El viaje de Gulliver por la Neurociencia

Cuando “Los viajes de Gulliver” se publicaron por primera vez en 1726, el libro no llevaba el nombre del autor, Jonathan Swift, sino que estaba firmado por Lemuel Gulliver, “primero cirujano y luego capitán de varios navíos” y se titulaba “Viajes hechos por varias remotas naciones del Mundo”. Mucha gente aceptó esto como un dato real e incluso un marino comentó que “conocía bien al capitán Gulliver”. Para muchos lectores, las historias que allí se contaban eran exageradas y difíciles de creer pero otros, las consideraban normales o menos estrafalarias que las que contaban otros relatos de viajes de la época. El propio relato apuesta por esa naturalidad en sus descripciones, aunque bajo esa imagen de un libro de viajes, hay una crítica, primero a esa literatura, cargada de supuestas aventuras e información falsa, y luego, a toda la sociedad.

Los “Viajes de Gulliver” fueron un éxito desde su primera impresión. Lo leían los gobernantes y los niños pequeños. A pesar de su amargura y dureza, los niños disfrutaban imaginando un viaje entre seres diminutos o entre gigantes, una isla voladora o un lugar donde los caballos hablan. “Los viajes de Gulliver” se convirtió en un “best-seller” de la literatura infantil. Para los adultos constituye un manifiesto con plena vigencia sobre los vicios y defectos del ser humano, de las ruines motivaciones de la guerra y su imposible justificación, en contra de los políticos corruptos y soberbios. Quizá por eso, Swift decidió publicarlo inicialmente de forma anónima.

El libro incluye cuatro grandes partes que corresponden a cuatro viajes: el viaje a Lilliput y Blefuscu; el viaje a Brobdingnag; el viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón y, finalmente, el viaje al país de los Houyhnhnms. Cada grupo muestra algunos aspectos de los vicios y defectos de la raza humana. Los liliputienses son malvados, ignorantes y crueles, gobernados por un rey y una corte de incapaces y vanidosos, y se pasan el tiempo metidos en guerras, iniciadas por su arrogancia y su desprecio a los vecinos. Los gigantes de Brobdingnag son amistosos y prácticos pero carecen de inteligencia y de sensibilidad, siendo incapaces de entender los conceptos abstractos, la parte más noble de la mente humana. Swift tampoco es blando con la sociedad de su época. Al contar Gulliver sobre la política y sociedad de su país, el Rey le responde que los europeos son “…la más perniciosa raza de odiosas alimañas que la Naturaleza ha soportado que repten por la superficie de la Tierra.” Laputa está llena de filósofos y científicos, dedicados a cuestiones vanas, encerrados en un mundo donde la sabiduría envuelve un núcleo de pedantería, estupidez y banalidad. El primer académico que Gulliver encuentra lleva ocho años intentado extraer rayos de sol de los pepinos. El segundo lleva también tiempo trabajando en un proceso inverso, intentado convertir el excremento humano en la comida original. Un arquitecto construye casas empezando desde el tejado y terminando en los cimientos. La Gran Academia se parece sospechosamente a la Royal Society y presenta a los científicos como un grupo de gente estrafalaria, dedicada a tareas inútiles mientras que Swift sugiere con claridad que la Ciencia solo es válida si se dedica al beneficio humano. El libro también señala como estos científicos “piden dinero a cualquiera que va a visitarlos” algo que le resultará conocido a cualquiera que haya tratado con uno de nosotros. En la isla de Glubbdubdrib, Gulliver encuentra una comunidad de magos que pueden convocar los espíritus de los muertos y que le permite conversar con Alejandro, Julio César, Aristóteles y otros personajes famosos de la Antiguedad. Los Houyhnhnms son caballos inteligentes que usan a una raza degradada de hombres, los Yahoos, como los hombres usan a los caballos en el mundo que conocemos. Mirando a la Humanidad a través de los ojos de los caballos, Swift describe a los seres humanos como depravados, avariciosos e ignorantes. En la lectura vamos saltando de la sonrisa a la incomodidad, pues nos vemos reflejados sin ningún maquillaje. Swift escribió su libro con un propósito serio, “arreglar el mundo” intentado mostrar las consecuencias que se producen cuando los hombres no usan la razón o caen en lo peor de los instintos.

