Tratamiento del autismo mediante inyecciones intravenosas de inmunoglobulinas

Hay evidencias de la presencia de anomalías en el sistema inmunitario en niños con autismo. Entre ellas se encuentran diferencias en los niveles de células T, de células B, de las células asesinas naturales (NK) y en el sistema del complemento.

La terapia de inmunoglobulina intravenosa (IGIV) se ha utilizado en una serie de síndromes de inmunodeficiencia primaria (como terapia de sustitución) y en trastornos autoinmunes e inmunoinflamatorios (como terapia inmunomoduladora), incluyendo la polineuropatía desmielinizante, el síndrome de Guillain-Barré y la esclerosis múltiple. La IGIV se ha sugerido como un posible tratamiento para el TEA. Sin embargo, no ha habido ensayos controlados aleatorios que examinen este tratamiento en niños y adolescentes con autismo y establezcan su seguridad y eficacia.

A finales del siglo XX tres grupos de trabajo examinaron la eficacia de la IGIV en niños con autismo:

Gupta y colaboradores (1996) analizaron el sistema inmunitario de 25 niños, de entre 3 y 12 años, con autismo. Los investigadores examinaron simultáneamente las células T, las células B, las células NK y los niveles séricos de IgM, IgA, IgE, IgG1, IgG2, IgG3 e IgG4 en estos niños con TEA. La conclusión general es que el sistema inmunitario estaba totalmente descompensado, pero sin que se presentase una situación común en los distintos niños estudiados. Tanto los niveles séricos de IgM como de IgE estaban aumentados en 14 de 25 (56%) de los pacientes. Dos niños tenían una deficiencia selectiva de IgE. Cinco de 25 (20%) pacientes tenían deficiencia de IgA sérica, 2 tenían deficiencia selectiva de IgA y los otros 3 tenían niveles bajos de IgA sérica. Cinco de 25 (20%) de los pacientes tenían niveles bajos de subclases de IgG. La deficiencia de subclases de IgG no se limitó a ninguna subclase, se observaron niveles bajos de IgG1 (1), IgG2 (1), IgG3 (1) e IgG4 (2). Dos pacientes tenían niveles elevados de IgG1.

Resultados similares se observaron en las poblaciones celulares. La proporción total de células T (CD3+) estaba disminuida en 4 de los 25 niños (16%) pero solo un paciente mostraba esa disminución en números absolutos. En comparación los números absolutos de células T (CD3+) estaban aumentados en 9 de los 25 pacientes (36%).

Con respecto a los linfocitos B CD20+, el 60% de los niños con autismo mostraba una alteración en la proporción de estas células, una afectación que subía al 64% cuando se tenían en cuenta los valores absolutos. Doce de 25 (48%) tenían una disminución en la proporción de linfocitos B CD20+ y 3 de 25 (12%) tenían un aumento de esa proporción relativa. Los números absolutos de células B CD20+ disminuyeron en uno y aumentaron en 5 de los 25 niños.

Con respecto a las células natural killer, 11 niños (45%) tenían una disminución y 2 de los 25 (8%) tenían un aumento de la proporción de células NK CD3-CD16+. Los números absolutos de estas células eran más bajos en 6 de 24 niños (25%) y más altos en 3 de 24 (12%) de los niños con autismo.

Una vez comprobada esa alteración del sistema inmunitario, en 10 niños con autismo y parámetros inmunitarios anómalos de entre 3 y 12 años se hizo un estudio de 6 meses de duración con tratamientos de IGIV cada cuatro semanas. Los autores del estudio concluyeron que un 50% de los niños presentaban una notable mejoría de los síntomas del autismo. El grado de mejoría se asignó con símbolos arbitrarios de + a + + + para una mejoría que iba de leve a intensa. Según ellos, se observó en la mitad de los niños un cambio consistente (aunque variable) en un comportamiento social más tranquilo y mejorado, un mejor contacto visual, la pérdida de ecolalia y la respuesta a las órdenes. El habla mejoró en términos de mejor articulación y vocabulario; aunque apenas se vieron efectos en el habla significativa espontánea en la mayoría de los pacientes. Sin embargo, ese estudio tenía serios problemas de diseño: no había grupo control, la valoración de la mejoría era subjetiva, no se hizo doble ciego y no se hicieron medidas ni un seguimiento que permitieran medir objetivamente esos cambios y su evolución.

