Las feromonas son moléculas mensajeras producidas por distintos grupos de animales que se dispersan en el aire con el objetivo de generar una respuesta en otros individuos de la misma especie. Hasta 2010, más del 90 por ciento de la literatura científica sobre feromonas trataba sobre insectos, pero claro, también nos interesa qué pasa en seres más parecidos a nosotros. En la mayoría de los mamíferos terrestres, las feromonas son detectadas por el epitelio olfativo o el órgano vomeronasal y procesadas por diversas estructuras posteriores, como la amígdala media y el hipotálamo, para regular los comportamientos y las respuestas endocrinas. Son fundamentales en la cohesión social y la supervivencia.

La primera sorpresa es que no sabemos si existen feromonas en los seres humanos y si hay un sistema por el cual algunas moléculas alteran específicamente el estado de ánimo, el comportamiento o la excitación fisiológica de otras personas. En contra está el hecho de que no desarrollamos o es vestigial el órgano vomeronasal, que es una pequeña estructura que detecta las feromonas en otras especies de mamíferos. A favor el que hay una serie de efectos conductuales que se asemejan mucho a los de las feromonas en otros grupos. Quizá las detectemos no con un sistema especializado sino con el más generalista sistema olfativo.
Todos tenemos un olor propio, una marca al parecer tan específica como las huellas dactilares o nuestro perfil inmunológico. Cuando entramos en una habitación nuestro cuerpo emite un rastro oloroso. Hay quien lo identifica como a moho, rancio, a leche, aceitoso, metálico o animálico, que son algunos de los términos que los expertos en olfacción utilizan para clasificar diferentes tipos de olor corporal natural y específico de cada ser humano. Esas diferencias explican que un sabueso pueda seguir el rastro personal de alguien que ha pasado por un camino entre miles de otros rastros.
En los seres humanos, las feromonas pueden estar presentes en secreciones corporales como la orina, el semen o las secreciones vaginales, la leche materna y, potencialmente, también en la saliva y el aliento, aunque hasta ahora la atención se ha centrado en el sudor axilar. Los olores corporales humanos ejercen una serie de efectos similares a las feromonas, como desencadenar respuestas conductuales innatas, modular los niveles endocrinos, señalar información social y afectar al estado de ánimo y la cognición. Paralelamente, los resultados de estudios de imagen cerebral sugieren que los olores corporales evocan actividades neuronales en zonas cerebrales distintas de las observadas con olores comunes no sociales.

Las secreciones de la axila se originan en las glándulas sudoríparas y en las glándulas sebáceas. Las secreciones son inodoras, pero el sudor apocrino adquiere olor tras interactuar con la microbiota de la piel. La dispersión de ese olor está modulada por varios factores, como las capas de ropa, la temperatura de la axila, la superficie total de vello, los movimientos de los brazos y la proximidad de la nariz. Aunque el olor a sobaco nos parece en general desagradable, el sudor axilar contiene los olorosos 16-androstenos. Uno de estos compuestos esteroideos, la androstadienona, derivada de la testosterona, está presente en concentraciones mucho más elevadas en el sudor masculino y puede ser detectado por las mujeres, aunque con grandes variaciones, algunas son mucho más sensibles que otras. La aplicación en el labio superior de una mujer de una dosis farmacológica de androstadienona mejora el estado de ánimo y aumenta la concentración, sobre todo para captar información emocional. Un estado de ánimo positivo facilita la respuesta sexual de la mujer y una mayor concentración mejora la satisfacción sexual. De hecho, algunos estudios muestran un efecto beneficioso de la androstadienona sobre el deseo sexual y la excitación. Sin embargo, estos efectos dependen del contexto, por ejemplo, de la presencia cercana de un hombre. No basta solamente con la molécula.
Otro de estos compuestos candidatos a feromonas humanas es el esteroide similar al estrógeno estratetraenol, que se ha encontrado en la orina femenina. En un estudio previo de tomografía por emisión de positrones, se vio que oler androstadienona y estratetraenol activaba regiones que incluían los núcleos sexualmente dimórficos del hipotálamo anterior, y que esta activación se diferenciaba con respecto al sexo y al compuesto. Las mujeres heterosexuales y los hombres homosexuales muestran activación hipotalámica en respuesta a la androstadienona, pero no los hombres heterosexuales. La máxima activación se observó en el área preóptica medial/hipotálamo anterior, que, según estudios en animales, es una región muy implicada en el comportamiento sexual. A diferencia de las posibles feromonas, los olores comunes se procesaron de forma similar en los tres grupos de sujetos y sólo afectaron al cerebro olfativo (amígdala, cortezas piriforme, orbitofrontal e insular). Estos resultados demuestran que nuestro cerebro reacciona de forma diferente a las posibles feromonas en comparación con los olores comunes, y sugieren un vínculo entre la orientación sexual y los procesos neuronales hipotalámicos.

