Respuesta policial y autismo

La relación de la población con la policía varía mucho de unas zonas del planeta a otras. En Europa, Australia y Japón, por poner algunos ejemplos, la calidad de las fuerzas de orden público suele ser excelente, la inmensa mayoría de la gente confía en ellos y se puede definir a los policías como las personas que están a tu lado en los peores minutos de tu vida. En varios países de América Latina la situación es claramente peor: la población desconfía de la policía, considera que el índice de corrupción de los funcionarios armados es muy alto, en ocasiones se descubre su implicación en delitos graves como secuestros o asesinatos y en una muestra de humor negro te dicen que lo último que tienes que hacer en caso de robo es llamar a la policía porque te robarán lo poco que te haya quedado. En Estados Unidos tampoco hay motivos de satisfacción: una gran parte de la población negra considera que es tratada injustamente por la policía, que no respeta sus derechos civiles y que salen impunes de crímenes evidentes. Por otro lado, los doscientos cincuenta millones de armas que circulan por las ciudades norteamericanas hacen que muchos policías sientan que su vida está constantemente en peligro y a veces optan por una política de dispara primero y pregunta después, algo que va totalmente en contra en unos cuerpos de seguridad cuyo lema suele ser «proteger y servir».

Un caso reciente ha planteado el tema de la actuación policial en el ámbito del autismo. Connor Leibel es un niño con autismo de 14 años y que vive en Buckeye, Arizona. Su cuidadora, Diane Craglow, le dejó en un parque durante unos minutos mientras ella se acercaba a encargar una clase de piano para su hermana. No dudó en dejar solo al muchacho en el parque porque conocía el sitio, Connor se sentía a gusto y seguro en él, y ella pensaba que era una forma de animarle a ser más independiente. Cuando volvió la imagen era muy distinta a lo que esperaba: Connor estaba gritando, con un policía encima del chico que procedía a esposarlo, en un ambiente de tensión y nervios. Mientras la señora Craglow intentaba aclarar qué había pasado, llegaron ocho coches patrulla en respuesta a la llamada del agente Grossman pidiendo refuerzos. Pronto quedó claro que el policía había interpretado los raros movimientos del muchacho —las estereotipias— y el coger trozos de césped y acercarlos a su nariz para olerlo, como una señal de que estaba drogado. Pronto también quedó claro que el agente Grossman, que tenía una certificación como «experto en el reconocimiento de drogas», no tenía el mínimo conocimiento sobre el autismo y su respuesta era enormemente desproporcionada ante un muchacho de catorce años, ¡un niño! que no estaba haciendo nada malo y que no suponía un riesgo para nadie, ni tampoco para él mismo.

En la grabación —muchas ciudades requieren que los agentes lleven una cámara de video encendida en cualquier acción policial— se ve que el muchacho contesta honestamente, algo común en las personas con autismo, cuando el policía le pregunta qué está haciendo. Connor responde “I’m stimming” la palabra que describe ese comportamiento que los niños con autismo usan para calmarse o estimularse. El policía no conocía ese término y se puede oír como responde «¡¿Qué?!», también se oye al niño tratando de calmarse repitiendo «estoy bien, estoy bien». La cuidadora redujo la presión sentándose en el suelo y explicando con tranquilidad a la policía  la condición del muchacho aunque uno se queda pensando porqué esa forma de actuar ante un chico que no estaba haciendo nada peligroso. La policía americana aplica demasiado frecuentemente unos correctivos brutales a personas que lo que tienen es un problema médico o mental y un ejemplo patente es que la respuesta al amplísimo problema de drogadicciones que tiene ese país no está solucionando nada sino realmente, en bastantes casos, agravando la situación.

Steve Silberman, que escribía sobre este suceso en el New York Times, decía refiriéndose a Connor Leibel «imagínese si en vez de ser rubio y de complexión muy delgada hubiese tenido un físico poderoso y hubiera sido negro o hispano». Un policía tenso, que se acerca a un joven al que puede valorar como una amenaza para él o para los transeúntes podría haber echado mano, en vez de a sus esposas, a un táser, esos artilugios que te dejan convulsionando tras darte una descarga de varios miles de voltios, o a su arma de servicio. Afortunadamente, Connor solo terminó con abrasiones en la espalda, el brazo y la mejilla tras la actuación del oficial para inmovilizarle contra el suelo. Alguien comentaba que tenía un amigo con afasia que llevaba siempre un una libreta para indicar a un posible policía que no podía hablar pero que entendía las preguntas y que podía responder escribiendo ahí la respuesta. Más vale prevenir ante el posible encuentro con alguien con gatillo fácil.

