Lenguaje y ascenso social

Marta Bueno y José R. Alonso

¿Podríamos adivinar el origen sociocultural, el estrato socioeconómico de quien nos habla con sólo unas pocas palabras?, ¿deducimos de su manera de hablar su competencia profesional? El lenguaje es nuestro recurso más potente para darnos a conocer, para interaccionar con los demás, para estar en el mundo. Es clave como carta de presentación y crucial en una entrevista de trabajo. Sin embargo, con el habla aparece un sesgo que tiene relación con nuestro discurso como escaparate capaz de mostrar, o al menos de sugerir, no solo nuestra formación y nuestro nivel cultural, sino también nuestro estrato socioeconómico. Esto puede ser un puente, pero también una barrera, para acceder a escalones sociales con una economía más solvente. En el momento actual, teniendo en cuenta la crisis en que vivimos, los intereses encontrados entre distintos grupos de población y la concentración de recursos económicos en manos de una minoría acentúan cada vez más las desigualdades sociales. Es un problema vital, y no es una exageración, pues esa inequidad social se correlaciona con el bienestar general y la salud.

El sociólogo y lingüista británico Basil Bernstein hablaba de estratos sociolingüísticos diferenciados por códigos. Según él, los miembros de las clases trabajadoras emplean un código lingüístico restringido, alejado de los patrones estandarizados del lenguaje, mientras que la clase media-alta utiliza un código elaborado, más cercano a esos patrones normalizados. Las instituciones, escuela incluida, y los medios de comunicación manejarían este último lenguaje menos coloquial. Además, los niños de las clases más desfavorecidas reciben en su entorno familiar y social mensajes simples, repetitivos, con vocabulario y expresiones pobres, con el objetivo sobre todo de mantener el control sobre ellos, de asumir normas y prohibiciones, de no caer en conductas de riesgo. Según Bernstein (1965), esto disminuye sus probabilidades de incorporar el pensamiento abstracto y afecta a sus posibilidades futuras. Por el contrario, en los niños de clases media y alta, la comunicación familiar es más elaborada, con mensajes claros y más descriptivos, más estimulantes y positivos, y tiene el propósito consciente o inconsciente de estimular sus capacidades cognitivas, lo que les permite crear pensamientos abstractos y profundos. Es lógico pensar que su ajuste al código estandarizado de la escuela les resulta más fácil.

La repercusión del lenguaje como factor de éxito o de fracaso en el desempeño escolar, es interesante pero en esta ocasión, nos centramos en su papel como facilitador o bloqueador del ascenso social. La investigación llevada a cabo por Michael W. Kraus y su equipo (Kraus et al, 2019) analizó cómo la posición de una persona dentro de la jerarquía económica, su clase social, se percibe y se reproduce con precisión a través de un discurso breve.

Los investigadores realizaron cinco experimentos:

  1. A un grupo de 27 personas se les pidió que pronunciaran 7 palabras elegidas al azar. Por otro lado, a otros voluntarios se les pidió que las escucharan y que clasificaran a los hablantes según cuatro categorías: clase social (medida en términos de logros educativos), etnia, género y edad del orador. Aún siendo sólo 7 palabras, la tasa de aciertos fue de 55,5 % para la clase social, 64,1 % para la etnia, 66,3 % para la edad y 92,4 % para el género (es bastante sencillo adivinar si el que habla es hombre o mujer). Además, los voluntarios con educación universitaria identificaron correctamente a casi el total de personas en el grupo experimental con estudios universitarios.
  2. En un segundo experimento se midió la diferencia entre el lenguaje de 246 hablantes con un inglés estándar, considerando como tal el empleado en sitios de referencia en Internet como Google o Amazon. Se encontró que las diferencias eran menores cuanto más alta era la clase social del hablante. Lo mismo se obtuvo con 568 oyentes, que después de escuchar a los oradores anteriores, atribuyeron clase más alta a aquellos hablantes con menores desviaciones del estándar. Es decir, nos parecen de clase más alta las personas que utilizan frases precisas, bien construidas, gramaticalmente correctas, sin fallos de sintaxis, sin vulgarismos, sin muletillas, etc. algo parecido al texto de los manuales escolares y de muchas páginas web escritas por profesionales.
  3. En el tercer experimento se pidió a 200 oyentes que elaboraran una escala del 0 al 5, desde un pésimo lenguaje a un inglés bien hablado. Cada persona construyó su escala con criterios propios de lo que consideraban hablar bien o mal. Con estas escalas, cada uno con la suya, se les pidió que puntuaran a 5 hablantes (5 hombres o 5 mujeres). Se encontró que el género no influía y que a un estrato social más alto del hablante, le correspondía un valor más alto en las 200 escalas personales. Por tanto, los participantes estaban bastante de acuerdo en la idea subjetiva de lo que para cada uno era utilizar bien el lenguaje.
  4. En el cuarto grupo de análisis, se comparó habla con escritura. Participaron 35 narradores, algunos contando una historia de forma oral y otros haciéndolo de manera escrita, y 302 oyentes y lectores que tenían que averiguar la clase social de los primeros. Estos evaluadores detectaron mejor la clase social de los voluntarios del subgrupo de narradores orales. Parece que al hablar nos delatamos más que cuando escribimos. Además, establecieron en 30 segundos de habla el tiempo mínimo para precisar con un acierto significativo la clase social de una persona. Con esos pocos segundos ya dedujeron si el que hablaba contando la historia era de origen humilde o de buena cuna.
  5. En el último experimento, se reclutaron a 274 personas con experiencia en contratación de personal. A un grupo de 20 candidatos a un posible puesto de trabajo de diferentes estratos sociales se les hizo una entrevista previa, informal, antes de la entrevista de trabajo propiamente dicha. En la entrevista previa se les pidió que se describieran a sí mismos, pero no era necesario que hablaran de sus méritos profesionales. A los expertos, acostumbrados a seleccionar personal, se les pasaba o una grabación o una transcripción de esta charla desenfadada. Al preguntarles por la clase social de los candidatos, los examinadores tuvieron más aciertos cuando oían la entrevista que cuando la leían. En esta última se perdía mucha información, parece que la prosodia, el tono, las pausas, la pronunciación en general, dan señales de nuestro rango social.

