Neurofeedback en el TEA

Existe una larga tradición de uso de tratamientos «alternativos» en el abordaje del TEA. Sin embargo, la mayoría de estas intervenciones carecen de pruebas científicas y han demostrado ser ineficaces, una pérdida de esperanza, tiempo y dinero. Entre los enfoques de tratamiento alternativos y con muy pocas evidencias de verdadera utilidad, la neurorretroalimentación o «neurofeedback» ha recibido una atención creciente en los últimos años como tratamiento para los niños con TEA.

La neurorretroalimentación es supuestamente una terapia conductual para controlar la actividad del sistema nervioso central. En realidad, el procedimiento es bastante sencillo. Se coloca un grupo de electrodos en el cráneo, que captan, con el nivel de resolución bastante bajo de los electroencefalogramas (EEG), la actividad eléctrica de la corteza cerebral y la convierte en señales visuales y/o acústicas. A continuación, esa información se vuelca en algo mucho más sencillo, a menudo una única medida que se muestra en una pantalla como una animación o un juego. Puede ser una barra que sube o baja, o que cambia de color o un objeto como un avión o una pelota que también se eleva en la pantalla o baja o se desplaza hacia la izquierda o la derecha. Una ventaja es que esa información está en tiempo real, se muestra al mismo tiempo que se está generando en el cerebro. Un inconveniente, el principal, es que a menudo esa medida no sabemos qué representa, para qué sirve, si se corresponde de alguna manera con algo que queremos corregir.

En el caso del autismo, la terapia de neurofeedback se basa en la idea de que las personas con TEA pueden aprender a recalibrar sus ritmos cerebrales anómalos, controlando y ajustando las señales eléctricas o electromagnéticas, que emanan del cerebro. No existe una correlación clara entre esa actividad eléctrica o electromagnético y aspectos conductuales como puede ser la ansiedad, la atención o la agresividad. El objetivo de las terapias de neurofeedback es enseñar a los niños con TEA a modular su perfil neurofisiológico y a que se parezca más al de los niños con desarrollo típico, con la esperanza de que ese perfil represente de una manera más o menos fidedigna un comportamiento que queremos ajustar. Según los defensores de esta teoría, las personas pueden mejorar su estado general, aumentar su sociabilidad, favorecer el lenguaje o controlar una conducta disruptiva, pero insisto, desgraciadamente no podemos identificar el aspecto a corregir. Por poner un ejemplo, puedo tener un problema en la cocina y bajar la intensidad del microondas donde caliento el café, pero resulta que el problema no es allí sino en una sartén y lo que consigo al bajar la intensidad del microondas es que el café no se caliente pero la sartén se carbonice.

Imaginemos que yo me pongo muy nervioso y puedo ver en una pantalla una barra como la del termómetro de mi coche y veo como la barra se acerca a la zona roja. En teoría yo podría intentar calmarme y relajarme y disminuir la «temperatura». El problema es que no sabemos qué es lo que estoy midiendo, no existe un medidor de nerviosismo como si fuera la temperatura y suponer que podemos cambiar algo que no sabemos lo que es y obtener una mejora se acerca mucho a un absurdo.

Una estrategia ha sido registrar el electroencefalograma (EEG) y ver si mediante un entrenamiento basado en el neurofeedback, la persona con autismo conseguía «normalizar» sus ondas cerebrales. Este tipo particular de neurofeedback ha revelado diferencias entre individuos con TEA, encontrándose en algunos individuos una conectividad disminuida entre varias áreas corticales y una reducción de las diferencias entre los dos hemisferios. Los estudios de EEG y neurofeedback en TEA se han centrado en déficits centrales como el comportamiento social y la comunicación, así como en déficits asociados como la atención sostenida y la flexibilidad cognitiva. Kouijzer et al. (2009) afirmaron que la neurorretroalimentación actuaba como una forma de condicionamiento operante de la actividad eléctrica cerebral en la que la actividad deseable es recompensada y la indeseable no. Los autores sugirieron que la neurorretroalimentación inhibe las ondas theta y refuerza las ondas beta y que éstas pueden tener un valor específico para los individuos con autismo, pero no existen actualmente explicaciones funcionales que expliquen los mecanismos neurales.

