El informe de la OCDE sobre obesidad en España publicado en 2014 presentaba datos preocupantes: 1 de cada 6 adultos es obeso y más de la mitad tienen sobrepeso. El porcentaje de obesidad ha crecido en los últimos años y su frecuencia está relacionada con el nivel educativo: los hombres con estudios primarios tienen un riesgo 1,6 veces superior de ser obesos que los hombres con estudios superiores. En el caso de las mujeres, la proporción es 2,4 veces mayor. En el caso de los niños los índices también son alarmantes, el 26% de los niños españoles y el 24% de las niñas españolas tienen sobrepeso, un porcentaje mayor que el de la media de los países de la OCDE (23% y 21%, respectivamente).

La obesidad infantil es un problema grave de salud pública ya que está ligada a diabetes, hipertensión, depresión e inflamación y todas estas condiciones incrementan el riesgo de un declive cognitivo en la vida adulta. Los niños con obesidad tienen más riesgo de sufrir otros problemas crónicos de salud tales como asma, apnea del sueño, problemas de huesos y articulaciones y es un factor de riesgo para las enfermedades cardiovasculares. Hay también aspectos sociales: los niños obesos son acosados y molestados más que sus compañeros de peso normal y tienen más probabilidades de sufrir aislamiento social, depresión y baja autoestima. En el largo plazo, la obesidad de la infancia está asociada con ser obeso cuando adulto y presenta una concordancia con distintas enfermedades y condiciones como enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo II, síndrome metabólico y varios tipos de cáncer. Para acabar este «negro» panorama, hay cada vez más evidencias de que una dieta descompensada y con un exceso de calorías puede incrementar el riesgo de la enfermedad de Alzheimer y otras demencias.

Hasta ahora las investigaciones se han centrado principalmente en adultos pero hay cada vez más datos de que la situación en niños puede ser igualmente problemática. Las investigaciones más recientes muestran que los niños obesos presentan un daño cerebral temprano que además parece estar asociado a déficits de atención y de memoria. El sobrepeso unido a la dieta rica en azúcar y en grasas saturadas afectan al cerebro y disminuyen el control de los impulsos, lo que a su vez hace que para esos niños sea difícil resistir la tentación de comer esos mismos alimentos que están causando el daño, generando un círculo vicioso. Hay quien plantea que la alteración cerebral podía ser anterior al exceso de ingesta de alimentos y ser incluso, más que efecto de la obesidad, su causa.

Una revisión de June Liang y su grupo publicada en el International Journal of Obesity encuentra evidencias sólidas para afirmar que los niños con sobrepeso tienen una serie de diferencias negativas frente a controles en temas como la función ejecutiva, la atención, la habilidad visuoespacial, y las habilidades motoras. En otros aspectos como la relación entre obesidad y funcionamiento cognitivo general, lenguaje, memoria, aprendizaje y logros académicos la información disponible es menos rotunda. Por su parte, la disfunción ejecutiva está asociada a comportamientos relacionados con la obesidad tales como un incremento de la ingesta, una falta de inhibición en la alimentación y a menor actividad física.

Los estudios de neuroimagen también muestran alteraciones cerebrales ligadas a la obesidad. Un artículo de Antonio Convit de la New York University muestra que la obesidad y el síndrome metabólico (una combinación de hipertensión, resistencia a la insulina, poco colesterol HDL, niveles elevados de triglicéridos y mucha grasa en la cintura) están relacionados con peores resultados académicos, una corteza orbitofrontal y una corteza anterior del cíngulo anterior más finas, menor integridad de la sustancia blanca y una reducción del volumen del hipocampo.

Otro estudio de 38 niños a los que se hicieron resonancias magnéticas encontró que los niños con más peso tenían una conectividad más marcada en las zonas responsables de la impulsividad mientras que aquellos que comían menos tenían más conectividad en zonas que promueven la inhibición.

Uno de los temas sujetos a discusión es si los efectos sobre el cerebro son efecto de la dieta o del peso. El grupo de Baym realizó un estudio en 52 niños entre 7 y 9 años y encontró que los niños que comían más grasas saturadas tenían peores resultados en test de memoria relacionados con el hipocampo, independientemente de cuál era su índice de masa corporal. Por otro lado, una dieta rica en ácidos grasos omega-3 mejoraba la llamada memoria relacional, la que ayuda distinguir y recordar relaciones entre cosas e ideas. Por lo tanto parece que es más determinante la dieta que la obesidad en sí aunque la «tormenta perfecta» sucede cuando ambas cosas se combinan: exceso de peso y una dieta rica en azúcares y grasas saturadas, lo que tristemente es conocido como dieta occidental.

No es fácil estudiar la obesidad como un factor independiente. Los datos indican que los niños obesos tienen más problemas de salud, faltan a clase más a menudo, suelen pertenecer a familias de peor nivel socioeconómico y tienen que afrontar un cierto estigma social, factores todos que pueden afectar a su rendimiento escolar. Por eso es importante la aportación que hacen los estudios con animales de laboratorio, donde estas variables son eliminadas: estos estudios refuerzan la evidencia de que la obesidad cambia la estructura y la función del cerebro.

Otro tema importante es que no sabemos cuantificar el efecto de esos cambios: ¿cuánto disminuyen las notas, por ejemplo? Las diferencias no son enormes y es posible que esos déficits se pueden compensar con mayor esfuerzo pero debemos ser conscientes de que la memoria y el nivel cognitivo no afectan solamente a la vida escolar, son cruciales para el funcionamiento y desempeño del niño en todas las actividades de la vida diaria.

