Jane Goodall en Burgos

jane-goodall2Este fin de semana Jane Goodall está en Castilla y León, concretamente en el Museo de la Evolución Humana hoy sábado y mañana domingo en el yacimiento de Atapuerca.

Jane Goodall nació en Londres, en 1934. Su fascinación con la naturaleza empezó cuando era niña, jugando al aire libre, escondiéndose en el jardín, observando los pájaros y otros animales, tomando notas, realizando esquemas y dibujos, leyendo todo lo que encontraba sobre zoología. Un día, cuando tenía poco más de un año, su padre le regaló un chimpancé de peluche grandote y mullido, Jubilee. Según cuenta: “A las amigas de mi madre les horrorizó aquel juguete, porque decían que me asustaría y que tendría pesadillas”.

Setenta años más tarde, con poco pelo debido a todos los mimos y caricias que ha recibido, el juguete sigue en el dormitorio de la casa donde creció. Después de ese chimpancé vinieron muchos más, pero de otro tipo, de carne y hueso. Jane estudió para secretaria y, al obtener su título, consiguió su primer empleo en la clínica donde trabajaba su tía. Por allí pasaban niños con los miembros paralizados debido a la polio, o a accidentes, a una parálisis cerebral, a una distrofia muscular o a otras enfermedades graves. Más tarde, encontró un trabajo en Oxford donde ―según ella― gozó de lo mejor de la vida universitaria sin sufrir ninguna de las imposiciones de las tareas académicas. A continuación consiguió otro empleo en Londres, donde realizaba selecciones de música para una productora de documentales. Entonces todo cambió cuando recibió una invitación de su mejor amiga de la escuela preguntándole que si quería ir a Kenia.

Jane, decidida a aceptar esa invitación, dejó su trabajo, se volvió a su pueblo donde podía vivir en casa y ahorrarse el alquiler y se empleó de camarera. Tras cinco meses de trabajo tenía el dinero suficiente con el que realizar un viaje soñado a África y conocer su fauna salvaje. Así que a los veintitrés años, Goodall viajó a las Tierras Altas de Kenia (Kinangop del Sur) dejando atrás su hogar, su familia y su país y, sin ella saberlo en aquel momento, a cambiar su vida para siempre. Se sentía capaz de afrontar esa nueva etapa, sin miedo y equipada, gracias a la educación recibida con habilidades prácticas, unos sólidos valores morales y una mente independiente y libre. África le sedujo y decidió quedarse. Tras unas semanas con sus amigos, aceptó un trabajo que le había conseguido su tío Eric. Siguiendo el consejo de un amigo llamó a Louis Leakey, un famoso arqueólogo y paleoantropólogo. Ella quería conversar sobre animales, pero él tenía otros planes. Leakey era conservador del Museo Coryndon de Nairobi y uno de los principales descubridores de los orígenes del hombre, habiendo encontrado fósiles fundamentales para entender la evolución de los homínidos. Para interpretar la vida del hombre primitivo y sus antecesores, Leakey pensaba que había que conocer más sobre los grandes simios y buscaba alguien que estudiara los chimpancés. Leakey en principio no le dijo nada a Goodall y le propuso trabajar para él como secretaria. Así ella fue aprendiendo sobre los animales y sobre las distintas etnias, en especial los kikuyus. Después la llevó con él y su esposa a la garganta de Olduvai, en Tanzania, el yacimiento más rico de fósiles humanos conocido hasta la llegada de Atapuerca. A Leakey le interesaban los grandes simios antropomorfos porque son nuestros parientes vivos más próximos porque, decía, comprender su comportamiento en su medio natural le ayudaría a conocer mejor el comportamiento de nuestros antepasados prehistóricos. Leakey quería alguien con una mentalidad abierta, con pasión por el conocimiento, que amase a los animales y que tuviera mucha paciencia para dedicarse a observar y aprender. Goodall le dijo que “eso es precisamente lo que me gustaría hacer”. También le encargó un estudio del mono vervet, un animal que vive, entre otros sitios, en una isla del Lago Victoria y que tiene tres sonidos de alarma diferentes para serpientes, leopardos y águilas, como si gritara el nombre de la especie que acecha, un ejemplo de un rudimento de lenguaje.

