El 10 de agosto de 1519 una flotilla española formada por cinco barcos y al mando de un portugués, Fernando de Magallanes, partió del puerto de Sevilla. La tripulación estaba formada por 237 hombres, españoles, portugueses, genoveses. Exactamente tres años después, un único barco, 17 tripulantes, 4 timoreses y 23 toneladas de clavo y canela, más valiosas que el oro en aquellos momentos, volvieron a Sevilla al mando de un vasco de Guetaria, Juan Sebastián Elcano. El mundo por primera vez fue global, la primera vuelta al mundo se había completado y ya no quedaban océanos ignotos poblados de monstruos marinos. En esos tres años hubo motines, ejecuciones, empalamientos, naufragios, combates y una terrible hambruna. Pero el principal problema fue otro, fue el escorbuto.

El escorbuto se debe a una deficiencia en vitamina C. Esta molécula es abundante en los cítricos, muchas verduras y en la carne fresca pero los marinos pasaban meses alimentándose de carne salada, galletas y cereales. Entre ellos, el escorbuto no era un problema ocasional, era prácticamente la norma. La expedición de Vasco de Gama en 1499 perdió 117 de sus 170  hombres por el escorbuto. Elcano murió en otra expedición, la de García Jofre de Laoísa a las Molucas, también de escorbuto.  En esta expedición partieron 450 hombres y volvieron 24 tras pasar las de Caín. La de George Anson en 1740-1742 perdió dos tercios de sus hombres (1.300 de 2.000) en los primeros diez meses. En la Guerra de los Siete Años (1756-1763), la Marina británica enroló 185.000 tripulantes, de los cuales 133.700 murieron o son listados como “desaparecidos”, siendo el escorbuto la principal causa de esta terrible mortandad. Se calcula que entre 1500 y 1800, más de dos millones de marinos murieron de escorbuto. La vida a bordo no era fácil. Según el Dr. Samuel Johnson, más le valía a un hombre estar en la cárcel que  en un barco, porque en prisión tendría más espacio, mejor comida, “mejor compañía normalmente” y todo ello sin el riesgo de morir ahogado.

La primera gran expedición que consiguió no tener bajas por esta enfermedad nutricional fue la española comandada por Alexandro Malaspina. El médico de los expedicionarios, Pedro González, estaba convencido que la solución eran las naranjas y los limones y cargó todas las que pudo, reabasteciendo su aprovisionamiento cada vez que tocaban puerto. Tras pasar 56 días a mar abierto, solo tuvo un brote, que afectó a 5 marineros, uno de gravedad, pero que se curaron inmediatamente tras pasar tres días en Guam y conseguir fruta fresca. Los británicos, que lograron suplantar el poderío naval de España y mantenerlo hasta el siglo XX, no consiguieron repetir estos éxitos. Las ideas entre los cirujanos navales ingleses eran muy contradictorias. James Lind, cirujano naval del HMS Salisbury, había montado un experimento sencillo en el barco. Cogió 12 enfermos de escorbuto y a uno le dio rábanos, a otro sidra, a otro champiñones, a otro agua de mar, a otro ajos, a otro limones y a otro naranjas. Los que recibieron cítricos se curaron rápidamente y Lind escribió un “Tratado sobre el escorbuto”en 1753. Sus ideas tardaron en imponerse en parte porque también achacaba la enfermedad a la mala ventilación, el exceso de sal y al “bloqueo del sudor” en los climas fríos. Otros responsables del Almirantazgo pensaban, que lo que hacían falta eran ácidos y, por eso, si no había cítricos, recomendaban tratar a los enfermos con un aceite con ácido sulfúrico. Para otros, la explicación era que el escorbuto se debía a un problema de falta de higiene, disciplina laxa, baja moral e indolencia.  La expedición de Cook tuvo pocos casos y era un ejemplo de tener el barco como una patena pero se prestó menos atención a las grandes cantidades de comida fresca incorporadas en cada puerto de los Mares del Sur. Además Cook embarcó en el Endeavour grandes cantidades de col fermentada, el Sauerkraut de los alemanes, el único encurtido que mantiene un poco de vitamina C. Muchos barcos británicos llevaban en sus bodegas grandes cantidades de zumo de lima, pero aunque sea más ácida contiene mucha menos vitamina C que el limón y, además, el método de preparación del zumo eliminaba la mayor parte de ella, por lo que muchos capitanes no creían que los cítricos fuesen la solución. Las expediciones británicas tuvieron problemas hasta entrado el siglo XX. Las dos expediciones al Polo Sur de Robert F. Scott (1903 y 1911) sufrieron de escorbuto pero éste no lo incluyó en sus diarios, porque se asociaba, por esa relación equivocada con la suciedad y la vagancia, a un mal liderazgo. La expedición de Shackleton, esa gesta, un ejemplo de que se puede alcanzar la gloria en  medio del fracaso, también sufrió de escorbuto.

