El escritor que no sabía leer

Alexia suena a nombre de mujer, creo que hay, al menos, una princesa y una cantante que se llaman así, pero me temo que me voy a referir a algo menos glamuroso pero confío que más interesante. La alexia es un trastorno cerebral que consiste en que alguien que podía leer, pierde esa capacidad.

En el año 31, un romano, Valerio Máximo, describió la historia de un ateniense que había recibido una pedrada en la cabeza. Al romano le llamaba la atención que el griego había perdido la memoria de las letras pero todos los demás tipos de memoria que se podían investigar, estaban intactos. Puede que Plinio el Viejo hablase del mismo caso cuando escribió “Uno, que recibió un golpe con una piedra, olvidó solamente las letras y no pudo leer más, mientras que por lo demás su memoria le prestaba un buen servicio.”

Los libros y artículos de Historia de la Ciencia nos permiten rastrear otras evidencias de alexia. En el siglo XVI, Girolamo Mercuriale habla de “una cosa realmente sorprendente: un hombre que  podía escribir pero que no podía leer lo que había escrito” después de sufrir algo que probablemente fuese un derrame cerebral. En el siglo siguiente, Johann Schmidt cuenta de un paciente de 65 años que:

“No podía leer caracteres y mucho menos combinarlos de alguna forma. No conocía una sola letra ni podía distinguir una de otra. Pero era llamativo que si se le decía un nombre para que lo escribiera, lo podía hacer con rapidez, y correctamente. Sin embargo, no podía leer lo escrito ni siquiera lo hecho por su propia mano. Ni podía distinguir o identificar esos caracteres.”

El mismo Schmidt contaba el caso de un cantero con alexia pero al contrario que el primero donde “ninguna enseñanza o guía consiguió inculcarle el reconocimiento de las letras”, en este segundo caso, el paciente pudo recuperar su capacidad de leer (curiosamente, con más facilidad en latín que en su lengua materna, el alemán). A menudo, la alexia no va sola. William Henry Broadbent describió en 1872 un caso de alexia, afasia leve (dificultad para hablar) y agrafia (imposibilidad para escribir). El paciente había sufrido dos lesiones en su hemisferio cerebral izquierdo y Broadbent postuló que ese daño cerebral había dañado las conexiones entre las áreas visuales y verbales del cerebro. Pero el que dio un impulso clave a nuestro conocimiento de las alexias fue Joseph Jules Dejerine quien, a finales del siglo XIX, publicó una serie de artículos describiendo numerosos casos distintos de trastornos de la escritura y la lectura. El punto clave de las investigaciones de Dejerine fue que se podían ver afectaciones específicas de prácticamente cada fase del proceso de lectura y escritura y que distintas áreas cerebrales estaban involucradas en cada caso.

La alexia se suele deber a una lesión en el hemisferio cerebral dominante, normalmente el izquierdo. El daño puede estar localizado en los lóbulos occipital, parietal o frontal interior. También es típica la localización en la zona de unión entre los lóbulos occipital y temporal, una región que coordina la información recibida de las vías visuales y auditivas y asigna un significado a esa información. Las distintas zonas posibles de lesión generan distintos tipos de alexias.También se vio pronto que aparte de los propios hemisferios, tenían también cierta influencia las lesiones en el cuerpo calloso, la principal estructura de interrelación entre ambos hemisferios que lleva unos dos millones de conexiones.

Durante siglos la alexia fue considerada no como un problema de lectura sino como un tipo específico de pérdida de memoria, hasta el siglo XIX cuando Broca describió el caso de Tan, la persona que había perdido la capacidad de habla. Entonces, se empezó a ver que determinadas funciones cerebrales tenían una localización concreta en uno de los dos hemisferios cerebrales, que no eran por tanto idénticos entre sí. El concepto de dominancia cerebral, la localización prioritaria o exclusiva en uno de los dos hemisferios de algunas funciones permitió encajar toda una serie de datos sobre trastornos como la alexia, las afasias las dislexias, la prosopagnosia (o amnesia para los rostros), distintos trastornos de la navegación espacial (suena a cohete de la NASA pero se refiere normalmente a saber volver a casa) o las apraxias (dificultad para llevar a cabo movimientos voluntarios).

Un caso famoso de alexia fue el de un novelista canadiense, Howard Engel, un famoso escritor de novela negra, con una larga y exitosa serie de títulos protagonizados por el detective Benny Cooperman. Benny es probablemente la antítesis de los duros detectives estadounidenses: es canadiense, judío, le gustan los sandwiches de huevo, vive en un pueblo pequeño y se pone malo si ve sangre. Es muy popular en Canadá.

