ETA, violencia y perdón

ETA acaba de anunciar un alto el fuego. No ha anunciado que deja las armas, ni que renuncia a perseguir sus fines mediante la violencia, ni que altera su conducta de que puede asesinar a quien no piense como ellos. Si no fuera tan triste, si no llevaran un reguero de sangre inocente, si no hubieran asesinado a tantas buenas personas, ver a tres individuos poniéndose una boina encima de un pasamontañas, sería para partirse de risa. Son unos payasos, asesinos, crueles y descerebrados, pero unos payasos. Con perdón de los payasos, claro.

El comunicado de ETA es la misma basura autocomplaciente a que nos tiene acostumbrados. Que la organización criminal que más daño ha hecho a la libertad en el País Vasco diga que esa libertad es lo que ha guiado su actuación es un sarcasmo cruel. La única libertad ha sido para pensar como ellos, sino era así, todos tus derechos, tus derechos políticos, tus derechos sociales, tus derechos humanos quedaban abolidos. Si no pensabas como ETA en el País Vasco no podías opinar, no podías pasear con libertad, no podías defender tus ideas políticas, no podías, en ocasiones, vivir un día más.

Siempre he creído que la Universidad y los universitarios tenemos una obligación básica que es la de hablar, la de no estar callados, la de generar opinión, discutir ideas, llevar propuestas a la sociedad y defender un lugar común, donde todos caben, de respeto, diálogo y reflexión. En el mismo momento que me enteré de la noticia sobre ETA estaba leyendo un libro titulado “El odio y el perdón en el Perú, Siglos XVI al XXI”. La editora de esta obra es Claudia Rosas Lauro, doctora en Historia por la Universidad de Florencia y actualmente profesora en el Departamento de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Entre otros, el libro recoge artículos de distintos autores sobre el odio y el perdón en ámbitos diversos que incluyen la cultura tradicional indígena, la rebelión de Gonzalo Pizarro y los encomenderos, las escritoras femeninas del siglo XIX, o los traslados de una estatua ecuestre de Francisco Pizarro en Lima y sus políticos y polémicos cambios de ubicación.

Uno de los artículos, firmado por Braulio Muñoz del Swarthmore College, me hizo reflexionar sobre los etarras y su futuro. Recoge Muñoz una investigación anterior de Kimberly Theidon sobre la comunidad de Huanta, en el departamento de Ayacucho. Esta comunidad sufrió duramente en la época de Sendero Luminoso, los años 80 y tiene una concepción, una cosmogonía, particular del individuo y la sociedad. Para ellos, los humanos no nacen con alma sino que la empezamos a adquirir a los dos años. Si la naturaleza espiritual se inicia a esa edad, la racional, el uso de razón, es posterior, y se inicia a los siete años. Sin embargo, según esa misma visión del hombre y la sociedad, es posible que las circunstancias hagan que existan personas adultas que no hayan adquirido naturaleza espiritual o racional. Y también es posible que la pierdan, una o ambas. Ellos, los miembros de la comunidad de Huanta, explican así ciertos actos de locura y los crímenes horrendos que extraños y algunos miembros de su propia sociedad, perpetraron contra ellos durante los años del terrorismo. Por muy distintos motivos, algunas personas dejaron de ser humanos y se convirtieron en tuta puriq y jarjachas. Estos son seres de origen humano pero que se transforman en animales y se mueven de noche cometiendo crímenes horripilantes. Cuando el terror menguó, los comuneros de Huanta –y estoy citando textualmente a Muñoz en el libro de Rosas- “se dieron a la tarea de reincorporar a la comunidad a aquellos que se habían transformado en tuta puriq y jarjachas – algunos de los cuales eran parientes o antiguos amigos.” Para ello, pusieron en práctica un proceso de retorno, basado en sus costumbres y con las siguientes características:

Los tuta puriq y los jarjachas tienen que presentarse ante la comunidad, tienen que confesar sus crímenes públicamente, tienen que arrepentirse sinceramente y pedir perdón públicamente. Una vez que se han arrepentido, estos tuta puriq y jarjachas son castigados. Con el cumplimiento del castigo es cuando estos individuos pueden ser runaya-ruspanku, o sea, gente nuevamente, y así al fin llegar a ser runa igualña, gente común como todos.

El proceso de retorno no termina ahí. Una vez que los culpables son considerados como humanos, la comunidad les da tierras para labrar cerca de donde las víctimas del terror han sido enterradas. De esa manera, la comunidad busca que estos runa igualña no se olviden nunca del mal que hicieron. Por tanto, el perdón no es un acto individual sino parte un proceso comunal y de largo plazo.

Hoy no hay moralejas ni conclusiones, tan solo esperanza de que pronto el mundo, España, el País Vasco sea un lugar un poco mejor.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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