Salvador Dalí, uno de los pintores más impactantes del siglo XX, consideraba que el verdadero artista tenía que tener una visión amplia y polifacética, como en el Renacimiento, preocupándose por todos los ámbitos del conocimiento. Dalí era un ávido lector de libros y artículos científicos y tenía en su biblioteca numerosas obras de física, matemáticas, historia natural y biología. Sus cuadros incluyen temas tales como la energía atómica, la hélice de ADN o el ojo estereoscópico de las moscas.  Para el congreso de la Sociedad Española de Bioquímica que se celebró en Madrid en 1971 preparó un cuadro en el que representó el ADN como la escalera de Jacob que permite alcanzar el cielo e incorporó unos angelitos que correspondían a los ARN mensajeros. Sus famosos “relojes blandos” se han relacionado con la Teoría de la relatividad de Einstein y su idea de que el tiempo no es una variable fija, aunque Dalí lo negó ante una pregunta de Prigogine en un congreso celebrado en su castillo de Púbol. El científico -premio Nobel de Química en 1977- y el pintor se siguieron escribiendo durante años. En 1935, Dalí se describió a sí mismo como un pez nadando entre “las frías aguas del arte y las aguas calientes de la ciencia”.

A lo largo de su vida tuvo encuentros y conversaciones con algunos de los más famosos investigadores del mundo, buscando siempre cómo podrían imbricarse el arte y la ciencia y recibiendo la admiración de los investigadores. Se cuenta que James Watson, descubridor de la estructura en doble hélice del ADN, se dirigió al hotel St. Regis de Nueva York, en el que se hospedaba el artista, y le escribió esta nota: “La segunda persona más brillante del mundo desea conocer a la más brillante”. Dalí seguía en esa interrelación la estela de los artistas del Renacimiento, en especial de Leonardo da Vinci y al igual que él tuvo un gran interés por la descripción científica de la realidad, por la aplicación a la pintura de las nuevas teorías descubiertas por la investigación y por reflejar no solo la realidad sino también los mecanismos mentales, en particular los procesos oníricos. Por eso, dentro de los neurocientíficos de su época, había uno por el que Dalí tenía un especial interés: Sigmund Freud.

En los años 1920 Dalí leyó la obra de Freud titulada La interpretación de los sueños y entró en una nueva etapa pictórica, aplicándose los principios del psicoanálisis a sí mismo y convirtiéndose quizá en el más importante de los artistas surrealistas. Freud consideraba que la sublimación de las pulsiones era la fuente de las creaciones artísticas y Dalí inventó el llamado método paranoico-crítico para alcanzar el subconsciente y desde allí aumentar la creatividad. Así comienza Dalí, el capítulo “Cómo devenir paranoico-crítico” en su libro Confesiones inconfesables:

Yo soy porque deliro, y deliro porque soy. La paranoia es mi misma persona, pero dominada y exaltada a la vez por mi conciencia de ser. Mi genio reside en esta doble realidad de mi personalidad; este maridaje al más alto nivel de la inteligencia crítica y de su contrario irracional y dinámico. Derribo todas las fronteras y determino continuamente nuevas estructuras de pensar.

Breton y los demás surrealistas valoraban también enormemente la obra de Freud: liberar  la palabra de las trabas de la censura de nuestra racionalidad, dar alas a la realidad  psíquica que se manifiesta en los sueños, poner en cuestión los parámetros de lo que tanto en la vida social como en el arte se consideraba “realista”. El interés de Dalí por Freud se acrecentó al leer más sobre la mente y la enfermedad mental y buscó un encuentro con él. En sus memorias relata sus visitas a Viena y su interés en conocer personalmente al padre del psicoanálisis:

Mis tres viajes a Viena fueron exactamente como tres gotas de agua, faltas de reflejos que las hicieran brillar. En cada uno de estos viajes hice exactamente lo mismo: por la mañana, iba a ver el Vermeer de la colección Czernin, y por la tarde, no iba a visitar a Freud, porque invariablemente me decían que estaba fuera de la ciudad por motivos de salud.

Recuerdo con dulce melancolía haber pasado esas tardes vagando al azar por las calles de la antigua capital de Austria… Al anochecer mantenía largas y cabales conversaciones imaginarias con Freud; hasta me acompañó una vez y permaneció conmigo la noche entera pegado a las cortinas de mi habitación del Hotel Sacher.

Esa obsesión terminó dando sus frutos. En un escrito Dalí describe el “descubrimiento” que ha hecho sobre el cerebro de Freud:

Varios años después de mi último intento ineficaz de verme con Freud, hice una excursión gastronómica por la región de Sens, en Francia. Empezamos la comida con caracoles, uno de mis platos favoritos. La conversación recayó en Edgar Allan Poe, magnífico tema para acompañar el paladeo de los caracoles, y trató especialmente de un libro, recién publicado, de la princesa de Grecia, Marie Bonaparte, que es un estudio psicoanalítico de Poe. De pronto vi una fotografía del profesor Freud en la primera página de un periódico que alguien estaba leyendo junto a mí. Inmediatamente me hice traer el ejemplar y leí que el desterrado Freud acababa de llegar a París. No nos habíamos repuesto del efecto de esta noticia cuando lancé un grito. ¡En aquel mismo instante había descubierto el secreto morfológico de Freud! ¡El cráneo de Freud es un caracol! Su cerebro tiene la forma de una espiral -¡que hay que sacar con una aguja!-

Esa imagen del cerebro como un caracol, Dalí la usa en diferentes cuadros como en un  retrato de Picasso,
incluido en una serie de grandes sabios de la Humanidad, donde también se encuentra, como no, Freud. Prosigue su razonamiento en otras páginas indicando que si se quiere digerir un pensamiento, “hay que extraerlo con un palillo. De lo contrario se rompe y no hay nada que hacer; jamás llegaréis a desentrañarlo.”