Engel se definía como un “adicto a las palabras”, un lector voraz durante la adolescencia que consiguió ese salto de aprender a escribir literatura y el otro, aún mayor, de convertir eso en su profesión. Un día determinado, el 31 de julio de 2001, recogió por la mañana el periódico de la puerta, el ejemplar del día del Toronto Globe and Mail, y vio sorprendido que —según sus palabras— parecía estar escrito en una mezcla de serbio-croata y coreano, dos lenguas desconocidas para él. Las letras parecían familiares pero no entendía nada. Él no se notaba ninguna otra cosa y estaba totalmente tranquilo, de hecho pensó por un momento que quizá le habían gastado una broma con el periódico pero cuando comprobó que era incapaz de leer los libros que él mismo había escrito, se fue al hospital. Su sorpresa fue aún mayor cuando le preguntaron su nombre y no supo decir cuál era. A continuación le preguntaron su dirección y él, un enamorado de la Geografía y los mapas, no supo responder dónde estaba su calle. Al poco tiempo, le dijeron que había sufrido un derrame cerebral, en lazona occipital del hemisferio izquierdo.  Tenía lo que se llamaba ceguera a las palabras o alexia sine agraphia. Tuvo algunas otras pruebas del daño sufrido como una afectación de la memoria sobre todo para los nombres y una pérdida de un cuarto de la visión. Comprobaron su vista y el sistema funcionaba pero la parte de su cerebro que distinguía las formas que caracterizan a las distintas letras, no estaba bien.

El caso de Engel es aún más llamativo por su profesión. Él mismo decía que era un animal de un solo truco, lo único que tenía desarrollado era su habilidad con las palabras, el arte de un escritor,  y de repente, eso, precisamente eso, era lo que le había desaparecido. Por otro lado, Engel decía que no sentía pánico porque no sentía que toda su mente hubiese sido borrada o saqueada, simplemente buscaba una pieza de información y no la encontraba, como cuando queremos recordar algo que decimos que tenemos “en la punta de la lengua.

Nuestros ojos ven las formas características de las letras y lo transportan al cerebro, pero es el cerebro el que distingue la forma específica de cada letra, entiende la agrupación que forma la palabra y le da un significado. Una cosa llamativa es que Engel vio que si cogía un lápiz era capaz de dibujar correctamente la forma de esas letras. No tenía agrafia, era capaz de escribir. El problema es que al poco de escribir unas palabras se convertían nuevamente en “serbo-croata”, en una maraña incomprensible de palitos y redondeles. Por así decirlo, el cerebro procesaba bien la información que se intercambiaban el cerebro y las manos para escribir pero procesaba mal la información que se intercambiaban el cerebro y los ojos para leer. Engel se enfrentó a leer inglés como si se hubiera puesto a aprender los jeroglifos egipcios pero encontró un truco que le permitió volver a leer: convertir la lectura en una escritura. Al principio, cuando leía un texto, trazaba cada letra con su dedo y eso le permitía identificar las letras y de ahí las palabras. De ahí paso a trazarla en el aire, no sobre el papel, luego a trazarlas con la lengua en el cielo de la boca, luego sobre los dientes y finalmente la trazaba moviendo la lengua dentro de la boca, como si las escribiera en el espacio de la cavidad bucal. Dice que con la velocidad que ha cogido con ese sistema consigue leer la mitad de los subtítulos de una película.

Engel fue capaz de terminar una nueva novela titulada “Memory Book” en la queCooperman, su detective y alter ego, recibe un golpe en la cabeza que le produce una alexia. Según Engel. “un detective no puede tener un derrame, lo suyo es un fuerte golpe”. Benny escapa del hospital y le ayuda mucho su novia, aunque él no consiga recordar el nombre de la pobre chica. Después publicó “El hombre que olvidó a leer” (2007) unas memorias del tiempo que pasó recuperándose del derrame, con un epílogo escrito por Oliver Sacks y otra novela titulada “East of Suez” en 2008. Oliver Sacks dijo que Engel había encontrado un camino para seguir siendo “un hombre de letras”. También comentó “El que fuera capaz de hacerlo es un tributo a muchas cosas: a la dedicación y habilidad de sus terapéutas en la rehabilitación, a su propia determinación en volver a leer y a la adaptabilidad del cerebro humano.” Preguntado el propio Engel sobre todo este proceso comentó “me dijeron que con la alexia, las letras se irían al infierno, pero en realidad no se fueron tan lejos.”

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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