Autismo y trastornos alimentarios

En 1983, el psicólogo Christopher Gillberg planteó una pregunta provocadora a los lectores del British Journal of Psychiatry: ¿Podrían el autismo y la anorexia nerviosa compartir las mismas causas? La curiosidad de Gillberg procedía en parte de un detalle casual: sus observaciones de tres niños autistas cuyas primas padecían este trastorno alimentario, que se caracteriza por una alimentación muy restrictiva, bajo peso corporal, un miedo intenso a engordar y una imagen corporal distorsionada.

Gillberg, profesor de psiquiatría de la infancia y adolescencia de la Universidad de Gotemburgo (Suecia), llegó a decir que la anorexia es la «forma femenina del autismo».

Christopher Gillberg

Aunque esa idea no ha tenido apenas respaldo, distintas evidencias sí sugieren que puede haber una relación entre trastornos alimentarios y el autismo: los estudios demuestran que las personas con anorexia tienen más probabilidades de ser autistas (el 20 por ciento de las personas con anorexia son autistas ) que las que no la padecen. Por otro lado, la anorexia nerviosa tiene la tasa de mortalidad más alta de todas las condiciones psiquiátricas, por lo que el acceso a un tratamiento eficaz es primordial

Ambas condiciones son raras -alrededor del 1 % de las personas son autistas y el 0,3 % tiene anorexia- y la mayoría de las investigaciones hasta ahora han examinado la prevalencia del autismo en las personas con anorexia, y no a la inversa. Por ejemplo, entre 60 mujeres que recibían tratamiento para un trastorno alimentario en una clínica del Reino Unido, 14 de ellas, es decir, el 23%, obtuvieron una puntuación por encima del límite de diagnóstico en una prueba de diagnóstico de autismo llamada ADOS. Del mismo modo, alrededor de un tercio de las personas con anorexia han sido diagnosticadas de autismo, según un estudio de larga duración que ha seguido a 51 personas con anorexia y 51 controles en Suecia desde la década de 1980. Debido a los cambios en la forma de diagnosticar el autismo, algunos participantes cumplían los criterios de diagnóstico en un momento dado y en otros no, pero los enfermos de anorexia tienden a tener mayor puntuación en una prueba de dificultades de comunicación social que los controles.

Los estudios poblacionales confirman esta relación. Los niños con dificultades sociales a los 7 y 11 años son más propensos que sus compañeros sin esas dificultades a tener conductas alimentarias desordenadas, como el ayuno incontrolado o el uso de pastillas para adelgazar, a los 14 años, según datos de más de 5.000 niños nacidos en el Reino Unido. Y entre 1,7 millones de personas del registro nacional de salud de Dinamarca, la probabilidad de tener autismo es más de 15 veces mayor entre las personas con anorexia que entre las que no la padecen; asimismo, las personas autistas tienen más de cinco veces la probabilidad de tener anorexia que las no autistas. Tener depresión también aumenta la probabilidad de tener autismo en esta cohorte, por lo que no está claro si el autismo tiene una relación específica con la anorexia o simplemente aumenta la probabilidad de tener una condición psiquiátrica.

Analizar el solapamiento entre ambos trastornos es complicado porque la inanición puede provocar cambios cerebrales que dan lugar a comportamientos similares al autismo, como aislamiento social y problemas en el procesamiento de las emociones. Entre 40 chicas adolescentes sometidas a un tratamiento intensivo contra la anorexia, por ejemplo, 21 obtuvieron una puntuación superior al límite de diagnóstico en la ADOS, pero solo los padres de 4 de ellas dijeron haber visto rasgos de autismo en la infancia. Esto sugiere que, para la mayoría de las niñas, el trastorno alimentario había provocado nuevos comportamientos que se asemejaban a los síntomas del autismo, que no habían sido detectados anteriormente, aunque también es posible que el autismo de las niñas se haya pasado por alto en la infancia.

La anorexia implica un enfoque perjudicial sobre el peso y la imagen corporal, pero las personas con autismo pueden restringir su alimentación por otras razones, como la dificultad para afrontar emociones difíciles o tener ciertas aversiones a la comida. En el caso de algunas personas con autismo, los trastornos alimentarios pueden tener su origen en comportamientos restringidos y repetitivos que adoptan la forma de un interés intenso, como el recuento de calorías, el ejercicio o la insistencia en una dieta limitada.

Los trastornos alimentarios suelen comenzar en la adolescencia, cuando la vida social tiende a volverse más compleja. En un estudio cualitativo de mujeres autistas con anorexia algunas utilizaban el objetivo de la delgadez como forma de encajar en los grupos de iguales de los que se sentían excluidas. Este tipo de explicación emocional puede ser particularmente común entre las niñas con autismo no diagnosticado, que pueden experimentar una vida interior dolorosa sin el apoyo adecuado. La restricción calórica puede ser una forma de gestionar la ansiedad y la infelicidad agudas.