Cuando Goodall empezó su investigación, no se habían realizado muchos estudios sobre el comportamiento de los chimpancés. En algunos casos, el tamaño de la expedición asustaba a los animales y hacía que tuvieran conductas anómalas. En otros, los investigadores dedicaban poco tiempo al trabajo de campo y solo tenían observaciones aisladas, incompletas e inconexas. Leakey pensó que Goodall tenía el carácter adecuado, tranquila y decidida, para soportar un trabajo prolongado, aislada en la jungla. Le hizo su propuesta y ella aceptó. La elección de Leakey fue criticada por otros investigadores porque el trabajo podía ser peligroso y además Goodall no tenía formación científica y ni siquiera tenía un título universitario, pero él confiaba en su intuición. Mientras Leakey buscaba fondos para el proyecto, Goodall volvió a Inglaterra a prepararse para la tarea. Buscó información de trabajos de campo con chimpancés en libertad, pero no había nada muy interesante. Los investigadores intentaban acercarse a ellos, pero iban con numerosos porteadores y equipo, provocando que los animales se alejaran. Fue más útil la información de Wolfgang Köhler y Robert Yerkes, dos psicólogos, sobre el comportamiento de los chimpancés en cautividad. Esa formación le ayudaría posteriormente en su trabajo. Leakey consiguió financiación y el 16 de julio de 1960, Goodall empezó el proyecto que guiaría el resto de su vida: el estudio de los chimpancés de vida libre en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania.

Goodall se convirtió en la primera de los “ángeles de Leakey”, un grupo de tres mujeres jóvenes que cambiarían nuestra imagen de las especies más cercanas evolutivamente a nosotros. Las otras fueron Diane Fossey, a quien Leakey envió a estudiar los gorilas de montaña, cuya biografía se recoge en la película “Gorilas en la niebla” y Biruté Galdikas, que trabajó con los orangutanes de Borneo. Goodall llegó a Gombe acompañada de su madre, no por deseo de ninguna de ellas, sino por ser un requerimiento de las autoridades, que temían por su seguridad. No llevaba más equipo que un cuaderno y unos prismáticos. Jane y su madre Vanne establecieron un campamento a la orilla del Lago Tanganica, pero sus intentos de observar de cerca un grupo de chimpancés fallaron. Cuando se acercaba a menos de 500 metros, los animales salían huyendo. Decidió cambiar de estrategia, situándose cada mañana a la misma hora en una elevación donde los chimpancés pudieran verla bien y acostumbrarse a su presencia. Al cabo de un año de trabajo paciente se podía colocar a diez metros de la zona donde la partida de chimpancés se alimentaba. Al cabo de dos años no mostraban ninguna señal de miedo y se acercaban a ella en busca de plátanos. De hecho, Goodall estableció lo que llamó el “banana club”, una forma sistemática de compartir alimentos con los chimpancés, que le permitió ganar la confianza de más de la mitad de los 500 chimpancés que habitaban en el parque. Durante 22 meses, Goodall se convirtió en el miembro más torpe, de menos rango, de una tropa de chimpancés. Ha sido, hasta el momento, el único ser humano aceptado como integrante de un grupo de simios. Ella imitaba sus comportamientos, pasaba tiempo en los árboles y comía su misma comida. Su dedicación, su empatía, su cercanía a los animales hizo que pudiera observar cosas que ningún otro ser humano había visto, que los otros científicos habían pasado de largo. Descubrió que los chimpancés tenían un complejo sistema social con comportamientos rituales y un sistema primitivo de “lenguaje” que incluía 20 sonidos diferentes, comprensibles para todo el grupo. Vio que “no solo los seres humanos tienen personalidad, ni son los únicos capaces de pensamiento racional y de emociones como la alegría o la pena”. También pudo observar gestos que se consideraban hasta ese momento exclusivos de los humanos como abrazos, besos, palmadas en la espalda, darse pellizcos o incluso hacerse cosquillas unos a otros. Vio también la permanencia de los lazos familiares manteniéndose los vínculos afectivos entre los miembros del mismo grupo familiar y los amigos más íntimos durante toda la vida. Para Goodall todos estos gestos eran evidencia de “unos vínculos cercanos, de claro apoyo y afecto que se desarrollaban entre los miembros de una familia y otros individuos de la comunidad”, algo que podía mantenerse durante más de cincuenta años.