Hay cinco aspectos que podemos relacionar con la Neurociencia en este libro apasionante: el primero tiene que ver con el uso de otros sentidos en personas con una discapacidad sensorial, el segundo con la inteligencia artificial, el tercero con la estimulación química del aprendizaje, el cuarto con los trasplantes cerebrales para corregir deficiencias en el funcionamiento mental y el quinto y último, con la demencia senil. No solo es una representación curiosa de las ideas sobre la función y la estructura mental a comienzos del siglo XVIII sino además, es sobre todo, y así hay que tomarlo, algo divertido y sugerente.

En el primer apartado elegido, Swift nos habla de un hombre en la Gran Academia de Laputa que a pesar de haber perdido el sentido de la vista se dedica a mezclar colores para pintar y encima es maestro sobre la preparación de pintura de otros ciegos.

“había un hombre, ciego de nacimiento, que tenía varios discípulos de su misma condición y los dedicaba a mezclar colores para pintar, que su maestro les había enseñado a distinguir por el tacto y el olfato. Fue en verdad desgracia mía encontrarlos en aquella ocasión no muy diestros en sus lecciones, y aun al mismo profesor le acontecía equivocarse generalmente.”

Hay que imaginarse a un ciego encargado de la preparación de pinturas y enseñando a otros ciegos. No es de extrañar que se equivoquen ampliamente. El dato más interesante es que les ha enseñado a distinguir los colores mediante el tacto y el olfato. En función de su composición y textura sería posible distinguir algunos tipos de pintura, pero un ciego de nacimiento no podría asociarlos a un color ni imaginar el resultado cromático de esas mezclas. Se ha relacionado con la sinestesia, una capacidad por la cual algunas personas “mezclan sentidos” ven colores o figuras (números, por ejemplo) con un sonido o un sabor determinado. Sin embargo, un ciego de nacimiento no puede convertir una entrada visual en otro sentido porque no puede procesar esa información, no puede entender lo que es un color verde y, por tanto, no puede entender una mezcla cromática aunque pudiera distinguir sus componentes.

El segundo aspecto neurocientífico es una máquina para pensar. Dejemos a Swift describirnos el artilugio

“… un proyecto para hacer progresar el conocimiento especulativo por medio de operaciones prácticas y mecánicas; pero pronto comprendería el mundo su utilidad, y se alababa de que pensamiento más elevado y noble jamás había nacido en cabeza humana. Todos sabemos cuán laborioso es el método corriente para llegar a poseer artes y ciencias; pues bien: gracias a su invento, la persona más ignorante, por un precio módico y con un pequeño trabajo corporal, puede escribir libros de filosofía, poesía, política, leyes, matemáticas y teología, sin que para nada necesite el auxilio del talento ni del estudio.

Me llevó luego al tablero, que rodeaban por todas partes los alumnos formando filas. Tenía veinte pies en cuadro y estaba colocado en medio de la habitación. La superficie estaba constituida por varios trozos de madera del tamaño de un dedo próximamente, aunque algo mayores unos que otros. Todos estaban ensartados juntos en alambres delgados. Estos trozos de madera estaban por todos lados cubiertos de papel pegado a ellos; y sobre estos papeles aparecían escritas todas las palabras del idioma en sus varios modos, tiempos y declinaciones, pero sin orden ninguno. Díjome el profesor que atendiese, porque iba a enseñarme el funcionamiento de su aparato. Los discípulos, a una orden suya, echaron mano a unos mangos de hierro que había alrededor del borde del tablero, en número de cuarenta, y, dándoles una vuelta rápida, toda la disposición de las palabras quedó cambiada totalmente. Mandó luego a treinta y seis de los muchachos que leyesen despacio las diversas líneas tales como habían quedado en el tablero, y cuando encontraban tres o cuatro palabras juntas que podían formar parte de una sentencia las dictaban a los cuatro restantes, que servían de escribientes. Repitiese el trabajo tres veces o cuatro, y cada una, en virtud de la disposición de la máquina, las palabras se mudaban a otro sitio al dar vuelta los cuadrados de madera.

