Vivimos en un mundo cada vez más dependiente de la innovación y la creatividad, donde nuestra economía necesita patentes y nuevos desarrollos. Hay, sin embargo, muchas personas que podrían haber realizado inventos y descubrimientos de gran repercusión pero no lo han conseguido por no estar expuestos a la innovación en la infancia, no recibir una educación de calidad, por ser parte de una cultura que no es realmente una meritocracia, en resumen, les faltaron las oportunidades que podrían haber multiplicado sus éxitos. Esos son los «Einstein perdidos», los genios, los pioneros, los innovadores, los capaces de un pensamiento original y disruptivo que nunca alcanzaron lo que su potencial prometía.

Los innovadores no se encuentran, como cabría suponer, distribuidos de una forma homogénea por toda la sociedad. Existen grandes disparidades en las tasas de innovación por clase socioeconómica, raza y sexo. La innovación es menor entre las mujeres, las minorías y los niños de familias con bajos ingresos. Los hijos de padres situados en el 1% superior de la distribución de ingresos tienen diez veces más probabilidades de convertirse en inventores que los nacidos en familias con ingresos inferiores a la media. En EE.UU., los blancos producen per cápita el triple de patentes que los negros y el 82% de los inventores de 40 años son hombres. Esta brecha de género en la innovación se está reduciendo gradualmente, pero al ritmo actual de convergencia tardaremos otros 118 años en alcanzar la paridad entre hombres y mujeres.
La innovación es una función cerebral: asociar conceptos lejanos, probar caminos insospechados, convertir fantasías en sueños y luego en realidades. El interés por la innovación, medida por la producción de patentes, se hereda de padres a hijos. Esta pauta se mantiene no sólo en función de si ese niño innovará en el futuro o no, sino también en qué categoría tecnológica lo hará. Por ejemplo, entre los habitantes de Boston los que crecieron en Silicon Valley son especialmente propensos a patentar en informática, mientras que los que crecieron en Minneapolis, donde hay muchos fabricantes de dispositivos médicos, son más propensos a desarrollar patentes en el campo de las tecnología de la salud.
Encontramos patrones similares a nivel familiar: los niños cuyos padres o los colegas de sus padres tienen patentes en un tipo de tecnología tienen más probabilidades de patentar exactamente en ese campo. Eso resalta la importancia de vivir en un ambiente estimulante, con libros, con interés por la ciencia y la tecnología, en un entorno abierto a la discusión de nuevas ideas, a hacer experimentos, a pensar de una manera creativa, a hablar de proyectos mientras compartes una pizza o ves un partido, a instigar en tu hija el interés por las nuevas ideas, a plantear problemas sin solución aparente. Ellos serán los líderes del futuro de este mundo mestizo y sorprendente.

La importancia de ese ambiente es mayor de lo que se pensaba. Muchos países utilizan una amplia variedad de políticas para estimular la innovación, que van desde incentivos fiscales hasta inversiones en educación, pero son menos determinantes de lo que se piensa. Debemos pensar en la importancia del ambiente y la influencia de las redes sociales, pero valorar las bibliotecas, los programas culturales, la obtención de información conseguida por un interés legítimo y voluntario. Algún amigo culto e inteligente me ha contado la fiesta que suponía cuando a su pueblo llegaba el bibliobús, una biblioteca rodante de las zonas rurales. Además, con el tiempo, los niños con rentas bajas van quedando cada vez más rezagados con respecto a sus compañeros con rentas altas, tal vez debido a las diferencias en el nivel de sus escuelas y los entornos infantiles, las actividades extraescolares, los planes en familia, las vacaciones. De niños, a mis hermanos y a mí nuestros padres nos llevaban a museos e íbamos rezongando, pero ahora todos vamos a museos.

