Las pruebas nucleares

Las primeras pruebas nucleares tuvieron lugar en el desierto de Nuevo México y comenzaron en julio de 1945, con la detonación de la bomba Trinity. Formaba parte del Proyecto Manhattan que, dirigido por el físico R. H. Oppenheimer, culminó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Con ellos se puso fin a la Segunda Guerra Mundial. Tras el final de la guerra, el Emplazamiento de Pruebas de Nevada fue el lugar elegido por las autoridades norteamericanas para la mayor parte de sus pruebas nucleares. Allí se hicieron 1.021 explosiones atómicas (921 bajo tierra) y otras 126 en otros lugares, la mayoría en las Islas Marshall, en el Pacífico. En 1951, la revista “Popular Science” preguntó a los diez periodistas de temas científicos más respetados de Estados Unidos, cuáles serían los descubrimientos más prometedores del siguiente año y más de la mitad propusieron distintos tipos de armas nucleares, incluyendo cabezas atómicas individuales para uso táctico por tropas de infantería. Un año más tarde, el 1 de noviembre de 1952, los Estados Unidos detonaron la primera bomba de hidrógeno en las islas Marshall. Aquel no era un artilugio muy práctico ya que hubo que construir una unidad de refrigeración de 80 toneladas, colocar unos cuantos miles de kilómetros de cables y emplear 11.000 personas en su construcción. Como comenta Bill Bryson en su divertido “The Life and Times of the Thunderbolt Kid” no era fácil colocarlo en la Plaza Roja sin suscitar algunas sospechas. En aquel momento se pensaba que el potencial destructor de esta nueva arma estaría en torno a los cinco megatones (es decir, sería equivalente a cinco millones de toneladas de TNT). Eso era más que toda la potencia de destrucción desatada por todos los países que habían luchado en la Segunda Guerra Mundial pocos años antes. Algunos científicos especularon que podría llegar a cien megatones e incluso consumir todo el oxígeno de la atmosfera, lo que no hizo que se reconsiderara el proyecto de construcción ni la prueba de su detonación. La explosión alcanzó unos diez megatones de potencia, es decir, el equivalente a 10 millones de toneladas de TNT, un poder enorme frente a las 20 mil toneladas equivalentes de la primera bomba atómica. La bola de fuego tenía 8 kilómetros de altura y 6 de ancho y el hongo, la nube atómica, llegó al límite de la estratosfera, a 50 kilómetros de altura y desde allí se extendió 1.500 kilómetros en todas las direcciones. Nunca los humanos habían hecho algo de ese tamaño. Nueve meses después los soviéticos explotaron también su primera bomba H. Algunos entusiastas del poder del átomo, entre ellos algunos científicos respetables propusieron usar esa potencia explosiva “en favor de la humanidad” como por ejemplo volando montañas para hacer minas a cielo abierto, y de hecho se hicieron pruebas de generación de cráteres en el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, desviando ríos (así el Danubio solo regaría países de este lado del telón de acero), destruyendo obstáculos para la navegación (se propuso volar la gran barrera de coral de Australia), colocando 26 bombas en fila para hacer un nuevo canal de Panamá o incluso ajustar el clima modificando la cantidad de polvo nuclear en la atmósfera (con la idea de que no hubiese nunca más inviernos duros en el norte de los Estados Unidos y enviarlos de forma permanente a la Unión Soviética). Para reír, si no fuera de llorar. Las detonaciones experimentales en el desierto de Nevada, en las cercanías de Las Vegas atrajeron un nuevo grupo de turistas que no iban a jugar en los casinos o no solo a jugar sino a ver lo que la cámara de comercio local promocionó como “La Ciudad Atómica”. Muchos turistas se quedaban en el Atomic View Motel y se tomaban un “cóctel atómico” (vodka, brandy y champán a partes iguales, con un toque de jerez), comían una hamburguesa atómica, se hacían un peinado atómico, asistían a ver bailar a las chicas del Ballet Atómico e incluso podían ver a una “stripper”, llamada Candyce cuyo apodo era “la explosión atómica”. He buscado fotos de Candyce por puro interés científico sin encontrarlas pero sí he tenido más suerte con las Miss Bomba Atómica. Las misses eran pin-ups, chicas de póster y un fotógrafo decidió hacer una especie de hongo atómico con algodón y colgarlo del bañador que llevaba puesto la modelo.  Sus fotos aparecieron en varios periódicos del país indicando cómo irradiaban “belleza en vez de partículas atómicas mortales”, al mismo tiempo que entretenían a los marines que participaban en las maniobras atómicas en Yucca Flat. De hecho, miles de soldados participaron en ejercicios militares tanto para el ensayo de tácticas de combate con armamento atómico como para “aclimatarles” a los efectos de la radiación en caso de un conflicto con la Unión Soviética, el único otro poseedor en aquel momento de armas nucleares. Y sin embargo, por esas mismas fechas comenzó a llegar a la luz pública el daño que la exposición a la radiación nuclear podía causar. Las imágenes de quemaduras terribles en los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki fueron siendo completadas por un goteo de nuevas enfermedades y trastornos, de un daño constante porque nunca tanta población había estado expuesta a una dosis tan alta de radioactividad. Tanto en Hiroshima como en Nagasaki se empezó a ver el daño que habían sufrido incluso los niños no nacidos, los que habían sido expuestos a la radiación mientras su cerebro se estaba formando en el útero de su madre. El daño de la radiación ionizante se observó en los que estaban entre la semana 8ª y 25ª del embarazo, siendo mayor el detrimento en los que el día de la caída de la bomba en su ciudad, el embarazo estaba entre las semanas 8ª y 15ª. Los primeros informes de esos niños mostraron un claro incremento en el nacimiento de niños con retraso mental profundo y con menor volumen cefálico. En los que no mostraban una situación tan dramática, se fue viendo una reducción del cociente de inteligencia y peores resultados en la escuela, así como un aumento de los casos de ataques epilépticos. Es lógico, en esa fase del desarrollo cerebral, los progenitores neuronales generan un número enorme de células hijas. Si la radiación destruye especialmente a las células en división, el resultado es menos neuronas en el momento de nacer, cabezas más pequeñas, discapacidad intelectual. Cuando se cartografió la localización de cada caso se encontró una correlación perfecta entre el nivel de daño y la distancia al punto de impacto de la bomba a la que se encontraba la madre del niño afectado: más cerca al lugar de la explosión significaba más radiación que, a su vez, indicaba mayor lesión cerebral. Lo que se llama una relación dosis-respuesta lineal. También se empezaron a ver casos en Estados Unidos de niños afectados por la radiación entre los habitantes cercanos al Emplazamiento de pruebas de Nevada. El New England Journal of Medicine, la revista científica más prestigiosa en el ámbito de la clínica, concluyó en 1979 que:

