Versos y neuronas

Marta Bueno Saz y José R. Alonso

…Prefiero las excepciones.

Prefiero salir antes.

Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.

Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Prefiero en el amor los aniversarios no exactos

que se celebran todos los días.

Prefiero a los moralistas

que no me prometen nada.

Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula….

 

Wisława Szymborska

 

Cada vez que leemos un poema algo se activa de manera irresistible en nuestro cerebro. No sabemos muy bien qué es, pero es estimulante y puede provocar reacciones poderosas que se manifiestan en nuestra conducta y en la fisiología de nuestro cuerpo: sentimos escalofríos y nuestra piel se eriza, incluso puede que cambie nuestro estado de ánimo. Diversos enfoques y herramientas como la psicofisiología, la neuroimagen y las respuestas conductuales nos ayudan a desentrañar los mecanismos que se ponen en marcha cuando escuchamos un poema o lo leemos. No hay magia, hay actividad neuronal y eso no le resta un ápice de belleza, sino que hace a la poesía más intrínsecamente nuestra.

Conocer las bases neuronales que sustentan la lectura y la creación de poesía es lo que queremos mostrar en este texto; describiremos grandes hallazgos de la neurociencia en el mundo de los poetas y los intercalaremos con alusiones al mundo educativo, al fascinante mundo del pensamiento, el sentimiento y la acción.

Porque sabemos que hay algo en las palabras de un poema que nos hace percibir el mundo desde otro ángulo, que enriquece nuestra mirada. Al leer poesía se forman en nuestra mente imágenes sugeridas por los versos, sentimos la perfección de esas palabras sin necesidad de analizarlas y se solapan varios significados sin que nos sintamos presionados para elegir uno de ellos. Una obra de arte, y un poema bueno sin duda lo es, tiene a menudo un punto de ambigüedad. La fuerza de un buen poema nos transforma, nos implica en su visión de otra realidad, nos interroga e incluso, muchas veces, tenemos la sospecha de que el autor conoce nuestro interior, nos habla de nosotros mismos.

La rima, la ausencia de rima, las palabras exquisitamente elegidas, la cadencia y la musicalidad de esta experiencia estética activan regiones de nuestro cerebro mientras navegamos por metáforas, rescatamos recuerdos y profundizamos en las capas de significados. A la vez, disfrutamos de su armonía dejando que la intuición sustituya a la lógica y la emoción se sume a la razón. Sorprendentemente, las regiones cerebrales involucradas en la lectura de un poema son las mismas que nos ayudan a encontrar sentido a la realidad más banal, más cotidiana. Es maravilloso que nuestro cerebro sirva para cosas tan diferentes.

Una razón por la cual la poesía tiene un efecto tan potente sobre nosotros es que nuestros cerebros están perfectamente preparados para disfrutarla. En un estudio reciente publicado en la revista Frontiers of Psychology, investigadores de la Universidad de Bangor del Reino Unido llevaron a cabo un experimento en el que un grupo de personas que hablaban galés leyeron un conjunto de frases escritas en ese idioma (Vaughan-Evans et al. 2016). Algunas de ellas seguían las complejas reglas del Cynghanedd, una forma tradicional de poesía galesa, mientras que otras no las seguían.

Aunque los participantes en el estudio no sabían nada sobre esta forma de poesía, afirmaron que resultaba más agradable escuchar las oraciones que seguían las reglas del Cynghanedd en comparación con las sentencias que no las respetaban. Midiendo la respuesta cerebral con encefalografía se comprobó que ésta era más intensa en las frases que seguían las reglas, como si el cerebro inconscientemente reconociera la poesía escondida en ellas. Además, la respuesta aparecía unos milisegundos después de haber leído el verso con lo que nuestros circuitos neuronales no habrían tenido tiempo para procesar los aspectos lingüísticos del mismo. No es imprescindible ser conscientes del contenido de lo leído, disfrutamos de la poesía en un nivel subléxico. En 1932 T.S. Eliot dijo una frase que generó una importante controversia: «La poesía genuina puede comunicar antes de ser entendida». Parece que ahora la ciencia le da la razón. En cierta manera es como si la poesía tuviera una música sutil y nuestro cableado neuronal respondiera a esas notas. Esto encaja con algo que sabemos, que personas de muy diferente condición y sin una formación especializada, disfrutan y aman la poesía. También los niños en la etapa de Educación Infantil disfrutan con la rima de poesía, el sonsonete de las retahílas y la musicalidad de versos con palabras sencillas. «Vamos a la huerta del toro toronjil, a ver a la rana que come perejil…» Es estupendo repetir una y otra vez la estrofa y experimentar, motivar para aprender qué es un huerto.