Una consecuencia muy importante de este último experimento fue que los profesionales de recursos humanos con formación específica para valorar candidatos a un puesto de trabajo utilizaban a menudo como criterio de selección patrones de lenguaje que les servían no sólo para adivinar su clase social, sino para juzgar con ellos la adecuación al puesto, la competencia, el salario inicial y hasta las condiciones laborales de los posibles contratados. Pensemos que todo el proceso de selección anterior lo harían antes de una entrevista formal con la que habrían obtenido información sobre los méritos profesionales de los candidatos.

Esta investigación nos da una evidencia clara de estratificación a partir del habla y del papel que un discurso breve tiene en la formación de juicios en los empleadores. Éstos deducen en muchas ocasiones, a menudo erróneamente, que el lenguaje va unido a los conocimientos o competencias exigidas para ocupar un puesto de trabajo. Se perpetúa así la inmovilidad social y las capas económicas en la sociedad en que vivimos se vuelven más impermeables.

¿Pensaríamos que un médico que va a operarnos de una hernia discal es menos competente por su forma de hablar?, ¿creemos que un profesional no es válido para desempeñar su trabajo si le escuchamos palabras torpes, lentas o mal pronunciadas?, ¿nos condicionan los acentos, las muletillas o los giros en un discurso, independientemente del contenido?

No son sólo los empleadores los que activan el sesgo del lenguaje. Es lógico pensar que los candidatos a un empleo pueden conservar la forma de hablar de sus orígenes culturales, sociales, étnicos, etc. y no por ello ser menos competentes, ser trabajadores menos eficientes. También es razonable pensar que la intervención de hernia discal no depende de la forma de hablar del cirujano, pero los prejuicios arraigan con fuerza en nuestro cerebro. Si el médico que nos va a tratar tiene un fuerte acento latinoamericano ¿ponemos en marcha nuestros prejuicios?

Desde los departamentos de contratación quizá deberían preguntarse si las entrevistas son necesarias o si pueden hacerse más equitativas, valorar otro canal para comprobar la adecuación al puesto, o, incluso, discriminar de forma positiva y analizar resultados. Una persona de una clase social inferior a la de las personas con las que compite es muy probable que haya tenido que superar mayores dificultades y esté demostrando, solo con estar allí, capacidad de esfuerzo, sana ambición y deseos de superación.

De cualquier modo, sin caer en estereotipos, tenemos que insistir en enriquecer el vocabulario de nuestros alumnos, en utilizar la gramática con corrección, en promover la lectura y el buen uso del lenguaje. No para conseguir un buen puesto esquivando sesgos sino para disfrutar de tantos placeres que van unidos a la maravilla de las palabras bien escogidas. Es deseable para nosotros mismos y, más aún, lo es para nuestros jóvenes, para que les sea fácil acceder a información fiable, opinar con criterios fundamentados y cuestionarse lo leído, lo escuchado.

Cuentan que Napoleón les decía a sus soldados que todos ellos llevaban en la mochila el bastón de mariscal. Quería decir que tenían la capacidad, a través de su inteligencia, empeño y esfuerzo, de alcanzar el éxito, el liderazgo, los puestos sobresalientes. Las altas expectativas puestas en ellos les dieron confianza para conseguir sus objetivos.  Debemos convencer a nuestros niños y niñas de que todos llevan el bastón de mariscal en la cartera, que todos, con una educación que los acoge sin distinciones, ayudando especialmente al que lo necesita, pueden alcanzar sus sueños. No podemos cambiar su clase social, pero sí debemos evitar que la pobreza sea hereditaria.

Referencias

Bernstein B (1965), A socio-linguistic approach to social learning, en J. Gould (ed.) Social Science Survey, Penguin, Londres.

Kraus MW, Torrez B, Park JW, Ghayebi F (2019), Evidence for the reproduction of social class in brief speech. PNAS 116(46): 22998–23003. DOI:

10.1073/pnas.1900500116

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

4 opiniones en “Lenguaje y ascenso social”

  1. He leído otros estudios donde hablarían más los de las clases menos favorecidas, que tejerían así una red de apoyo, hablando menos los de las adineradas.

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