Durante seis horas diarias se dedicaban los jóvenes estudiantes a esta tarea, y el profesor me mostró varios volúmenes en gran folio, ya reunidos en sentencias cortadas, que pensaba enlazar, para, sacándola de ellas, ofrecer al mundo una obra completa de todas las ciencias y artes….”

La idea de la combinatoria de palabras para conseguir pensamientos insospechados es larga, desde Aristóteles a Cicerón, pasando por Jorge Luis Borges y el teorema de los infinitos monos. La máquina que le enseñaron a Gulliver y que tenía “todas las palabras del idioma” sería imposible de manejar.

El tercer aspecto es conseguir mejorar el aprendizaje utilizando una estimulación química del cerebro.

“Estuve en la escuela de matemáticas, donde el maestro enseñaba a los discípulos por un método que nunca hubiéramos imaginado en Europa. Se escribían la proposición y la demostración en una oblea delgada, con tinta compuesta de un colorante cefálico. El estudiante tenía que tragarse esto en ayunas y no tomar durante los tres días siguientes más que pan y agua. Cuando se digería la oblea, el colorante subía al cerebro llevando la proposición. Pero el éxito no ha respondido aún a lo que se esperaba; en parte, por algún error en la composición o en la dosis, y en parte, por la perversidad de los muchachos a quienes resultan de tal modo nauseabundas aquellas bolitas, que generalmente las disimulan en la boca y las escupen a lo alto antes de que puedan obrar su efecto. Y tampoco ha podido persuadírseles hasta ahora de que practiquen la larga abstinencia que requiere la prescripción.”

Ni idea de qué sería el colorante cefálico y hay que imaginarse a esos estudiantes tragándose la fórmula de un teorema para conseguir aprenderlo. Es claramente algo satírico pero hay datos de que algunos gusanos pueden aprender cosas comiéndolas. Por ejemplo si un animal tiene una experiencia de miedo asociada a un estímulo (el sonido de una campana, por ejemplo) y es devorado por otro gusano, el segundo tiene una reacción de escapar ante ese mismo estímulo.

Al comienzo del capítulo VI, Gulliver visita lo que podríamos llamar la Facultad de Ciencias Políticas.

“En la escuela de arbitristas políticos pasé mal rato. Los profesores parecían, a mi juicio, haber perdido el suyo; era una escena que me pone triste siempre que la recuerdo. Aquellas pobres gentes presentaban planes para persuadir a los monarcas de que escogieran los favoritos en razón de su sabiduría, capacidad y virtud; enseñaran a los ministros a consultar el bien común; recompensaran el mérito, las grandes aptitudes y los servicios eminentes; instruyeran a los príncipes en el conocimiento de que su verdadero interés es aquel que se asienta sobre los mismos cimientos que el de su pueblo; escogieran para los empleos a las personas capacitadas para desempeñarlos; con otras extrañas imposibles quimeras que nunca pasaron por cabeza humana, y confirmaron mi vieja observación de que no hay cosa tan irracional y extravagante que no haya sido sostenida como verdad alguna vez por un filósofo.”

El cuarto tema neurocientífico es el de los trasplantes cerebrales. Swift lo propone para el tratamiento y curación de las imperfecciones de los políticos.

