Efecto fiebre y autismo

Una madre me decía: «somos unos malos padres. Cuando mi hijo, que tiene autismo, tiene fiebre por cualquier cosa, un catarro, una pequeña infección, esperamos unas pocas horas antes de darle el apiretal. Disfrutamos tanto ese rato, verle con ese cambio, ser la mejor versión de él mismo, que lo retrasamos un poco, son unas horas que nos dejan felices y culpables».

Ruth Christ Sullivan publicó por primera vez informes anecdóticos sobre los beneficios de la fiebre en 1980 en Parents Speak, su columna en el Journal of Autism and Developmental Disorders. Otro autor contó de un brote de infección de las vías respiratorias superiores en una guardería del Hospital Bellevue. Los niños autistas que estaban allí internados y tuvieron fiebres entre 38,8 y 40,5 grados C socializaron con otros niños y adultos como nunca los habían visto antes. La mayoría de las mejoras desaparecieron unos días después, cuando la temperatura volvió a la normalidad. También ha habido informes ocasionales de mejoras breves pero muy notables tras procedimientos estresantes, como una extracción de sangre .

La llamativa mejora del comportamiento en niños autistas aquejados de fiebre es un fenómeno que desconcierta a los investigadores pues no tenemos una explicación clara. Lo que sabemos es que durante un brote de fiebre, bastantes personas con autismo se vuelven más comunicativas y abiertas y mejoran en sus síntomas. La mejora tiene diferentes aspectos en diferentes niños. Los cambios más comunes son estar más tranquilo, menos estereotipias, mejor sueño, más concentración… Siempre es una mejoría de síntomas, nunca una cura del autismo.

Un estudio prospectivo que comparaba el comportamiento de los niños con TEA durante fiebres superiores a 38 grados frente al comportamiento de niños con TEA y sin fiebre pidió a las familias su colaboración. Los padres observaron menos irritabilidad, menos hiperactividad, menos actos repetitivos y menos habla inapropiada durante el período con fiebre. Estas diferencias no dependían del estado de letargo, la intensidad de la fiebre ni la gravedad de la enfermedad. La publicación de este estudio generó una avalancha espontánea de informes de otros padres sobre el efecto de la fiebre en el alivio del autismo y otros trastornos.

Las referencias que se encuentran en la literatura son bastante parecidas: «Los cambios que se producen en estos niños autistas son… dramáticos y parecen más bien una metamorfosis en la que el niño autista se convierte repentinamente en casi normal. Estos niños experimentan un mayor estado de alerta, una disminución del aislamiento social y comportamiento autolesivo, un aumento del comportamiento verbal y un intento de intento de acercarse y comunicarse con los adultos».

En otra descripción: «Cuando los autistas tienen una fiebre moderada, invariablemente muestran patrones de comportamiento normales, incluyendo un mayor deseo o capacidad de comunicarse». Los cambios más llamativos suceden cuando la temperatura corporal aumenta entre 1,5 y 2,5 grados.

Es comprensible el interés de las familias tras estas experiencias. Se hicieron algunas pruebas metiendo a los niños en una sauna, una sala de vapor o en baños calientes, pero no hubo resultados consistentes. No es lo mismo subir la temperatura externa que tener fiebre, donde se ponen en marcha diversos mecanismos del sistema inmunitario.

Otro dato es que la respuesta a la fiebre no es similar en todos los niños con TEA. Un estudio del grupo de Catherine Lord describió las características de los jóvenes que tienen más probabilidades de experimentar el efecto fiebre. El equipo examinó los datos de 2.152 niños con autismo que participaron en el proyecto de investigación Simons Simplex Collection. Los padres de 362 niños, el 17%, informaron de que sus hijos o hijas habían experimentado el efecto fiebre. Como grupo, esos niños también tenían menos habilidades cognitivas no verbales, menos lenguaje y más comportamientos repetitivos que los niños que no experimentaron el efecto fiebre. Otros estudios han encontrado que el número de niños beneficiados era mayor, del 30-40% o incluso del 80%.

Dentro de ese grupo que sí presenta cambios positivos hay un grupo que mejora unas horas antes de la aparición de la fiebre y son los que tienen las mejoras más notables durante la fiebre y los más propensos a tener efectos duraderos después de que la fiebre disminuya. Son en torno 10% de los que tienen el ‘efecto fiebre’.

No sabemos cuál puede ser el mecanismo para esa relación entre fiebre y mejora de los síntomas del autismo. Una posibilidad es un efecto directo de la subida de la temperatura. La fiebre aumenta la temperatura del cerebro humano mucho más que el calor ambiental. Las neuronas requieren mucha energía y generan un calor considerable. Un aumento de un grado centígrado acelera el metabolismo de las neuronas en un 11% por lo que el hipotálamo regula estrechamente las temperaturas del cuerpo y del cerebro y las mantiene entre 36,6 y 37,1 C y usa métodos como la sudoración, la vasodilatación o las tiritonas para mantenerlo bajo control. Cuando una infección bacteriana o vírica requiere que el hipotálamo aumente la temperatura corporal hasta un nuevo punto de referencia llamado fiebre, los mecanismos de enfriamiento se suprimen. Cuando la temperatura se estabiliza en el nuevo punto de referencia, el de la fiebre, el flujo sanguíneo a la piel vuelve a equilibrar la ganancia y la pérdida de temperatura, y el niño no siente ni frío ni calor. Cuando la fiebre se desploma (crisis febril) los vasos sanguíneos de la piel se dilatan bruscamente y la sudoración es profusa.