Por otro lado, si atendemos al significado de lo que leemos, si hilamos el contenido, lo enganchamos con el contexto, con otros autores, con otras lecturas, si anticipamos qué sucederá al avanzar en el texto y encontramos pistas que nos ayuden al leer, nos provocará un efecto placentero de prueba conseguida. Nuestro circuito cerebral de recompensa nos premia cuando acabamos una tarea o resolvemos un enigma, leer un poema tiene un poco de ambas cosas. Además, los significados de un poema pueden ser varios y no excluyentes. No somos los mismos a lo largo de la vida, ni siquiera tenemos el mismo estado anímico durante toda la jornada y ése es uno de los valores más asombrosos de la poesía: es única para cada persona y es única para cada momento. Tampoco podemos pensar que el significado sea igual para todos los lectores. Haciendo un inciso para marcar esta diversidad de percepción diremos que no es conveniente que maestros, profesores o educadores pretendamos analizar y unificar ideas sobre un poema leído en grupo. Los sentimientos, pensamientos y conductas que una poesía pueda sugerir son diferentes para cada persona y cada uno la hace suya de una manera diferente. Es fundamental respetar esta diversidad de lectores sin imponer un significado a lo leído. Solo así alentaremos el gusto por la poesía.

La respuesta cerebral a la lectura es muy variada. La lectura afecta a áreas específicas del cerebro, pero estas áreas varían dependiendo del grado de emoción que nos provoque el texto, de la armonía del lenguaje, de su complejidad y de la superficialidad o profundidad de las ideas sugeridas en esa lectura. En otra investigación, realizada por Zeman y colaboradores (2013), los participantes permanecieron tumbados dentro de un escáner de resonancia magnética que registraba su actividad cerebral mientras leían varios textos en una pantalla. Las lecturas incluían prosa deliberadamente aburrida, en concreto un manual de instalación de equipos de calefacción, prosa evocadora de grandes novelas, versos desconocidos y los poemas favoritos de los participantes. Éstos tenían que valorar cada texto utilizando como criterios la emoción que les suscitaba o lo «literario» y difícil de la lectura. Se encontró que cuanto mayor era el grado de emotividad que los participantes asignaban a un texto, mayor era la activación que mostraban los escáneres en áreas del hemisferio derecho del cerebro. Muchas de estas áreas son las que se activan con la música que nos hace sentir escalofríos (Blood y Zatorre, 2001). También se comprobó que los textos calificados como los más literarios activaron áreas que estaban sobre todo en el lado izquierdo del cerebro, incluyendo los ganglios basales, que participan tanto en la regulación del movimiento como en el procesamiento de las oraciones complicadas. Tenemos que recorrer varias veces las frases de un pasaje difícil hasta comprender su significado. Los poemas favoritos de los participantes activaron débilmente la red de núcleos cerebrales implicados en la lectura, pero activaron también y de manera llamativa los lóbulos parietales inferiores, unas áreas que se activan cuando reconocemos algo que ya estaba en nuestra memoria. Los poemas eran recordados y recitados mentalmente, eran rescatados de la memoria y murmurados más que leídos. Al recordar un poema sentimos que podemos confiar en nuestra memoria, que nos trae un recuerdo feliz de vuelta y la sensación es gratificante.