Analicemos algo más del feedback y el autismo. Un primer factor sospechoso es que los promotores de estas terapias las recomiendan para una amplia lista de trastornos. Las empresas que ofrecen estos tratamientos consideran que el neurofeedback mejora el estado de ánimo, el dolor de cabeza, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la depresión, el estrés, la ansiedad y el autismo. ¿Se imagina una pastilla que fuera útil para el cáncer, la diabetes, la menopausia y el alcoholismo? Difícil de creer, ¿verdad?

Un segundo factor de desconfianza es que es muy difícil asociar una conducta a un registro cerebral. En el cerebro se producen cientos de procesos simultáneamente y es muy raro conseguir una medida sencilla que realmente se pueda vincular a una conducta, que es siempre un proceso complejo en el que intervienen muchas regiones cerebrales distintas. Los estudios de actividad cerebral necesitan comparar una actividad estimulada y una actividad basal y eso no suele hacerse en el neurofeedback.

Un tercer problema es que la mayoría de las investigaciones a favor del neurofeedback son de mala calidad. En unos casos, muchos participantes abandonan el estudio a medias y no sabemos cómo serían los resultados si se tuviera en cuenta toda la población de partida. En otros, analizan muestras escasas, no tienen grupo control, no explican cómo se seleccionan los pacientes o no siguen criterios aleatorios, no hacen que el estudio sea ciego o doble ciego, en resumen, tienen graves problemas de diseño experimental y no están publicados en revistas de calidad. Si usted quiere comprarse un coche bueno no lo busca en un desguace.

Cuarto. El neurofeedback requiere una transferencia del contexto de entrenamiento a la vida cotidiana del individuo. No puedes tener siempre delante una pantalla y ese salto de un escenario a otro no es tan sencillo como parece. La mayoría de los estudios no hacen ningún tipo de seguimiento y no sabemos si los supuestos cambios positivos se mantienen en el tiempo o desaparecen.

Quinto. La base teórica del neurofeedback en el autismo es muy floja. El autismo no se ha relacionado de momento con cambios en el electroencefalograma. Pensar que cambiando el electroencefalograma vamos a mejorar el autismo no parece razonable.

Sexto. La actividad eléctrica del cerebro cambia mucho con la edad. De hecho, el EEG pediátrico difiere del EEG adulto. Mientras que las disminuciones en las bandas de frecuencia más bajas se producen durante los primeros años de vida, los aumentos en la banda alfa suelen continuar hasta la adolescencia temprana, que la banda beta sigue madurando hasta la edad adulta. En otras palabras, los resultados van a variar dependiendo de la edad y eso es algo que se obvia al proponer estos tratamientos.

Séptimo. Los resultados con electroencefalografía cuantitativa (QEEG) han sido bastante inconsistentes en el TEA. Muchas de las medidas no consiguen discriminar correctamente a los niños con TEA de los niños con desarrollo normal. Además a menudo las diferencias no se aplican a todos los niños con TEA y cuando se encuentra algo, el tamaño de efecto es pequeño, poco determinante. En otras palabras, no consigues de partida diferenciar los EEG de alguien con autismo y alguien sin autismo, con lo que es difícil pensar cómo puedes convertir en EEG anómalo en el EEG deseado. Segundo, la población es heterogénea con lo que no puedes seguir una estrategia común y tercero, las diferencias son mínimas, con lo que no encaja con esperar cambios sustanciales.  Dadas las inconsistencias de los resultados del EEG y su desconocida especificidad para el TEA, parece prematuro generalizar los hallazgos para proporcionar una justificación para un protocolo de neurofeedback basado en el EEG en el TEA.

La conclusión es que el neurofeedback no debe sustituir a la práctica basada en la evidencia en el tratamiento del autismo, incluyendo el análisis conductual aplicado, la medicación para los problemas de conducta comórbidos, la logopedia y la terapia ocupacional y las intervenciones educativas.

 

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Comentarios

Una respuesta a «Neurofeedback en el TEA»

  1. Avatar de Manel
    Manel

    Menos mal no me deje influir por todos los estudios y probamos con mi hijo autismo grado 2 de 19 años. después de las 20 veces que hay que ir pudo aprobar todo el curso , le cuesta menos estudiar y mejorado en funciones ejecutivas . He de decir que desde los 3 años ha tenido todas las terapias con aval científico y ha avanzado muchísimo pero deberían de revisar el porque con algunos chico si vemos mejoría. Gracias

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