Escalofríos al escuchar música

Los humanos valoramos enormemente el placer y apreciamos la estética, buscamos la belleza. Mostramos respuestas positivas a experiencias que en sí mismas no tienen un valor intrínseco para la supervivencia, pero que no obstante consideramos igualmente valiosas por su atractivo, por ser fuente de deleite. Uno de los aspectos interesantes es que aunque esos valores estéticos son algo característico de la especie humana, todas las culturas por ejemplo, mejoran y embellecen sus objetos de uso cotidiano —ropas, platos, armas— pero cada persona es diferente y existe una importante variabilidad individual en la frecuencia y especificidad de las respuestas estéticas; es decir, cómo de habitual es tener una sensación de arrobo por la belleza de un objeto o un suceso, y qué cosas o situaciones nos generan esa experiencia estética.

Las respuestas estéticas relacionadas con las artes activan el mismo circuito cerebral de recompensa que está asociado a los placeres básicos, comer cuando tenemos hambre, beber cuando tenemos sed, el sexo o la sensación que producen distintas drogas. Son respuestas generales pero también en esto no en todas las personas son similares y al parecer algunos individuos tienen más riesgo de adicción porque su respuesta a las drogas es más potente o tienen menos riesgo de obesidad porque su sensación de placer asociada a la comida es menor.

La música es un estímulo ideal para estudiar el placer y la recompensa cerebral pues su valor es puramente estético. La música aparece en todas las civilizaciones a lo largo de la historia y a menudo es definida como una de las actividades humanas más satisfactorias, más placenteras, mas agradables. Cada persona tiene un amplio rango de respuestas psicofisiológicas a la música: algunas personas al oír una determinada canción notan un nudo en la garganta, se sienten conmovidos, experimentan un escalofrío en la espalda o ven que se les pone, de una manera incontrolada, la piel de gallina; mientras que a otros, y lo siento por ellos, no les pasa nada de eso. Cuando estos cambios emocionales suceden van unidos frecuentemente a una estimación subjetiva de placer —«este concierto ha sido espectacular», «este aria me llega al alma»— y a respuestas psicofisiológicas como cambios en la frecuencia cardíaca y en la conductividad de la piel. Eso permite cuantificarlas. Los estudios de neuroimagen, que permiten ver el cerebro en funcionamiento sin causar ningún daño, también permiten ver en estos casos activación en las regiones que procesan las emociones y en aquellas implicadas en el circuito de recompensa, en especial en el núcleo accumbens, la ínsula anterior y la corteza prefrontal medial. Es decir esa potente respuesta ante una melodía va unida a una respuesta emocional y a una sensación de placer inducida por nuestro circuito cerebral de recompensa.

Si una canción determinada estimula determinadas «cuerdas» cerebrales, nuestro corazón se pone a latir con más rapidez, las pupilas se dilatan, la temperatura corporal aumenta, la sangre se dirige hacia las piernas, el cerebelo se activa, el circuito de recompensa se inunda de dopamina y podemos sentir como un estímulo eléctrico surge de nuestra nuca y baja por nuestra columna vertebral. Un 50% de la gente siente escalofríos al oír una música determinada.

Curiosamente la descarga de dopamina alcanza su pico varios segundos antes de que llegue ese pasaje determinado que nos genera esa sensación. Se cree que es debido a que el cerebro está prediciendo lo que va a suceder, está anticipando el placer, pero eso no solo sucede con melodías que ya conocemos sino también con otra que oímos por primera vez. Sin embargo, la música, si no la hemos escuchado antes, es impredecible y puede mantenernos en cierta tensión emocional durante un tiempo. Si finalmente aparece ese acorde predecido por nuestros circuitos neuronales, el estriado marca esa señal de satisfacción y sentimos ese escalofrío. Es decir, el compositor quiere esa sensación y sabe conducirnos a ella.

Hay varias teorías sobre este proceso. Jaak Panksepp, por ejemplo, encontró que la música triste genera más escalofríos que la que tiene un perfil animado, positivo, feliz. El argumento de Panksepp es que una melodía melancólica activa un mecanismo primitivo, una señal de estrés de cuando uno de nuestros ancestros era separado de la familia. Así cuando una balada nos hace sentir nostálgicos ese mecanismo se pone en marcha, sentimos la ausencia y sentimos tristeza y nuestra respuesta emocional se exacerba.

Sachs y colaboradores han estudiado el cerebro cuando tenemos una de estas experiencias placenteras asociada a la música para intentar encontrar en dónde residen las diferencias individuales ¿por qué algunas personas sienten esa sensación, ese escalofrío, y otras no? Después de hacer un barrido a gran escala para evaluar las respuestas emocionales a la música de cada individuo, hacer una valoración de personalidad y una retrospectiva sobre su relación con la música, eligieron dos grupos extremos: 10 participantes que tenían de manera consistente escalofríos cuando oían música y otros 10 que nunca o muy raramente habían tenido esa experiencia. Ambos grupos fueron emparejados por edad, fecha de inicio de la formación musical, cociente de inteligencia y rasgos de personalidad. En ambos grupos había 4 hombres y 6 mujeres, 1 zurdo y 9 diestros. Todos los participantes estaban sanos, no tenían ningún problema auditivo ni trastornos neurológicos o psiquiátricos.

En ambos grupos se llevaron a cabo encuestas, medidas psicofisiológicas, análisis del comportamiento y estudios de neuroimagen, buscando la explicación a esa variabilidad individual, porqué algunas personas tienen una respuesta clara a la música —que se les ponga la piel de gallina al escuchar algunas melodías— frente a otras que no muestran esa reacción. Las encuestas mostraron que las personas que eran más abiertas a nuevas experiencias musicales y tenían más formación musical tenían una mayor probabilidad de mostrar fuertes respuestas emocionales al oír una canción.

El análisis de los datos permitió distinguir dos grupos de personas entre aquellos que tenían una fuerte respuesta emocional, en unos las respuestas eran más viscerales (lo describían con expresiones como «al corazón se le escapa un latido», «noto mariposas en el estómago») mientras que en otros eran más abstractas, más cognitivas («sensación de sobrecogimiento», de «perder la noción de tiempo»). La sensación de escalofrío y piel de gallina era común a ambos grupos y era el factor siempre presente en las personas con respuestas emocionales a la música.

El resultado más llamativo es que en las personas que responden a la música las conexiones entre las zonas sensoriales en el giro temporal superior, la corteza auditiva  y las zonas de procesamiento de las emociones en la ínsula y la corteza prefrontal medial eran más potentes, tenían más axones de conexión, que las personas que no tenían sensibilidad a la música, que no experimentaban el refuerzo de la recompensa cerebral al escuchar una melodía. Lógicamente no sabemos si la potente respuesta emocional y de recompensa potenciaba el número de conexiones o era al revés y unas vías densas y ricas permitían la expresión de emociones y placer.

Estos resultados demuestran que existe un sustrato neurobiológico basado en las conexiones cerebrales que permiten el acceso de la información sensorial, los sonidos que componen la música, al sistema de recompensa que sería el que finalmente genera una respuesta cerebral a esa sensación estética.

 

Para leer más:

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “Escalofríos al escuchar música”

  1. Si alguien está deprimido o pasando por un mal momento, le recomiendo encarecidamente que escuche musica (incluyendo los niños). Le ayudará muchisimo, es como una especie de medicamento para el cerebro: lo calma, lo cura, le da placer. A mi la musica clasica me aburre mucho (siempre me he preguntado si hay un gen que determine esa pasion que algunos sienten por la musica clasica y que a mi me llega a parecer hasta “mal hecha” – es que me aburre un monton. Sin embargo, la musica moderna, en cualquiera de sus versiones, me anima, emociona y cura, hasta las heridas del alma.

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