La poesía tiene valor por sí misma y la llevamos al aula en toda su grandeza cuando evitamos utilizarla como evaluadora de tareas o como mapa de contenidos; es decir, no conviene proponer la actividad de memorizar un poema si éste no ha sido interiorizado y disfrutado por el alumno. Se agobiará por la tarea y la poesía queda hueca. También debemos ser prudentes con la exposición oral de un poema si un niño ha decidido aprenderlo. Recitar en público puede suponer un mal trago y tendremos que estar atentos a individualizar y cubrir necesidades en cada actividad de clase. Es cierto que la poesía es un gran recurso para descongestionar la aridez de la enseñanza de la gramática, de la ortografía, de la sintaxis y para potenciar las capacidades comunicativas del alumno. Podemos utilizar esta herramienta después de haber conseguido transmitir el gusto por la poesía, pero si marcamos ejercicios para después de leer el poema como hacer un resumen, un dibujo sobre ella, aprenderla, contar las estrofas, etc., la poesía pierde valor en sí misma porque el alumno estará más pendiente de conseguir una nota o de complacer a su profesor que de dejarse calar por el poema. Del mismo modo, si utilizamos la poesía como un mapa de contenidos para encontrar en ella sustantivos, adjetivos, recursos literarios, etc. es evidente que sus poderes desaparecen. Tendremos al poema yaciente y listo para la autopsia. Nuestra labor es motivar y ser espectadores atentos para que todo lo que se pueda inferir de un poema sirva de andamiaje para la competencia literaria del alumno.

Los profesores podemos acompañar la lectura de poemas, quizá haciendo una selección según la edad o el momento, con un ritmo marcado y una rima cantarina para niños pequeños. En edades tempranas es conveniente que experimenten con las estrofas, que canten, bailen y conozcan el entorno a través de la poesía. Es muy positivo hablarles de nuestros poemas preferidos, del que nos hizo llorar, del que nos sirvió para enamorar y entonarlos en clase con nuestros sentimientos a flor de piel. Para niños un poco más mayores, la poesía puede motivar otros contenidos, pero también es importante conocerla por sí misma. Comunicar sentimientos, aprender qué es la empatía, hacer silencio para pensar y enmarcar un poema como el favorito ya son cosas que enriquecen la formación de los niños en Primaria. La reacción de los adolescentes ante la poesía tampoco puede evaluarse de forma cuantitativa. Si conseguimos una lágrima, una sonrisa, que se estremezcan o simplemente que los chicos guarden silencio después del poema ya es mucho.

No es necesario encontrar un significado exacto en una poesía. Nuestro cerebro lo intentará, pero como en las ilusiones ópticas, un significado nos parecerá el verdadero y, con una nueva mirada, otro significado diferente será igual de válido. ¿Recordamos la mujer joven y la anciana en uno de estos dibujos sobre percepción visual? Pues la búsqueda de ese sentido, de la imagen real, es lo que se propusieron investigadores de la Universidad de Liverpool utilizando resonancia magnética funcional, una técnica que ve en tiempo real la activación de diferentes regiones cerebrales (O’Sullivan et al., 2015). Querían ver qué partes del cerebro estaban involucradas en la «conciencia literaria»: la capacidad de pensar y encontrar sentido en un texto complejo. Los participantes tuvieron que volver varias veces sobre lo leído y poner en marcha esa conciencia literaria, un proceso necesario para comprender textos difíciles en comparación con un procesamiento de significado más automático y literal. Todos hemos tenido la experiencia de leer ensayos, novelas, poemas y hasta prospectos de medicamentos en los que teníamos la desagradable sensación de no entender. La libertad de los poetas en su desempeño les lleva a utilizar metáforas, oxímoros, hipérboles, anáforas, retruécanos y otras decenas de recursos literarios. Es un delicado equilibrio. Una poesía compleja puede seducir a lectores que encuentran tesoros en cada nueva lectura; una poesía oscura puede alejar a lectores que la sienten difícil o incomprensible. Nuestro cerebro se plantea alternativas, ensaya perspectivas diferentes, compara situaciones reales y situaciones ficticias, lo real y lo onírico, contextualiza y descontextualiza, y quizá hayamos experimentado un momento eureka al reconocer la chispa de lo que el autor nos quiere decir con sus palabras tan cuidadosamente elegidas. Hasta alcanzar este eureka, que puede ser otro en otra lectura del poema, se habrán activado regiones de nuestro cerebro relacionadas con el procesamiento no automático del significado. Así, leer buena poesía es, no solo un hecho gratificante, sino también un ejercicio magnífico para nuestras neuronas. Traemos a la memoria recuerdos, nos encontramos cómodos con nuestros sentimientos más profundos, el poeta les pone palabras escogidas con delicadeza y precisión, captamos la belleza y rompemos pensamientos preestablecidos y moldes gastados. Más aún, los autores de otra investigación (Wassiliwizky et al., 2017) comprobaron que el máximo placer estético puede coexistir con marcadores fisiológicos de afecto negativo; es decir, disfrutamos con lo que nos entristece porque potencia nuestra empatía. Quizá por eso nos enganchan los dramas y las tragedias, disfrutamos también de algo que nos hace llorar, amamos sentir.

