Un experimento en el metro

A veces pensamos que un experimento de Psicología solo puede hacerse por psicólogos, pero no es así. La psicología es la ciencia del comportamiento humano y eso es algo que nos interesa a todos. La investigación, por su parte, es algo demasiado importante y demasiado divertido para dejarlo únicamente en manos de nosotros, los investigadores.

Gene Weingarten, un columnista del Washington Post, puso en marcha un experimento sobre la conducta humana con la colaboración de Joshua Bell, ganador del Grammy y uno de los violinistas más famosos de Estados Unidos. Bell es hijo de dos psicólogos y sus padres decidieron llevarle a clases de música cuando vieron que su hijo, a los cuatro años, había ensartado gomas en los cajones de su cómoda y replicaba melodías clásicas de oído, moviendo los cajones hacia dentro y hacia fuera para variar el tono y haciendo vibrar esas gomas. La idea de Weingarten era un experimento sobre la percepción y las prioridades, así como una evaluación del gusto del público en un contexto diferente.

Joshua Bell se puso unos vaqueros, una camiseta y una gorra de béisbol, puso la funda de su violín en el suelo con unos pocos billetes como cebo y actuó como músico ambulante de incógnito en la estación de metro L’Enfant Plaza de Washington D.C. el 12 de enero de 2007. El experimento fue grabado con cámara oculta. A lo largo de cuarenta y cinco minutos, Bell tocó seis obras del repertorio clásico para violín, incluyendo Bach, Schubert, Massenet y Manuel Ponce utilizando su instrumento, el Stradivarius Gibson, por el que había pagado un poco menos de cuatro millones de dólares. De hecho, aunque estaba alojado muy cerca de la estación cogió un taxi, para que el instrumento no sufriera cambios de temperatura en el camino al metro. Las obras elegidas no eran melodías populares cuya sola familiaridad podría haber despertado el interés de los transeúntes. Esa no era la prueba. Se trataba de obras maestras que han perdurado durante siglos sólo por su calidad, una música de altura digna de la grandeza de las catedrales y las mejores salas de concierto e interpretada por uno de los grandes del siglo.

La acústica de la estación resultó ser sorprendentemente amable. Aunque la arcada de la estación es de diseño utilitario, actuó como un amortiguador entre las escaleras mecánicas del metro y el exterior, y de alguna manera captó el sonido y lo devolvió redondo y potente. Como escribió Weingarten, «se dice que el violín es un instrumento muy parecido a la voz humana, y en las magistrales manos de este músico, sollozaba, reía y cantaba: extático, triste, importuno, adorador, coqueto, castigador, juguetón, romántico, alegre, triunfal, suntuoso».

Pasaron tres minutos y un hombre de mediana edad se dio cuenta de que había un músico tocando. Disminuyó su ritmo y se detuvo unos segundos y luego se apresuró a cumplir con su horario. Un minuto después, el violinista recibió su primera propina: un dólar. Una mujer echó el dinero en la caja y sin detenerse siguió caminando. Unos minutos después, alguien se apoyó en la pared para escucharle, pero el hombre miró su reloj y comenzó a caminar de nuevo. Estaba claro que llegaba tarde al trabajo.

Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de EE UU, había calculado que el músico recaudaría unos 150 dólares y que, de mil personas, unas 35 se detendrían haciendo un corrillo, absortas por la belleza de la música. Hasta un centenar, según Slatkin, echaría dinero en la funda del violín. Pero eso no fue lo que ocurrió. En los tres cuartos de hora que el músico tocó para los viajeros del metro, de las 1.097 personas que pasaron delante de él, solo siete se pararon a escucharle y una le reconoció. Alrededor de veinte le dieron dinero, pero siguieron caminando a su ritmo normal. Recogió 32 dólares y 17 centavos. Dos días antes, Bell había agotado las entradas para un concierto en el Boston Symphony Hall donde las buenas localidades se vendieron a un precio medio de 100 dólares.

El estudio y el posterior artículo publicado por el Washington Post formaban parte de un experimento social que analizaba la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. Para esta actuación de incógnito, Bell sólo puso una condición para participar. El evento se le había descrito como una prueba para comprobar si, en un contexto incongruente, la gente corriente reconocería al genio. Su condición: «No me siento cómodo si llaman a esto genio». «Genio es una palabra demasiado usada -dijo- Puede aplicarse a algunos de los compositores cuya obra interpreto, pero no a mí. Mis habilidades son en gran medida interpretativas y dar a entender lo contrario sería indecoroso e inexacto». Así que el enfoque se cambió ligeramente y la pregunta se modificó a: «En un entorno banal en un momento inoportuno, ¿trascendería la belleza?». Weingarten ganó el Premio Pulitzer al mejor artículo periodístico de 2008 por su trabajo sobre este experimento.