Jane cuenta así un encuentro con David Greybeard, uno de los chimpancés que le permitió una mayor cercanía: “Mientras David y yo estábamos allí sentados, divisé en el suelo el fruto rojo d¡ya maduro de una palmera de aceite. Alargué el brazo y se lo ofrecí con la palma de la mano: David me miró y se estiró para cogerlo. Lo dejó caer pero me cogió suavemente la mano. No fueron necesarias las palabras para comprender su mensaje tranquilizador: no quería el fruto, pero había entendido mi motivación, sabía que mis intenciones eran buenas. Aún hoy recuerdo la suave presión de sus dedos. Nos habíamos comunicado en un lenguaje mucho más antiguo que las palabras, un lenguaje que compartíamos con nuestros ancestros prehistóricos, un lenguaje que unía nuestros respectivos mundos”. Identificó los sistemas de castas de los chimpancés con los machos dominantes en su cima. Las castas más bajas actuaban obsequiosamente en la presencia de estos machos alfa, tratando de ganarse su favor y evitar posibles agresiones. Los machos jóvenes peleaban por mejorar su jerarquía mientras que las hembras tenían su propia estratificación grupal, dependiente entre otros factores de sus crías y del favor de los machos más poderosos. Jane tuvo que abandonar el grupo cuando Frodo, uno de los chimpancés que la agredían con cierta frecuencia, se convirtió en el macho alfa del grupo. Su victoria era la pena de exilio para ella.

En 1962, Leakey envió a Goodall a Cambridge. No tenía licenciatura, pero la Universidad le permitió hacer directamente un doctorado, algo que solo ha autorizado a ocho personas a lo largo de la historia. Su Tesis Doctoral, defendida en 1965, se titulaba “Comportamiento del chimpancé en libertad” y organizaba y resumía cinco años de trabajo de campo en la reserva de Gombe. Para entonces ya se aceptaba que hombres y chimpancés compartíamos mucho de nuestra anatomía, nuestra fisiología, incluso nuestra genética, pero Goodall extendió esas semejanzas al comportamiento incluyendo observaciones que caían de lleno en temas como las emociones, la personalidad propia, la capacidad de planificación, la inteligencia o las relaciones familiares y sociales. Las fronteras entre los humanos y el resto de los primates se volvieron más difusas. Hubo dos descubrimientos que dieron a Jane fama mundial, que desmontó dos creencias que se habían mantenido durante mucho tiempo: que solo los humanos éramos capaces de construir y utilizar herramientas y que los chimpancés eran vegetarianos. Goodall observó cómo los chimpancés cogían una ramita, le arrancaban las hojas y luego la metían en un termitero. Cuando las termitas trepaban por la ramita, la sacaban, la chupaban comiéndose las termitas y la volvían a introducir en el termitero. A veces modificaban la ramita para que entrara mejor, una acción característica de la creación y uso de herramientas: la modificación. También vio como cogían piedras y las lanzaban como armas arrojadizas u otros que doblaban hojas para recoger el agua de lluvia que salía del hueco de un árbol. Hasta entonces se denominaba al ser humano como el constructor de herramientas. Cuando Goodall mandó un telegrama explicando a Leakey lo que había visto hacer a los chimpancés para conseguir las termitas, éste dijo una frase que se hizo famosa: “¡Ah! ahora habrá que redefinir al hombre, o el concepto de herramienta o hay que aceptar a los chimpancés como seres humanos”.

Goodall también puso de manifiesto un lado más oscuro del comportamiento de los chimpancés de Gombe. Vio que los chimpancés cazaban y comían de forma sistemática grandes insectos, pájaros y otros animales de mayor tamaño como las crías de los babuinos y otros primates más pequeños como los monos colobos. Goodall pudo ver a una partida de caza de chimpancés aislar a un colobo en lo alto de un árbol, bloquear todas las posibles vías de escape y finalmente uno de los chimpancés trepó al árbol, capturó y mató al colobo. Los demás arrancaron trozos del cadáver y los compartieron con otro miembros del grupo en respuesta a comportamientos de ruego. Goodall y sus colaboradores pudieron estimar que cada año los chimpancés mataban a un tercio de los colobos del parque. Fue un descubrimiento que derrumbó muchas ideas preconcebidas sobre el comportamiento y la alimentación de los chimpancés. Aún más fuerte para nuestras conciencias y nuestras sensibilidades fue el descubrimiento de la frecuencia e intensidad de los episodios de agresión y violencia dentro de la propia tropa de chimpancés. Goodall vio que las hembras dominantes del grupo asesinaban de forma sistemática a las crías de otras hembras del grupo para mantener su posición de dominio. En algunos casos, llegaban a devorar a estas crías ajenas en un episodio de canibalismo.