“Presentaba un invento maravilloso para reconciliar a los partidos de un Estado cuando se mostrasen violentos. El método es éste: tomar cien líderes de cada partido; disponerlos por parejas, emparejando a los que tuviesen la cabeza de tamaño más parecido; hacer luego que dos buenos operarios sierren los occipucios de cada pareja al mismo tiempo, de modo que los cerebros queden divididos igualmente, y cambiar los occipucios de esta manera aserrados, aplicando cada uno a la cabeza del contrario. Ciertamente, se ve que la operación exige bastante exactitud; pero el profesor nos aseguró que si se realizaba con destreza, la curación sería infalible. Y lo razonaba así: los dos medios cerebros llevados a debatir la cuestión entre sí en el espacio de un cráneo llegarían pronto a un acuerdo y producirían aquella moderación y regularidad de pensamiento tan de desear en las cabezas de quienes imaginan haber venido al mundo para guardar y gobernar su movimiento. Y en cuanto a la diferencia que en cantidad o en calidad pudiera existir entre los cerebros de quienes están al frente de las facciones, nos aseguró el doctor, basado en sus conocimientos, que era una cosa insignificante de todo punto.”

La ultima conexión entre los viajes de Gulliver y la Neurociencia hace referencia a la demencia senil. En la isla de Glubbdubdrib, Gulliver conoce a los Struldbrughs, seres inmortales. Sin embargo, esa vida sin final no está libre del deterioro mental y Swift lo plantea como una auténtica condena, algo que si la gente viera ese nivel de pérdida mental y calidad de vida, no tendría miedo a morir. Muchas de las descripciones de Swift se parecen a la enfermedad de Alzheimer, que sería descrita por primera vez casi 200 años después.

“Cuando llegaban a los ochenta años, edad considerada en el país como el término de la vida, no sólo tenían todas las extravagancias y flaquezas de los otros viejos, sino muchas más, nacidas de la perspectiva horrible de no morir nunca. .. No guardan memoria sino de aquello que aprendieron y observaron en su juventud, y para eso, muy imperfectamente; y por lo que a la verdad o a los detalles de cualquier acontecimiento se refiere, es más seguro confiar en las tradiciones comunes que en sus más firmes recuerdos. Los menos miserables parecen los que caen en la chochez y pierden enteramente la memoria; éstos encuentran más piedad y ayuda porque carecen de las malas cualidades en que abundan los otros.  …  Cuando hablan, olvidan las denominaciones corrientes de las cosas y los nombres de las personas, aun de aquellas que son sus más íntimos amigos y sus más cercanos parientes. Por la misma razón no pueden divertirse leyendo, ya que la memoria no puede sostener su atención del principio al fin de una sentencia, y este defecto les priva de la única diversión a que sin él podrían entregarse.  …  los struldbrugs de una época no entienden a los de otra, ni tampoco pueden, pasados los doscientos años, mantener una conversación que exceda de unas cuantas palabras corrientes con sus vecinos los mortales, y así, padecen la desventaja de vivir como extranjeros en su país.  …, no tuvieron la curiosidad de hacerme la más pequeña pregunta.”

Jonathan Swift fue un hijo póstumo y gran parte de su infancia y juventud la pasó con su tío Godwin, que murió afectado de una demencia senil. Se piensa que Swift sufrió de la enfermedad de Ménière durante gran parte de su vida, temiendo siempre terminar como su tío. Cuando alcanzó los 50 años de edad, Swift se dio cuenta de que estaba perdiendo facultades mentales y, mirando a un árbol con la copa dañada, le dijo al poeta Edward Young. “Seré como ese árbol. Moriré desde arriba”. Swift dejó la mayor parte de su fortuna a un hospital psiquiátrico, el entonces llamado “Hospital de San Patricio para imbéciles” un centro que, afortunadamente con otro nombre, subsiste todavía en nuestros días.

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

2 comentarios en “El viaje de Gulliver por la Neurociencia”

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