos: Lyndon B. Johnson y Richard M. Nixon, a pesar de que figuraba en la lista de enemigos de este último. En 1969, se le concedió la Medalla Presidencial de la Libertad, la más alta distinción civil de los Estados Unidos. También recibió la Medalla Nacional de la Ciencia, el Premio Lasker-DeBakey de Investigación Médica Clínica, que lleva su nombre, y numerosos otros galardones.

DeBakey, un fanfarrón empedernido, solía mostrar fotografías de sus pacientes famosos y hablar de sus dolencias. Entre estas personalidades se encontraban el derrocado sha de Persia, Mohammed Reza Pahlavi; el duque de Windsor, el antiguo rey Eduardo VIII de Inglaterra; la actriz Marlene Dietrich; el boxeador Joe Louis y el actor Jerry Lewis. Su espacioso despacho en Houston y los largos pasillos que conducían a él estaban llenos de premios enmarcados y fotografías autografiadas por muchos de sus pacientes.

Una de las innovaciones del Dr. DeBakey le ayudó a salvar la vida en 2006, cuando se sometió a una intervención quirúrgica para reparar una rotura de aorta. Él mismo había ideado esa operación 50 años antes. Tras la intervención, pasó meses recuperándose, para luego volver a su consulta y retomar su ajetreada agenda. En cierta manera, alcanzó la fama tanto por lo que hizo fuera del quirófano como por lo que hizo dentro de él. DeBakey se hizo amigo de un pequeño grupo de médicos soviéticos que se sentaban apartados en un congreso de cirugía celebrado en México en la década de 1950. DeBakey los invitó a comer y, al acabar el congreso, les propuso que asistieran a una de sus operaciones en Houston. En reciprocidad ellos le invitaron a la Unión Soviética. Durante la Guerra Fría, DeBakey realizó unas veinte visitas a Moscú para impartir conferencias. La confianza que se ganó contribuyó a forjar la historia reciente cuando, en una consulta, determinó que Boris Yeltsin, que había enfermado durante la campaña de reelección de 1996, podía someterse a una cirugía de bypass coronario. Los médicos de Yeltsin habían sostenido que el presidente no sobreviviría a la operación, pero la opinión de DeBakey, favorable a la intervención, fue la que prevaleció y Yeltsin pudo preparar el camino a la perestroika.

Con unas habilidades organizativas y políticas y una energía tan enormes como su aplomo o su soberbia según otros, DeBakey viajó por todo el mundo hasta una edad muy avanzada, dando conferencias y ayudando a fundar centros de investigación cardiovascular. Solo en 2005, con 97 años, realizó cuatro viajes internacionales. DeBakey atribuía su buena salud y un aspecto mucho más juvenil que su verdadera edad a tener buenos genes y no haber fumado nunca. Incluso a sus más de 90 años, DeBakey se levantaba todos los días a las 5 de la mañana, escribía en su estudio durante dos horas y luego se dirigía, a menudo en un deportivo, al hospital, donde se quedaba hasta las 6 de la tarde. Después de cenar, solía ir a su biblioteca para seguir leyendo o escribiendo antes de retirarse a descansar pasada la medianoche.

Las innovadoras técnicas quirúrgicas de DeBakey para el bypass de arterias obstruidas en el cuello, las piernas y el corazón se han aplicado a millones de pacientes en todo el mundo, salvando muchas de esas vidas. Cuando dejó de ejercer la cirugía de forma habitual, ya entrado en los 80 años, había realizado más de 60 000 operaciones. En 2005 la revista Journal of the American Medical Association afirmó: «Muchos consideran a Michael E. DeBakey el mejor cirujano de la historia».

 

Para leer más:


Descubre más desde Neurociencia, el blog de José R. Alonso

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Comentarios

Gracias por comentar con el fin de mejorar

Descubre más desde Neurociencia, el blog de José R. Alonso

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo