Señales químicas y autismo

Los trastornos del espectro del autismo (TEA) tienen entre sus características diagnósticas los problemas para la comunicación y la interacción social. El ejemplo típico es la dificultad para entender las expresiones faciales o el lenguaje corporal de otras personas, pero además de estos aspectos mediados por el sistema visual puede haber otros sentidos afectados y, de hecho, se ha visto recientemente que está afectada la interpretación de señales químicas, de los olores producidos por el cuerpo humano.

Los mamíferos terrestres nos basamos en el olfato para conocer las emociones de otros individuos de nuestra misma especie. Las quimioseñales sociales de los seres humanos llevan información variada sobre la persona que las emite incluyendo su edad, estado de salud, nivel de agresividad, estado de felicidad o de miedo y pueden actuar subliminalmente para influir en la actividad cerebral, el estado hormonal, la selección de pareja, la alerta sexual, el vínculo con los niños y el estado general psicológico y emocional.

Un grupo de investigadores del Instituto Weizmann de Israel se ha planteado que el TEA pueda tener alterado el sistema de interpretación de señales químicas utilizado para la comunicación social. Endevelt-Shapira y sus colaboradores se plantearon que vivir sin esas señales, algo que ellos denominaban «anosmia social», podía ser una desventaja pero, en su opinión, con efectos limitados, ya que las informaciones visual y auditiva pueden compensar sobradamente la pérdida de la información química. Sin embargo, vivir con esas señales distorsionadas en vez de sin ellas, algo que ellos denominaban «disosmia social», podría ser devastador. La hipótesis de su grupo es que una parte de la lectura anómala de las emociones por parte de las personas con TEA se puede deber a una disosmia social.

Aunque el olfato no es el sentido dominante en los seres humanos como sí es en muchas otras especies de mamíferos, nosotros detectamos subliminalmente y reaccionamos a ciertos olores, como por ejemplo el olor a miedo. El equipo investigador israelí realizó una serie de experimentos con voluntarios con TEA de alto funcionamiento, en el lado más favorable del espectro. En primer lugar, comprobaron las habilidades de los participantes con TEA y controles para identificar olores, tales como el del sudor y vieron que no había diferencias entre personas normotípicas (pNT) y personas con TEA (pTEA) a la hora de la detección explícita y percepción de quimioseñales sociales. Es decir el sentido del olfato funcionaba a la hora de detectar estas quimioseñales. Los humanos rastreamos constantemente y subliminalmente el olor corporal de otras personas. Un mecanismo típico del que no solemos ser conscientes es oler nuestra mano después de estrecharla con un extraño. Después de observar a 18 varones con TEA, los investigadores vieron que ese olisqueo de la propia mano era dos veces más común en las personas con TEA que en los normotípicos y la duración de cada episodio se cuadriplicaba en los pTEA frente a lo que sucedía en pNT. Asumiendo que oler la propia mano después de estrecharla con alguien es una forma de explorar el olor corporal de otra persona los investigadores hicieron a continuación un experimento para ver si podían identificar el olor diferente utilizando dos muestras de una persona y una tercera de otra. No hubo diferencias entre NT y TEA.

En cuarto lugar los investigadores recogieron sudor de ocho hombres que participaban en clases de paracaidismo (olor a miedo) y el sudor de otros ocho varones voluntarios que caminaban en un estado de calma (olor control). Los niveles de cortisol eran significativamente mayores en los paracaidistas sugiriendo que sí se había producido la inducción de miedo. A continuación pidieron a 15 pNT y 15 pTEA que valorasen esos olores corporales. El sudor en situación de miedo fue valorado como menos agradable, más intenso y que denotaba miedo frente al olor corporal control. Tras observar que los pTEA exploraban espontáneamente las quimioseñales de forma similar a los pNT, que eran igualmente capaces de detectar y discriminar olores corporales de distintas personas y asociaban un cambio perceptual explícito con el olor del miedo, los investigadores israelíes decidieron analizar si las quimioseñales sociales eran capaces de influir sobre la alerta del sistema nervioso autónomo y el comportamiento.

Aquí aparecieron diferencias. Ninguno de los dos grupos (pNT y pTEA) manifestó notar diferencias entre los dos olores corporales, miedo y control, ninguno era capaz de distinguir una muestra y otra, pero sus cuerpos reaccionaron de manera diferente. En el grupo control, el sudor con olor a miedo producía una respuesta medible en la sensación de miedo, algo que se podía detectar por ejemplo en la conductividad de la piel, mientras que el sudor normal no generaba esa respuesta. En las pTEA, el sudor con olor a miedo bajaba la sensación de miedo mientras que el olor que podíamos denominar de sudor tranquilo hacía lo opuesto, incrementaba de una forma significativa sus niveles de ansiedad.

A continuación el grupo de investigadores fabricaron unos maniquíes con un altavoz y que emitían diferente olores a través de sus narices. A través de los altavoces estos muñecos daban a los voluntarios, que no conocían el componente olfativo del experimento, diferentes tareas a realizar. El uso de esos muñecos permitía a los investigadores tener un control total sobre las señales sociales, basadas en el olor u otras, que recibían los sujetos participante en el experimento. Las tareas estaban diseñadas para valorar el nivel de confianza que los voluntarios ponían en los maniquíes y aquí de nuevo el comportamiento de las pTEA fue opuesto al del grupo control: mostraban más confianza en el maniquí que emitía el olor a miedo que en el que producía el olor tranquilo.

En los siguiente experimentos, los investigadores se preguntaban si otros olores sociales subliminales tendrían un impacto diferente en el autismo que en el grupo control. En una prueba, los voluntarios eran expuestos a sonidos súbitos de alto volumen al mismo tiempo que se les exponían a hexadecanal, un componente potencialmente tranquilizador del olor corporal. Otra respuesta automática de miedo, guiños de ojo, se registró colocando unos electrodos sobre los músculos del ojo. La respuesta en el grupo de pNT era menor cuando expuestos al hexadecanal mientras que en el grupo de pTEA la respuesta aumentaba cuando se exponían a esta sustancia.

La conclusión es que las pTEA tienen reacciones diferentes, e incluso opuestas a los olores producidos por el cuerpo humano. Normalmente no somos conscientes de que captamos estos olores sociales pero son parte de la comunicación no verbal que tiene lugar entre diferentes personas y se sabe que afecta a nuestro estado de ánimo y nuestros comportamiento. El resultado es que el comportamiento de una pTEA será muy diferente, en ocasiones opuesto, al que tiene una pNT ante una quimioseñal de otra persona. Eso puede ser el sustrato biológico de las dificultades sociales de las personas con autismo, de las reacciones que nos parecen inapropiadas en un contexto social y de porqué les cuesta interpretar las emociones de las otras personas.

 

Para leer más:

  • Endevelt-Shapira Y, Perl O, Ravia A, Amir D, Eisen A, Bezalel V, Rozenkrantz L, Mishor E, Pinchover L, Soroka T, Honigstein D, Sobel N (2018) Altered responses to social chemosignals in autism spectrum disorder. Nat Neurosci 21(1): 111-119.

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

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