Las tres funciones ejecutivas clave son el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva. La función ejecutiva está afectada en los niños con obesidad y hace también referencia a temas como el control de los impulsos, la toma de decisiones y el saber trabajar con gratificaciones aplazadas en el tiempo. Los niños con sobrepeso muestran menor control inhibitorio que los niños con un peso normal por lo que les puede costar más renunciar a la comida basura y este peor control puede también afectar a su rendimiento escolar. Un estudio de Keita Kamijo y su grupo, con 128 niños de 7 a 9 años, con test centrados en leer, deletrear y realizar operaciones aritméticas, demostró que los niños con mayor índice de masa corporal y niveles de grasa superiores tenían peores resultados en pruebas que requerían control inhibitorio y solían tener peores calificaciones académicas.

Estamos empezando a entender qué hay en la obesidad o en la dieta que genere alteraciones cerebrales, que causen las disfunciones cognitivas y el peor rendimiento escolar. Se ha visto en estudios en animales de laboratorio que las dietas ricas en grasas saturadas y en azúcares debilitan la integridad de la barrera hematoencefálica, en particular en el hipocampo. Una barrera más permeable puede dejar pasar más sustancias tóxicas con el consiguiente daño cerebral y el efecto será mayor en el hipocampo, una región clave en la memoria y la función ejecutiva. Un mediador clave puede ser el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF) una proteína que influye en el apetito, las funciones ejecutivas y la toma de decisiones y es importante para el desarrollo neuronal y la memoria a largo plazo.

Los estudios en animales, a pesar de la homogeneidad genética y ambiental de los roedores utilizados en el laboratorio, muestran otro resultado interesante. Después de dar la llamada dieta occidental a las ratas no todas desarrollan obesidad, pero aquellas que sí lo hacen son las que tienen peores resultados en las pruebas de memoria espacial, una de las funciones del hipocampo. Es decir, al igual que sucede en los humanos, algunas de las ratas alimentadas con dieta occidental se vuelven obesas y otras no, pero las primeras muestran un deterioro en test sobre la función cerebral. La conclusión es que la grasa corporal no tiene porqué ser la responsable de los cambios cognitivos pero la combinación de obesidad con dietas ricas en grasa saturada y azúcar puede alterar los equilibrios químicos del tejido nervioso y eso, a su vez, generar los problemas cerebrales

Lógicamente una pregunta inmediata es si este daño puede ser revertido. Se ha conseguido entrenar el control inhibitorio para evitar comer de forma compulsiva. El mismo grupo de Liang usa programas informáticos en el cual los niños ven imágenes de la típica comida dañina y otros objetos y se les pide que pulsen una tecla con un «no» para indicar que no quieren esa comida. Parece que esta práctica ayuda luego en la mesa a resistir esa tentación y comer de manera más sana. Un estudio con adultos mostró una pérdida significativa de peso en comparación con controles al utilizar una técnica similar.

También interviene de forma crucial la familia. Las padres pueden ayudar a sus hijos a evitar la mala elección de comida si les apoyan en vez de si son demasiado controladores o les ponen en ridículo o les culpabilizan. Las mismas investigaciones mostraban que, si se seguían estas últimas tácticas, los resultados eran malos y los niños obesos comían muchos más caramelos, son estrategias contraproducentes.

Los adultos tenemos una zona cerebral, el lóbulo frontal, que se encarga de tomar las decisiones correctas, con cordura, juiciosas. En cierta manera durante la infancia los padres tenemos que hacer de lóbulo frontal de nuestros hijos porque el suyo aún no ha madurado, tenemos que animarles y felicitarles por hacer las cosas bien en la alimentación, tenemos que controlar el ambiente de la cocina y el comedor para que no esté repleto de tentaciones y tenemos que usar con inteligencia la organización de los menús y el tamaño de las porciones para favorecer una alimentación adecuada en cantidad y composición.

Otro factor clave es la actividad física, en particular el ejercicio aeróbico, que se ha visto promueve la función ejecutiva en niños con sobrepeso. Un estudio en 55 niños con sobrepeso

encontró que en solo seis semanas, siguiendo un programa riguroso de ejercicios deportivos, presentaban mejoras significativas en el control emocional y en la actividad visuoespacial frente a niños con sobrepeso y edad similar, que solo hacían ejercicio una vez a la semana. El problema es que no es más fácil conseguir que los niños hagan deporte que que dejen de comer dulces. Tenemos que desarrollar estrategias para aumentar la actividad física.

 

Para leer más:

  • Baym CL, Khan NA, Monti JM, Raine LB, Drollette ES, Moore RD, Scudder MR, Kramer AF, Hillman CH, Cohen NJ (2014) Dietary lipids are differentially associated with hippocampal-dependent relational memory in prepubescent children. Am J Clin Nutr 99(5): 1026-1032.
  • Hargrave SL, Davidson TL, Zheng W, Kinzig KP (2016) Western diets induce blood-brain barrier leakage and alter spatial strategies in rats. Behav Neurosci 130(1): 123-135.
  • Kamijo K, Khan NA, Pontifex MB, Scudder MR, Drollette ES, Raine LB, Evans EM, Castelli DM, Hillman CH (2012) The relation of adiposity to cognitive control and scholastic achievement in preadolescent children. Obesity 20(12): 2406-2411.
  • Liang J, Matheson BE, Kaye WH, Boutelle KN (2014) Neurocognitive correlates of obesity and obesity-related behaviors in children and adolescents. Int J Obes (Lond) 38(4): 494-506.
  • Lu S (2016) Obesity and the growing brain. American Psychological Association. http://www.apa.org/monitor/2016/06/obesity-brain.aspx
  • https://www.oecd.org/spain/Obesity-Update-2014-SPAIN.pdf