“Se ha visto un aumento significativo de casos de leucemia en niños de hasta 14 años que vivieron en Utah entre 1959 y 1967. El aumento se concentraba en la cohorte de niños nacidos entre 1951 y 1958, y tuvo su máximo en los que vivían en los condados que recibían la mayor cantidad de cenizas radioactivas”.

Es difícil definir cuándo cambió la percepción pública de la fisión del átomo. La difusión de fotografías y películas sobre las víctimas de Hiroshima y Nagasaki fue sin duda un golpe en las conciencias. El desarrollo de las centrales nucleares y el uso de isótopos radioactivos en los hospitales (las bombas de cobalto y cesio, los servicios de medicina nuclear) convirtió la radiación y la radioactividad en algo más cercano a nuestras vidas y con una vertiente beneficiosa pero sus riesgos también fueron más evidentes. Los accidentes de Three Miles Island, Chernobyl y Fukushima quebraron la fe en la seguridad absoluta de estas instalaciones: si tragedias de ese calibre sucedían en los países más desarrollados de la Tierra ¿qué no podría suceder en otros sitios? Las nuevas armas nucleares generaron preocupación por su proliferación en países inestables, por su posible caída en manos terroristas, por su potencia indiscriminada de destrucción, por lo prolongado de sus efectos sobre la población y sobre el planeta. Todo ello en un escenario donde la diplomacia, los organismos internacionales, los convenios y tratados no han conseguido eliminar los enfrentamientos civiles o internacionales. Y es que como dijo Albert Einstein, “la liberación de la energía atómica no ha creado un problema nuevo. Tan solo ha hecho más urgente la necesidad de resolver uno que ya existía”. Para leer más:

  • Bryson, B. (2006) The Life and Times of the Thunderbolt Kid. Broadway Books.
  • Otake M, Schull WJ, Yoshimaru H. (1991) A review of forty-five years study of Hiroshima and Nagasaki atomic bomb survivors. Brain damage among the prenatally exposed. J Radiat Res. 32 Suppl:249-264.
  • http://www.lasvegasadvisor.com/qod.cfm?qid=2318

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “Las pruebas nucleares”

  1. Siempre me ha llamado la atención que después de un accidente como el de Chernobyl o el de Fukushima, se cree una zona mayor o menor de “exclusión” para vivir. Sin embargo, unas ciudades como Hiroshima o Nagasaky han crecido como unas megápolis sin que se tengan noticias de una mayor incidencia de enfermedades derivadas de la radiación.
    ¿Sería por que “Little Boy” o “Fat Boy” no dejaron tanta radiactividad como la explosión de una central nuclear? ¿Será por un deseo de pasar pronto páginas dramáticas? ¿Será porque los que nos dirigen consideran que esas “menudeces” no deben preocuparnos?

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