Los elefantes tienen fama de tener buena memoria. Hay evidencias anecdóticas de dos elefantes reconociéndose 23 años después de haber coincidido durante unos meses en el mismo circo. Otro era capaz de recordar la localización de hasta treinta miembros de la misma manada y otros paquidermos son capaces de memorizar rutas hacia fuentes alternativas de alimentos y agua cuando se secan sus zonas habituales y recorrerlas bastantes años después. La realidad, sin embargo, es que mayoritariamente son referencias sin un análisis científico adecuado y no hay estudios fiables de cuánto duran sus memorias ni cuál es su capacidad de reconocer diferencias ni hasta que punto son capaces de discriminar entre estímulos parecidos.

La especie más estudiada es sin duda la nuestra y ahí lo tenemos claro: nuestra memoria es larga, podemos recordar detalles de nuestra infancia más de siete u ocho décadas después y podemos distinguir entre cientos o miles de lugares, experiencias o personas. Un ejemplo puede ser una de esas fotos de los compañeros de clase, de los anuarios de la escuela, de las orlas de la facultad. Si hacemos el ejercicio podemos ver que muchos años después somos capaces de poner nombre a muchos de aquellos compañeros con los que coincidimos en el colegio o en la universidad, aunque en muchos casos no nos hemos vuelto a ver.
Las personas muestran un sorprendente grado de variación en su capacidad para identificar y recordar caras, que va desde el nivel de azar hasta la precisión perfecta. Estas diferencias individuales son estables en pruebas repetidas, se generalizan de una tarea de identificación de caras a otra y representan una habilidad cognitiva específica que es disociable de la inteligencia general y de la capacidad de procesamiento visual de objetos; es decir, puedes ser muy bueno recordando rostros y un desastre en casi todo lo demás. Además, los estudios de gemelos revelan que esta capacidad es altamente heredable. En conjunto, estas pruebas indican que la capacidad de recordar caras es un rasgo cognitivo estable con una base biológica y que se puede medir de forma fiable.
La capacidad de recordar facial tiene una distribución normal, y las personas que se encuentran en el extremo superior, los «superreconocedores», muestran capacidades extraordinarias. Se calcula que representan el 2-3% de la población general. Los superreconocedores podrían contribuir sustancialmente a la comprensión científica de la identificación de caras y ayudarnos a identificar los mecanismos cognitivos, perceptivos y neuronales que subyacen a la identificación precisa de una persona. También pueden hacer importantes contribuciones prácticas trabajando en funciones de identificación facial aplicada para reducir los porcentajes de error en el cumplimiento de la ley, en juicios penales y en tareas de gestión de identidades críticas para la seguridad, como puede ser la identificación de terroristas en busca y captura.
Un método para encontrar superreconocedores consiste en administrar pruebas cognitivas de capacidad de identificación facial y comparar el rendimiento de las personas con el de una población normativa. La prueba más utilizada para recordar caras es el Cambridge Face Memory Test. Es un test psicométrico calibrado que pretende dar medidas fiables de la capacidad de una persona en tres fases: una primera consiste en recordar caras entre otras distintas, la segunda presenta las imágenes con cambios en la iluminación o el ángulo de la fotografía y la tercera con ruido visual incluido artificialmente. Este test se utiliza en la investigación académica y la contratación de profesionales.
Los humanos somos una especie peculiar y surge la duda de si otras especies próximas tendrán esa misma capacidad memorística, recordar caras muchos años después. Laura Lewis trabajó como estudiante investigadora en el zoo de Carolina del Norte y allí estableció una relación amistosa con un chimpancé llamado Kendall. El animal, cuando se encontraban, agarraba las manos de la muchacha con delicadeza y miraba extasiado sus uñas. Laura marchó aquel verano a África a trabajar con babuinos y a la vuelta, cuatro meses después, tenía dudas de si Kendall se acordaría todavía de ella. Cuando entró en la zona donde este habitaba, el chimpancé corrió hacia ella y le hizo un gesto para que le alargara las manos, quería volver a ver sus uñas.