¿Y qué es lo que hacen estas posibles feromonas? Las pruebas preliminares sugieren que la exposición a la androstadienona en las mujeres favorece la evaluación del atractivo de los posibles compañeros. También se ha visto que el juicio sobre cualidades como dominación o fertilidad, dos aspectos claves en el éxito evolutivo en el pasado, pueden ser modulados por estas sustancias emitidas por nuestro cuerpo. Por tanto, los 16-androstenos, en particular la androstadienona, desempeñarían un papel beneficioso en el estado de ánimo, la concentración y la respuesta sexual de las mujeres, y quizá también en la selección de pareja.
Un ejemplo puede ser un experimento de Wen Zhou y sus colegas, publicado en 2014 sobre percepción de género. Los participantes observaban un video en el que unos puntos en movimiento estaban dispuestos para dar la idea de un humano caminando y se les preguntaba si pensaban que la silueta correspondía a un hombre o una mujer. Zhou encontró que los hombres heterosexuales tenían una mayor probabilidad de considerar femenina a la figura mostrada cuando olían una solución que contenía estratetraenol, mientras que las mujeres heterosexuales tendían a identificarlo como masculino si olfateaban androstradienona. De nuevo, los hombres homosexuales respondían de la misma manera que las mujeres heterosexuales. Por lo tanto, parece que estas posibles feromonas «sexualizan» nuestra interpretación del mundo que nos rodea.
Otro ejemplo de la modificación del comportamiento fue un trabajo de Yin Wu y su grupo en la Universidad Politécnica de Hong Kong donde se pidió a 76 hombres heterosexuales participar en un experimento de gratificación retrasada en el que podían elegir entre ver una imagen sexualmente explícita de una mujer atractiva inmediatamente por un tiempo corto o esperar y ver la imagen durante más tiempo. La exposición a bajas concentraciones de estratetraenol incrementaba la disposición a esperar y ver las fotos sexys durante más tiempo. Wu considera que puede ser una evidencia de que el estratetraenol incrementa la motivación sexual entre los hombres heterosexuales.

La mayor parte del interés sobre feromonas y humanos ha estado del lado de la atracción sexual de otras personas, un tema que nos fascina y por el que caemos en todas las trampas del consumo, pero hay otros campos sumamente interesantes como el contagio emocional. Este proceso automático e inconsciente, en el que los individuos imitan las emociones de los demás y se sincronizan con ellas, es un aspecto fundamental de la empatía. Es un fenómeno multisensorial y en él interviene la vía olfativa, marcada por las posibles feromonas; la vía auditiva, que incluye chirridos y vocalizaciones ultrasónicas específicas; la vía visual, que abarca los movimientos de observación y las expresiones faciales y la vía táctil, que subraya la importancia de las interacciones físicas y el tacto socioafectivo en la modulación de los estados emocionales. Quizá en los próximos años trabajaremos sobre el contagio emocional entre animales, humanos e inteligencia artificial, para desarrollar un futuro más integrado y más empático.
Para leer más:
- Robson D (2024) The peculiar discoveries reviving the search for human pheromones. New Scientist 23 de enero https://www.newscientist.com/article/mg26134751-300-the-peculiar-discoveries-reviving-the-search-for-human-pheromones/
- Savic I, Berglund H, Lindström P (2005) Brain response to putative pheromones in homosexual men. Proc Natl Acad Sci U S A 102(20): 7356-7361.
- Verhaeghe J, Gheysen R, Enzlin P (2013) Pheromones and their effect on women’s mood and sexuality. Facts Views Vis Obgyn 5(3): 189–195.
- Ye Y, Lu Z, Zhou W (2021) Pheromone effects on the human hypothalamus in relation to sexual orientation and gender. Handb Clin Neurol 182: 293-306.
- Yu D, Bao L, Yin B (2024) Emotional contagion in rodents: A comprehensive exploration of mechanisms and multimodal perspectives. Behav Processes 216: 105008.
- Zhou W, Yang X, Chen K, Cai P, He S, Jiang Y (2014) Chemosensory communication of gender through two human steroids in a sexually dimorphic manner. Curr Biol 24(10): 1091-1095.




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