Una segunda posibilidad son las proteínas de choque de calor. Las personas producen estas proteínas durante la fiebre para proteger las células del daño.

Una tercera explicación son los cambios en el sistema inmunitario que a su vez actuarían sobre el sistema nervioso. En un estudio con ratones, publicado en 2020 en Nature, los investigadores descubrieron que, en unos experimentos que imitan una infección bacteriana, se libera una molécula inmunitaria llamada IL-17a que suprime la actividad de una pequeña región de la corteza cerebral vinculada a los déficits de comportamiento social en modelos animales. Los investigadores comenzaron estudiando ratones que presentaban alteraciones de comportamiento debido a la exposición a la inflamación durante la gestación. Inyectaron a estos ratones un componente bacteriano llamado LPS, que induce una respuesta febril, y descubrieron que las interacciones sociales de los animales volvían temporalmente a la normalidad. Este efecto sobre el comportamiento no es necesariamente el resultado de la fiebre, sino el resultado de la producción de citoquinas. Lo fascinante de esta comunicación es que el sistema inmunitario envía directamente sus mensajeros al cerebro, donde funcionan como si fueran moléculas cerebrales, para cambiar el funcionamiento de los circuitos y la forma de los comportamientos.

Otra posible explicación son los aminoácidos. La glutamina es normalmente el aminoácido más abundante en la sangre, pero su concentración es sistemáticamente baja en el plasma de los niños con TEA, y a menudo baja en su cerebro. Los niños con un alto nivel de glutamina en el cerebro debido a alteraciones en el ciclo de la urea raramente muestran un comportamiento autista.

En infecciones leves experimentales, disminuye la concentración de aminoácidos plasmáticos, sobre todo de glutamina. Los aminóacidos liberados de los músculos por el catabolismo de sus proteínas son tomados ávidamente por parte de las células inmunitarias, el hígado y el cerebro. Sin embargo, los músculos liberan sus aminoácidos libres mucho antes de que sus proteínas se descompongan por la fiebre.

La glutamina liberada por los músculos sirve como combustible provisional durante la pérdida de apetito (anorexia) que acompaña a la fiebre. La glutamina es un combustible alternativo para las neuronas y astrocitos del cerebro, especialmente durante la hipoglucemia. La glutamina es también precursora de la arginina el único sustrato del óxido nítrico, que actúa como vasodilatador y también como neurotransmisor atípico.

La taurina es otro aminoácido candidato. Es el aminoácido que se pierde más en la orina de los niños autistas. De hecho, algunos autores han propuesto que la taurina es el primer aminoácido (y el más seguro) para suplementar en estos niños, a la luz de la gran cantidad de taurina presente en el cerebro fetal normal y en la leche materna, y la utilidad de la taurina en la desintoxicación del amoníaco. La taurina no es usada como combustible, pero es transportada a las células excitables, incluidas las neuronas.

Si la fiebre libera glutamina y taurina de los músculos, ¿qué tienen en común estos aminoácidos? Lo más obvio es que ambos son osmolitos orgánicos primarios del cerebro. La taurina se libera del cerebro al líquido cefalorraquídeo para reducir la inflamación provocada por distintos agentes, especialmente el amoníaco. La taurina, al igual que la glutamina, transporta y liga agua.

Una quinta posibilidad es que el factor decisivo en el efecto fiebre sea precisamente el agua. El agua es extraída/transportada desde la mielina cerebral y los astrocitos por los osmolitos glutamina y taurina liberados desde los músculos y el cerebro. El factor decisivo en el retorno del comportamiento autista después de la fiebre sería el retorno del agua.

Finalmente, el fenómeno de la fiebre sugiere que el autismo es una «encefalopatía dinámica crónica»; es decir, que el cerebro está afectado de una manera que no es constante y puede haber oportunidades para una mejora sustancial.

Para leer más:

  • Good P (2017) Simplifying study of fever’s dramatic relief of autistic behavior. Clin Nutr ESPEN 17:1-7.
  • Grzadzinski, R., Lord, C., Sanders, S. J., Werling, D., & Bal, V. H. (2017). Children with autism spectrum disorder who improve with fever: Insights from the simons simplex collection. Autism Research : Official Journal of the International Society for Autism Research, doi:10.1002/aur.1856
  • Lorenzen A (2022) El enigma del efecto febril en el autismo. Mente y Cerebro febrero-marzo. https://www.investigacionyciencia.es/revistas/mente-y-cerebro/el-reto-de-medir-la-inteligencia-852/el-enigma-del-efecto-febril-en-el-autismo-20660
  • Reed MD, Yim YS, Wimmer RD, Kim H, Ryu C, Welch GM, Andina M, King HO, Waisman A, Halassa MM, Huh JR, Choi GB (2020) IL-17a promotes sociability in mouse models of neurodevelopmental disorders. Nature 577(7789): 249-253.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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