Cajal, deportista

detalleA Alfonso Lahuerta

Al joven Cajal le gustó el deporte, en especial la gimnasia. De casta le venía al galgo pues su padre, Justo Ramón Casasús, era un hombre con un tesón de hierro que pasó de ser un niño analfabeto criando cabras a convertirse en médico y profesor de la facultad de Medicina de Zaragoza, todo gracias a su formidable fuerza de voluntad. Cajal cuenta como este hombre, que nació en una situación de pobreza, trabajó como barbero para pagarse los estudios y fue andando, por ahorrarse unas pesetas, desde Javierrelatre hasta Barcelona, 331 kilómetros.  ramon_casasus_justo_redAl convertirse en practicante y luego en médico rural, tenía que recorrer continuamente los pueblos que estaban a su cargo, siendo uno de los llamados médicos de espuela, que iban a caballo o a pie de una localidad a otra.  En estos antecedentes familiares hay que señalar que Cajal también heredó probablemente los buenos genes de su abuelo paterno a quien describe como «un montañés rubio, casi gigante…, admirable por su agilidad y su fuerza».

De niño, la familia Ramón y Cajal fue viviendo en los diferentes pueblos a los que destinaban al padre. En Ayerbe, a dónde Santiago llega con ocho años, pudo disfrutar de la vida al aire libre y las diversiones sanas y brutas de sus compañeros de clase «tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla y en toda clase de maleantes entretenimientos con los que los chicos de pueblo suelen solemnizar las horas de asueto». 11534712Cajal compartió con los niños de la localidad juegos inocentes, saqueos de huertas y frutales «sin consideración a nada y a nadie» y esa ocupación  favorita de los «zagalones del pueblo», que podríamos incluir en los lanzamientos no olímpicos, consistente en descalabrarse mutuamente a pedrada limpia.

Cuando muchos años después Cajal escribe sus memorias, influido probablemente por las ideas sobre la importancia de la educación física que en España están difundiendo Giner y Castillejo entre otros, valora el papel que esos juegos tienen en el desarrollo físico y mental, y los considera una parte principal del adiestramiento y la formación del carácter. Don Santiago se refiere así a estas diversiones «En esos certámenes de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del valor, de la osadía y de la astucia, se valoran y contrastan las aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu para la ruda concurrencia vital de la edad viril». Llega incluso a postular que con las peleas entre muchachos «se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud para rechazar agresiones inopinadas e injustas». En realidad, detrás de mucha de esa actividad física se escondía probablemente el pánico ante lo que Cajal consideraba la mayor de las torturas: el reposo.

La infancia de Cajal es una época por tanto con mucho ejercicio físico, una actividad que le proporciona fuerza, agilidad y destreza. 1367093177_1Cajal describe así esos años: «Brincaba como un saltamontes; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la viveza de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría».

instituto_huesca_255En la siguiente etapa de su vida, cuando llega al Instituto de Huesca para estudiar el bachillerato sin haber cumplido todavía los doce años se encuentra el ahora famoso acoso escolar o «bullying». Los estudiantes agresivos y abusivos que amenazan y agreden a todo el que no les baila el agua, los «mayores» que buscan ejercer su tiranía sobre los pequeños, las ideas paletas de tu pueblo es menos que el mío y donde se burlan de él con el apodo de «carne de cabra o carnicabra», el mote que se aplica a los ayerbenses. Como siempre sucede, los principales matones son estudiantes mayores sin muchas luces, repetidores, que compensan su bajo estatus intelectual con el poder que les da el tamaño y la fuerza. Cajal escribe en sus Recuerdos de mi vida que solo hay tres posibles vías de respuesta ante estos perdonavidas: «el halago y la lisonja hacia los atropelladores, la invocación a la autoridad de los superiores o, en fin, el ejercicio supraintensivo de los músculos combinado con la astucia».

