Cuida de mis hermanas

Los insectos solitarios no tienen un comportamiento maternal; es decir, ponen sus huevos en algún lugar adecuado pero normalmente no se preocupan más de cuidar o proteger a su puesta, se alejan o mueren. Sin embargo, algunos hacen algo más sofisticado, buscarles un «canguro», un cuidador que se encargue de atender y proteger a la descendencia. Hemos visto el caso de la mariquita, secuestrada por la madre de la larva que la convierte en un zombi, pero hay más casos y se han visto en distintos tipos de asociaciones entre orugas, la fase inmadura de muchos insectos, y avispas.

La avispa del género Glyptapanteles pica con su ovopositor a una oruga de primero o segundo instar de la polilla de la especie Thyrinteina leucocerae. Estas orugas se alimentan del follaje de varios árboles de la familia Myrtaceae como la guayaba y el eucalipto. Tras perforar la piel de la oruga, la avispa le inyecta con rapidez un chorro de huevos. A los pocos minutos la oruga se recupera rápidamente del asalto y sigue con lo que estaba haciendo que, en general, es comer. Así mientras la oruga se alimenta y sigue creciendo, los huevos eclosionan y las larvas de la avispa empiezan a alimentarse de los tejidos internos de la oruga, que sigue creciendo y se sigue desarrollando hasta llegar al estadio 4º o 5º. Han pasado en torno a dos semanas y entonces hasta 80 larvas perfectamente desarrolladas emergen del interior de la oruga, salen al exterior y se preparan para pupar, para iniciar la siguiente fase que le llevará a convertirse en avispas adultas.

La pupa es el penúltimo estadio por el que pasan algunos insectos en el curso de la metamorfosis antes de transformarse en imagos, los adultos. Las larvas buscan un sitio cerca de la oruga, una hoja o una ramita y empiezan a tejer cada una de ellas un pequeño capullo. A diferencia de los estadios previos, el de pupa es un estadio de aparentemente inactividad, aunque el animal está sufriendo una profunda reorganización interna en la que, por ejemplo, se absorben los órganos juveniles, surgen las patas y las antenas y aparece la típica organización en tres segmentos: cabeza, tórax y abdomen. Las pupas de muchos insectos no se alimentan y suelen estar inmóviles por lo que su mayor problema es que son fácil presa para muchos depredadores. Algunas pupas como las crisálidas de las mariposas se ocultan entre el follaje; otras, como las de algunas polillas se entierran en el suelo; otras pupas se envuelven en capullos o mantienen la capacidad de desplazamiento como las de los mosquitos, pero quizá nada supera en sofisticación a los animales que estamos viendo ahora, las larvas de la avispa Glyptapanteles.

Todas las larvas que han salido de la oruga empiezan a formar cada una su capullo, formando un grupo llamado pupario pero una, o a lo sumo dos de las larvas se quedan dentro de la oruga y se ponen a controlar el comportamiento del maltrecho animal. No se sabe bien cómo lo hacen pero desde ese momento, la oruga deja de alimentarse, no se desplaza y se queda cerca del pupario, normalmente con su cuerpo arqueado por encima de las pupas y sujeta a la rama por un par de sus propatas abdominales. Si un predador se acerca, la oruga mueve la cabeza y la parte anterior del cuerpo de una forma violenta, arriba y abajo, una y otra vez. Ese intenso latigueo, diez veces más frecuente en las orugas que han sido parasitadas que en las que no, asusta a los posibles depredadores que en muchos casos se marchan y no se acercan al pupario y en otros casos se caen de la rama al ser golpeados. En el caso de las orugas parasitadas, los depredadores llegan a contactar con las pupas en solo el 35% de las interacciones. Si retiramos la oruga, los depredadores alcanzan las pupas en el 85% de las ocasiones. Si la oruga no ha sido parasitada no responde a la presencia del depredador, que incluso llega a caminar por encima de ella sin que ésta muestre ninguna respuesta, sin que haga esos llamativos movimientos; es decir, la oruga sin parásito no muestra una respuesta de alejamiento o defensa, son las jóvenes avispas las que consigue que modifique su comportamiento.

El cambio es muy probablemente bioquímico. Justo antes de la egresión de las larvas parasitoides los niveles de hormona juvenil, de ecdisteroides y de algunos neurotransmisores, como por ejemplo la octopamina, se incrementan en la oruga. Con respecto a la larva que se encarga del control final de la oruga no está claro si al final llega a pupar como las demás o se sacrifica por sus hermanas. Es algo que todavía debe ser investigado.

En un ensayo de campo se vio que las pupas son atacadas por varias especies de hormigas, por insectos cazadores como el chinche Supputius y por cuatro especies de avispas hiperparasitoides, es decir que parasitan a estas avispas parásitas. Si se retiraba la oruga el número de pupas devoradas o desaparecidas era del doble que si la oruga «canguro» seguía defendiendo a las pupas. No había diferencias en la defensa frente a los hiperparasitoides pero también se vio que eso no representaba un factor importante en la mortalidad de las avispas parásitas, no son el principal problema. Por último, la oruga parasitada no presenta ese comportamiento si las larvas no han salido todavía de su cuerpo, la última larva, al ver salir a sus hermanas, debe poner en marcha un “interruptor” que genere ese comportamiento extraño.

Podría argumentarse que estos comportamientos anómalos benefician tanto a las pupas de la avispa como a la oruga porque tanto unos como la otra sufrirán menos ataques por parte de los depredadores. Sin embargo, la oruga «canguro» muere poco después de que la nueva generación de avispas emerja de sus pupas. Por tanto, lo que podría ser una mayor supervivencia para las orugas durante el período de pupación de las avispas no resulta en ninguna ganancia para las orugas. En realidad, ha dado de comer a las avispas con su cuerpo, las ha protegido con sus últimas fuerzas y, con eso, su vida llega a su fin.

 

Para leer más:

  • Grosman AH, Janssen A, De Brito EF, Cordeiro EG, Colares F, Fonseca JO, Lima ER, Pallini A, Sabelis MW (2008) Parasitoid increases survival of its pupae by inducing hosts to fight predators. PLoS One 3:e2276. 10.1371/journal.pone.0002276

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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