Leer poesía es algo más que un disfrute estimulante que nos provoca emociones, también fortalece las mismas habilidades mentales que necesitamos para comprender la realidad que nos rodea, conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás. Potencia un pensamiento flexible y la capacidad de sopesar múltiples significados. Acercarnos a esta experiencia estética también nos facilita afrontar eventos impredecibles y tomar decisiones en nuestra vida. Los poetas desafían la visión única de la realidad y nos vuelven más críticos y tolerantes. Es, por tanto, conveniente acercar la poesía a niños y jóvenes para que se habitúen a reflexionar más allá de una literalidad evidente, activen su modo de pensar con más atención y disfruten la sorpresa que es tan buena compañera del aprendizaje.

Mientras que la música forma parte de nuestras actividades cotidianas, no ocurre lo mismo con la poesía. Puede deberse a una escasa presencia de poemas durante la infancia y la adolescencia, o a un enfoque demasiado analítico de éstos en la escuela o, en general, a una falsa idea sobre la poesía: ¿aburrida, elitista, innecesaria? Nada de eso. Es tan poderoso el potencial de la poesía para proporcionar placer y fomentar un compromiso emocional profundo que no podemos perderla en nuestro sistema educativo. ¿Queremos mantener un cerebro flexible y dispuesto a aprender? Pues leamos poemas y promovamos su lectura.

Sin embargo, podemos plantearnos ir más allá y afrontar el desafío de escribir poesía. ¿Seremos capaces de escribir un poema sin más herramientas que nuestra creatividad y el lenguaje? ¿Cómo cambia nuestro cerebro durante este proceso? La creación de algo novedoso es un proceso multifactorial en el que entran en juego muchas variables que pueden manifestarse como un pensamiento convergente o divergente, como la resolución de problemas analíticos deliberados o como una visión repentina. Hay muchas teorías sobre la creatividad e incluso con métodos sofisticados de neuroimagen, los científicos no se atreven a decantarse por una única. La innovación es la impulsora del avance de la civilización y la cultura, pero es complejo elaborar experimentos controlando una buena parte de las variables que intervienen en el proceso creativo y los neurobiólogos siguen sin conocer cómo se desarrolla exactamente. No obstante, se realizan muchas investigaciones con el propósito de observar las regiones del cerebro implicadas durante la generación de expresiones artísticas. Una de ellas, muy interesante por su aplicación educativa, es la llevada a cabo por Liu et al. en 2015. En ella, los participantes se dividieron en dos grupos, uno de poetas expertos y otro de principiantes. La tarea consistía en escribir un poema, revisarlo y mejorarlo durante un tiempo predeterminado tras el cual, cada poema era evaluado por un panel de expertos. Uno de los objetivos del estudio era comprobar las posibles diferencias en las regiones cerebrales implicadas al escribir un nuevo poema por los expertos y los novatos. ¿Tienen los expertos un acceso privilegiado a una arquitectura neuronal «específica»? Para responder a esta pregunta, se realizó un análisis de los patrones de actividad que acompañan a las dos fases de creación: la generación de poemas y la revisión de los mismos.