Cajal, hombre de honor, piensa que solo la última vía es honrosa y que ése debe ser su camino «Para tener a raya a los fuertes -pensaba- es preciso sobrepujarlos o por lo menos igualarlos en fortaleza». El joven Santiago conocía bien los efectos tónicos de la gimnasia y el ejercicio intenso. Cuando habla de esta época en su autobiografía comenta que «había observado cuánta ventaja llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al peso de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas largas y delgadas, criados en las abrigadas calles de la ciudad y al suave calor del halda maternal». Por tanto, Cajal decide ejercitarse y fortalecerse. Según pudo comprobar «La gimnasia y el amor propio exasperado hicieron milagros», después de seguir el siguiente programa de entrenamiento: «Resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas y horas, en los sotos y arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias, levantar a pulso pesados guijarros, ejecutando, en fin, cuantos actos creía conducentes a acelerar mi desarrollo muscular, elevándolo al vigor máximo compatible con mis pocos años».

Toda esa actividad modeló su cuerpo y también le hizo sobrevivir en la jungla del instituto, hasta un tal Azcón «un vigoroso joven de dieciocho o diecinueve años que había endurecido sus músculos con el arado y la azada» y que era el pavor del instituto. Ramón-y-Cajal-1876Cajal cuenta que “desde el tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y del palo infundieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por hacerse amigo mío”. Cajal le había advertido que en cuanto se insolentase con él le incrustaría en la cabeza una “peladilla” de arroyo.

Esta actividad física no estuvo carente de riesgos. Cajal cuenta que en una ocasión, patinando en una laguna helada, el hielo se resquebrajó, cayendo al agua helada. Sus camaradas, creyéndole ahogado marcharon no sabemos si a pedir ayuda o a  quitarse de en medio y Cajal tuvo que conseguir salir solo de aquella trampa mortal. Sus travesuras, solo o acompañado, también podrían incluirse entre los deportes de riesgo. Así, en una ocasión se libró «por piernas» tras intentar coger una hermosa rosa de Alejandría, una flor que quería para una especie de diccionario cromático que estaba dibujando. La aventura empezó con lanzamientos, pues tiraron unas piedras al tejado de la casa para ver si estaba habitada, luego pasó al salto de altura, trepando una pared y saltando al paseo que circundaba al jardín. De repente salieron de la casa dos gañanes armados de sendas estacas que se fueron a por Cajal y sus amigos. Tras la sorpresa «emprendimos vertiginosa carrera por las avenidas del jardín». El problema es que todo estaba cerrado y si intentaban encaramarse de nuevo a la tapia, en esos segundos los hortelanos y sus estacas les alcanzarían. Así que estuvieron corriendo dando vueltas y vueltas y el primer cuarto de hora, las cosas no les marcharon mal, pero luego los aldeanos fueron reduciendo las distancias, atrapando a sus compañeros de travesuras y dándoles una buena somanta. Rosa de AlejandriaCajal consiguió trepar a un manzano y desde allí subirse a la tapia, posición ventajosa que usó en venganza de sus amigos «tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar cuatro cinco gruesos guijarros sobre los ceñudos vapuleadores, en los cuales debí hacer blanco». Sus cómplices en el hurto de la rosa no salieron tan bien librados y recibieron tal somanta que estuvieron varios días sin poder ir a clase como resultado del estado en que quedaron.

Las rosas, necesarias para sus ejercicios artísticos y su colección de dibujos, le dieron más disgustos. Intentado coger una rosa de té de las que se cultivaban en la estación del ferrocarril, Santiago fue avistado por el guardafreno, quien, «escopeta en mano y con actitud resuelta», le persiguió por las campas que rodean Zaragoza, empezando por tanto con una carrera de campo a través. Para intentar poner tierra y agua de por medio, Cajal, practicando en este caso el salto de longitud, saltó una ancha acequia cayendo en un bancal de cieno en la otra orilla y hundiéndose hasta la cintura. Unas lavanderas que estaban por la zona acudieron en su ayuda y el pestilente légamo que le envolvía hizo —según refiere Cajal— que el furioso guarda desistiera de llevárselo consigo por la imposibilidad de agarrarle sin detrimento de su limpio uniforme. También estaba muy acostumbrado a montar a caballo según cuenta al reconocer el pánico que sintió cuando montó en tren por primera vez, hacia 1865 o 1866.

En Zaragoza, ya estudiante de la facultad de Medicina, siguió disfrutando de las caminatas por el campo e incluso tuvo ocasión de volver a probar su puntería participando en un enfrentamiento a pedradas en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y femateros, o entre pijaitos y matracos. Cajal cuenta con cierto orgullo mal disimulado su contribución al éxito de la pelea con su honda «descalabré a unos cuantos enemigos y contribuí al triunfo de los señoritos, a pesar del refuerzo que a última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia de San Pablo».

