“Nuestra Constitución… se llama democracia porque el poder no está en manos de unos pocos sino de la mayoría”

Tucídides II, 37.

Proyecto de constitución para Europa (2003)

Hoy es el Día de Europa. Dos amigos me retan a que escribamos un post a las 00.01 del 9 de mayo de 2010 hablando de este continente, de esta unión política, de este proyecto, de este sueño que llamamos Europa.

En la cumbre europea del año 2000 en Portugal, se estableció el llamado Compromiso de Lisboa, una declaración que afirmaba el objetivo común de “hacer de la Unión Europea la economía más dinámica y basada en el conocimiento del mundo, capaz de un desarrollo económico sostenible, con más y mejores puestos de trabajo, y una mayor cohesión social”. El Compromiso establecía una fecha para alcanzar dicho objetivo: el año 2010.

Al día de hoy, mayo de 2010, parece un sarcasmo, sobre todo lo de “más y mejores puestos de trabajo”. Evidentemente, esta declaración política se ha quedado en un montón de bonitas palabras, quizá porque los medios acordados (elevar la inversión en I+D+i hasta el 3% del PIB) no se han cumplido. Pero no han sido años perdidos y hemos avanzado más de lo que parece a simple vista. A pesar de la crisis, a pesar de los fracasos políticos, a pesar de los referéndum desmoralizadores, a pesar de la carencia de una política exterior integrada, a pesar de la ausencia de liderazgos claros, somos más Europa que hace diez años. Aún así, otros países sí han apostado de forma decidida por una economía basada en el conocimiento de forma mucho más contundente que los europeos. Países pequeños, con un gran potencial investigador, con una fácil transferencia de los resultados de la innovación a la cadena productiva, como Israel o Singapur, están vadeando la crisis económica con muchos menos problemas, con menos drama que entre nosotros y saldrán fortalecidos y mejor situados. Han hecho de la innovación la columna vertebral de su futuro. Y sin embargo, Europa tiene un enorme potencial para la innovación: sus universidades. degree diplom universidades innovaciónAunque Estados Unidos o Japón tienen magníficas universidades, la suma de las más de 1.000 universidades europeas capaces de conceder títulos de doctorado no tiene parangón en el mundo. Estados Unidos, aunque tiene entre 4.000 y 4.500 centros de educación superior tan solo posee entre 200 y 300 auténticas universidades investigadoras (ver post anterior).

La declaración de Lisboa, el desarrollo del Espacio Europeo de Educación Superior, la creación del Espacio Europeo de Investigación nacen del convencimiento de que el potencial universitario está desaprovechado, que el futuro solo se puede basar en la educación, la investigación y la innovación y que en esa particular “carrera” estamos por detrás de nuestros principales competidores. Sin embargo, eso no ha sido siempre así, en las primeras declaraciones estratégicas sobre el futuro de la Unión Europea, las universidades estaban ausentes. Solo en la presidencia británica del segundo semestre de 2005, Tony Blair resaltó la necesidad de modernizar las universidades como agentes de innovación. Sin embargo, muchos países no asumieron las recomendaciones del Consejo de Europa en su documento “Delivering on the Modernisation Agenda for Universities: Education, Research and Innovation”. Específicamente, rechazaron las implicaciones de la agenda, especialmente el compromiso de una mayor financiación a las universidades públicas, puesto que eso, se dijo, era un tema interno, nacional. Ese mismo año 2005 se revisó el Compromiso de Lisboa, se siguió manteniendo eso que cada vez parecía menos realista a pesar de una economía en franca expansión, alcanzar el 3% del PIB en I+D+i y se señalaron los siguientes temas como prioritarios:

  • Cambio climático
  • Energía limpia
  • Sanidad pública
  • Producción y consumo sostenible

A pesar de la diversidad de trayectorias de las universidades y los diferentes ideales de los países, las universidades siguieron impulsando un cuerpo conceptual común, plasmado en la Magna Charta Universitatum firmada en Bolonia en 1988 y que es una cristalización de esos valores comunes de las universidades europeas. Por otro lado, programas universitarios como los intercambios Erasmus y la financiación de la investigación por los llamados programas marco han contribuido a cambiar el mapa del continente. Ello ha tenido un impacto en las propias universidades, aumentando las colaboraciones científicas internacionales especialmente entre los grupos más potentes y ambiciosos y también ha cambiado el mapa de la sociedad, con una nueva economía, mayor flexibilidad laboral y eliminación de muchas fronteras “mentales” tras la desaparición de los bordes físicos.