Plioplys (1998) hizo un estudio de un grupo de 10 niños con autismo y parámetros inmunitarios anormales, según se veía en muestras de sangre. Sus edades oscilaban entre los 4 y los 17 años y dos eran niñas y ocho niños. Ocho de los pequeños (1 mujer y 7 varones) habían sufrido una regresión autista. Se administró IGIV, cada 6 semanas en un tratamiento de cuatro infusiones. En cinco niños, no hubo ningún cambio detectable en el comportamiento durante el programa de tratamiento. En cuatro niños, se observó una leve mejora en la capacidad de atención y la hiperactividad. En ninguno de estos niños los padres consideraron que la mejora fuera suficiente para justificar la continuación de las inyecciones más allá de la finalización del programa.  En los cuatro niños que mostraron leves mejoras, los autores del estudio comentaron que estas podían haberse debido simplemente a los efectos inespecíficos de la intervención del médico y a las expectativas de los padres (es decir, el efecto placebo). Sin embargo, en un niño se produjo una mejora muy significativa de los síntomas autistas, con una mejora casi total de los síntomas autistas durante el periodo de las cuatro inyecciones. No hubo características en su historia clínica o en los parámetros de laboratorio distintivas en este niño  que explicasen esa mejoría.  Sólo en uno de los niños se produjo una mejora muy significativa Una vez finalizado el programa de tratamiento, este niño se deterioró gradualmente durante un período de 5 meses y volvió completamente a su nivel de autismo anterior. La conclusión del estudio fue que dada una tasa de respuesta positiva de sólo el 10%, a que esa mejora fuese transitoria y a los elevados costes económicos de las evaluaciones inmunológicas y los tratamientos con inmunoglobulina intravenosa, el uso de la IGIV  para tratar a los niños autistas sólo debería llevarse a cabo con gran precaución, y únicamente dentro de un proyecto de investigación, no como un tratamiento generalizado.

Del Giudice-Asch y cols (1999) analizaron un grupo de 7 niños, de entre 3 y 6 años, con autismo y parámetros inmunitarios no comprobados, a los que se hizo un tratamiento durante seis meses con inyecciones mensuales de IGIV. Ninguno de los niños estudiados mostró  una mejora significativa en ninguno de los comportamientos analizados.

Finalmente, la IGIV puede causar problemas serios.  Se han notificado acontecimientos adversos graves tras estos tratamientos tales como insuficiencia renal, trombosis vascular y meningitis. Es recomendable que los nuevos usos clínicos de la IGIV se sometan a ensayos bien controlados antes de que se utilicen en la práctica médica, debido a los problemas de seguridad y al coste elevado de este tratamiento. Melissa DeFilippis concluía en 2018 que las pruebas disponibles no apoyan el uso de la IGIV como tratamiento del TEA y esa parece ser la situación también al día de hoy.

Para leer más:

  • DeFilippis M (2018) The Use of Complementary Alternative Medicine in Children and Adolescents with Autism Spectrum Disorder. Psychopharmacol Bull 48(1): 40–63.
  • DelGiudice-Asch G, Simon L, Schmeidler J, Cunningham-Rundles C, Hollander E (1999) Brief report: a pilot open clinical trial of intravenous immunoglobulin in childhood autism. J Autism Dev Disord 29(2): 157–160.
  • Gupta S, Aggarwal S, Heads C (1996) Brief report: dysregulated immune system in children with autism: beneficial effects of intravenous immune globulin on autistic characteristics. J Autism Dev Disord. 1996;26(4):439–452.
  • Plioplys AV (1998) Intravenous immunoglobulin treatment of children with autism. J Child Neurol 13(2): 79–82.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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