El premio Nobel es una referencia a la que miran muchos países, es la medalla de oro en las olimpiadas de la ciencia, un símbolo de un potente sistema nacional de ciencia, de una apuesta estable y potente por la investigación, de atraer talento y conservar el talento propio, de saber crear «cerebros originales» como reclamaba Santiago Ramón y Cajal. Desgraciadamente, hace mucho que no nos ven por el salón de conciertos de Estocolmo.
Si el talento y la oportunidad estuvieran distribuidos homogéneamente, el ganador medio del premio Nobel debería venir de una familia clase media. ¿La realidad? Más del 50% provienen del 5% más rico de su país. Los orgullosos padres de un premio Nobel son habitualmente hombres de negocios, médicos o ingenieros. Habrá algún campesino o sastre, pero me temo que no muchos. Datos del Instituto Tecnológico de Massachussets muestran que la innovación en Estados Unidos podría cuadruplicarse si el porcentaje de mujeres, minorías y niños de familias con bajos ingresos se convirtieran en inventores con la misma probabilidad que los hombres procedentes de familias con altos ingresos. No hay nada «biológico» que explique esa diferencia, son sesgos, aspectos culturales y menor acceso a las oportunidades: hablar bien inglés, conocer otras culturas, tener fluidez en el uso de herramientas digitales…
¿Qué puedes hacer si quieres que tu hijo gane el premio Nobel y no te resulta fácil cambiar de profesión? El análisis de los ganadores sugiere tres cosas: la primera es que sea niño, las mujeres afrontar más barreras en la ciencia por lo que deben pertenecer a familias especialmente acomodadas, lo que no me negará que es triste. En segundo lugar, vete a vivir a Estados Unidos, la nación donde nacen o acogen al mayor número de científicos Nobel, un sistema científico basado en la atracción de las mentes más brillantes. La tercera es escoger una ciudad vibrante e innovadora, las ciudades que tienen mayor movilidad intergeneracional, económica e internacional producen más premiados.
Las cosas han mejorado en los casi 125 años que llevamos de premios Nobel. Al comienzo de las entregas en 1901 el ganador típico estaba entre el 10% más rico de la población, ahora está en el 20%. Si asumimos que el talento está distribuido más ampliamente de lo que estamos detectando, eso implica que hay un montón de neuronas desperdiciadas y un montón de descubrimientos perdidos, y con ello avances tecnológicos y desarrollo económico que nunca existieron o aparecieron más tarde. Necesitamos esos einsteins perdidos.

Nos gustan los descubrimientos científicos. De hecho, nuestra economía y nuestra salud se fundamenta en ellos. Los ganadores del Premio Nobel se cuentan sin duda entre las personas más innovadoras del mundo y son excepcionalmente propensos a ser lo que llamamos «polímatas creativos». Es decir, no suelen ser superespecialistas sino que integran deliberadamente conocimientos formales e informales de disciplinas muy variadas para producir ideas y prácticas nuevas y útiles.
Muchos de estos galardonados abordan los temas en los que trabajan con una perspectiva inusual, o los resuelven transfiriendo habilidades, técnicas y materiales de un campo a otro. A menudo utilizan herramientas conceptuales como las analogías, el reconocimiento de patrones, el pensamiento corporal, la representación y el modelado. Un ejemplo notable es el de Alexis Carrel, que ganó el Premio Nobel de Medicina en 1912 tras adaptar las técnicas de las bordadoras de encajes de París para conectar los vasos sanguíneos y hacer viables los trasplantes.

Otra característica común es tener una gran variedad de intereses y una amplia curiosidad, ser lo que llamamos un «hombre del Renacimiento». Herbert Simon ganó el Premio Nobel de Economía en 1978 por «sus investigaciones pioneras sobre el proceso de toma de decisiones en las organizaciones económicas», pero a lo largo de su carrera, hizo importantes contribuciones no solo a la economía sino también a la informática, la inteligencia artificial, la psicología y la filosofía. Además de su trabajo académico, Simon se interesaba por el piano, la composición musical, el dibujo, la pintura y el ajedrez. A menudo se refería a la excitación intelectual, el placer emocional y los nuevos conocimientos que obtenía al integrar sus aficiones con su trabajo.