Goodall contaba sus sentimientos al observar esta dura experiencia: “Durante los primeros diez años de estudio, creí.. que los chimpancés de Gombe eran, mayoritariamente, más buenos que los seres humanos… Entonces, de repente encontramos que los chimpancés podían ser brutales, que tenían, como nosotros mismos, un lado oscuro en su naturaleza”. Ello fue nuevamente un revulsivo para la opinión pública y los expertos y todos pudieron ver que las mismas “enfermedades sociales” que afligen a los seres humanos como el asesinato, la violencia, las guerras… afectan también a los chimpancés. Fue un ejemplo más, triste en este caso, de proximidad entre ellos y nosotros. En 1962, la National Geographic Society envió a un fotógrafo holandés, el barón Hugo van Lawick a realizar un reportaje sobre el trabajo de Goodall. El encargo duró más de lo previsto porque se casó con ella. Su luna de miel en Europa fue una de las pocas ocasiones en que Goodall abandonó Gombe en muchos años. Las observaciones de Goodall se plasmaron en numerosos trabajos científicos y en cinco libros. Era conocida y respetada en el mundo académico, pero los reportajes que aparecieron sobre ella y los chimpancés en distintas televisiones la convirtieron además en una celebridad. Su trabajo también ha sido, como es normal en la Ciencia, sujeto a críticas. Una de ellas fue por poner nombre a los chimpancés de la tropa de la que formaba parte (David Barbagris, Frodo, Mr. McGregor, Goliat, Flo, Gigi…), en vez de simplemente numerarlos. Se supone que adjudicar a cada animal un número es un método sencillo de evitar la creación de vínculos emocionales y la pérdida de la imparcialidad. Sus detractores acusaron a Goodall de antropomorfismo y de falta de objetividad. Su respuesta fue: “No hay absolutamente ningún problema en sentir empatía y mantener la objetividad. La empatía nos ayuda a conseguir una comprensión a un nivel distinto que luego puedes someter a prueba siguiendo de forma rigurosa el método científico”.

Otro fuerte ámbito de críticas a su trabajo fue que aunque se pretendía estudiar a los chimpancés en su medio natural, se utilizaban estrategias de alimentación para atraer a los chimpancés a un punto determinado. Los críticos de estos procedimientos indican que eso ha hecho que se modifiquen los patrones de búsqueda de comida y de alimentación, y debido a ello, también las relaciones sociales entre los animales. Se ha planteado que los altos índices de agresión y conflicto con otros grupos de chimpancés en el área se debían a los puntos de alimentación. Es decir, si hay un sitio donde aparece comida rica de forma regular hay que conquistarlo y mantenerlo a cualquier precio. Goodall, de hecho, no vio esas guerras entre grupos de chimpancés antes de iniciar el programa de comederos en Gombe. Las observaciones de otros investigadores, en Gombe y en otros lugares, con comederos y sin ellos, han sido contradictorias a la hora de explicar esos comportamientos antisociales, existiendo dos posibles interpretaciones: que son comportamientos habituales que el sistema de comederos, que la importancia de controlar esos puestos exacerba o, por el contrario, esta agresividad no existe en condiciones normales en las poblaciones libres en la Naturaleza y es suscitada únicamente por el sistema artificial de reparto de comida. Viendo las amenazas sobre el futuro de los chimpancés en libertad, Jane Goodall se fue implicando progresivamente en el activismo en defensa de los animales. Así declaró en cierta ocasión: “Cuanto más aprendemos sobre la verdadera naturaleza de los animales no humanos, especialmente aquellos con cerebros complejos y los correspondientes comportamientos sociales complejos, surgen más preocupaciones éticas en relación con su uso al servicio del hombre, ya sea como entretenimiento, como mascotas, como comida, en los laboratorios de investigación o en cualquier otro de los usos a los que les sometemos. Esta preocupación se acentúa cuando el uso en cuestión lleva a un intenso sufrimiento físico o mental…”. Jane Goodall fue elegida Presidenta de una asociación llamada Advocates for Animals, con sede en Edimburgo y que lucha contra el uso de animales en la investigación biomédica, en granjas, zoos y para actividades deportivas como la caza. Goodall es vegetariana y considera que debería hacerse así por motivos éticos, medioambientales y de salud. Sobre los animales de granja ha escrito que: “Son mucho más despiertos e inteligentes de lo que nunca hemos imaginado y, a pesar de haber sido criados como esclavos domésticos, son seres individuales en su propio derecho. Y como tal, merecen nuestro respeto. Y nuestra ayuda. ¿Quién rogará por ellos si nosotros nos mantenemos callados?”.