Lewis trabaja con primates mostrándoles imágenes en una pantalla. Mientras miran, una cámara de infrarrojos sigue los movimientos oculares de los animales, lo que le permite medir los distintos aspectos de su atención: qué miran, cuánto tiempo miran y si prestan más atención a las imágenes de unos individuos que a las de otros. «No perjudica en absoluto a los animales», afirma. «Probablemente ni siquiera saben que están siendo rastreados por la cámara de infrarrojos».
Como la participación es voluntaria, pueden pasar horas antes de que un chimpancé o bonobo se siente tranquilamente frente al dispositivo de seguimiento ocular para que Lewis pueda realizar un experimento. «Tenemos que esperar a que los animales terminen sus interacciones sociales para empezar el experimento», explica. «Tenemos que ser muy pacientes». Para animarles a que vayan a la zona de registro, Lewis pone unos botes con zumo de frutas y unas pajitas que asoman del enrejado justo enfrente de las cámaras. El animal se acostumbra a ir allí a por el «aperitivo» y Lewis aprovecha para estudiar sus reacciones.
Lewis y su grupo de investigadores decidieron utilizar el mismo procedimiento y analizar la memoria de los simios y estudiar si los bonobos y chimpancés, nuestros parientes más cercanos, tenían la capacidad de recordar los rostros de congéneres. Para ello realizaron un seguimiento ocular de mirada preferente en cuatro poblaciones de simios de tres países, un total de 26 animales. El procedimiento fue registrar, con el sistema de infrarrojos, dónde miraban los bonobos y chimpancés cuando se les mostraban en paralelo dos imágenes de dos animales, uno desconocido y otro conocido, con el que había convivido durante un año o más y que había muerto o había sido trasladado a otra instalación después de esa convivencia. Los estímulos de este estudio consistían en fotografías estáticas en color en primer plano de 600 × 600 píxeles de caras de congéneres que miraban de frente con expresiones faciales neutras. El tiempo transcurrido desde que los sujetos vieron por última vez a sus anteriores compañeros de grupo fue de al menos 9 meses, pero varió considerablemente entre los distintos emparejamientos.

En primer lugar, los investigadores documentaron la memoria no humana más duradera descubierta hasta la fecha, basándose en el hecho de que cada animal mira más tiempo la imagen de un conocido, un antiguo compañero de grupo, que a la de un extraño. En un caso, una bonobo llamada Louise reconoció más de 26 años después a su hermana Loretta y a su sobrino Erin, lo que es un récord fuera de nuestra especie. Estos resultados indican que, al menos para algunos grandes simios no humanos, la longevidad de la memoria social puede ser muy larga, relativamente similar a la de los seres humanos, que comienza a disminuir después de quince años, pero puede persistir hasta al menos 48 años después de la separación.
A continuación, investigaron varias propiedades clave de la memoria social de los simios. Los simios mostraron sesgos de atención hacia las caras de individuos a los que no habían visto desde hacía décadas. Te les imaginas pensando ¿qué habrá sido de él? No encontraron pruebas de que la memoria de reconocimiento disminuyera sustancialmente en los intervalos de tiempo incluidos en los análisis, ya que la duración de la separación no influyó en los sesgos atencionales. También encontraron pruebas significativas pero débiles de que, al igual que los humanos, los simios pueden recordar la calidad o el contenido de estas relaciones pasadas: los sesgos de mirada de los simios eran más fuertes hacia los individuos con los que tenían historias más positivas de interacción social. En otras palabras, parecían recordar más a los amigos que a los enemigos.