Estamos mucho mejor que hace diez años y, sin embargo, queda un largo camino por recorrer. Según la Comisión Europea, las universidades han fallado a la hora de desarrollar su potencial para la innovación. Las razones para ese fracaso han sido, según van Vught (2009);

  • uniformidad e igualitarismo en los sistemas universitarios nacionales (ver post anterior sobre esta igualdad en la mediocridad, basada en mismas condiciones laborales y nula movilidad)
  • fragmentación nacional (un ejemplo pueden ser nuestros 17 sistemas universitarios, uno por Comunidad autónoma)
  • demasiada monodisciplinariedad (alguien que “salte” de especialidad puede comprometer seriamente su carrera académica en España mientras que en los Estados Unidos se fomenta esa interdisciplinariedad entre los más jóvenes)
  • ausencia de programas de reciclaje y mejora de los profesionales (“lifelong learning”)
  • ausencia de espíritu emprendedor por parte de los graduados
  • dependencia económica de las universidades frente a los gobiernos
  • ausencia de autonomía real
  • exceso de regulación administrativa (ver el Blog de Antonio Arias).

Los estudios sobre nuestra producción científica también muestran que hay poca investigación de primer nivel.

Es difícil establecer una solución para esta situación. Hace falta un nuevo modelo de gobernanza de las universidades. Es necesario pasar de la demanda nacional sobre innovación a la demanda europea. En algunas áreas va a ser necesaria  una buena coordinación. Temas como e-Salud, Industria Farmacéutica, medio ambiente, Energía, Transporte y Logística, Seguridad, TICs necesitarán una política acordada, pues solo tienen sentido con normas comunes para la Unión Europea. Y podremos demostrar nuestro verdadero potencial, la capacidad innovadora del Viejo Continente.

Algunos programas europeos como las Plataformas Tecnológicas Conjuntas, las Iniciativas Tecnológicas, los Programas Coordinados.. van formando parte de la realidad europea, aunque solo en las élites de las universidades. Antonio Arias comenta el desánimo de muchos universitarios por la burocracia europea y los esfuerzos por ponerlo remedio. Es verdad. Sevach comenta en su blog el Derecho Público en la Unión Europea y la necesidad de acompasar el paso entre los veintisiete estados, pero también cómo es una de las maravillas del Derecho, una realidad creada por constructores de mundos. También es cierto. Los programas coordinados de investigación chocan con problemas en los estándares de regulación de cada país, el uso y justificación de los recursos públicos y los derechos de propiedad intelectual. Hay que trabajar por tanto en los temas económicos y en los legales al mismo tiempo que vamos desarrollando la innovación desde los grupos universitarios.

Y hará falta dinero. Por poner algunas cifras, la Iniciativa sobre Medicina Innovadora tiene 2.000 millones de euros de presupuesto, la mitad proveniente de la industria farmacéutica y la otra mitad de la Comisión Europea. Puede parecer una cantidad enorme pero solo en 2006 una universidad americana (el MIT) recibió de un único financiador gubernamental (el Departamento de Defensa) 639,5 millones de dólares. Es difícil competir contra eso. Pero lo podemos hacer, porque la suma de nuestras economías sigue siendo el líder de este planeta. Y porque nos va mucho en ello.

Leer más:

  • Van Vught, F. (2009) The EU innovation Agenda: Challenges for European Higher Education and Research. Higher Education Management and Policy. vol. 21/2.
  • Winckler, G. (2010) Innovation strategies of European universities in the triangle of education, research and innovation.  En University Research for Innovation (L.E. Weber y J.J. Duderstadt, eds.Economica, Londres.