Los síntomas más conocidos de esta enfermedad carencial son los relacionados con los problemas en la síntesis de colágeno, una proteína que forma el armazón de muchos tejidos. Estos síntomas incluyen manchas en la piel (petequias), problemas en las encías, pérdida de dientes, hemorragias o dificultades para la cicatrización de las heridas. Urdaneta, compañero de Elcano en la expedición de Loaísa escribe

Toda esta gente que falleció (unos treinta desde la salida al océano) murió de crecerse las encías en tanta cantidad que no podían comer ninguna cosa y más de un dolor de pechos con esto; yo vi sacar a un hombre tanta grosor de carne de las encías como un dedo, y otro día tenerlas crecidas como si no le hubiera sacado nada.

Sin embargo, es curioso que en muchos relatos médicos, los primeros síntomas descritos sugieren que pueda existir una relación con el sistema nervioso. Así, entre las primeras sospechas que mencionan muchos cuadernos de bitácora está el malestar general, la letargia y la depresión. Hay también descripciones de otros cambios emocionales, de neuropatías, mialgias y convulsiones.

Un estudio del 2011 ha demostrado que las neuronas de la retina necesitan tener dosis muy altas de vitamina C para poder funcionar. La retina es parte del sistema nervioso central, es una especie de expansión del cerebro hacia los ojos. Ello sugiere que la vitamina C tiene una importancia en el sistema nervioso que anteriormente no se conocía.

El cerebro usa sustancias químicas para pasar información de una neurona a otra. La mayoría de esas moléculas son excitatorias, estimulan a la  siguiente neurona, pero existen también transmisores que son inhibitorios, que actúan como un freno a la actividad cerebral, siendo el GABA el más importante y el mejor conocido. Los receptores de GABA en las células de la retina dejan de funcionar cuando no hay suficiente vitamina C. Puesto que esta vitamina actúa como un antioxidante natural, puede ser que proteja a los receptores y a las propias células de una muerte temprana. Al funcionar mal el transmisor inhibitorio es posible que las neuronas se “recalienten”, muestren un exceso de actividad, algo que puede terminar en su muerte. La sobreexcitación neuronal puede generar convulsiones, tal como se ha visto en los casos avanzados de escorbuto.

A pesar de estos datos recientes, no se sabe bien cuál es la función de la vitamina C en el cerebro. Cuando la dieta no incluye esta vitamina, los niveles persisten en el cerebro más tiempo que en cualquier otra parte del cuerpo. Se piensa que quizá el cerebro es el último lugar donde nos podemos permitir una caída de vitamina C.

La investigación sobre el GABA se hizo en la retina de un pez, el carpín dorado, el animal más habitual en las peceras. Resulta curioso que para estudiar un problema relacionado con la conquista de los mares se utilizase un pez de agua dulce, pero es que el carpín, al igual que nosotros, los murciélagos, los simios, la capibara y el conejillo de Indias es incapaz de sintetizar por su cuenta vitamina C y se puede generar un estado carencial, algo muy parecido al escorbuto, en el laboratorio.

Para leer más:

  • Calero CI, Vickers E, Cid GM, Aguayo LG, von Gersdorff H, Calvo DJ. (2011)  Allosteric modulation of retinal GABA receptors by ascorbic acid. J Neurosci 31(26):9672-9682.