El recuerdo de rostros no es exclusivo de los primates. Las avispas de papel (Polistes fuscatus) suelen vivir en grupos de una docena de individuos, aunque a veces pueden llegar a tener hasta 100. Todos los miembros del grupo comparten nidos en forma de paraguas, a menudo construidos bajo los aleros de los tejados. Christopher M. Jernigan ha visto que, dentro de sus grupos sociales, estos insectos reconocen a todos los compañeros de nido que comparten el mismo olor, pero también son capaces de identificar a los miembros del grupo por los patrones de color únicos de sus caras. Estas avispas utilizan el reconocimiento facial para saber básicamente quién es quién y mantener jerarquías, de forma similar a lo que vemos en muchos sistemas de primates. Las avispas son animales inteligentes con una compleja vida social y, al igual que nosotros, dependen de esas vidas sociales para desarrollarse con normalidad.
La memoria de individuos de la misma especie no usa solo información visual: los bonobos reconocen las vocalizaciones de sus compañeros de grupo durante al menos 5 años, pero la mayor longevidad de la memoria de los rostros plantea la intrigante posibilidad de que los componentes visuales de la memoria de reconocimiento se vean favorecidos para el recuerdo o sean más resistentes a la degradación que los componentes auditivos.
No solo los primates tienen capacidad para una larga memoria. Se ha visto que los delfines son capaces de recordar vocalizaciones de hace más de veinte años o que los cuervos guardan en la memoria información sobre las personas que les han engañado y también pueden rememorar la calidad de las relaciones, lo que posiblemente indica una evolución convergente.
Una característica evidentemente imprescindible para tener una larga memoria es ser longevo. Además. una buena memoria es un beneficio para un animal de larga vida, ya que lo hará más adaptable a circunstancias excepcionales, tiene una mayor probabilidad de haber vivido algo similar en el pasado, y recordar las experiencias pasadas y los individuos con los que has interaccionado puede ser extremadamente útil para sobrevivir. Vale tanto para un elefante que recuerda donde había comida en un período anterior de sequía como para una chimpancé que recuerda a otro chimpancé que agredió a una de sus crías o un humano que recuerda las experiencias vividas con sus amigos de la escuela.
La memoria de rostros de los primates probablemente está relacionada con la calidad e importancia de nuestras relaciones sociales, nos encanta la compañía, nos movemos felices en grupos numerosos, tenemos que cooperar y con algunos conocidos perdemos contacto durante mucho tiempo, pero luego nos volvemos a reencontrar. Nuestra impresionante memoria de rostros nos proporciona probablemente la herramienta para el desarrollo de complejas relaciones de cooperación que operan a lo largo de amplios periodos de tiempo, incluso con amplios intervalos de separación entre medias. Así pues, la memoria duradera de los compañeros de grupo, especialmente de los más cercanos, puede haber contribuido a la estabilidad de las relaciones de los primeros humanos y facilitado la evolución de sistemas culturales cooperativos que se extienden a través del tiempo, el espacio y los límites del grupo.
Para leer más:
- Jernigan CM, Zaba NC, Sheehan MJ (2021) Age and social experience induced plasticity across brain regions of the paper wasp Polistes fuscatus. Biol Lett 17: 20210073.
- Lewis LS, Wessling EG, Kano F, Stevens JMG, Call J, Krupenye C (2023) Bonobos and chimpanzees remember familiar conspecifics for decades. Proc Natl Acad Sci U S A 120(52): e2304903120. doi: 10.1073/pnas.2304903120.
- Martinez H, Massari P (2022) The ways that dominance shapes who gets recognized—and who doesn’t—among primates. Harvard Griffin GSAS News 15 de junio https://gsas.harvard.edu/news/attention-and-great-apes
- Ritchie J (2009) Fact or Fiction?: Elephants Never Forget. Sci Am https://www.scientificamerican.com/article/elephants-never-forget/
- Zimmer C (2023) Chimps Can Still Remember Faces After a Quarter Century. The New York Times 18 de diciembre. https://www.nytimes.com/2023/12/18/science/chimpanzee-memory-faces.html



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