Algunas de las preguntas que aborda el artículo son ¿Percibimos la belleza esté donde esté? ¿Nos detenemos a apreciarla si se cruza en nuestro camino de una forma inesperada? ¿Reconocemos el talento en un contexto extraño? El resultado principal fue que muchos de nosotros no somos tan perceptivos como nos gustaría pensar, no reconocemos a un artista de talla mundial si no está donde esperamos, con un chaqué al frente de la orquesta en una gran sala de conciertos, con uno de sus cuadros colgado en un gran museo o una galería famosa. Por otro lado, expertos citados por el diario acertaron su predicción cuando aseguraron que el contexto importa, y que una estación de metro en hora punta no permite que la gente aprecie la belleza. Mientras, Bell recordaba con amargura los peores momentos: cuando acababa la interpretación de una pieza, nadie aplaudía. Una de las posibles conclusiones de esta experiencia podría ser: Si no tenemos un momento para detenernos a escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocando la mejor música jamás escrita, ¿cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?

Es un viejo debate, ¿qué es la belleza? ¿Es un hecho medible como decía Gottfried Leibniz o una mera opinión como opinaba David Hume, o es un poco de cada cosa, coloreada por el estado de ánimo inmediato del observador como sugería Immanuel Kant? ¿Y qué opinaba Bell? «Al principio –dice Bell– sólo me concentraba en tocar la música. No me fijaba en lo que pasaba a mi alrededor...». Luego, sus reacciones empezaron a cambiar: «En una sala de música, me enfadaría si alguien tose o si se oye el sonido de un teléfono móvil. Pero aquí, mis expectativas disminuyeron rápidamente. Empecé a apreciar que no existía ningún tipo de reconocimiento, ni siquiera una leve mirada hacia arriba. Estaba extrañamente agradecido cuando alguien lanzó en un dólar en vez del cambio».

A los no expertos nos llama la atención la habilidad motora, esa capacidad del músico profesional para hacer movimientos precisos y rigurosos, con una fuerza y un tempo perfectos. Pero para el músico eso es algo superado. Eso lo hacen el cerebro y los músculos en un patrón consolidado que sale fluido y exacto de forma automática gracias a la práctica y la memoria. De esa manera, conseguida la ejecución a un nivel adecuado y con una calidad perfecta, su consciencia puede estar en otro objetivo, en interactuar con la audiencia, en establecer un diálogo de emociones, una narrativa transmitida no en palabras sino con notas. Según Bell, «Cuando tocas una pieza de violín, eres un narrador, y estás contando una historia».

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

6 comentarios en “Un experimento en el metro”

  1. Dr. Alonso, el experimento de analizar la percepción, el gusto y las prioridades de las personas, mediante observación de la reacción ante un acto aparentemente impactante o llamativo, es muy interesante pero creo que, según los objetivos, la muestra seleccionada no es representativa. A esa hora y lugar, todos van de prisa para su trabajo, la mayoría de los transeúntes probablemente no son amantes de la música clásica, ese no es el momento de apreciar ninguna belleza, así fuese una despampanante mujer en bikini. Una conclusión evidente es que de 1097 personas, 1090 (99,3%) tenían claro que su prioridad era llegar a tiempo a su trabajo. Bueno, a Weingarten le dieron el Premio Pulitzer 2008 quizá por la idea de haber diseñado ese experimento, así fuese sesgado, para escribir un artículo periodístico para el W.P. Apres tout, ce n’est pas mal!

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    1. Comparto su opinión, pero quizá no era un experimento con las garantías exigidas a una investigación científica sino un punto de partida para un artículo periodístico. Seamos positivos y digamos que tiene más libertad, más espacio para la opinión, más sesgos pero quizá más margen de creatividad. Vamos a asumir que la calidad de la investigación no es similar, pero creo que sí es interesante. Surgen muchas preguntas, por ejemplo usted dice que la mayoría de los transeúntes probablemente no son amantes de la música clásica, pero me surge la duda de si tiene tal belleza, que si te la encuentras de forma no planificada, no has ido a un concierto, te hará detener aunque sean unos segundos. Y como usted muy bien dice, bien está lo que bien acaba 😉

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    1. Ojalá lo disfrutes mucho, seguro que sí. El Stradivarius Gibson tiene también una historia fascinante, fue robado dos veces, estuvo desaparecido durante 50 años y Bell vendió otro stradivarius que tenía para poder comprarlo. Cuenta que cuando supo que lo iba a comprar un empresario alemán para su colección, y probablemente apenas se tocaría o nada, rompió a llorar. Así que cuando suene en Oviedo habrá que recordar que esta historia sí tuvo un final feliz.
      Un gran abrazo

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