In 1936, Dalí toma parte en Londres en la Exhibición Internacional del Surrealismo. Da una conferencia titulada “Fantasmas paranoicos auténticos” que imparte usando un traje y un casco de buzo. Puesto que se estaba asfixiando con aquella vestimenta, le tuvieron que quitar el casco, tras lo que inspiró aire con avidez y dijo “quería demostrar que me he sumergido profundamente en la mente humana.

Finalmente, el 19 de julio de 1938, Dalí consiguió encontrarse con Freud. Según cuenta Dalí en sus memorias Diario de un genio, el escritor Stefan Zweig –quien habría de ser, con Ernst Jones, uno de los dos únicos oradores en el funeral de Freud– fue quien posibilitó al pintor la visita anhelada que se realizó conjuntamente con el poeta Edward James y el propio Zweig.

Debía verme con Freud, finalmente, en Londres. Me acompañaban el escritor Stefan Zweig y el poeta Edward James. Mientras cruzaba el patio de la casa del anciano profesor vi una bicicleta apoyada en la pared y sobre el sillín, atada con un cordel, había una roja bolsa de goma, de las que se llenan de agua caliente, que parecía llena, y sobre la bolsa ¡se paseaba un caracol! La presencia de este surtido parecía extraña e inexplicable en aquel patio del domicilio de Freud.

Del encuentro, Dalí nos deja el siguiente relato:

Contrariamente a mis esperanzas, hablamos poco, pero nos devorábamos mutuamente con la mirada. Freud sabía poco de mi, fuera de mi pintura, que admiraba, pero de pronto sentí el antojo de aparecer a sus ojos como una especie de dandi del “intelectualismo universal”.

Supe más adelante que el efecto producido fue exactamente lo contrario.

“Antes de partir quería darle una revista donde figuraba un artículo mío sobre la paranoia. Abrí, pues, la revista, en la página de mi texto
y le rogué que lo leyera si tenía tiempo para ello. Freud continuó mirándome fijamente sin prestar atención a mi revista. Tratando de interesarle, le expliqué que no se trataba de una diversión surrealista, sino que era realmente un artículo ambiciosamente científico y repetí el título, señalándolo al mismo tiempo con el dedo. Ante su imperturbable indiferencia, mi voz se hizo involuntariamente más aguda y más insistente.

Al despedirse, Sigmund Freud pronunció una sola frase, dirigiéndose a Zweig, que quedó grabada para siempre en la mente de Dalí:

Nunca había conocido a tan perfecto prototipo de español. Qué fanático.

En su Diario de un genio, Dalí escribe que “el cerebro de Freud, uno de los más “sabrosos y de los más importantes de nuestra época, es, por excelencia, el caracol de la muerte terrestre.” Freud quien mantenía correspondencia con Zweig, le escribió:

Hasta ahora me inclinaba a pensar que los surrealistas, que parecen haberme elegido como santo patrón, eran unos locos absolutos (pongamos que el 95% como el alcohol). Pero el joven español, con sus ojos cándidos y fanáticos y su innegable maestría técnica, me ha sugerido otra apreciación y reconsiderar mi opinión.

Esa visita tuvo como producto un dibujo de Dalí, hecho al carbón: “Retrato de Freud”, donde Dalí plasma de nuevo la evocación de los caracoles de Borgoña en la cabeza de Freud y se lo da a Zweig para que se lo entregue a Freud. Cuenta Dalí que estuvo ansioso por conocer la reacción y la opinión del vienés sobre su dibujo. Sólo cuatro meses después, al encontrarse con Zweig en Nueva York, recibió una respuesta escueta, casi evasiva: “Le gustó mucho”, sin abundar en mayores detalles y pasando en seguida a otro tema. Tiempo más tarde, cuando Stefan Zweig se suicidó en Brasil, y al leer el final de su obra póstuma que el pintor nombra como “El mundo del mañana” (el libro de Zweig se titula en realidad “El mundo del ayer”), pudo comprender lo ocurrido con el retrato. Freud jamás había llegado a verlo. Stefan Zweig había mentido a Dalí pues  nunca se atrevió a mostrarle el retrato a Freud por temor a sobresaltarlo, pues pensaba que ese dibujo “presagiaba de manera clara la inminente muerte de Freud”, quien tenía ya entonces un cáncer en estado avanzado. Según dice Dalí en su diario íntimo, “sin darme cuenta dibujé la muerte terrestre de Freud, en ese retrato al carbón que hice un año antes de que muriera”.

Dalí estaba fascinado con el cambio de paradigma que para la ciencia supuso la mecánica cuántica. Inspirado en el principio
de incertidumbre de Werner Heisenberg, escribió un opúsculo titulado “Manifiesto de la antimateria”. En esa obra indicaba “En el periodo surrealista, quería crear la iconografía del mundo interior, del mundo de lo maravilloso, de mi padre Freud. Hoy, el mundo exterior y el de la física trasciende el de la psicología. Mi padre hoy es el Dr. Heisenberg.

Cuando Dalí murió, el 23 de enero de 1989, tenía varios libros de ciencia en su mesilla de noche.