Pero es en esa ciudad de Zaragoza y en esa etapa universitaria donde empieza a realizar una actividad deportiva más «reglada» y desarrolla una dedicación o «manía» como él lo denomina hacia algo a medio camino entre la gimnasia y el culturismo. Cajal lo cuenta así en sus memorias:

Criado en los pueblos y endurecido al sol y al aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y harto más fuerte que los señoritos de la ciudad. Jactábame de ser el más forzudo de la clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo de porte distinguido, poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme a luchar al pulso, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y con gran sorpresa y dolor sufrí la humillación de la derrota. Quise averiguar cómo había adquirido mi rival aquella musculatura, y me confesó sinceramente que el secreto consistía en que desde hacía años cultivaba fervientemente la gimnástica y la esgrima. Si en hacer gimnasia consiste el tener fuerza -contesté con arrogancia-, continúa preparándote, porque antes de seis meses habrás sido vencido.

Desde el día siguiente, Cajal siempre competitivo y tenaz, comentó a asistir durante dos días a un gimnasio local, imponiéndose además del programa común, un refuerzo voluntario añadiendo de una manera progresiva más kilos a las pesas y más flexiones en las barras o en las paralelas. Ramn y Cajal 1También trabajó los saltos de longitud y las acrobacias en las anillas y el trapecio.

Con esa forma obsesiva que tenía de afrontar las cosas, no solo cumplió el reto de vencer a su compañero sino que antes de terminar el año era valorado como el campeón más fuerte del gimnasio. Cajal cuando habla de aquella época de su vida lo recuerda con humor y cierta autocrítica «Al andar mostraba esa inteligencia y contoneo rítmico y característicos del Hércules de feria» y sacaba varias lecciones al respecto:

De aquella época de necio y exagerado culto al bíceps guardo dos enseñanzas provechosas: es la primera la persuasión de que el excesivo desarrollo muscular en los jóvenes conduce casi indefectiblemente a la violencia y el matonismo. El alarde de la fuerza bruta se convierte pasión y en causa de necio engreimiento. Hace falta ser un ángel para entrenar de continuo fibras musculares hipertróficas inactivas, ansiosas, digámoslo así, de empleo y justificación.

La segunda enseñanza fue averiguar, un poco tarde, que en el ejercicio físico en los hombres consagrados al estudio debe ser moderado y breve, sin traspasar jamás la fase del cansancio.

Por ir a juego con su cuerpo musculoso, Cajal sustituyó el bastón que llevaban los hombres de su época, hecho normalmente de caña o alguna madera liviana, por una barra de hierro que pesaba 16 libras. Confiesa al lector de su autobiografía que: «vivía orgulloso y hasta insolente con mi ruda arquitectura de faquín, y ardía en deseos de probar mis puños en cualquiera».

Un episodio típico de esa época que«retrata bien, aparte de los efectos mentales de mi manía acrobática y pugilista, el estado de espíritu de aquella generación candorosamente romántica y quijotesca» es contado por el propio Cajal. Se trataba de una pelea a puñetazos —que recuerda a lo que hacen los machos de diferentes especies en la época de celo— por los amores de una belleza local conocida como la Venus de Milo, hay que pensar que por su belleza y no por la falta de ninguna extremidad. goya-duelo-a-garrotazos-1822El singular duelo de enamorados estaba pensado, como en el famoso cuadro de otro aragonés, Francisco de Goya, a bastonazos pero al ver la desigualdad de los respectivos báculos, decidieron, Cajal y el otro muchacho, estudiante de ingeniería, dirimirlo con los puños. Acordaron también —eran dos caballeros— que la derrota correspondería al primero que fuera derribado y Cajal, recordando la gesta de franceses e ingleses en la batalla de Fontenoy (1745), donde los coroneles de las tropas enfrentadas instaron al otro bando a ser el primero en disparar le cedió la iniciativa: «Pegad primero, caballero M.».