Por estudios anteriores se sabe que dos regiones corticales están más implicadas en estos procesos creativos: la corteza prefrontal medial (CPFM) y la prefrontal dorsolateral (CPFDL). La CPFM está relacionada con procesos de motivación, evaluación de riesgos y toma de decisiones, mientras que la CPFDL participa en funciones ejecutivas como la memoria de trabajo, la planificación, la flexibilidad cognitiva, el razonamiento abstracto y el autocontrol. Ante un proceso creativo ambas regiones corticales se comportan de forma diferente: aumenta la actividad en la CPFM (más motivación) y disminuye en la CPFDL (menos autocontrol).

Pues bien, los resultados descartan la existencia de una arquitectura «poética» particular en los expertos. Las regiones cerebrales implicadas son las mismas en escritores con experiencia y sin ella. Este hecho nos abre una ventana fantástica para abordar el reto de escribir poemas o, al menos, nos da confianza si nos decidimos a afrontarlo. El proceso creativo se basa en una arquitectura neuronal común que está disponible para todas las personas por igual. Así, los principiantes, todos, ya tienen los recursos neuronales necesarios para crear poesía. Un enfoque educativo que tenga entre sus objetivos potenciar la creatividad en su alumnado ofrece la oportunidad de formar personas capaces de poner sus conocimientos al servicio del avance tecnológico, cultural y humanístico de una sociedad. Atrevernos a escribir poemas o sugerir a nuestros alumnos que lo hagan, pone en marcha un proceso de mejora continua en el enriquecimiento de nuestro cerebro. Sim embargo, no debemos engañarnos y suponer que generar un nuevo poema sólo requiere plasmar una emoción en unos versos. Como cualquier tarea de aprendizaje que reconfigura nuestros circuitos neuronales, es necesario un entrenamiento. La gran plasticidad de nuestro cerebro nos permite afrontar esta empresa que lleva implícita los siguientes pasos: leer y leer poesía, dejarse empapar por poemas y versos, adquirir criterios para distinguir buenos poemas, reflexionar sobre los sentimientos que nos producen las lecturas, tener una buena dosis de motivación y un margen amplio para la frustración que no el desaliento, manejar con soltura el lenguaje y ponerse a ello. Todo lo anterior se va mejorando con la práctica y la autocrítica. Veamos cómo ha modificado esta práctica el cerebro de los poetas expertos:

En el estudio de Liu se observó una diferencia de intensidad en los dos circuitos cerebrales implicados. En la fase de generación, el fenómeno de desactivación de la CPFDL es más intenso en los expertos lo que sugiere una atenuación más llamativa del control cognitivo para entrar en ese estado de atención difusa que favorece la creación. Probablemente su cerebro está entrenado para pasar a esa situación con facilidad y rapidez. Además, en los expertos se detectó un aumento de actividad en regiones subcorticales que se sabe que participan de manera automática en el proceso creativo. El efecto de ambos fenómenos, activación subcortical e inhibición cortical, puede significar que para los expertos la creación poética utiliza más recursos automáticos que conscientes. Esto incluye aspectos como la métrica o la rima, que se procesan de un modo casi inconsciente. También ocurre en la fase de revisión y sugiere una ejecución más automática de procesos cognitivos. En el budismo zen hay una meditación llamada «mushin no shin» o «mente sin mente» que incorporan las artes marciales japonesas. Intenta eliminar los pensamientos y las emociones, y que la actividad mental no tenga intención, plan ni dirección. Es también usado por los artistas creativos.