Peores noticias ha habido en un caso el año pasado. Un joven con autismo llamado Arnaldo Ríos se separó un poco de su casa para jugar con un camión de juguete en la calle. Un hombre que pasaba por allí llamó a la policía para decir que sentado en la calle había un hombre «armado y suicida». El oficial que atendió la denuncia, Jonathan Aledda, no tenía ni idea de que Ríos tenía autismo, ni de que el hombre negro que estaba a su lado era Charles Kinsey, su terapeuta, que estaba intentando calmarlo, y tampoco se fijó en que lo que Ríos tenía en la mano era un juguete y no un arma. Cuando Aledda llegó y se encontró esa escena no se le ocurrió otra cosa que disparar a Ríos. Falló el tiro y alcanzó a Kinsey en la pierna. El terapeuta sobrevivió pero a Ríos se le internó en una institución mucho más restrictiva como si el peligro hubiese sido él por jugar en la calle. En ese nuevo centro era incapaz de comer, tenía pesadillas nocturnas y no hacía más que repetir una y otra vez «odio a la policía». Aledda fue acusado de intento de homicidio y negligencia culpable.

Nos pueden parecer anécdotas, casos aislados, pero no es así. Un estudio de la Fundación de la Familia Ruderman concluía que «las personas discapacitadas son un tercio de todas las personas muertas por agentes de la ley» en los Estados Unidos. Una madre comentaba que no olvidaría nunca a un maestro que no se dio cuenta de que su hijo tenía autismo, le indujo una rabieta y a continuación llamó a la policía para que le controlaran. Tenía seis años. Tanto el maestro como el policía que atendió la llamada no sabían qué hacer pero un sanitario que atendió también la llamada a urgencias calmó al niño en dos minutos.

La solución parece sencilla: dar una formación, que no tiene ser larga ni complicada, para que los agentes de policía conozcan las características más significativas de las personas con autismo y otros trastornos y así que adecuen su respuesta a alguien que muy raramente supone un problema de orden público. La National Autistic Society del Reino Unido ha hecho una guía para policías sobre cómo abordar a una persona con autismo. Hay quien piensa que el problema no es de formación sino de empatía y de un sistema de respuesta excesivamente violenta donde cada año mueren demasiadas personas, tras una respuesta desproporcionada de un agente de policía (entre 2010 y 2016 las cifras van de 172 a 845 muertos, aunque muchos piensan que es un listado incompleto y aunque el congreso ordenó a la Fiscalía General recoger y publicar un listado estadístico de uso excesivo de la fuerza, no se cumple). La realidad, comentada por muchas personas especialmente entre las minorías, es que parece que cualquier ciudadano es visto antes como una posible amenaza que como alguien necesitado de ser protegido o servido.

Silberman comentaba el caso de Rob Zink, un agente de la policía de St. Paul, en Minnesota que puso en marcha el proyecto de educación para policías sobre respuesta al autismo, para formar a sus compañeros sobre cómo interactuar con las personas con autismo inspirado en su experiencia al tener dos hijos en el espectro. Zink comentaba que las sirenas y las luces intermitentes ¡ocho coches de policía para un niño de catorce años! pueden suponer una sobrecarga sensorial catastrófica para alguien con autismo mientras que una voz tranquila y una aproximación relajada puede ir reduciendo lo que, de otra forma, puede ser una escalada de tensión. También comentaba que los agentes de las fuerzas de orden público tienen que entender que las personas con autismo no se van a comportar igual que las personas sin autismo. Por ejemplo, tal como pasó en el caso de Connor Leibel, los agentes no deben considerar una negativa a mirarle a los ojos como una prueba de culpabilidad. De hecho, muchas personas con autismo encuentran que les resulta más fácil seguir instrucciones orales si no se les pide al mismo tiempo mantener la mirada con su interlocutor. La escasez de programas de formación de la policía por todo el mundo tiene su explicación en que hasta hace no mucho el autismo se incluía entre las enfermedades raras y solo se conocían los casos más extremos que a menudo vivían internados en instituciones. Era un trastorno invisible. Ahora, que sabemos que el autismo es común, que las personas afectadas presentan una enorme variedad de condiciones y comportamientos, puede ser adecuado que los agentes de policía, de todas las policías, conozcan un poco sobre este trastorno que afecta a una parte importante de sus conciudadanos. Exactamente igual que es útil y conveniente para el resto de la sociedad.

 

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

Un comentario en “Respuesta policial y autismo”

  1. De acuerdo, la educación de los agentes del orden es fundamental para evitar estos maltratos. Y creo que no es muy difícil añadir al entrenamiento de los policías un poco de información sobre cómo tratar a personas con autismo o alguna otra condición.

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