Es asombroso lo poco que sabemos de los trastornos depresivos. Hay dudas desde el enfoque científico, si los medicamentos realmente hacen algo y como actúan, al filosófico: ¿es la depresión una enfermedad? No hay consenso en qué es lo que causa una depresión y menos aún en cuál es el mejor modo de salir de ella. Lo que no cabe duda es que es un gran negocio. Entre 1988, el año siguiente a la aprobación por la FDA del Prozac, y el año 2000, el uso de antidepresivos se triplicó. El 2005, a uno de cada diez norteamericanos le habían recetado un antidepresivo. El año 2008, según IMS Health, una empresa de “inteligencia farmacéutica”, se habían prescrito en EEUU 164 millones de recetas de antidepresivos,a unos 30 millones de personas, con un coste de 9.600 millones de dólares. En España, el coste se estima, según Tecnociencia, superior a los 745 millones de euros anuales (el coste en antidepresivos pasó de 100 millones en 1994 a 602 en 2003).

El National Institute of Mental Health estima que más de 14 millones de norteamericanos sufren de depresión mayor y unos tres millones más de depresión menor (con síntomas más leves pero una duración superior a dos años). En España, varias fuentes hablan de 4 a 6 millones de personas afectadas y es la segunda causa, tras la enfermedad común, de baja laboral. Un estudio reciente (Mykletum et al., 2009) indicaba un aumento del riesgo de mortalidad entre las personas con depresión similar al de los fumadores. Pero no todas las visiones son puramente económicas o epidemiológicas. Un libro, “Manufacturing Depression”, por Gary Greenberg, psicólogo clínico, considera que estos números son una farsa trágica, no porque la gente no esté deprimida sino porque, según él, en la mayoría de los casos su depresión no es un trastorno mental, sino una respuesta sana a un mundo aberrante. Básicamente, Greenberg considera que hemos convertido en enfermedades cosas naturales como la melancolía o la tristeza y que la invención de los antidepresivos diseñados para liberar a la gente de estos síntomas es una conspiración de las farmacéuticas para pegar una cara sonriente sobre un mundo que nos da suficientes motivos para sentirnos mal. Según Greenberg, esta actuación coordinada va destinada a convencernos de que lo que tenemos es un desequilibrio químico, no un problema existencial. Greenberg critica también a la psiquiatría actual, en pleno proceso de la revisión del DSM (ver post anterior), indicando que los profesionales están ampliando los criterios diagnósticos con lo que más y más personas quedarán etiquetadas como afectados por una enfermedad o trastorno mental. Ello tendrá consecuencias para las compañías aseguradoras, el sistema judicial, las pensiones, los costes de la sanidad. Y aunque él no lo diga, para la imagen que tenemos, como sociedad, de nosotros mismos.

Leer más:

  • Greenberg, G. (2010) Manufactoring Depression. The secret history of a modern disease. Simon & Schuster, Nueva York.
  • Mykletum et al. (2009) Brit. J. Psychiat. 195: 118-125.

Posteriormente, he escrito otro post sobre los primeros síntomas de una depresión.