Goodall también ha comentado dentro del mismo tema: “Miles de personas que dicen que “aman” los animales se sientan y una o dos veces al día disfrutan la carne de criaturas que han sido tratados con el mínimo respeto y atención que les permita producir más carne”. Sin embargo, Goodall también ha tenido confrontaciones con los grupos de “animal rights” porque, por ejemplo, describió el nuevo recinto de primates del Zoo de Edimburgo como una “instalación maravillosa” donde los monos: “Están probablemente mejor que los que viven libres en un área como Budongo, donde uno de cada seis son atrapados en un cepo de alambre y en países como el Congo donde los chimpancés, los monos y los gorilas son cazados por su carne por razones comerciales”. Tras recibir críticas por estas declaraciones en contra de la posición oficial del grupo, Goodall dimitió de la presidencia de Advocates for Animals mencionando su complicada agenda e indicando “Solamente es que no tengo tiempo para ellos”. También ha declarado abiertamente su oposición a los grupos militantes de “animal rights” que realizan acciones violentas o destructivas. Ella piensa que los extremistas polarizan el tema y hacen que un diálogo constructivo sea prácticamente imposible. Para preservar el ambiente natural de los chimpancés, Goodall animó a los gobiernos del centro de África a desarrollar programas de turismo respetuosos con la naturaleza, una medida que hizo que la fauna salvaje fuese vista por las poblaciones locales como un recurso beneficioso, sostenible y rentable. Trabajó también con las autoridades y los empresarios para promover un uso responsable de los recursos biológicos y comprometerles en la protección del medio ambiente como un medio fundamental para su futuro. Ella siempre les decía “son SUS chimpancés”.

En 1977, fundó el Jane Goodall Institute, dedicado al cuidado y protección de los chimpancés. Tiene oficinas en 19 países y ha conseguido un considerable prestigio por los programas de desarrollo, conservación e innovación que lleva a cabo en África. Su organización juvenil “Roots & Shoots” (Raíces y Brotes) tiene en la actualidad unos 150.000 miembros en más de 120 países y está organizada para que esos jóvenes se arremanguen y se pongan en acción. Según ella: “Por mucho que nos esforcemos actualmente en la conservación si no conseguimos que las siguientes generaciones sean mejores guardianes del medio ambiente de lo que lo hemos sido nosotros, no habrá nada que hacer”.

A sus setenta y muchos años, Jane Goodall pasa unos trescientos días al año viajando, reuniéndose con jefes de Estado y políticos de alto nivel, con estrellas del cine y la música, con habitantes de remotas aldeas en África. Da conferencias, concede entrevistas. Participa en reuniones, cenas, desayunos y comidas de trabajo. Ya no tiene tiempo para hacer investigación. Como dice ella, “ni siquiera para hacer el análisis de datos”. Sabe lo que se está investigando y piensa que una de las áreas más interesantes son las diferentes culturas encontradas en distintas poblaciones de chimpancés. En Guinea se han visto chimpancés que usan unas mazas de madera para romper la fruta y en Fosoli, Senegal, otros grupos de chimpancés que usan ramas como lanzas para cazar gálagos, unos monos pequeños. En Fosoli se ha visto a un chimpancé hacer un movimiento muy lento y especial, la llamada “danza del fuego”, en respuesta a un incendio en el bosque, muy parecido a un movimiento que hacían los chimpancés de Gombe y que Goodall observó cuando había una tormenta descargando sobre la selva con un fuerte aparato de rayos y truenos. En la actualidad todo su tiempo está dedicado a la conservación, algo que hace extensivo a las nuevas generaciones de investigadores: “Todas las personas estudiando animales en la naturaleza necesitan hoy ser conscientes de la necesidad de la conservación y la implicación de las poblaciones locales. Es bastante injusto porque cuando empezó mi estudio había probablemente más de un millón de chimpancés [en la actualidad se calcula que quedan unos 150.000] y el cinturón de bosque ecuatorial cruzaba de un lado a otro de África. Fui muy afortunada pudiendo concentrarme exclusivamente en la investigación”. Jane Goodall nos enseñó mucho sobre los chimpancés, pero también nos enseñó y nos enseña sobre nosotros mismos.

Para leer más:

• Goodall, J. y P. Berman (2000) Gracias a la vida. Mondadori, Barcelona.

• Peterson, D. (2006) Jane Goodall : the woman who redefined man. Houghton Mifflin Co., Boston.

• Página del Jane Goodall Institute. http://www.janegoodall.org/

• Perfil de Jane Goodall en el portal Biography. http://www.biography.com/people/jane-goodall-9542363

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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