La sincronización neuronal entre estos dos conjuntos de regiones cerebrales, la racional y la de dejarse llevar, puede indicar una transferencia más eficiente de ideas a texto. Esta sincronización puede ser el resultado de años de práctica que mejoren la eficiencia del proceso. Por lo tanto, el ejercicio intelectual de plasmar ideas por escrito estimula la soltura en el uso de estos dos circuitos y supone un beneficio indiscutible para muchos aspectos de nuestra vida. Entrenarnos en escribir, y ya no sólo poesía, pone una vez más de manifiesto lo increíblemente flexible que es nuestro cerebro. Aprendemos a crear poemas modificando circuitos, activando los más emocionales, desactivando redes de control, sincronizando neuronas y reconfigurando un cableado que mantiene dinámico y joven nuestro cerebro. Promover un pensamiento creativo desde nuestra vocación de educadores, además de contribuir a la generación de ideas para mejorar la sociedad, proporcionará la satisfacción de la obra creada, del esfuerzo reconocido y, sobre todo, del placer durante el camino. Siempre es así, el destino es Ítaca pero lo mejor está en la travesía.

 

 

Referencias

  • Blood AJ, Zatorre RJ (2001) Intensely pleasurable responses to music correlate with activity in brain regions implicated in reward and emotion. Proceedings of the National Academy of Sciences 98(20): 11818–11823. DOI: 10.1073/pnas.191355898.
  • Liu S, Erkkinen MG, Healey ML, Xu Y, Swett KE, Chow HM, Braun AR (2015) Brain Activity and Connectivity During Poetry Composition: Toward a Multidimensional Model of the Creative Process. Human Brain Mapping 36:3351–3372 DOI: 10.1002/hbm.22849.
  • O’Sullivan N, Davis P, Billington J, González-Díaz V, Corcoran R (2015) “Shall I compare thee”: The neural basis of literary awareness, and its benefits to cognition. Cortex 73: 144–157. DOI: 10.1016/j.cortex.2015.08.014.
  • Vaughan-Evans A, Trefor R, Jones L, Lynch P, Jones MW, Thierry G (2016) Implicit Detection of Poetic Harmony by the Naïve Brain. Frontiers in Psychology 7: 1859. Doi: 10.3389/fpsyg.2016.01859.
  • Wassiliwizky E, Koelsch S, Wagner V, Jacobsen T, Menninghaus W (2017) The emotional power of poetry: neural circuitry, psychophysiology and compositional principles. Social Cognitive and Affective Neuroscience 12(8): 1229–1240. DOI: 10.1093/scan/nsx069.
  • Zeman A, Milton F, Smith A, Rylance R (2013) By Heart: An fMRI Study of Brain Activation by Poetry and Prose. Journal of Consciousness Studies 20(9–10): 132–158.

 

Autor: José R. Alonso

Neurobiólogo. Catedrático de la Universidad de Salamanca. Escritor.

5 comentarios en “Versos y neuronas”

  1. Enhorabuena!! Desde algún tiempo sigo el blog y me parece verdadera mente delicioso y, lo mejor de todo, divulgativo, accesible para alguien absolutamente profano en la materia. Larga vida al blog y toda la admiración del mundo para los autores. Un gusto!!

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  2. ¡Enhorabuena Marta y José Ramón por este post! Es pura poesía en sí mismo. Espero que poco a poco vayamos quitándonos los prejuicios de que las ciencias y las humanidades son incompatibles. Podemos encontrar poesía en las matemáticas y ciencia en la poesía. Cada una con su cadencia, su silencio, su ritmo…. Gracias por compartir!!!!

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    1. Gracias, Eva. Es cierto que el cerebro de nuestra especie es increíble, curioso y capaz de aprender y sentir. Hacemos poesía siendo conscientes del mundo que nos rodea y buscamos entender ese mundo a través de la música, la literatura, la biología, la física, la filosofía… por qué limitar Las fuentes disponibles? Un saludo muy cordial .

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