Christiane Nüsslein-Volhard combinó una gama igualmente diversa de habilidades para ganar el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 1995. Su trabajo se centraba en el «control genético del desarrollo embrionario temprano», pero también era ilustradora, diseñadora de puzles y autora de un best-seller de cocina. Como estudiante de ciencias, Nüsslein-Volhard demostró la misma amplitud de miras: probó la física, la química física y la bioquímica antes de decantarse por la embriología. Sus múltiples intereses profesionales y personales le sirvieron para plantearse nuevas preguntas y técnicas y obtener resultados inesperados. Aconsejaba a los investigadores que fueran igualmente amplios e idiosincrásicos. En una entrevista de 2017, dijo: «Deberías, en la medida de lo posible, evitar las áreas dominantes y cambiar de campo después de tu doctorado para poder desarrollar un perfil independiente y trabajar en un tema original y elegido por ti mismo.»
Repasando los perfiles profesionales y personales de los premios Nobel se ve que la gran mayoría de los galardonados tienen o tuvieron educación formal -y a menudo también informal- en más de una disciplina, desarrollaron aficiones intensas y extensas y cambiaron de campo. Y lo que es más importante, han buscado intencionadamente conexiones útiles entre sus diversas actividades como estrategia formal para estimular la creatividad. Los científicos galardonados con el Premio Nobel tienen nueve veces más probabilidades de haber recibido formación en oficios como la carpintería, la metalurgia o las bellas artes que el científico típico. A diferencia de la mayoría de los científicos sociales u otros estudiantes de humanidades, los premios Nobel de economía tienen casi siempre formación en matemáticas, física o astronomía. Los ganadores del Nobel de Literatura tienen tres veces más probabilidades de ser artistas plásticos y veinte veces más de haber sido o ser actores que el público en general.
A diferencia de los profesionales típicos, que consideran sus aficiones irrelevantes o incluso perjudiciales para su trabajo, los galardonados con el Nobel perciben sus intereses y aficiones como algo importante y estimulante. Dario Fo, ganador del Nobel de literatura en 1997, y también pintor decía «A veces dibujo mis obras antes de escribirlas, y otras veces, cuando tengo dificultades con una obra, dejo de escribir para poder dibujar la acción en imágenes y resolver el problema».

Los Nobel demuestran que es posible fomentar la interacción fructífera de intereses muy diversos. Un estudio descubrió que las personas que se especializan dos veces en la universidad tienen más probabilidades de mostrar comportamientos creativos o convertirse en empresarios que las personas que se especializan en una sola materia. Es algo mucho más interesante que la pasión por colgar varios títulos universitarios en la pared que a veces tienen las familias españolas.
Otra investigación descubrió que tener una afición persistente e intelectualmente estimulante -como la interpretación musical, la actuación, las artes plásticas, el ajedrez de competición o la programación informática- predice mejor el éxito profesional en cualquier campo que las notas en los exámenes o el cociente intelectual. Del mismo modo, los científicos con aficiones artesanales persistentes tienen muchas más probabilidades de presentar patentes y crear nuevas empresas que los que no las tienen. Un mundo cada vez más complejo y diverso necesita no sólo expertos especializados, sino también generalistas creativos: los polímatas especializados en la amplitud y la integración que impulsan el conocimiento más allá de lo que la gente ya cree que es posible.
Hemos estado obsesionados con saber dónde reside el genio, cómo identificar los cerebros de aquellos capaces de hacer aportaciones rompedoras como el científico de Ulm. Pero no debemos olvidar lo que escribe el biólogo evolutivo Stephen Jay Gould en El pulgar del panda. Cuando le hablaron sobre el intento de buscar la genialidad de Einstein en el estudio postmortem de su cerebro, Gould contestó: «De algún modo, me interesan menos el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que la casi certeza de que personas de igual talento han vivido y muerto en campos de algodón y fábricas de explotación».
Para leer más:
- Bell T (2024) The science behind winning a Nobel prize? Being a man from a wealthy family. The Guardian 7 de diciembre. https://www.theguardian.com/commentisfree/2024/dec/07/the-science-behind-winning-nobel-prize-being-man-from-wealthy-family-torsten-bell
- Bell A, Chetty R, Jaravel X, Petkova N, Van Reenen J (2018) Who Becomes an Inventor in America? The Importance of Exposure to Innovation.
- Linke R (2018) Lost Einsteins: The US may have missed out on millions of inventors. MIT Sloan 16 de febrero. https://mitsloan.mit.edu/ideas-made-to-matter/lost-einsteins-us-may-have-missed-out-millions-inventors
- Root-Bernstein R, N Root-Bernstein (2022) Nobel prizes most often go to researchers who defy specialization – winners are creative thinkers who synthesize innovations from varied fields and even hobbies. The Conversation https://theconversation.com/nobel-prizes-most-often-go-to-researchers-who-defy-specialization-winners-are-creative-thinkers-who-synthesize-innovations-from-varied-fields-and-even-hobbies-186193



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