El tal caballero M no se hizo de rogar y de nuevo según Cajal«Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en la cabeza tres o cuatro puñetazos estupefacientes, que levantaron ronchas y me impidieron después encasquetarme el sombrero». Todos hemos sospechado que Cajal debía tener la cabeza dura pero aquel día quedó demostrado: «Por dicha, disfrutaba yo entonces de un cráneo a pruebas de trompadas, y soporté impertérrito la formidable embestida». A continuación Cajal ejecutó una maniobra que más que en el pugilato entraría dentro de la lucha grecorromana: «Llegado mi turno, tras algún envión de castigo, cerré sobre mi rival, levantéle en vilo y rodeándole con mis brazos de oso iracundo, esperé unos instantes los efectos quirúrgicos del abrazo. No se hicieron esperar: la faz de mi adversario tornóse lívida, crujieron sus huesos y perdido el sentido cayó al suelo cual masa inerte. Al contemplar los efectos de mi barbarie sufrí susto terrible: sospeché que lo había asfixiado o que, por lo menos, le había producido alguna grave fractura». Afortunadamente no fue así, Cajal, avergonzado de su brutalidad, le ayudó a levantarse y arreglarse la ropa y le acompañó a su casa. Ambos terminaron siendo excelentes camaradas y la Venus de Milo murió años después en la soltería.

Junto a estos deportes que podríamos calificar de olímpicos, Cajal participó también en deportes populares. Una ocasión fue en Valpalmas, uno de los pueblos donde había estado de niño, donde acudió a hacer unos encargos de su padre y fue invitado a las fiestas: «Conforme a la usanza general de Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en sacos, cucañas, funciones de pichulines (saltimbanquis), juegos de la barra y de pelota, etc.». barra4Impulsado por su interés por los deportes, en uno de esos días festivos se acercó como espectador a ver el «airoso y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto muro de la iglesia». La barra española es un deporte del que hay referencias desde el siglo XII y que consistía en lanzar una jabalina de metal a la mayor distancia posible. Era muy típica entre molineros que usaban esta herramienta en su trabajo, es mencionada por Cervantes y Jovellanos y en el siglo XX Miguel de la Quadra Salcedo y Félix Erausquin pulverizaron todos los récords de lanzamiento de jabalina utilizando esta técnica a lo que respondió la Federación Internacional de Atletismo (IAAF) modificando el reglamento y prohibiendo esta modalidad. Cajal, por lo que él cuenta de este episodio no habría sido tampoco un mal competidor

Cuando más animado estaba el espectáculo, uno de los acompañantes le dijo:

     – Estos no son juegos pa señoritos… Pa ustedes el dominó, el billar, ¡y gracias!…

    – Está usted equivocado -le respondí-. Hay señoritos aficionados a los ejercicios de fuerza y que podrían, con algo de práctica, luchar dignamente con ustedes.

    – ¡Bah! -continuó el socarrón-. Pa manejar la barra son menester manos menos finas que las de su mercé. La juerza se tiene manejando la azada y dándole a la dalla.

    Y cogiendo el pesado hierro me lo puso en las manos, diciendo: «¡Amos a ver que tal se porta el pijaito!…».

    Picado en lo más vivo, empuñé enérgicamente la poderosa barra, me puse en postura y haciendo supremo esfuerzo lancé el proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos! Contra lo que se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.

    Su pequeño éxito de vanidad muscular no fue suficiente demostración para el guasón mozo fornido, y añadió.    “-¡Bah!… Esto es custión d’habilidá… Problemos algo que se pegue al riñón. ¿A que no se carga usted tan siquiera una talega de trigo? (cuatro fanegas).”.

    El orgullo de atleta de Cajal, en este momento, se sublevó del todo, interrogando:

    – Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?

    – Pus estando descansao no me afligen siete fanegas. Pero los más forzudos del pueblo pueden con el cahiz (ocho fanegas).

    – Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos puede con él.

     Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo nos trasladamos a casa de cierto tratante, en cuyo patio (portal) yacían muchos sacos de trigo. Escogiose una saca de grandes dimensiones, se midieron a conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente mole, y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!… En cambio, mi zumbón no pasó de las siete consabidas fanegas».

descargaCajal, siempre patriota, se quejaba de la importación de deportes ingleses, «Se ha abandonado el noble juego de la pelota a mano… el de los bolos… el de la barra y se han desarrollado los ejercicios ingleses… el bárbaro pugilismo traído de los Estados Unidos… Los deportes físicos no deben encaminarse a producir ‘ases’, sino a elevar prudentemente la robustez del promedio de la raza…».

