Diario de viaje (I) El viaje de ida

Abro una nueva categoría –temporal- en el blog. Hoy he iniciado un nuevo proyecto, de dos meses de duración, en la International Youth Library de Múnich, la mejor biblioteca del mundo de literatura infantil y juvenil. Esto es una especie de diario de viaje, para ti y para mí. Quiero llevarte conmigo en un plan que combina muchas de las cosas que me gustan: ciencia, niños, cultura y viajes. Empiezo por lo último, con lo que también terminaré, ahí por los finales de noviembre. “Hacia finales de noviembre” es la primera línea de El idiota de Dostoievski. ¡Hay que promover la lectura!.

  1. El viaje de ida

Mi campamento base es Salamanca y la primera parada fue relativamente pronto: di la primera conferencia de Naukas Valladolid. Naukas es la principal comunidad de habla hispana de divulgadores científicos. Somos unas 200 personas, de los ámbitos científicos más diferentes (de la arqueología a la medicina molecular) y de diversas generaciones. ¡Uno siempre puede aprender cosas interesantes de gente de otra generación!

Desde ahí, casi sin parar, dos mil kilómetros de carretera hasta llegar a Múnich, veinte horas al volante: trece el primer día y siete el segundo. Quería tener coche para moverme con facilidad y porque a veces hay que ver el paisaje según pasas a su través. Lo que está claro es que con los aviones apenas nos damos cuenta de cómo eran los viajes en otra época -uno de mis abuelo fue de viaje de novios al pueblo de al lado- y de que viajar por carretera es ya claramente más caro que las líneas de bajo coste aunque a cambio tienes más espacio para las piernas. Cuatro depósitos de gasóleo y nosecuántas pasadas por peajes franceses dan fe de ello. Atiborré el coche de CD ¿soy el último habitante del planeta que usa CD? con la música que me gusta: Ana Belén, Sabina, Elvis, Chris Isaak, y algo de música ochentera que no todo va a ser Madonna. También dos rockeros alemanes que siempre me han gustado y que utilicé hace años para mejorar el idioma y hablar como un tipo duro: Udo Lindenberg y Heinz Rudolf Kunze. Seguro que los adolescentes alemanes ya no usan ese vocabulario pero a mí me vale todavía.

Hay tres opciones de viaje y escogí para la ida la más meridional, atravesando Suiza y un pico de Austria. Uno sale de España y la primera sorpresa es que los árboles se acercan a la carretera como el legendario bosque de Birnam subiendo a la colina de Dunsinane. Bosques, bosques y bosques, millones de árboles cambiando la hoja, amarilleando y enrojeciendo, con la belleza explosiva del otoño durante todo el camino. La campiña francesa con sus casas altomedievales -los únicos labriegos que construían palacios- con los campos manicurados y las vallas más bonitas de Europa. Dormí por la Borgoña, pensando en Carlos I, quien amaba tanto esas tierras. Al día siguiente Austria, con la alegría de entender el idioma y pensando en esa historia tan dramática de Centroeuropa –los alemanes dicen que los austríacos han conseguido convencer a todo el mundo de que Hitler era alemán y Beethoven austriaco. El sur de Alemania, la parte donde la romanización es más palpable, hay terrazas y teatros y jardines y fuentes. Lo más fotogénico, los prados suizos donde esperas que en cualquier momento aparezca Heidi o la vaca morada de Milka. Lo más curioso que vi fue un zeppelín, volando suavemente como una pequeña nube. Lo más llamativo la cola espectacular de vehículos en dirección contraria. ¿Todo el mundo huía de Alemania? No, la Fiesta de Octubre, la Oktoberfest, da las últimas boqueadas y algunos de esos coches, suizos, austríacos, italianos, venían seguro de celebrarlo.

Mi BMW (y esas son las iniciales de Bayerische Motoren Werke, Fábrica de motores de Baviera) ronroneaba feliz camino de la tierra donde nació. Mi hijo le llama «el coche viejo» pero ¿quién es viejo a los veinte años? La electrónica es barata y asombrosa, pero si algo falla estás perdido. Mi BMW es puramente mecánico, un V6 cuyo motor lo debió diseñar algún ingeniero que antes se dedicaba a fabricar Panzer. Un mecánico amigo me dijo cambiarás de coche porque te hartes de él, pero no porque se rompa. Aquí seguimos juntos.

Finalmente Múnich. Las casas alemanas, el Lidl, la primera cerveza y una nueva etapa en la vida. Pero eso ya, en la próxima entrega.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

6 comentarios en “Diario de viaje (I) El viaje de ida”

    1. Te voy a dar envidia, Manuel. En una cena oficial me tocó a su lado. Le dije a la persona que tenía al otro lado de la silla, un famoso director de un famoso periódico que perdonase, pero que le iba a dar poca conversación esa noche. Me dijo que lo entendía perfectamente. Fue tan amable e interesante como uno esperaría. Un abrazo

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