Hay quien duda que sea exactamente anorexia. Una condición llamada trastorno por evitación/restricción de la ingesta de alimentos (ARFID, por sus siglas en inglés), añadida al Manual de Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en 2013 (DSM-5), puede ser el diagnóstico más apropiado para algunas personas autistas que tienen bajo peso o problemas para comer. Las personas con ARFID, a veces llamadas «maniático extremo con la comida» (extreme picky eating), también implica la evitación de la comida, pero no incluye el intenso enfoque en el peso y la imagen corporal que se observa en aquellos con anorexia.

La dificultad para identificar las emociones -llamada alexitimia- y para comprender las sensaciones físicas, como el hambre, también pueden contribuir a la relación entre autismo y trastornos alimentarios; la alexitimia es común tanto en el autismo como en la anorexia. Los investigadores saben menos sobre la medida en que otros trastornos alimentarios, como la bulimia y el trastorno por atracón, aparecen en las personas autistas, aunque algunos sospechan que también existe una relación. Además, la mayoría de las investigaciones realizadas hasta ahora se han centrado únicamente en niñas y mujeres, ya que al contrario que el autismo, los trastornos alimentarios están infradiagnosticados en los niños y los hombres.

Los autistas con trastornos alimentarios suelen tener peor evolución en su anorexia que sus compañeros no autistas. Esto puede deberse en parte a los tratamientos que no se adaptan a las necesidades de los autistas o que se centran demasiado en el peso y la imagen corporal. La terapia para los trastornos alimentarios suele implicar consultas médicas y estancias en el hospital. Las personas en tratamiento, por ejemplo en centros de día, suelen tener que comer en grupos, que pueden ser ruidosos y abrumadores, lo que dificulta aún más la alimentación de las personas con autismo. Muchas personas autistas tienen problemas para acudir a las consultas médicas debido a sus sensibilidades sensoriales, como la aversión a las luces fluorescentes brillantes o los olores particulares. La terapia de grupo también puede ser difícil para algunos autistas. Un cambio que puede ayudar es permitir a las personas con autismo comer solas si lo prefieren. Como en otras cosas de la vida cotidiana es adaptarnos un poco a ellos y no pretender que ellos se adapten en todo a nosotros.

Según los expertos, es importante que los médicos que tratan los trastornos alimentarios sean conscientes de la superposición, ya que muchas de las personas que tratan pueden tener un autismo no detectado. Es común, por ejemplo, que mujeres con ambas afecciones busquen servicios relacionados con un trastorno alimentario u otro problema de salud mental antes de que se les diagnostique el autismo: la edad media del diagnóstico de anorexia en un grupo era de 17 años, pero la edad media del diagnóstico de autismo era de 29 años.

Recientemente se ha estudiado cómo viven las personas con autismo y los profesionales el abordaje de los trastornos alimentarios. La investigadora del estudio, Charli Babb, estudiante de posgrado de la Universidad de Cardiff, en Gales, tuiteó: «Entrevistamos a mujeres autistas, padres y clínicos para ayudarnos a entender las experiencias de las mujeres autistas en los servicios de #trastornosalimentarios.» Babb y sus colegas encontraron «diversas barreras a las que se enfrentan las mujeres autistas cuando están en tratamiento para la anorexia nerviosa, y éstas se acentuaron por la falta de comprensión del autismo dentro de los servicios de trastornos alimentarios». Desgraciadamente en este mundo hiperespecializado en el que estamos un profesional puede saber mucho de su campo y muy poco de los demás, aunque como en este caso estén relacionados. A una mujer con autismo le dijeron que dejase de andar de puntillas y hacer estereotipias con los brazos porque pensaban que estaba intentando quemar calorías. En el artículo, los investigadores concluyeron: que «la investigación futura debería centrarse en el desarrollo de intervenciones en materia de anorexia nerviosa que estén específicamente dirigidas y/o sean apropiadas para las personas autistas y para aquellas con altos niveles de rasgos autistas.»

Para leer más:

  • Babb C, Brede J, Jones CRG, Elliott M, Zanker C, Tchanturia K, Serpell L, Mandy W, Fox JRE (2021) ‘It’s not that they don’t want to access the support . . . it’s the impact of the autism’: The experience of eating disorder services from the perspective of autistic women, parents and healthcare professionals. Autism 15:1362361321991257. doi: 10.1177/1362361321991257.
  • Dattaro L (2020) Anorexia’s link to autism, explained. Spectrum https://www.spectrumnews.org/news/anorexias-link-to-autism-explained/

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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