Cajal también plantea la relación entre relación entre la actividad física y los deportes violentos con la actividad mental

Fenómeno vulgar, pero algo olvidado por los educadores a la inglesa, es que los deportes violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo intelectual. Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el exceso de las descargas motrices –que parecen absorber energías de todo el encéfalo—, cae sobre los libros con la inercia de un pisapapeles. En tales condiciones parece suspenderse o retardarse la diferenciación estructural del sistema nervioso central; diríase que las regiones más nobles de la sustancia gris (las esferas de asociación) son comprimidas y como ahogadas por las regiones motrices (centros de proyección). Tales procesos compensadores explican por qué la mayoría de los jóvenes sobresalientes en los deportes y demás ejercicios físicos (hay excepciones) son poco habladores y poseen pobre y rudo intelecto.

También cuenta que ha aprovechado sus viajes para contrastar estas ideas:

Durante mis visitas a Inglaterra he tenido ocasión de conversar con sabios insignes acerca de la posible influencia intelectual de los deportes y he sabido, como ay presumía, que de los deportistas fogosos y perseverantes no ha salido ningún entendimiento de primer orden. Los sabios, los políticos enérgicos y clarividentes y los grandes industriales, muchos de ellos educados en Oxford y Cambridge, sedes de las competiciones deportivas, cuidaron más, durante la adolescencia y juventud, de hipertrofiar y diferenciar sus neuronas que de robustecer los músculos y ampliar la caja torácica.

Cajal siempre un patriota, protestaba contra la importación de deportes exóticos en perjuicio de los autóctonos:

Salvo la región vasca, y algunas aldeas navarras, castellanas y aragonesas, se ha abandonado casi por completo el noble juego de pelota a mano, de abolengo griego; el de los bolos, solaz de los asturianos; el de la barra, viril y clásico juego aragonés, y otros muchos deportes higiénicos, delicia del mocerío y rapazuelos de hace cincuenta años. En desquite, se han desarrollado monstruosamente, con esa furia inconsciente con que el español acoge todas las frivolidades extranjeras, los innumerables ejercicios ingleses.

También sermonea, en su libro El mundo visto a los ochenta años. Memorias de un arterioesclerótico contra el exceso del deporte y el profesionalismo:

No es que yo censure -ello sería necio y estéril- la gimnasia al aire libre y la práctica de algunos juegos ingleses de palmaria eficacia educadora. Usados con prudencia y mesura durante la adolescencia y juventud, robustecen el sistema muscular, agudizan la vista, dan aplomo y serenidad ante el peligro y, en fin, desarrollan el espíritu de cooperación, solidaridad y compañerismo. Lo que fustigo es la frenética exageración. Y deploro la idolatría del público hacia ciertos campeones afortunados, consagrándolos como héroes, sin reparar en que no se contentan con sencillas coronas de laurel u otras distinciones honoríficas, sino con los opulentos honorarios del profesionalismo.

 

La actividad deportiva de Cajal se truncó en Cuba. Su salud se deterioró terriblemente y, de hecho, estuvo a punto de morir. cajal_militar_255Es muy probable que si sobrevivió a algunos destinos que eran auténticos morideros de soldados fue por su formidable constitución física. Aún así, volvió a España con malaria, tuberculosis y caquexia. Sin embargo, él veía algo positivo en todo eso

Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento atlético. Por fortuna, las enfermedades adquiridas más tarde en Cuba, debilitando mi sangre y eliminando sobrantes musculares, trajéronme a una apreciación más noble y cuerda del valor de la fuerza.

A su regreso a España, poco a poco y gracias a los cuidados de su familia se fue recuperando y ya desde entonces realizó una actividad física mucho más suave, fundamentalmente paseos por el campo y excursiones, donde combinó amistad, gastronomía y cultura, un magnífico programa de liviana actividad física y mental.

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “Cajal, deportista”

  1. ¡Cuánto he echado de menos información como esta en la carrera de biología! A mi particularmente me ayuda mucho a tomar mayor interés por los grandes maestros y deshacerme de algunos prejuicios. Muy ameno, se agradece.
    saludos Jose Ramón

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